Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

lunes, 29 de junio de 2020

Un viejo matrimonio

Ayer ella cumplió 78 años y 60 al lado de su esposo. Con seis hijos vivos, muchos nietos y bisnietos,
ha buscado en la vida los mejores momentos para ser feliz, aunque estos no han estado exentos de apremios y desalientos, de angustias y sufrimientos, de desazones y dudas.
Descendiente de una familia de rancheros, su infancia estuvo rodeada de años felices, tanto como puede serlo la vida en el campo, compartiendo su tiempo con las aves y los paseos a caballo con su padre. Con edad suficiente se dio cuenta de las faenas propias del rancho, las usuales como alimentar a las gallinas, cabras y, sobre todo, al ganado vacuno que en grandes cantidades existía en ese lugar.
Y hubiera continuado ahí, si no es que su padre aquejado de una enfermedad no pudo recuperarse y falleció. Su madre, incapaz de atender las labores propias del rancho, optó por venderlo y trasladarse a un pueblo donde uno de sus hijos se convirtió en ejidatario. Sus hijos mayores se casaron; sólo quedaba la última, la que ayer festejó su cumpleaños.
Cuando cumplía los catorce años se convirtió en madre adoptiva. Una señora del lugar impedida de mantener a su hija de tres meses de nacida la abandonó a la orilla de un arroyo cercano, eso sí bajo la sombra de un mezquite, y la joven que oyó su llanto la recogió y con ella llegó a su casa. Investigando supieron el nombre de la madre quien les dijo que si la querían se las regalaba. ¿Mamá me puedo quedar con ella?
Al cumplir dieciséis años se casó con un profesor que trabajaba en la escuela primaria del poblado. Él tenía veinticuatro. De tez blanca, menudita y de bellos ojos verdes, la joven señora inició su vida de casada y con el paso de los años madre de tres hijos. No fue fácil su estancia en el poblado, aunque las carencias las superó con el amor de su esposo y la dedicación a sus retoños. Y claro, con el apoyo de la madre y sus hermanos.
Así las cosas, un día al profesor lo cambiaron a la capital de la entidad y allá se fue junto con su esposa y los hijos. Lejos de su familia, supo adaptarse a las nuevas condiciones y más cuando encontró protección en los padres de su marido. Era un matrimonio hasta cierto modo feliz hasta que un malhadado día recibió una infausta noticia: su madre, junto con un hermano y uno de sus cuñados habían muerto en un accidente de carretera. Nunca pude comprender como pudo superar esa terrible tragedia. Quizá fue refugio de su dolor el amor de su esposo quien compartió día con día su sufrimiento.
Y así pasaron los años. Los hijos crecieron y el primero de ellos, luego de terminar la preparatoria, decidió matricularse en el Heroico Colegio Militar de la Ciudad de México. Cuando terminó sus estudios obtuvo el grado de subteniente y pocos años después ascendió a teniente. En esa época se casó con una joven oriunda de la ciudad de Toluca y procrearon dos niñas.
Y otra vez, la tragedia ensombreció el hogar de los padres del militar. En la búsqueda de un narcotraficante en un pueblo del estado de Nayarit, frente a su casa, fueron recibidos a tiros a resultas de lo cual el teniente fue herido de muerte. Un escueto telegrama de la zona militar se recibió una mañana dando cuenta de lo sucedido. Otra vez el sufrimiento y el ahogo por el hijo querido. Pero con valor todo se supera en esta vida. Y con resignación. Hoy sus restos descansan por siempre en el panteón de los San Juanes de la ciudad. Y cada vez que visitamos la sepultura las lágrimas de la madre fecundan el recuerdo del hijo que se fue.
Han pasado ya muchos años. Presenció con estoicismo la muerte de dos de sus hermanos, los mayores, y compartió la pena de su esposo por el fallecimiento de sus padres, sobre todo de ella que tanto la quiso. Pero la vida sigue. Hoy, a sus 78 años, agobiada por malestares propios de la edad que la obligan a ser muy cuidadosa en su alimentación, todavía tiene arrestos para atender su hogar y, a pesar de los años transcurridos, el amor del esposo y de sus hijos le da el abrigo necesario para ser feliz. Esa mujer es Cande, mi esposa.
21 de octubre de 2016

viernes, 26 de junio de 2020

MI ESPOSA “LA LEONA”

Doña Cande Murillo de Reyes con sus bisnietos

LA CONOCÍ EN UN PEQUEÑO poblado del Valle de Santo Domingo, adonde fui a trabajar allá por los años cincuenta del siglo pasado. Ella formaba parte de una familia que llegó a ese lugar proveniente de Loreto, esperanzada en lograr un mejor medio de vida en esa región dedicada a las actividades agrícolas.

El poblado que lleva el mismo nombre del Valle estaba formado por una serie de casas de madera que se alineaban alrededor de una sola calle de la que nunca supe el nombre. Según contaban, la madera era parte del naufragio de un barco que encalló varios kilómetros al oeste de ese lugar.

Después de varios meses de relaciones nos casamos por lo civil, con la aceptación de su mamá —su padre había muerto unos años antes— y de sus cuatro hermanos. Fue una boda sencilla y apresurada a la que asistieron pocos invitados. Y es que nuestras condiciones económicas no daban para más.

Iniciamos nuestra vida marital en una casita de madera proporcionada por un vecino del lugar, y ya después en un jacal construido en las orillas del pueblo que tenía por paredes varas entrelazadas de palo de arco, petates y hojas de palma para el techo. Con el paso de los meses, ahí nació nuestro primer hijo que afianzó el amor que nos teníamos.

