Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

martes, 20 de febrero de 2018

Los libros regalados

El jueves pasado, en el local del Archivo Histórico Pablo L. Martínez, se presentó mi libro “Mitos, leyendas y tradiciones sudcalifornianas”, en su tercera edición. Allí le dije al público presente que algunas de las leyendas las había escrito Adrián Valadez, a principios del siglo pasado. Relatos como El Mechudo, El Coromuel y La perla de la Virgen han formado parte desde ese tiempo del imaginario colectivo de los sudcalifornianos.

En la presentación les confesé que el folleto donde aparecían las leyendas de Valadez me lo había regalado un amigo, pero ignoraba quien había sido. Han pasado muchos años de ello, y no fue sino el día de ayer cuando en una plática con el estimado amigo Gilberto Ibarra Rivera, al hacer referencia a mi libro y al folleto en cuestión, cuando me aclaró:” Yo te lo regalé y por cierto pertenecía a la maestra Isabel Noriega”. En efecto, en la portada aparece el nombre de esa educadora.

En mis largos años de mi afición por la lectura, sobre todo de obras literarias e históricas, me ha tocado en suerte que algunas me las obsequiaran aunque, claro, la mayoría las he comprado. Algunas de las que me regalaron son textos valiosos, de principios del siglo pasado, que conservo con pasión anticuaria.

En los años noventa siendo yo encargado del Archivo Histórico de nuestra ciudad, una empleada del mismo, María Concepción Rosales Bautista, me llevó dos pequeños libros de historia publicados por una editorial argentina en 1946. Se llaman “Hernán Cortés” de Carlos Pereyra y “Carlos de Europa, emperador de occidente”, de D. B. Wyndham Lewis.

En pasada ocasión, cuando estaba comisionado en la Dirección Federal de Educación, el entonces director Francisco Jerez Angulo me obsequio un poemario titulado “Antología Americana” también editado en Argentina en 1924. Su autor, Alberto Chiraldo, incluyó poemas de dos mexicanos, Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto.

Y ya en épocas recientes son muchas amigas y amigos que me han obsequiado libros algunos de su autoría. Una de ellas Carmen Boone Canovas, historiadora y cronista veracruzana, me demostraba su amistad con libros. Así tuve en mis manos “La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonial, 1572-1697, de Gerardo Decorme, en cuatro tomos, escrita en 1941. Y el libro editado por Rose Marie Beebe y Robert M. Senkewics de nombre “Lands of promise and despair” que son crónicas de la antigua California. Ellos son maestros de la Universidad de Santa Clara en el estado de California. Además, en una visita que hicieron a esta ciudad en el año de 1999, me dedicaron el libro de su autoría titulado “The history of Alta California” de Antonio María Osio.

Me he hecho de una buena colección de libros regalados. Nomás que algunos los he tenido que devolver a sus legítimos dueños. Tal es el caso de uno que me obsequió una amiga, con la explicación:” Este libro sobre la historia de Baja California lo tenía mi papá en su biblioteca, tiene una firma pero no se de quien es”. Se lo agradecí mucho, ya que era una primera edición de La reseña geográfica y estadística de la Baja California, escrita en el año de 1912 por León Diguet.

Pasaron los años. En una ocasión, cuando el profesor César Piñeda Chacón era el director del Museo Regional de Antropología e Historia de esta ciudad de La Paz, le hice una visita y después de saludarlo le comenté que me habían regalado el libro de León Diguet y que tenía la firma del dueño. Se me quedó mirando y me dijo: “Me interesa conocer el libro, ¿por qué no me lo traes para hojearlo?

Unos días después se lo llevé y al ver la firma me dijo, con cierta alegría: “es la mía, hace mucho presté este libro pero nunca me acordé a quien…” Con cierto pesar se lo devolví, aunque en mi fuero interno pensé; De haber sabido…

Febrero 20 de 2018

viernes, 9 de febrero de 2018

Mi amigo Isidro Jordán Carlón

Ayer, por la mañana, recibí una llamada telefónica de Isidro, quien después de saludarme me invitó a pasar por su casa pues tenía algunas cosas que platicarme. Acudí con el gusto de saludar al amigo de tanto tiempo atrás, cuando fuimos compañeros en la escuela primaria Ignacio Allende, conocida en esos años como la número uno.

