Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

viernes, 8 de diciembre de 2017

El patrimonio cultural sudcaliforniano

Los días 4 al 6 del presente mes se llevó a cabo la 1ª Reunión de Patrimonio Cultural en Sudcalifornia, organizado por el Museo Regional de Antropología e Historia de esta ciudad. Me llamó la atención el cartel-invitación —incluyó una fotografía antigua de La Paz— porque sugería que en ese evento se intercambiarían experiencias, vivencias y prácticas en torno al patrimonio cultural regional. Y que además se contaría con especialistas del INAH quienes impartirían conferencias sobre este importante tema.
Asistí atendiendo a una amable invitación de los organizadores y aunque no tuve la oportunidad de intervenir, si escuché atinados comentarios de los asistentes, muchos de ellos jóvenes interesados en las cuestiones que se iban a tratar. Y es que las preguntas incluidas en el cartel daban margen para analizar lo referente al patrimonio cultural en nuestro estado.
Preguntas como ¿en qué consiste el patrimonio cultural de Sudcalifornia?, ¿cómo compartimos, nos apropiamos y vivimos nuestro patrimonio cultural?, ¿están vigentes los procesos de transmisión a las nuevas generaciones?, ¿ qué papel juegan actualmente las instituciones para su salvaguarda, promoción y difusión?
Por supuesto los conferencistas explicaron cuál es el significado del patrimonio cultural y sus características a nivel nacional. Y de cómo este influye en la sociedad mexicana creando valores y actitudes que tienen que ver con la identidad popular. Y es que el patrimonio cultural se define como el conjunto de bienes y prácticas tradicionales que nos identifican como nación o como pueblo. Es apreciado como un don, algo que recibimos del pasado con tal prestigio simbólico que no debe discutirse. Las únicas operaciones posibles, preservarlos, restaurarlos o difundirlos, es lo que nos mantienen unidos.
Baja California Sur tiene su patrimonio cultural en el arte, en la historia, en la industria, en la naturaleza y, de manera relevante en el patrimonio inmaterial. Respecto a este último algunos estudiosos explican que es una cuestión un tanto olvidada, a pesar de su importancia para afirmar los lazos entre el pasado y el presente.
El patrimonio inmaterial, conocido también como intangible, según la UNESCO, son los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconocen como parte integrante de su patrimonio cultural. Este patrimonio cultural inmaterial que se transmite de generación en generación, es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia, infundiéndoles un sentimiento de identidad.
En el caso específico de Baja California Sur la transmisión de ese patrimonio se realiza o debe realizarse a través de  las artes como la danza, la literatura, la música y, sobre todo, en la conservación y difusión de los usos y costumbres de nuestro pueblo que conforman como fin último nuestra tradición. Pero, además, dedicar especial atención al habla, los mitos, las leyendas, los valores, las manifestaciones religiosas, las técnicas artesanales y alimenticias y el vestuario, entre otras.
Poner ejemplos excedería el propósito de este artículo, aunque si podemos afirmar que las instituciones oficiales y privadas están dedicadas a la transmisión de este patrimonio a las generaciones actuales. Sin embargo, y ante la intromisión latente de otras culturas originada por la influencia del turismo extranjero —ya hemos hablado en otras ocasiones del peligro de la transculturación— se deben redoblar esfuerzos para mantener vigentes todo aquello que nos distingue como pueblo que es la base de nuestra identidad.
Por lo demás, debo felicitar al INAH en nuestro estado por su interés en el rescate, conservación y difusión de nuestro patrimonio cultural.

Diciembre 08 de 2017.

