Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

lunes, 11 de febrero de 2019

Las calles boludas de La Paz

No cabe duda, las lluvias son benéficas para el campo, pero no para nuestra ciudad. A veces nos ponemos a pensar que las autoridades le piden al dios Tláloc que no sea malo, que tenga compasión de este lugar donde vivimos, ya que de lo contrario no se la acaban con las airadas protestas de los que tienen necesidad de trasladarse de un lugar a otro en sus vehículos.

Que no sea malo, porque en sus presupuestos no tienen el suficiente dinero para el arreglo de las calles y avenidas, y mucho menos para encarpetarlas de nuevo. Que llueva sí, pero en el campo, para que los rancheros alimenten su ganado y puedan sobrevivir de la venta de la carne, la leche y de los chopitos. Y como allí no tienen vehículos para trasladarse, los aguaceros les viene como el viento a Juárez, pues las “bestias” transitan por veredas por más malas que estén.

Cuando La Paz era la ciudad provinciana de principios del siglo pasado, la mayoría de las calles no estaban pavimentadas y por eso las familias tenían la costumbre, todas las mañanas, de regar el frente de su casa e incluso barrerlas a fin de evitar el polvo. Pero cuando aparecieron las primeras calles pavimentadas, adiós la costumbre. Y de pilón también se olvidaron de barrer las banquetas.

Ahora la ciudad tiene las calles con pavimento en su mayor parte, algunas con concreto hidráulico y otras con eso que llaman asfalto. Cada gobierno sexenal ha puesto su parte aunque no compruebe sus resultados. Y es que recién inauguradas, están lisitas y hasta olorosas, pero pasado el tiempo y las malas artes de Tláloc, esas obras se deterioran rápidamente, sobre todo las que fueron construidas con el mentado asfalto mal aplicado, ya que es un material por lo común impermeableinmune a la penetración del agua de lluvia. En una administración anterior, el gobernador invirtió muchos millones de pesos en reconstruir varias calles del centro de la ciudad y se ufanó de su obra. Pero de todas ellas una dos o tres utilizaron concreto hidráulico y son las que permanecen en buen estado, las demás están para llorar. Dicen las lenguas viperinas que lástima de dinero invertido pues ahora constituyen un verdadero problema para los que transitan por ellas.

Cuando llueve en esa calles se forman hoyancos que como dijo un crítico ingenioso “parecen cráteres de la luna”. Y otro, con maligna intención, dio por colocar plantas de flores en cada uno de ellos. Lo cierto es que al pasar por algunas de esas calles el conductor la hace de torero aunque al último sale cornado, pues le hace la verónica a uno, pero cae en el otro. La única solución es ir a vuelta de rueda, pues de lo contrario adiós llantas, adiós la suspensión del vehículo. Y, confesión aparte, las mentadas a los responsables de esos malos trabajos.

Cierto, tanto los ayuntamientos como el gobierno del estado hacen lo posible por remediar el mal resanando las calles deterioradas, pero no bien lo hacen cuando otra lluvia, por leve que sea, origina nuevos hoyos. Total es un cuento de nunca acabar. Y lo peor no es eso, ahora con tanto material usado, en los hoyos tapados se ha formado bolas que ¿usted alguna vez ha montado a caballo? Se brinca sobre el lomo de la bestia tanto, que después de unas horas le duelen las asentaderas y no puede ni caminar. Bueno, pues así se zangolotean los vehículos cuando transitan por esas calles. Por eso muchos conductores ahora han bautizado algunas de ellas: la calle boluda de Félix Ortega, la calle boluda de Reforma; la calle 5 de Febrero frente la escuela secundaria, en fin…

Por eso, cuando un servidor tiene que ir al hospital del Seguro Social que está sobre la calle 5 de Febrero evita las calles boludas y transita por Héroes de la Independencia, una calle de concreto hidráulico que va de la Bravo hasta la Márquez de León. El que la construyó de seguro invirtió, en un rasgo de honestidad, el moche en ella, lo que es de felicitar.