Después continuamos frecuentándonos durante nuestros estudios en la secundaria, junto con otros compañeros como Ricardo Fiol, Norberto Flores y Arturo Salgado. Pero mientras nosotros continuamos en la escuela normal él, por motivos personales, ingresó al trabajo burocrático en el entonces Territorio Sur de la Baja California. Con el paso de los años ocupó los cargos de oficial mayor y delegado de Gobierno de La Paz.

Al saludarlo y obsequiarme un regalo —una caja de chocolates— me platicó que entre sus recuerdos de esos tiempos estaba la visita que hizo al pueblo de Cabo San Lucas donde visitó el local que ocupaba la subdelegación. Lo que le llamó la atención es que esa oficina, desde luego improvisada, tenía como paredes láminas de hojalata de tambos utilizados en la planta empacadora de atún establecida en ese lugar.

Me dijo que la encargada de la subdelegación era la profesora Amelia Wilkes Ceseña, nombrada por el entonces gobernador Hugo Cervantes del Río. La maestra atendió los asuntos administrativos de ese lugar, durante los años de 1966 a 1970.

Desde luego la información de Isidro está sujeta a comprobación, no tanto por las paredes de hojalata sino más bien si la profesora Amelia despachó en esa original oficina. Habremos de preguntarle a su hija, también maestra como lo fue ella, si tal hecho fue verdad.

De todas maneras, el recuerdo de esa época nos trae gratos recuerdos. De cómo, en los años sesenta, recorrimos esa región y nos maravillamos de sus hermosas playas y de la bucólica vida de los habitantes de San José del Cabo y Cabo San Lucas. Eran los años en que el boom turístico todavía no transformaba la región alterando el medio ambiente en pos de un desarrollo económico.

Afortunadamente, los recuerdos de esa época han sido recreados por algunos escritores, sobre todo los que se refieren a la hoy ciudad de Cabo San Lucas. Gustavo de la Peña Avilés escribió un libro que se llama “Las memorias del vigía” y la maestra Faustina Wilkes Ritchie con su libro “El San Lucas que yo conocí”. Son dos textos obligados de leer a fin de tener una visión más clara de lo que fue ese hermoso lugar—lo sigue siendo a pesar de todo—hace ya varias décadas

Le agradezco a Isidro su amistad y que haya retrocedido en el tiempo para contarme cosas tan originales como la subdelegación de gobierno de Cabo San Lucas, sobre todo porque ahora, esa población convertida en uno de los pilares de la economía del municipio de Los Cabos, tiene magníficos edificios que albergan las oficinas gubernamentales.

Febrero 08 de 2018

viernes, 2 de febrero de 2018

Un buen recuerdo

Ayer, por la mañana, frente a un banco de esta ciudad, saludé al ingeniero Alfonso González Ojeda y a la par que nos congratulamos de poder hacerlo, me vino a la memoria la época en que se reinstalaron los municipios en el entonces Territorio Sur de la Baja California y a él le correspondió ser el primer presidente del ayuntamiento de La Paz, en el período de 1972 a 1974.

Fueron tiempos de gran actividad política, donde los pobladores de esta región pugnaban por que se convirtiera en un estado más de la federación. Y como un paso a sus anhelos, el presidente Luis Echeverría expidió el decreto para que la entidad volviera a contar con los municipios desaparecidos desde el año de 1929.

En el decreto se estableció que serían tres los municipios: Mulegé, Comondú y Paz, comprendiendo este último toda la parte sur de lo que antes del 29 eran los municipios de Todos Santos, San Antonio, Santiago y San José del Cabo. Era una extensa superficie y una población de un poco más de 51 mil habitantes que tendría que atender el recién creado ayuntamiento.

Con el apoyo de cinco regidores, funcionarios de la administración y cuatro delegados municipales, el ingeniero González Ojeda inició su gestión atendiendo los asuntos en el edificio que anteriormente había sido el palacio municipal, localizado sobre la calle 16 de septiembre. Y respecto al personal de apoyo, el gobierno de la entidad le proporcionó los necesarios a fin de atender las diversas dependencias del ayuntamiento.

Desde luego, los funcionarios fueron elementos clave para el buen funcionamiento del nuevo municipio. Tanto Antonio Wilson González como secretario general y Antonio Manríquez Morales, como tesorero, supieron corresponder a la confianza que en ellos depositó el presidente del ayuntamiento.