martes, 5 de diciembre de 2017

Un taller de lectura y escritura

Ayer por la tarde acudí a la escuela secundaria 17 donde se lleva a cabo la Semana del Libro, evento organizado por las maestras María Guadalupe Lázaro Martínez y Karla Liliana Castro Camacho, responsables del Taller de Lectura y Escritura de esa institución educativa.
Con la presencia de padres de familia y los escritores invitados—Francisco López Gutiérrez, Ernesto Adams Ruiz, Omar Castro Cota y el que escribe y, por supuesto, los alumnos y maestros de la escuela, se inauguró la semana del libro —se cortó el listón simbólico— y se escuchó el mensaje del profesor Francisco Romero Martínez, director del plantel, quien con palabras emotivas explicó los fines educativos de ese evento.
Una semana donde habrá diversas actividades entre ellas danza contemporánea, conciertos, círculo de lectura, cine de arte y conferencias. En este primer día escuchamos la participación de la banda del gobierno del estado con interpretaciones de música clásica y la de una alumna que con excelente maestría ejecutó una danza moderna.
Cuando recibí la invitación la acepté con gusto, pues siempre guardo un buen recuerdo de mis tiempos de maestro en la escuela técnica 1, donde era director el bien recordado maestro Evodio Balderas. Después, a invitación suya, me fui a laborar al CECYT 62, de nueva creación, en el que impartí la materia de Taller de Lectura y Redacción durante siete años.
Con esa idea me presente a la inauguración de la semana del libro. Pero jamás me imaginé que a los escritores invitados les iban a rendir un homenaje con el otorgamiento de un diploma de reconocimiento y un regalo. En efecto, cuatro alumnas leyeron breves semblanzas de los cuatro escritores presentes, quienes a su vez agradecieron esa distinción y felicitaron a los organizadores de esa actividad cultural.
No conozco el programa del Taller de Lectura y Escritura que se lleva en esa escuela, pero me imagino que contiene actividades que tienen que ver con la adquisición del hábito de la lectura y la comprensión de ellas. Parece fácil lo anterior, pero en realidad requiere mucha dedicación de los maestros responsables dada la carencia de aptitudes e indiferencia de los alumnos.
Y esto lo digo por experiencia. Cuando fui maestro de esa materia en la preparatoria fue notable la deficiencia en el hábito de la lectura de los alumnos que tenía a mi cargo en las carreras de contabilidad, turismo y ventas. Y es que por la falta de programas adecuados en la enseñanza primaria y secundaria, la atención de formar el hábito de la lectura pasaba ignorado. Así, los estudiantes llegaban al nivel superior incluso a las universidades, sin llevar en su equipaje personal el gusto por la lectura y, desde luego, la ausencia de conocimientos que esta les proporciona.
Ahora, con la reforma educativa que se lleva a cabo a nivel nacional, creemos que este aspecto de la formación académica de los niños y jóvenes se iniciará —a los mejor ya— desde los primeros años de la escuela primaria y así, cuando accedan a instituciones de más alto nivel llevarán, como herramienta indispensable el hábito de la lectura y escritura que les facilitará, ni duda cabe, el paso exitoso en su preparación profesional.
Por lo demás, debo agradecer a los organizadores del Taller el reconocimiento que me otorgaron que dice: “Al escritor sudcaliforniano Leonardo Reyes Silva, por su destacada trayectoria en el arte de las letras y valiosa aportación a la cultura de Baja California Sur”. Y firman el profesor Francisco Romero Martínez, director del plantel y las maestras María Guadalupe Lázaro Martínez y Karla Liliana Castro Camacho, del Taller de Lectura y Escritura.
Lo que han hecho en la escuela secundaria técnica 17 es un buen ejemplo que debe repetirse en todas las instituciones educativas de ese nivel.
Ojalá y pronto recibamos la invitación de otra escuela, a la que acudiremos con mucho gusto. Su esfuerzo lo merece.

Diciembre 05 de 2017

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Los viejos recuerdos

Ayer, en las afueras de un banco de nuestra ciudad, saludé al buen amigo Ramón Silva López, más conocido como el “negro Silva”, y como siempre, me obsequió unas cuartillas impresas dedicadas a La Paz de los años cincuenta del siglo pasado. Le di las gracias y me retiré pensando en lo feliz que fue en su niñez y juventud de esa época, lo suficiente para recordarla.

En una ocasión anterior, cuando se presentaron los libros de Braulio Maldonado en el Instituto Tecnológico de San José del Cabo, una estudiante refiriéndose al titulado “Qué bonito era mi pueblo” le preguntó a la presentadora: “¿Cuál es la importancia de recordar cosas del pasado, sobre todo para nosotros que estamos viviendo el presente?”

Al escuchar la pregunta de pronto recordé a otros autores que han escrito libros sobre el pasado de nuestros pueblos entre ellos Lorella Castorena Davis, Rosa María Mendoza, Amelia Wilkes, Estela Davis, Edith González Cruz, Ignacio Rivas Hernández y Francisco Altable. Algunos de ellos, los autores, como testigos de ese pasado o como admiradores de esos tiempos, han recreado las costumbres y tradiciones de esas épocas con el solo propósito de evitar el olvido y cimentar de esa manera el recuerdo de lo que antaño fue la vida de esas comunidades.