Al paso de los años nacieron dos más, una mujer y un varón, por lo que la vida se complicó un poco más. Afortunadamente siempre contamos con la protección de la familia de ella, ya que los dos últimos años de mi estancia en ese poblado nos permitieron vivir en su casa. Y eso fue porque me comisionaron a trabajar en otra comunidad que no tenía las comodidades necesarias, así que preferí dejar a la familia con mi suegra.

Recuerdo que los fines de semana recorría caminando los casi veinte kilómetros que separaban las dos comunidades con el fin de estar al lado de mi esposa y de mis hijos. Y también convivir con los amigos y los hermanos de mi consorte. Por supuesto con mi suegra quien siempre demostró un gran amor por mi familia.

Cuando, después de permanecer seis años en el Valle de Santo Domingo, me trasladaron a La Paz, mi vida dio un giro importante. Dos años antes había construido una modesta casa de material en una esquina del terreno que poseía mi papá en las orillas de la ciudad, previendo que algún día regresaría acompañado de mi esposa y mis hijos.

Al principio mi esposa extrañó a la familia que había dejado en el Valle, pero poco a poco se fue acostumbrando y se adaptó a su nuevo ritmo de vida. Sobre todo porque al lado de mi casa vivían mis padres que la acogieron con cariño y le ofrecieron toda la ayuda posible.

Y así pasaron los años. A los tres hijos que nacieron el Santo Domingo se sumaron otros tres más —mujeres— por lo que los cuidados de los mismos requirieron todo el tiempo de mi esposa. Hasta eso que siempre fue una madre responsable. Además de alimentarlos aprendió a coser y en una vieja máquina Singer confeccionaba los vestidos y los pantalones de sus hijos. Después, para nivelar un poco los gastos de la casa, confeccionaba ropa ajena ocupando parte de la noche para cumplir con los pedidos. De esa calidad era mi esposa. Pero ¿por qué el mote de “la leona”?

Cuando los hijos crecieron ingresaron a una escuela primaria y uno de ellos ya cursaba el tercer año. En cierta ocasión, el niño se retrasó en llegar a la casa y su mamá, preocupada, preguntó la razón de ello. —“Es que el profesor lo dejó castigado porque se peleó con otro niño” —le platicó otro de sus hijos.

Oír lo anterior y dejar todo lo que estaba haciendo fue cosa de minutos. Como la escuela se encontraba a tres cuadras de distancia, tarde se le hizo para llegar. Ahí encontró al maestro y lo increpó duramente: “¿Por qué castigó a mi hijo y al otro no? Los dos son culpables y no me parece justo que sólo a mi hijo lo haya castigado y que lo haya llevado a la dirección jalándolo de las patillas”.

Pobre maestro. Se quiso justificar, pero ante la furia de mi esposa no halló otra salida que disculparse y permitir que el niño se fuera a su casa. Como la discusión se dio en la oficina del director y cuando mi esposa y mi hijo ya se habían retirado, el profesor dirigiéndose al encargado de la escuela, le dijo: —“Ah caray, resultó brava la leona, ¿verdad?

Y fue así como durante los años que estudiaron mis hijos en esa escuela, cada vez que mi esposa pasaba a recogerlos era común escuchar a los maestros cuando susurraban: —“Cuidado, ahí viene la leona”.

Y efectivamente fue una leona cuidando a sus hijos. Quizá a ello se debe que ya adultos sientan un respeto y una gran admiración por su madre. Ella llevó siempre en su corazón la sentencia: “A mis hijos no los toquen”.

Marzo 11 de 2016.


martes, 9 de junio de 2020

AUSENCIA

El ocho de este mes de junio falleció mi querida esposa. La llevamos el mismo día al panteón de los SanJuanes donde, acompañado por contados familiares y amigos, quedó a un lado de nuestro hijo primogénito Guillermo Reyes Murillo. Y creo, estoy seguro, que su hijo le dirá: Bienvenida, mamá, te estaba esperando.

Fueron 64 años que en las buenas y en las malas, convivimos en un feliz matrimonio. Ahora ella se ha ido y nos ha dejado con los recuerdos de su presencia, la que siempre estará a mi lado hasta que llegue el momento de estar con ella.

Yo sé que la vida tiene sus límites y que tarde o temprano tiene que extinguirse. Pero nadie lo desea y es por eso el dolor que causa cuando se ha compartido, como en mi caso, durante tantos años.

Cande y yo transitamos por esta vida a nuestro modo. Nos enfrentamos a ella con la fuerza que se da entre dos seres que se amaron mucho. Y ahora ese amor que me dio sin limitación alguna, la heredó a nuestros hijos, a nuestros nietos y bisnietos. Y en la medida en que la recuerden, así será la recompensa para ella que tanto los quiso.

El dolor quizá pasará, pero la ausencia mellará nuestros corazones, porque nos acostumbramos a que estuviera a nuestro lado como esposa, como madre. Por qué su actitud ante la vida fue de retos constantes, siempre con el ánimo de llevar bienestar a sus hijos y para apoyar a un esposo en sus afanes de superación.

Así fue Cande y por eso no me resigno el haberla perdido. Los pocos años que me quedan de vida avivaré su recuerdo, pero su ausencia marcará para siempre mis pasos por este mundo. Y cuando esa ausencia llegue a sus límites, entonces llegará el momento en que, juntos en la eternidad, continuaremos con nuestro lazo matrimonial bendecido por Dios.

No te desesperes, amor, pronto estaré contigo.

Junio de 2020.