Lo mismo se puede decir de los delegados: Filemón Rochín González, de Todos Santos; Horacio Pérez Martínez, de San Antonio; Carlos Peláez Cota, de Santiago y Héctor Palacios Avilés, de San José del Cabo. De estos, cuando se creó el municipio de Los Cabos, en 1980, el primer presidente fue Palacios Avilés.

No fue tarea fácil administrar el municipio de La Paz. Pero con la ayuda invaluable del cuerpo de regidores se atendieron los diversos aspectos jurídicos sociales y materiales que beneficiaran a la población. Así, el licenciado Guillermo Mercado Romero como síndico y Agapito Duarte Hernández, Gilberto Márquez Fisher, Manuel Salvador González Ceseña, Manuel Salgado Calderón y Teresa Delgado de Moreno como regidores, atendieron mercados, comercio ambulante, mantenimiento de calles no pavimentadas, servicio de limpieza, acción deportiva, policía, parques y jardines y cementerios y panteones.

Cuando González Ojeda terminó su mandato, el licenciado Ángel César Mendoza Arámburo, electo gobernador del nuevo estado, en 1974, designó al ingeniero como secretario de Desarrollo. Posteriormente ocupó otros cargos dentro de la administración pública. Pero el hecho de haber organizado y administrado el funcionamiento del primer ayuntamiento de La Paz a partir del año de 1972, lo sitúan en un lugar destacado de la comunidad sudcaliforniana.

De esos años se fueron forjando nuevas generaciones que incursionaron en la política y llegaron a ocupar cargos públicos como Guillermo Mercado que fue gobernador, Antonio Wilson como presidente municipal, y tanto Manuel Salgado como Gilberto Márquez Fisher que fueron representantes populares en el congreso local.

Y ya ven lo que ocasiona un buen recuerdo, cuando saludé al estimado amigo, el ingeniero Alfonso González Ojeda.

Febrero 02 de 2018.

miércoles, 24 de enero de 2018

No somos abajeños, somos sudcalifonianos

No es la primera vez, en múltiples ocasiones y con cierta intencionalidad, muchos medios publicitarios utilizan el término “Baja” para referirse al nombre de nuestro estado que es Baja California Sur. Uno de los últimos es el aparecido en los periódicos promocionando el festival “Hecho en la Baja” en el que artistas locales e internacionales participarán en un evento artístico al que llaman Artes Escénicas de Los Cabos.

Dicho festival se desarrollará el día 27 de este mes de enero en el Pabellón Cultural de Cabo San Lucas y el evento es organizado por Lacirco, Cabo Entertainment Company y WheelsOp. Hasta eso que en el cartel de la propaganda aparece, en letras mínimas, el nombre de Baja California Sur, pero en la parte central del mismo, con letras grandes el nombre del festival “Hecho en la Baja”.

Por supuesto, el pabellón debe estar abierto a todas las manifestaciones culturales, siempre y cuando no vayan en contra de la cultura propia de nuestra entidad. Y lo menos que debieron hacer los encargados de ese centro era exigir que cambiaran el nombre del festival, toda vez que no se identifica con el pueblo sudcaliforniano. De lo contrario se antojan cómplices de tal desacato.

Y el rechazo a la palabra Baja no es de ahora. En el año de 1975, cuando nuestra entidad se convirtió en un estado más de la federación y con ello el nombre con que se identificaría, Francisco Arámburo Salas escribió un artículo proponiendo varios nombres, entre ellos el de Sudcalifornia. No estaba a favor del de Baja California Sur por ser demasiado largo y un tanto despectivo por lo de baja y sur. Y vaticinó que se corría el peligro de, andando el tiempo, la llamarían con el término Baja y a nosotros abajeños.

Le atinó en parte, porque ahora, sobre todo los extranjeros, le llaman así, pero también como Baja Sur, lo cual es el colmo de la ignorancia. Ya en varios artículos de mi autoría he criticado la indiferencia de las autoridades ante este hecho que atenta con la identidad de nuestro pueblo. Pero el tiempo ha pasado y no se ve que pongan remedio, antes al contrario parece que las propias dependencias oficiales comulgan con ello.