En el caso de Ramón, periodista, compositor de canciones y una actitud de rebeldía que lo ha acompañado la mayor parte de su vida, tiene el don de recordar como si fuera ayer, los acontecimientos del pasado de nuestra ciudad de La Paz y de las personas que de una u otra manera han participado en su desarrollo. Pero también ha tenido el cuidado de registrar esos recuerdos a través de artículos periodísticos, de cuartillas impresas y la grabación de casetes que amigos de él guardan como un tesoro invaluable.

Y respecto al libro “Qué bonito era mi pueblo” refiriéndose a San José del Cabo, describe una época de mediados del siglo pasado con aire de nostalgia, como deseando que el tiempo se hubiera detenido y no hubiera sufrido los cambios naturales de su progreso. Pero al recordar esa época la intención es transmitir esos conocimientos a las generaciones actuales como un antecedente de cómo se transforman los pueblos conforme a las necesidades que se van presentando. Y de una evolución constante generada por los habitantes que da por resultado mejores condiciones de vida.

Así ha sucedido con todas las comunidades sudcalifornianas y la historia regional nos habla de ello. De la fundación de misiones jesuitas se formaron pueblos como Loreto, Mulegé, San Ignacio, Comondú, La Purísima y San José del Cabo. Y poco a poco fueron transformándose por iniciativa de sus habitantes. O de otros, como Cabo San Lucas y Ciudad Constitución que gracias al turismo y a la agricultura han formado pueblos de pujante progreso. Pero todos tienen su pasado. Un pasado que como sustento de la identidad y del orgullo debe conocerse.

Es por eso de la importancia de recrear las épocas de antaño. No con el afán de envidiarlas o volverlas a vivir, sino como parte de un proceso social que conociéndolo permite seguir avanzando en el presente. Creo que esas son las intenciones de todos los que se han referido a los pueblos de Baja California Sur.

Los autores de la obra “Historia cultural e imágenes de San José del Cabo”, aparecida en el 2013, nos dan la justificación: “La historia que se avecina, en apariencia avasallada por el mega-desarrollo turístico y el tráfico inmobiliario, tiene en la memoria del horizonte josefino una nítida apelación de futuro: la elemental enseñanza de que mientras el sentido de la comunidad permanezca como cultura viva, como palabra legada y recibida, la tradición prevalecerá como el espacio tras el que se orientan las dignidades del pasado y el porvenir”.

Noviembre 01 de 2017. 

jueves, 26 de octubre de 2017

Una salvación oportuna

Como siempre lo hace, la maestra Elizabeth Acosta Mendía, directora del Archivo Histórico Pablo L. Martínez, me obsequió el libro “Indios, soldados y rancheros” del doctor en historia Mario Alberto Magaña Mancillas. Es un texto de 671 páginas, con abundantes fotografías y gráficas.

Cuando el autor se refiere a los indios que habitaron la región norte de la península, --kumiai, paipai, kiliwas, yumas y cucapás— hace un recuento de sus características antropológicas y etnográficas y las regiones que ocuparon a mediados del siglo XVIII. Con respecto a los primeros describe las continuas rebeliones en contra de los propietarios de ranchos y de los pueblos de misión, encabezados por tres indígenas conocidos como Martín, Cartucho y Pedro Pablo.

En 1837, luego de incendiar varios ranchos y asesinar a gente inocente, se dirigieron a San Diego con la intención de hacer lo mismo, con el pretexto de restituir a los indios las tierras que les habían sido arrebatadas por los blancos y mestizos, conocidos como “gentes de razón”.

Para tener éxito en el ataque, convencieron a varios indios radicados en San Diego para que les informaran las condiciones de seguridad del puerto y los soldados que lo resguardaban. Pero fueron descubiertos y fusilados. Al mismo tiempo los pobladores solicitaron con urgencia la ayuda de un destacamento militar que se encontraba acantonado en la misión de San Vicente Ferrer, al mando del capitán Macedonio González.

Al recibir el llamado de socorro, en marchas forzadas llegaron a tiempo para defender el pueblo de los indios rebeldes. Pero éstos, al ver frustradas sus intenciones, huyeron y se refugiaron en la sierra de Jacumé donde le hicieron frente a las tropas de González. Y como conocían muy bien esa zona montañosa, prepararon una emboscada en un barranco donde pasarían las fuerzas que los perseguían.