Y, desde luego, no podemos dejar de reconocer lo que está haciendo el gobierno estatal al pavimentar las calles del Este de la ciudad con concreto hidráulico. Es un gusto transitar por ellas. Y en relación con las lluvias recuerdo al Güero de las Canoas cuando decía que las escuelas construidas de madera los moscorrones perforarían la madera en un dos por tres. Cuando las edificaron con materiales metálicos —las prefabricadas— le preguntaron ¿Y ahora, Güero? “Pues que van a batallar tantito”, contestó.

Febrero 09 de 2019

viernes, 8 de febrero de 2019

Bouchard, un corsario en California

Desde que California fue descubierta en 1533 por Fortún Jiménez, no hubo descanso para los
navegantes que llegaron a ella en busca de riquezas y también de exploradores que tenían el encargo de conocer bien a bien esa región del noroeste de nuestro país. Aunque pasados los años también los misioneros jesuitas, franciscanos y dominicos hicieron lo propio, pero en vez de la espada ofrecieron la cruz para llevar la religión a los pobladores indígenas que habitaban la península.

En todos los siglos XVI y XVIII, la California vio desfilar a capitanes de fragatas y veleros, como Hernán Cortés, Francisco de Ulloa, Juan Rodríguez Cabrillo, Francisco de Ortega, Sebastián Vizcaíno e Isidro de Atondo y Antillón, entre otros. Y de los primeros religiosos a Juan María de Salvatierra, Francisco María Píccolo, Juan de Ugarte, Jaime Bravo e Ignacio María Napoli que empezaron a llegar a partir del año de 1697 y fundaron la primera misión jesuita, la de Loreto.

Después, cuando estos religiosos abandonaron la península en 1768 llegaron los franciscanos encabezados por fray Junípero Serra, religiosos que por cierto fundaron muchas misiones en la Alta California, como la de San Diego, Santa Bárbara, San Juan Capistrano, Monterrey y San Francisco. Los últimos en llegar, los dominicos, atendieron durante años las misiones que fundaron los jesuitas, --Loreto, San Javier, Santa Rosalía de Mulegé, Santiago y San José del Cabo y otras más. Pero también fundaron varias misiones en lo que hoy es el estado de Baja California. A mediados del siglo XIX, los dominicos abandonaron la península y con ello se terminó la cruzada misionera.

Pero ese siglo XIX, de 1800 a 1900, registró acontecimientos que tuvieron mucha relación con la independencia de los países de América Latina, entre ellos México, Chile, Perú y Argentina. Los menciono porque sus movimientos independentistas fueron respaldados por flotas de corsarios, amparados por los gobiernos que luchaban por liberarse del yugo de España.

También hubo otros que amparados por la bandera inglesa se dedicaron a depredar los galeones que hacían la travesía de Manila a los puertos de Acapulco y San Blas, y los de Veracruz a Europa. Por ejemplo Francis Drake quien en sus barcos Pelican, Elizabeth y Marygold se apoderó de naves y sus riquezas a todo lo largo de las costas del océano Pacífico. En sus correrías llegó hasta la altura de lo que hoy la ciudad de San Francisco, California, en Estados Unidos, tomando posesión de esas tierras a las que le puso de nombre de Nueva Albión. Otro corsario inglés fue Thomas Cavendish que llegó a las costas de América en 1586 y el 4 de noviembre de 1588 se apoderó del galeón Santa Ana frente al poblado de San José del Cabo.

Sin embargo, fue en los años de 1800 en adelante cuando otros corsarios llegaron a la Baja y la Alta California, y amparados con las banderas de Argentina y Chile destruyeron poblados, los saquearon y les prendieron fuego. Tal fue el caso del corsario argentino Hipólito Bouchard quien en sus barcos La Argentina y la Santa Rosa llegó a la región norteña de continente con el fin de liberar a esa región del dominio español.

Sobre este singular personaje se tiene mucha información, sobre todo porque es considerado un héroe por sus hazañas navales en favor de la independencia de su patria adoptiva. Bouchard era francés de nacimiento. Aunque algunos libros escritos por historiadores norteamericanos lo consideran un vulgar pirata que asoló las indefensas misiones de la Alta California llevado tan solo de su afán de obtener botines a como diera lugar.