El año pasado escribí una crónica titulada “Otra decepción más” donde hacía alusión a la participación de un alumno del Centro de Estudios Tecnológicos del Mar localizado en Cabo San Lucas, en un concurso de declamación a nivel nacional donde obtuvo el primer lugar. Pero cuando me enteré del nombre de la poesía, como quien dice “el gozo se fue al pozo” Y es que el poema llevaba el nombre de “ La juventud y mi Baja Sur”. Lo peor de todo es que el autor fue un maestro de la propia institución.

Y esto duele, sobre todo porque los mentores tienen la responsabilidad de proteger los valores de nuestra tierra a través de su ejemplo. Y de que sus alumnos deben conocer las raíces de su nacionalidad y de cómo, a través de los siglos, esta región comenzó a llamarse California.

Por eso también es loable el interés de los miembros de un asociación civil —CAHEL— los cuales han solicitado al congreso del estado a través de la diputada Diana VonBorstel, su intervención, a fin de que se castigue a todas las empresas, asociaciones artísticas y deportivas, medios de comunicación y otras más cuando utilicen el término Baja en vez de la correcta que es Baja California Sur. Y que el secretario general de Gobierno aplique las sanciones que establece el Decreto correspondiente.

Mientras tanto, la influencia enajenante de extraños sigue y sigue. Como un correo electrónico que con el nombre de KSsap mes por mes inserta la guía de eventos en Baja Sur. Y así, cómo.

Enero 24 de 2018.

miércoles, 17 de enero de 2018

Un mes de enero, pero de 1942

La apacible vida de los habitantes del poblado de Santo Domingo, localizado en el extremo norte del Valle de Santo Domingo, se vio interrumpida por el arribo de trece camiones de redilas que transportaban 218 personas, entre hombres mujeres y niños procedentes de la ciudad de La Paz. Era el dos de enero de 1942 y el contingente era una parte de los campesinos sinarquistas llegados del interior de la república, con el fin de establecer una colonia agrícola en esa región.

Nueve días después llegó el segundo grupo —eran 400 personas en total— acompañado de su dirigente Salvador Abascal. En un principio trataron de buscar acomodo en un lugar al oeste del poblado conocido como Santo Domingo el viejo, a un kilómetro de distancia. Allí levantaron sus viviendas rústicas y una pequeña iglesias provisional. Construyeron un horno para cocer ladrillos pues tenían la intención de quedarse en ese lugar, nomás que el agua del pozo que abrieron resultó salada y no tuvieron otra opción que cambiarse de lugar.

Fue por eso que en el mes de mayo se trasladaron a un sitio conocido como Plan de Caballos, unos diez kilómetros al sur de Santo Domingo y ahí han permanecido hasta la fecha. Pero en esos primeros años, entre 1942 y 1949, muchas familias dejaron la colonia porque no soportaron las carencias en que vivían dado que no recibían suficiente ayuda para su subsistencia.

Y el recuerdo viene al caso por un libro que escribió la maestra Elizabeth Acosta Mendía titulado “Paisajes y personajes de María Auxiliadora, un proyecto colonizador en el Territorio Sur de la Baja California,(1940-1944)”. Para ella, con mi felicitación, inserto un fragmento de la reseña que escribió el licenciado Ramón Beteta, quien acompañó al presidente Miguel Alemán en su visita al Valle de Santo Domingo en el mes de abril de 1951.

EN EL VALLE DE SANTO DOMINGO.- “Aterrizamos en la pista apenas terminada en la colonia María Auxiliadora, después de volar desde La Paz una hora por regiones desérticas. Al bajar del avión contemplamos un espectáculo impresionante: ante nosotros, inmóviles, como en una vieja estampa, alineados como niños de escuela, cubiertos completamente de polvo, están hasta cuarenta hombres, mujeres y niños. En el centro ondean tres banderas nacionales desteñidas hasta el grado de que sus colores no son ya reconocibles y sus antiguas águilas ya en desuso sugieren la de las banderas veteranas de pasadas batallas. Los hombres visten en forma semejante a los de la frontera, pero con ropas mil veces remendadas. Las mujeres tienen ese aspecto gris que dan la resignación y la miseria. Los niños se cubren sus vestidos que niegan haber salido de una casa de comercio, porque carecen de toda pretensión de forma y estilo, pues más bien se asemejan a las batas desteñidas con que se visten los santos en ciertas iglesias de nuestros pueblos. Todos están en expectación. Cuando se acercan al señor presidente y su comitiva prorrumpen inesperadamente cantando el Himno Nacional. Sus voces salen rasgadas, fuertes, decididas, más de quien canta son de quien afirma o de quien reta. Su emoción es demasiada profunda para expresarse en discurso o en aplauso. Han necesitado de las palabras de nuestro himno para dar la bienvenida al Primer Magistrado de la Nación. ¡Patria. Patria, tus hijos te juran…”. El aire se ha electrizado; las voces tienen un sentido religioso. Se ha creado una comunión entre los recién llegados y los que esperaban. No podemos mirarnos los unos a los otros…”.