Desde lo alto de la cañada los recibieron a flechazos y piedras, a tal grado que causaron serías bajas entre soldados y de indios leales que los acompañaban. Desesperados trataron de retirarse del lugar, pero los indios con piedras habían obstruido la salida. Y cuando ya era inminente la derrota y el sacrificio de todos ellos, se oyó de pronto, un grito pronunciado por cientos de voces que decían “Jatñil, Jatñil”.

Eran 200 guerreros al mando del cacique Jatñil, quienes enterados de la rebelión de los kumiai y su intento de destruir el presidio y la misión de San Diego, acudieron en ayuda desde el valle de Guadalupe. Con ese refuerzo, los rebeldes tuvieron que abandonar la lucha y refugiarse en lo más intrincado de la sierra.

Agustín Janssen, quien acompañaba a los soldados de Macedonio González, dijo en esa ocasión: “Si no hubiera sido por esta ayuda, más de la mitad de nosotros hubiera caído como víctimas. Jatñil, el pagano, después de Dios, fue nuestra salvación”.

Por supuesto, Martín, Cartucho y Pedro Pablo continuaron cometiendo tropelías en toda esa región del norte de la península. Macedonio, por su parte continúo al servicio de las armas hasta su muerte acaecida en San Diego. Murió pobre y decepcionado de las autoridades de esa época a pesar de lo mucho que aportó para la paz de esa región.

Por su parte Cartucho y Pedro Pablo al fin fueron capturados y fusilados, poniendo fin a las rebeliones indígenas de esa región central de las Californias. No así los yumas que todavía en 1781 se rebelaron contra las fuerzas españolas, realizando una masacre en las dos misiones establecidas a las orillas del río Colorado.

Octubre 26 de 2017

jueves, 19 de octubre de 2017

Sebastián Taraval, indio cochimí

Cuando el fraile franciscano Junípero Serra se dirigió al norte de la Baja California, en 1769, a fin de fundar misiones en toda esa región perteneciente hoy a los Estados Unidos llevó consigo, además de soldados de cuera, un grupo de indios cochimís con el fin de que ayudaran en los sitios donde se iban a establecer los presidios y los centros religiosos.

En ese grupo iba un indio joven acompañado de su esposa y un hermano, procedentes de la misión de Santa Gertrudis. Bautizado por el padre Retz le pusieron por nombre Sebastián Taraval, en recuerdo quizás de Sigismundo Taraval, un jesuita que estuvo en las misiones de la Purísima y Todos Santos.

En la Alta California lo destinaron a la misión de San Gabriel, una de las primeras que se establecieron en la región y también una que pasó muchas necesidades antes de contar con sus propios medios de subsistencia. La escasa alimentación, la vida insalubre en sus jacales y el rigorismo de los soldados que por motivos baladíes castigaban severamente a los indios fueron causa de que varios de ellos huyeran de la misión. Uno de ellos fue Sebastián.

Junto con su esposa y su hermano se dirigieron al este, a las montañas, tratando de evitar los caminos trillados de la costa. Pasaron muchas dificultades, sobre todo cuando bajaron al desierto y carecieron de agua y de comida. Sus acompañantes murieron, pero él continuó huyendo hasta llegar, cuando ya estaba al borde de la muerte, a una ranchería indígena que le dio socorro a la vez que le pidieron explicaciones sobre su presencia en ese lugar.

Repuesto un poco de sus males, Sebastián continuó su camino hasta llegar a los dominios de los indios Yumas, una ranchería localizada en la confluencia de los ríos Colorado y Gila, y de la cual el cacique era Salvador Palma. Éste, al conocer los motivos de Taraval, le aconsejó que llegara hasta el presidio de Tubac donde se encontraba el capitán español Juan Bautista Anza.

Por coincidencia, Anza estaba organizando una expedición, con el fin de abrir una ruta terrestre desde Sonora hasta la Alta California y el conocimiento que tenía Sebastián le iba a servir como guía. Fue en el año de 1774 cuando la comitiva de Anza —soldados, indios amigos, víveres y bestias de carga— iniciaron esa larga y peligrosa travesía. Salvador Palma, amigo de los españoles, ordenó que un grupo de sus indios los acompañaran hasta las cercanías de las montañas, entre las que se destacaba La Rumorosa.

De allí continuaron su travesía, siempre en busca de agua y forraje para sus animales.

Pero el desconocimiento de la región y el malestar de los expedicionarios casi dieron al traste con su aventura. Cuando se enfrentaron a lo inaccesible de la sierra y estaban a punto de abandonar la empresa, un grito de Sebastián los detuvo: “¡Esperen, esperen, yo conozco un atajo que nos llevará a un lugar donde hay pasto y agua!