Bouchard salió de Buenos Aires en 1818, como capitán del barco La Argentina con permiso corso. Recorrió el océano Atlántico pasando por África hasta llegar a las islas de Oceanía y arribar a Manila. Durante ese trayecto tuvo enfrentamientos navales, uno de ellos con los sanguinarios piratas malayos, no obstante que la mayor parte de su tripulación estaba enferma debido al escorbuto. Cuenta su diario que cuando desembarcó en una isla, el médico de a bordo recomendó que a los enfermos los enterraran dejándoles sólo la cabeza de fuera, como un medio de abatir sus dolencias. El tratamiento no dio resultado y la mayoría murieron.

Al llegar al archipiélago de Hawái, en uno de los puertos encontró una fragata que resultó ser la Chacabuco también conocida como Santa Rosa, una nave argentina también con patente de corso. Como estaba incautada por el rey del lugar pagó por ella y ya con dos se dirigió a las costas de América adonde llegó en el mes de noviembre de 1818. Avisados con anticipación, las autoridades ordenaron que los víveres, ganado y cosas de valor se llevaran al interior de la región a la vez que se aprestaron a la defensa del lugar. Pero nada pudieron hacer ante la numerosa cantidad de los corsarios, por lo que éstos destruyeron el presidio y la misión de Monterrey.

En diciembre llegó a la misión e Santa Bárbara pero contra su costumbre solamente desembarcó e intercambió prisioneros y no hizo daños en la población. Días más tarde ancló en la bahía de San Juan Capistrano y al encontrar resistencia, hizo desembarcar a sus hombres, se apoderó de la misión y se dedicó al saqueo. No encontró dinero ni tesoros. Eso sí recogió víveres y botellas de vino pues en la región había muchos viñedos. Causó algunos destrozos y cuando se retiró tuvo que lidiar con los marinos ahogados de borrachos. Al menos así lo dicen las crónicas de ese entonces.

No del todo satisfecho con el botín obtenido las dos naves pusieron rumbo al sur hasta llegar a la isla de Cedros donde la tripulación descansó varias semanas cazando venados y lobos de mar para alimentarse. En su viaje al sur amagó las costas de México y al llegar a Acapulco, algunos historiadores dicen que se entrevistó con el caudillo insurgente Vicente Guerrero.

En su recorrido capturó varias naves españolas y asedió algunos puertos del sur del continente. Para su mala suerte cuando llegó a Valparaíso para ponerse a las órdenes de San Martín, quien luchaba por la independencia del Perú, fue aprehendido por Lord Thomas Cochrane, almirante en jefe de la armada chilena, acusándolo de pirata. Duró un año en prisión y sujeto a proceso que lo declaró inocente. Después, integrado a las fuerzas de San Martín y Simón Bolívar en su carácter de comandante de la escuadra chilena, participó en batallas contra los ejércitos realistas hasta lograr el triunfo y dejar libre al Perú y Colombia. Esto fue en el año de 1828.

En el mismo siglo XIX llegaron corsarios y filibusteros como lord Cochrane que en año de 1822, con el pretexto de ayudar en la independencia de México, con sus barcos Araucano y el Independencia llegó a la Baja California y saqueo los pueblos de San José del Cabo y Loreto. También en 1853 William Walker se apoderó de la ciudad de La Paz con el intento de fundar una nueva república, nomás que sus intentos no fructificaron.

En cuanto a Bouchard solo queda en la ciudad de Monterrey, California, una placa y un mástil en el lugar donde estaba el fuerte, en recuerdo del ataque de los corsarios chilenos. Para los habitantes de ese lugar predomina la creencia de que Bouchard fue un abominable pirata.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Los dos Joaquines

En el libro “Noticias del imperio” su autor Fernando del Paso hace reiteradas menciones de Joaquín Velázquez de León como uno de los mexicanos que acompañaron al austríaco Maximiliano de Habsburgo en su aventura como emperador de México, en los años de 1864 a 1867. Según la información histórica fue uno de los que integraron la comitiva de mexicanos que viajaron hasta el castillo de Miramar para pedirle que aceptara el trono junto con su esposa la princesa belga Carlota Amalia.


