Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

miércoles, 4 de noviembre de 2020

MI ESPOSA Y EL ALTAR DE MUERTOS



Cada año, el 2 de noviembre, visitábamos el panteón de los San Juanes para llevarles ramos de flores a nuestros familiares que reposan en ese lugar: mis padres, mi hermano Juan con su esposa y Guillermo, el hijo primogénito. Desde luego lo hacíamos varias veces al  año, pero ese día de noviembre tenía gran significación para nosotros. Cumplíamos con un ritual tradicional el cual forma parte de la cultura de los mexicanos.

Nomás que en esta fecha también visitaríamos la tumba de mi esposa después de casi cinco meses de haber fallecido. Pero no fue posible por la prohibición de entrar al panteón debido a los probables contagios del coronavirus. Algo teníamos que hacer al respecto y por eso la familia opinó la conveniencia de colocar un altar de muertos en el corredor interior de la casa que fue nuestro hogar durante muchos años.

Martha Patricia con su compañero Víctor y sus hijos Eduardo y Samantha se ocuparon de levantar el arco con ramales de palma cocotera adornados con flores artificiales de color del zempasuchitl. Más tarde, Ana María, Sandra Luz y Virginia colocaron las ofrendas en las que incluyeron pan, frutas, platillos de comida y bebidas. Al fondo del altar estaban las fotografías de mi esposa y de mi hijo. Además, una estimada amiga de la familia, Lupita, llevó la fotografía de sus padres ya fallecidos recientemente que fue colocada también en el altar.

En el año de 2016 escribí una crónica relacionada con los altares de muerto debido a la exposición que hizo de ellas el Colegio Juan Pablo II. Después de la visita hice el comentario siguiente: “Como parte de la permanencia de las tradiciones mexicanas siempre es recomendable revivirlas cada año. Y aunque estas llevan mucho de religiosidad, forman parte de las costumbres mexicanas las cuales, de una u otra forma, deben ser inalterables como sustento de la identidad nacional. Además, profundizar en los orígenes de los altares conlleva la adquisición de conocimientos de la historia antigua de México, de la cultura azteca y sus simbolismos”.

Todo lo anterior regresó a mi memoria cuando contemplaba  el altar familiar y el hecho de que por primera vez un símbolo mortuorio estuviera en nuestro hogar. Ahora, en vez de una visita rápida al cementerio, pudimos tener cerca a Cande y Guillermo, los dos ausentes por los que hemos derramado lágrimas y un duelo que no termina nunca. Y junto a nosotros —esposos, hijos, nietos y algunos bisnietos— oramos por su eterno descanso, a la par que les aseguramos que nunca los olvidaríamos. Toda la tarde y parte de la noche estuvimos sentados frente al altar en una comunión entre la vida y la muerte esperanzados en que, el tributo a su memoria, nos permitiera su presencia inmanente que pudiera consolar nuestros corazones.

Al día siguiente, por la mañana, los mismos que habían colocado el altar de muertos lo retiraron y solo quedó el arco, todavía  luciendo las flores de zempasuchitl. Ahí permanecerá varios días como una entrada al más allá donde moran nuestros seres queridos.

Respecto a la expresión “Más allá” tal vez recuerden mis lectores La Divina Comedia de Dante Alighiere donde éste acompañado del poeta Virgilio recorre el infierno, el purgatorio y el paraíso, lugar donde Dante encuentra a Beatriz. En la interpretación de La Divina Comedia Dante es el poeta peregrino ejemplo de la condición humana; Virgilio que representa el pensamiento racional y la virtud, y Beatriz  quien representa la fe.

En lo que respecta a mi esposa y nuestro hijo Guillermo estamos seguros que ellos se encuentran en el paraíso porque ellos fueron personas de mucha fe y siempre ofrecieron lo mejor de sí mismos para la felicidad de los que los rodearon. Por lo demás, si algo tiene el coronavirus, aparte de su maldad, es que ha permitido unir más a las familias reencontrando en el amor y la comprensión los valores que hacen más llevadera la vida. 

Y, por supuesto, los altares de muerto contribuyen a recordar esos valores humanos de los que se ausentaron y ahora están en el paraíso.