Se trataba de la ranchería que le había dado cobijo cuando casi se moría de inanición. En efecto, al cabo de varias horas llegaron al lugar, donde los indios los recibieron sin hostilidades y reconocieron a Sebastián cuando estuvo con ellos. Fue en ese momento cuando el capitán Anza reconoció la gran ayuda que el indígena los proporcionó, y en agradecimiento a ese paraje le dio el nombre de “Ciénaga San Sebastián, el peregrino”

Los siguientes días continuaron su camino, atravesando valles y llanuras a un costado de la sierra Nevada, hasta que a finales de marzo llegaron a la misión de San Gabriel. Taraval acompañó al padre Francisco Garcés en varias expediciones al norte de la Alta California y meses después regresó a Sonora.

Dicen algunos historiadores que Sebastián estaba en una de las misiones fundadas en las márgenes del río Colorado cuando los indios yumas encabezados por Salvador Palma destruyeron las dos misiones y mataron a los padres que las atendían. Ahí también murió el capitán Fernando Javier de Rivera y Moncada, un personaje de la historia de esos tiempos. Vale la pena recordar los hechos de esa rebelión.

Se cree que Sebastián Taraval murió en esa masacre del mes de julio de 1781, pero no hay constancia de ello. Más bien es probable que haya regresado a la Baja California, a su tierra de origen. Como quiera que haya sido, no cabe duda que fue un indígena cochimí que fue reconocido por los pobladores de la Alta California.

Octubre 19 de 2017.

lunes, 16 de octubre de 2017

Una propuesta equivocada

Ignoro qué argumentos justificativos presentó el licenciado Gabriel Salvador Fonseca Verdugo, cronista municipal del XII Ayuntamiento de Los Cabos, para proponer que dentro de la nomenclatura de la delegación de Santiago (sic) se incluyeran los nombres de Cristóbal Chicori, Cristóbal Abué y Domingo Salvador Cunuam, líderes pericúes de esa región.

La dicha propuesta la presentó al Consejo de Nomenclaturas y Monumentos y éste lo aprobó el dos de septiembre pasado. Además de otros nombres también se propuso a los padres jesuitas Lorenzo Carranco, Nicolás Tamaral y cinco más.

Desde luego, distinguir a los misioneros en las calles de Santiago merece nuestra aprobación. No así la de los líderes indígenas ya que estos fueron los causantes directos del asesinato de los padres Nicolás Tamaral de la misión de San José del Cabo y de Lorenzo Carranco, de Santiago.

En la historia de Baja California se describe como fue la rebelión de los indígenas pericúes en el sur de la entidad y de cómo, con inaudita saña, dieron muerte a los padres y parte de soldados y neófitos. Los cronistas de esa época, Miguel Venegas, Francisco Javier Clavijero y Sigismundo Taraval narran los sucesos y lo mismo lo han hecho historiadores contemporáneos como Pablo L. Martínez, Ignacio del Río y Salvador Bernabeu Albert.

Los líderes indígenas Cristóbal Chicori, Cristóbal Abue y Domingo Salvador Canuam, mejor conocido como Boton, fueron los causantes directos de una revuelta que tenía como propósito destruir las misiones de toda la Baja California y cobrar venganza contra los padres jesuitas. Pero solo pudieron destruir las misiones de Santiago, San José del Cabo, Todos Santos y La Paz. El padre Taraval, radicado en Todos Santos, se salvó y refugió en la misión de Los Dolores. En La Paz afortunadamente no había misionero.

Ante la gravedad de la situación los jesuitas solicitaron la ayuda del gobierno a fin de sofocar la rebelión y solo así se pudieron evitar mayores daños. Chicori, Boton y Abue fueron juzgados y según algunos historiadores sentenciados a la pena capital. Con ellos muchos de sus partidarios también fueron castigados.

No hay justificación ni perdón. Por más que se trate de explicar los motivos que los llevaron al asesinato de los padres Carranco y Tamaral, lo cierto es que los grupos de sublevados actuaron con alevosía ante dos representantes de la iglesia que solo buscaban, con el auxilio de Dios. El bienestar de sus feligreses. Y este hecho sangriento invalida cualquier intento de reconocimiento a personas que, como ellos, tienen el estigma de asesinos.