Después de muchas indecisiones y pedir los consejos del emperador de Francia Napoleón III y de su suegro el rey Leopoldo de Bélgica, el archiduque austríaco aceptó la invitación con la condición de que las tropas francesas, que desde 1862 se habían apoderado de nuestro país, lo protegieran y lo respaldaran en sus actos de gobierno.

Velázquez de León lo acompañó en su viaje a nuestro país sirviéndole como consejero y después como ministro en una dependencia del imperio, en la ciudad de México. Cuando las fuerzas liberales del presidente Juárez dieron fin al gobierno de Maximiliano y el fusilamiento de éste junto con los generales Miguel Miramón Y Tomás Mejía, en el cerro de las Campanas de la ciudad de Querétaro, el ingeniero Joaquín Velázquez de León tuvo que exiliarse rumbo a Francia. Fue en el año de 1867. Posteriormente regresó a México donde murió en el año de 1882.

Joaquín fue uno de los numerosos mexicanos que sirvieron al imperio en su calidad de científico pues era ingeniero en minas. Otros, como José Luis Blasio fue el secretario particular de Maximiliano, así como los intelectuales José Fernando Ramírez y José María Esteva. Por cierto, también ocupó un cargo menor Ulises Urbano Lassepas, quien residió varios años en la ciudad de La Paz en su carácter de ingeniero agrónomo y tuvo tiempo para escribir en el año de 1959 el libro “Historia de la colonización de la Baja California y Decreto del 10 de marzo de 1857”

Por razones quizá justificadas, ya que Velázquez de León aportó sus conocimientos en el ramo de la minería de nuestro país, en 1885 la Universidad Autónoma de Nuevo León publicó su biografía, aunque en ella no hace mención de los años que sirvió al imperio de Maximiliano.

Un caso diferente es el del otro Joaquín Velázquez de León también ingeniero en minas que llegó a la Baja California en 1768 acompañando al Visitador José de Gálvez, quien traía instrucciones de llevar a cabo diversas reformasen las que incluía las administrativas y las fiscales pero, sobre todo, tratar de fomentar la minería, la agricultura, el comercio y el poblamiento de esa lejana península.

En ese tiempo Velázquez era un destacado científico que estaba participando en las reformas modernizadoras del país y era una persona reconocida por las autoridades del gobierno virreinal. Fue por eso que Gálvez se fijó en él y lo invitó para que lo acompañara a California. Con el compromiso de atender el buen desarrollo de la minería y la comercialización de sus productos, el ingeniero duró dos años y medio en la península. Además, por sus conocimientos sobre astronomía, se dedicó a las observaciones sobre el paso de Venus por el sol, aprovechando los instrumentos que para el caso había llevado consigo.

Pero su estancia no trajo los beneficios proyectados para modernizar y hacer más productiva la minería de la región. Varias fueron las causas de ello, pero la principal fue la de no encontrar lugares apropiados para la extracción de metales como el oro y la plata. Además, las minas que explotaba anteriormente Manuel de Ocio en el real de Santa Ana, San Antonio y El Triunfo eran vetas reducidas y pobres que no daban para más. A tanto llegó la urgencia de lograr un mejor rendimiento minero que incluso se llevaron barreteros experimentados del centro del país. Pero ni así.

En lo que sí se distinguió don Joaquín fue su contribución en las mediciones astronómicas del paso del planeta Venus sobre el disco solar, coincidiendo con los experimentos del científico francés Chappe d´ Auteroche quien el 3 de junio de 1769 observó ese fenómeno en el pueblo de San José del Cabo. Las mediciones de Velázquez fueron tan exactas que el mismo Chappe lo felicitó, más cuando utilizó aparatos menos modernos que los suyos. A lo mejor fue por eso que al morir éste días después, sus instrumentos fueron adquiridos por el científico mexicano.