Y el exsecretario de Hacienda, termina así: “Yo he visto muchas recepciones: algunas fueron impresionantes por el número de personas que concurrieron; otras, por la alegrías de los manifestantes; otras, por el adorno de las calles. Las hubo bien organizadas, las he contemplado también tumultuosas, espontáneas, incontenibles, pero la de Santo Domingo es la única que no olvidaré jamás…”.

Enero 17 de 2018.

viernes, 12 de enero de 2018

Los regalos de dos amigos

Los últimos días del año pasado los pasé disfrutando de la lectura de dos interesantes libros, obsequios de la maestra Elizabeth Acosta Mendía y de mi compadre el profesor Ricardo Fiol Manríquez. El primero lleva por título “Paisajes y personajes de María Auxiliadora” de su autoría, y el segundo “México en la frontera del caos” del escritor y periodista Andrés Openheimer.

La maestra Acosta Mendía describe en su libro el proyecto colonizador en el territorio sur de la Baja California en los años de 1940 a 1944 por los sinarquistas y de la figura de Salvador Abascal, dirigente de ese grupo de campesinos que llegó al valle de Santo Domingo. Es un texto novedoso que está acompañado de numerosas fotografías de la estancia de estas familias en esa región de nuestra entidad.

A reserva de escribir un poco más sobre este tema, voy a explayarme con el contenido del libro de Openheimer, sobre todo porque hace referencia a la sublevación de los grupos indígenas en el estado de Chiapas conocido como Movimiento zapatista de liberación nacional, hecho que se inició el primero de enero de 1944, en la madrugada.

Liderados por el subcomandante Marcos, se apoderaron de San Cristóbal las Casas y otras poblaciones causando la muerte de policías y civiles que se enfrentaron a ellos. Justificaron su alzamiento debido a las condiciones de pobreza y marginación originadas por la falta de atención de las autoridades federales y estatales. Y los abusos de terratenientes y funcionarios que constantemente los despojaban de sus tierras.
El gobierno central —en esos años el presidente de la república era Carlos Salinas— enviaba recursos pero eran aprovechados por las autoridades locales bien para su beneficio o en obras de relumbrón. Se dio el caso de un Gobernador aficionado al basquetbol que mandó construir 1,700 campos de baloncesto en otras tantas comunidades indígenas. O la construcción de un hospital en la región de la selva lacandona que costó casi seis millones de dólares, institución que casi no funcionó por la falta de personal y equipo médico.

El levantamiento indígena tomó por sorpresa al presidente Salinas. Ocupado en divulgar la inmejorable situación de nuestro país, en especial por la firma del tratado de libre comercio entre México, Estados Unidos y Canadá, no puso atención a los graves problemas que se vivían en el sureste, a pesar de que funcionarios de alto nivel le habían advertido del peligro de una insurrección en esa región de Chiapas. Por eso, cuando sucedió, el mundo se le vino encima y no hallaba la manera de resolver ese movimiento armado que dio al traste con su afán de hacer ver a México como un país del primer mundo.

En un principio ordenó que las fuerzas federales acabaran con la rebelión, y lo hubieran logrado. Pero ello motivaría la repulsa de la mayoría de las naciones y afectaría el tratado de libre comercio. Por eso, escuchando los consejos de sus funcionarios, entre ellos Manuel Camacho Solís, secretario de Relaciones Exteriores, optó por la vía de la paz y la amnistía. Para ello nombró al mismo Camacho Solís como comisionado de la paz entre el gobierno y el EZLN.