Por eso, creo que la del cronista de Los Cabos, fue una propuesta equivocada. Como lo es también el Consejo de Nomenclatura y Monumentos que no interpretó el contenido del Reglamento alusivo que supuestamente determina que los nombres de calles y colonias deben ser de personajes que se han distinguido por hechos heroicos o que han ofrecido sus mejores esfuerzos para el bienestar de la sociedad en que se desenvuelven.

Lo delicado del asunto es que el propio Cabildo aprobó la propuesta de nomenclatura oficial de la Delegación de Santiago (sic), por unanimidad de votos y giró instrucciones para que el citado acuerdo  se notificara a las diferentes dependencias para su conocimiento y efectos.

Aunque el Acuerdo ya fue turnado al gobierno del estado para su publicación en el Boletín Oficial, creemos que aún es tiempo de rectificar, porque no es posible que en un pueblo como Santiago se ufane de tener en sus calles los nombres de victimarios y lo peor, al lado de sus víctimas. Solo falta que llevados de su ignorancia, veamos dentro de poco monumentos edificados a su memoria. Lo cual sería el colmo.

Octubre 14 de 2017.

jueves, 12 de octubre de 2017

Una lamentable pérdida

Ayer, los medios informativos dieron una triste noticia: un incendio generado en el edificio que ocupa la Dirección Municipal de Cultura y donde también estaba el archivo general en la planta baja, acabó con gran parte del acervo documental que ahí se resguardaba.

El archivo tenía bajo su protección y conservación la documentación de las administraciones de los ayuntamientos de los últimos quince años y unos cuantos de los gobiernos de Adán Ruffo Velarde y Leonel Cota Montaño. De las administraciones anteriores no existen documentos, pues es del dominio público que se destruyeron o fueron a dar al basurero.

Y fue precisamente por este descuido que en el año de 2007 se creó el Archivo General Municipal, con el exclusivo fin de resguardar toda la documentación generada por las administraciones municipales. A partir de ese año se comenzó a inventariar los expedientes y clasificarlos conforme a las dependencias que los expidieron.

Nomás que el local proporcionado por el ayuntamiento no era de su propiedad sino que pertenecía al gobierno del estado. Fue por eso que en el periodo de gobierno de Estela Ponce Beltrán, el edificio fue requerido por las autoridades estatales y no hubo más remedio que desalojarlo. Lo malo es que se hizo con premura, por lo que los documentos ya clasificados fueron amontonados sin ton ni son y trasladados a la planta baja del local ocupado por la Dirección Municipal de Cultura.

En varias ocasiones visité el archivo en busca de información y me di cuenta que solamente una secretaria y el encargado lo atendían. Personal insuficiente para proseguir la clasificación y valoración de los documentos. Y claro, el ordenamiento de las cajas con expedientes estaba retrasado.

Pero aun así, las condiciones del inmueble no eran las apropiadas para la seguridad de los documentos, dado lo reducido de los dos espacios que ocupaban. Como persona interesada, insistí ante funcionarios del ayuntamiento que era necesario encontrar un local más adecuado, incluso construir uno para uso exclusivo de ese repositorio. Pero dadas las carencias financieras eso no ha sido posible.

Ahora, ante lo irremediable, es necesario saber cuántos expedientes desaparecieron y a que ayuntamientos correspondían y levantar el inventario de los que se conservan. Esto con el fin de informar a los funcionarios municipales y a los investigadores que asisten a ese centro cultural.

Fue el 20 de abril de 2007 cuando el boletín oficial del gobierno del estado publicó el acuerdo que creaba el Archivo General Municipal de La Paz, como encargado de la recepción, conservación, clasificación y depuración documental de las áreas y dependencias municipales. Además, la concentración de leyes, reglamentos, actas de cabildo y demás publicaciones inherentes al municipio de La Paz y del estado de Baja California Sur.

Me tocó en suerte ser el promotor y fundador del Archivo General del municipio de La Paz. De sortear muchas dificultades hasta lograr que el municipio tuviera un lugar donde se conservaran las acciones más relevantes de las administraciones pasadas y que esas acciones pudieran ser conocidas por los estudiantes e investigadores los que a  su vez las divulgarían a través de sus publicaciones.

Ahora, con la amarga experiencia de la pérdida de importantes documentos, hay que volver a insistir sobre la necesidad de contar con un local apropiado y seguro para el Archivo. La historia de La Paz y sus pueblos lo merecen. Para la memoria de nuestro pasado, vale la pena.

Octubre 12 de 2017.