Pero la estancia de don Joaquín en la península no le fue del todo mal. A pesar del nulo éxito como experto minero, supo aprovechar su tiempo para pasarla bien en compañía de dos concubinas y jugar a los albures con personas acomodadas de la región. Dicen las crónicas que era un hombre con suerte porque seguido despelucaba a sus contrincantes. Lo acusaron de eso y de otros desmanes, pero su prestigio ante la corte virreinal lo salvó de ser enjuiciado.

Velázquez de León regreso a la ciudad de México a principios de 1770 para recuperar su cátedra en la universidad nacional. Continuó realizando trabajos sobre la minería y dejo varios escritos, entre ellos uno titulado “Descripción de la Antigua California, 1768” que fue reeditado por el II Ayuntamiento de La Paz, en 1975. Murió en la capital el 7 de marzo de 1786. 

lunes, 4 de febrero de 2019

El timbre de mi casa

Cuando construyeron mi casa hace unas décadas atrás, aprovechando la extensión del terreno,  la levantaron cinco metros adentro de la línea de la manzana, por lo que quedó un espacio entre ella y la barda que mi esposa lo utilizó como jardín. En este cultivó diversas plantas de ornato, desde las gladiolas y tulipanes hasta las rosas de diferentes colores. Todas han ido desapareciendo con el tiempo y ahora solamente atiende unas cuantas de flor del desierto, corona de cristo, buganvillas y amor de un rato. Y con esmero cuida de unas plantas de azucenas que florecen en el mes de mayo.

El maestro albañil hizo bien al construir la casa un tanto alejada de los ruidos de la calle. Hizo bien por un lado y por el otro no, pues se originó un problema con eso de las visitas y el aviso de su llegada. Como la barda tiene un pequeño portón metálico que a veces se cierra con llave, las personas se veían impedidas de llegar hasta la puerta de la casa y tenían que buscar la manera de hacer notar su presencia. A veces a gritos o haciendo ruido en los barrotes del portón trataban de que los dueños los atendieran.

En ocasiones, cuando el portón estaba abierto, se introducían con toda confianza, pero a mitad del camino tenían que inmovilizarse cuando nuestro perro, al escuchar el ruido del portón al abrirse, corría y le ladraba al visitante. No era un perro cualquiera. De raza Bull Terry imponía por sus grandes fauces y su mirada de pocos amigos. Lo que no sabían que el animal —una hembra— era como se dice un alma de Dios: Mansa, cariñosa, obediente y juguetona. Todo lo contrario de la fama de agresivos que tienen esa clase de animales.

Cuando la Terry, así se llamaba, ladraba, ya sabíamos que alguien estaba parado y lleno de susto a mitad del jardín. Tantas veces se repitió este suceso que opté por ponerle remedio. En una ocasión en que visité la ciudad de Guadalajara donde residen los familiares de una hermana mía, acudí al mercado de San Juan de Dios y entre otras cosas compré una pequeña campana de bronce de excelente sonoridad. “para colocarla en el portón” me dije y solucionar el problema de las visitas.

Cuando regresé a La Paz, coloqué la campana en el travesaño superior del portón asegurada con un pedazo de alambre convenientemente torcido. Y como prueba le di varias sacudidas para escuchar el sonido causado por el badajo cuando pegaba con las paredes del artefacto. Pero poco tiempo me duró el gusto, porque a los tres días la susodicha campana la robaron. Después de hacer el coraje de mi vida y mandar a los infiernos al ladrón, decidí sustituirla por un timbre eléctrico cuyo botón coloqué en la entrada de la barda y el reproductor del sonido en una de las paredes del interior de la casa. La chicharra sonaba fuerte y resolvió durante meses el aviso de los visitantes. Nomás que fue mi esposa la que puso fin al mencionado timbre.