Noviembre 03 de 2020.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Carmen Boone y el SJ Jaime Bravo

A escaso un día del arribo a La Paz del padre jesuita Jaime Bravo, quien llegó con el propósito de establecer la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz, hago un breve recuerdo del misionero y de los trabajos de investigación que realicé a fin de dar forma a un ensayo que subtitulé “Jaime Bravo, fundador de la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz” que apareció en mi libro Tres Hombres Ilustres de Sudcalifornia, editado en el año de 2002 por el XIII Ayuntamiento del Municipio de La Paz.

En la investigación que llevé a cabo eché mano de los informes escritos por los padres Jaime Bravo, Juan de Ugarte y Clemente Guillén que aparecen en el libro “Testimonios sudcalifornianos”, con la edición, introducción y notas del mismo autor. Por cierto fue una edición de la serie “Cronistas” patrocinada por el VI Ayuntamiento de La Paz y el CONACULTA.

Por supuesto me basé en los cronistas Miguel Venegas, Miguel del Barco y Francisco Javier Clavijero. Y entre los más recientes la biografía de este misionero escrita por Antonio Ponce Aguilar. Tenía conocimiento de los informes y cartas enviadas por Bravo a diversas autoridades religiosas y personajes civiles, pero fueron difíciles de conseguir. Por eso, valiéndome de la amistad de doña Carmen Boone Canovas radicada en la Ciudad de México, le pedí me enviara unas copias de los originales que existen en la Biblioteca Nacional de México. Al paso de los días me las mandó por lo que tuve la oportunidad de incluir unos fragmentos de ellas.

Además, doña Carmen me recomendó el libro “El noroeste de México. Documentos sobre las misiones jesuitas, 1600-1769” de Burrus-Zubillaga y que Harry Crosby y Polzer, en sus libros, se habían ocupado de él. Lamentablemente las fuentes citadas por mi amiga no son fáciles de conseguir aunque, por otra parte, los datos del misionero están completos en las crónicas que mencioné al principio.

En el ensayo hablé sobre la iglesia que se construyó y el misterio de su ubicación en La Paz, así como su destrucción. Al respecto escribí: “Pero todavía queda la incógnita de la desaparición de la misión que Bravo edificó en La Paz. Los trabajos de las primeras excavaciones revelan por las medidas que eran para la construcción de la iglesia. Sin embargo en todos los informes que se conocen del padre ninguno hace alusión de ella y las clases de materiales que utilizó. Vaya, ni siquiera un plano o croquis se conocen. En los ocho años que estuvo al frente de la misión bien pudo terminar una iglesia sólida, adecuada para sus tareas de evangelización. Experiencia la tenía, pues él dirigió la construcción de la iglesia de Loreto antes de establecerse en el puerto de La Paz”.

 “Podría pensarse que durante la insurrección de los indígenas en 1734 la iglesia fue destruida dado su abandono durante dos años. Al regreso del padre Guillermo Gordon, éste continuó con los oficios religiosos prueba de que la parroquia estaba en pie. En los siguientes trece años—la misión se abandonó en 1749—bien pudo conservarse incluso haciéndole reparaciones.

Hasta la fecha se ignora el lugar de La Paz donde el padre Bravo instaló la misión. En la calle Zaragoza se encuentra un letrero indicando que en ese lugar se fundó la misión, pero los jesuitas siempre tuvieron cuidado de escoger un terreno plano, incluso cerca de un manantial, por lo que no es posible que en una ladera como es donde se encuentra la calle mencionada haya sido el sitio para instalar la iglesia, la vivienda del padre y las chozas de los indios que servían en la misión.

Así es que ahora, cuando el 3 de noviembre se recuerde al padre Jaime Bravo, solamente la ciudad puede hacerlo por un callejón al este de la ciudad que lleva su nombre. Y después de 300 años de la fundación de la misión no hay ningún vestigio de su existencia ni tampoco un reconocimiento a la memoria de este misionero por medio de una estatua colocada en la calzada Forjadores de Sudcalifornia.

Aunque bien a bien deberían colocarse otra dos, las de Juan de Ugarte y Clemente Guillén, propulsores de la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz.


Noviembre 02 de 2020