Openheimer aprovecha el momento, para comentar la situación política del país dado que en ese año de 1994 se llevarían a cabo las elecciones para presidente de la república. Hace mención del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, de su asesinato en Tijuana por Aburto y de Ernesto Zedillo que lo sustituyó y se convirtió en el primer mandatario del país.

En el último capítulo titulado Caída y Resurrección, el autor hace mención de la inestabilidad política y económica de México motivada por la devaluación de diciembre de 1994. Una crisis que obligó a la clase gobernante a abrir los caminos de una mayor intervención de los partidos  que permitieran encauzar al país en sus vías de crecimiento.

Enero 11 de 2018.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Los ruegos de fin de año

Como se ha acostumbrado desde muchos años atrás, los deseos de un fin de año se condensan en la frase “Feliz Navidad y próspero Año Nuevo”, aunque en este 2017 que termina han sido limitados por una realidad negativa que afectó a la sociedad mexicana y que, de no encontrar las soluciones adecuadas, repercutirá en el año de 2018.

En este año han sido muchos las situaciones anómalas que han impedido no solo el progreso de nuestro país sino también la tranquilidad de las familias y del pueblo en general. La violencia de los grupos ligados al narcotráfico, el robo, los secuestros, los feminicidios, los asesinatos, permean la seguridad y la paz y han creados un ambiente de miedo y zozobra que hace tiempo no se tenían.

Y lo que pasa en varios estados de nuestro país pasa también en Baja California Sur. En los últimos años por causas que todos conocemos, entre ellas el auge del turismo y el aumento de población sobre todo en la región de Los Cabos, los grupos delictivos se han aprovechado para introducir toda clase de drogas que se distribuyen en los centros de población de nuestra entidad, valiéndose de jóvenes y adultos conocidos como narcomenudistas los que, a riesgo de su vida, van tras el dinero fácil sin importarles el daño que ocasionan a la sociedad.

Paralelamente el robo a casa habitación, el robo de vehículos, el asalto y los asesinatos —van más de 400 en este año— son los distintivos de un año que está por terminar. Para una entidad que se jactaba hace dos décadas de vivir en un paraíso por la tranquilidad y la seguridad en sus formas de vida, enfrentar ahora este clima de temor y desconfianza se traduce en miedo: miedo de salir a las calles, de asistir a reuniones, de conducir sus vehículos y que los confundan y los ametrallen, de morir siendo inocentes, de ser objeto de venganzas por lo que otros hicieron. En fin…

Muchos siglos atrás —(50 DC) Epicteto, un sabio griego, sentenció: “No hay que tener miedo de la pobreza ni del destierro, ni de la cárcel ni de la muerte; de lo que hay que tener miedo es del propio miedo”. Y si, los sudcalifornianos tememos a nuestro miedo que poco a poco va penetrando en los niños, los jóvenes, en los adultos. Por eso, alguien tiene que poner remedio y si para ello es necesaria nuestra participación con gusto la daremos, todo con tal de desaparecer el miedo que lacera nuestros corazones.

Pero, primero que todo, rogar porque esta época de inseguridad termine y pedir a Dios y a las mujeres y los hombres de esta tierra que juntos elevemos un ruego para que vuelva la paz a nuestro querido país. Una petición en estos términos:

Rogamos para que las autoridades civiles y militares dupliquen sus esfuerzos para acabar con la delincuencia del narcotráfico.

Rogamos para que los funcionarios de la presente y nueva administración de gobierno apliquen políticas constructivas y luchen por desterrar de la vida pública la corrupción y la impunidad que tanto daño han hecho al país.

Rogamos porque la maledicencia, las calumnias, las intrigas y las falsas promesas no tengan cabida en los partidos políticos y mucho menos en los candidatos a puestos de elección popular.

Rogamos por los sufrimientos de las familias que han perdido a sus seres queridos por culpa de la drogadicción y el narcotráfico.

Rogamos por nuestros conciudadanos que sufren las incomprensiones de gobiernos capitalistas que con sinrazones se oponen al progreso de nuestro país.

Rogamos para que el pueblo de Sudcalifornia no pierda la esperanza de un futuro mejor y unidos todos, mujeres y hombres, luchen para hacerlo realidad.

Y rogamos para que el año de 2018 todos podamos disfrutar de la vida sin temores, en un marco de bienestar y felicidad.

23 de diciembre de 2017.