—“A ver qué vas a hacer con ese timbre porque ya me tiene harta”, me dijo y su voz de enojo no tenía réplica. Resulta que a mí también  pero me hacía el disimulado. Y la causa era que muchos de los que pasaban frente a la casa por diversión o por mala leche oprimían el botón y entonces mi esposa se apresuraba a atender la llamada y cuando llegaba al portón no había nadie esperando. No una sino infinidad de veces ocurrió lo mismo y lo peor fue cuando a altas horas de la noche se escuchaba el timbre y teníamos que levantarnos para atender al supuesto visitante. Engaños como esos fueron los que motivaron el enojo de mi media naranja.

Y como en mi casa yo mando, pero se hace lo que mi mujer quiere, anda vete el odioso timbre y otra vez los sustos de las personas y nuestra perra Terry. Había que solucionar de algún modo el problema. “Pero ¿cómo? es la pregunta que me hice durante varios días. Y la solución me llegó de forma inesperada. Un domingo por la mañana…

Un domingo por la mañana con mi familia visitamos el rancho de un amigo, allá por el rumbo de San Antonio de la Sierra. Mientras mis hijos iban en busca de pitahayas, me quedé platicando con don Alfredo sobre cosas relacionadas con la vida cotidiana de ese lugar, especialmente del cuidado de los animales, de lo caro de los forrajes, de la producción de la carne y la leche y, por supuesto, de la manutención del ganado en tiempos de secas.

De todo eso hablamos mientras caía la tarde, acompañados de una taza rebosante de café de talega. Por cierto que cuando hicimos referencia al ganado nativo, el que habían traído los primeros colonizadores de la península, don Alfredo confirmó lo que ya sabía: que se habían adaptado bien a las condiciones de aridez de la tierra y sobrevivían de las semillas y las hojas de las plantas de la región como el mezquite, el mauto y el tojil. Y en casos extremos el nopal, la biznaga y la choya, aunque a esta última hay que quemarle las espinas para que puedan comerse.

“¿Y el ganado cebú? le pregunté, porque estaba enterado de que un gobernador años atrás lo introdujo con la intención de mejorar la raza. “Yo compré un semental y lo crucé con mis vacas criollas, pero los becerros cuando crecieron nunca se pudieron adaptar a las condiciones de la región”. Y entonces recordé una sentencia de mi estimado amigo Isidro Jordán cuando dijo:” a esos mentados cebús se los va a llevar la chingada, porque nunca podrán igualarse al ganado criollo que le llevó siglos de adaptación a nuestro medio natural”.

Caía la tarde y de pronto allá a lo lejos se escuchó el sonido de una campana. Extrañado puse atención ya que el sonido se escuchaba cada vez más cerca del rancho. Don Alfredo al notar mi interés me explicó: “Es el cencerro de la vaca caponera que viene a tomar agua al igual que las demás que vienen detrás de ella”. En efecto, al poco rato, fueron llegando un grupo de vacas, toretes y becerros que se apilaron en torno a la pila del agua. Y claro la pregunta era de rigor: “Oiga don Alfredo, y ese llamado cencerro ¿para qué sirve?”.

“Bueno —me contestó— en el rancho se lo ponemos a la vaca que hace de cabecilla de las demás y también para facilitar encontrarlas cuando se alejan en busca de comida. Es curioso, pero en la quietud del campo el sonido del cencerro se alcanza a escuchar aunque anden muy lejos. Vamos para que vea como lleva el cencerro el animal”. En efecto, cuando me acerqué a la vaca me di cuenta que la campana la llevaba amarrada alrededor del cuello con una tira de cuero. Como por lo común estos animales son mansos pude incluso hacer sonar el mentado cencerro. Hasta eso con una sonoridad bastante buena.

Cuando regresamos a la casa del rancho le platiqué a don Alfredo del problema que tenía con el timbre y la dificultad que teníamos cuando llegaban visitas. “Oiga —me dijo— ¿y un cencerro no le serviría?”. “A lo mejor es la solución”, le contesté. “Por aquí tengo uno que le quité hace unos días a otra caponera, se lo voy a regalar”. Y dicho y hecho. Cuando regresé a la ciudad llevaba conmigo el cencerro el que al día siguiente lo colgué en el portón.

De esto han pasado cerca de quince años y el despreciado pero eficaz cencerro sigue ahí tan campante. Estoy esperando que se lo roben para poner otro que un amigo, en serio y en broma, me regaló en Navidad.

martes, 29 de enero de 2019

Las plantas milagrosas


La semana pasada la doctora Martha C. Reyes Becerril, investigadora del Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste, tuvo la amabilidad de obsequiarme la copia de un estudio relacionado con el uso del epazote en la alimentación de los peces y los resultados obtenidos después de varios meses de experimentación. Se trataba de saber los efectos de esta planta como antioxidante, la calidad inmunológica y su potencia antinflamatoria, de tal forma que los peces cultivados se desarrollaran en las mejores condiciones posibles. Y los excelentes resultados obtenidos son los que aparecen en el estudio de referencia.
                                                                                             
Para mí, lo confieso, fue una novedad. Yo sabía del epazote como planta medicinal y también que es utilizado como condimento en varios platillos de comida mexicana, pero hasta ahí. En ocasiones, unas hojas en una infusión me han servido para aligerar la molestia de la gripe y la flema que lo acompaña. O bien, machacando unas hojas de esa planta y pegarlas  en el lugar de un venenoso piquete de zancudo a fin de aliviar el dolor.

Pero, bueno, me pregunté “¿Porqué los responsables de esa investigación, Martha Reyes Becerril,  Carlos Angulo, Verónica Sánchez, Juan Vázquez Martínez, y Mercedes G. López escogieron esa planta para efectuar su trabajo de acuacultura? ¿Qué propiedades le encontraron a esa humilde planta de origen mexicano? Y como la curiosidad mató al gato, hube de explorar en Google a fin de salir de dudas.

Y vaya sorpresa que me llevé. Resulta que el epazote es de origen prehispánico, de la palabra “epaztli” que significa zorrillo por su aroma tan fuerte que despide. Pero eso es lo de menos. Resulta que es un estuche de monerías por las increíbles propiedades que le achacan, entre ellas que es antiparasitaria (se usa en té para los niños que tienen lombrices), antiinflamatorio en caso de enfermedades como las hemorroides, expectorante y además fortalece el sistema inmunológico. Cuando se padece de gases estomacales un poco de esa infusión las evita. En fin…

Por si fuera poco lo anterior en su composición química se encuentran carbohidratos, proteínas, fibras y grasas, además de vitaminas y minerales como el calcio, el potasio y el magnesio. De seguro todo esto lo sabían los investigadores del CIBNOR y fue por eso de la selección del epazote para sus experimentos. Cuando le pregunté a la doctora Martha como demostraron los resultados de su estudio, me miró entre burlona y sonriente antes de contestarme: “Abuelito, pero si tú fuiste testigo de ello”. ¿Cuándo?, le respondí. “¿Te acuerdas —me dijo— cuando te invité a comer a  mi casa para saborear un estofado de pescado que te supo tan sabroso? Bueno, pues eran peces alimentados con epazote, cultivados en los estanques de nuestra institución. Protegidos con las propiedades de esa planta crecieron sin problemas y ahora con ese método se pueden desarrollar donde quiera que se utilice la acuacultura para reproducirlos”.

— “Ah, caray —me dije— aguas con los científicos”. Resulta que esa investigación que fue enviada a una revista especializada a nivel mundial, después de un análisis cuidadoso de su contenido, se publica para conocimiento a todas las instituciones científicas existentes en el mundo. Y esto verdaderamente es una satisfacción para los autores y el propio CIBNOR.

Y aún hay más, como dijo un periodista. Resulta que ahora se pretende experimentar con los beneficios que producen algunas plantas como alimento en los animales domésticos, como es el caso del orégano en la dieta de las cabras. Yo sabía, porque me lo contaron unos rancheros, que en algunas regiones de nuestra entidad, los venados se alimentan de las hojas y tallos de esa planta. Y es por eso que cuando cazan uno de ellos la carne tiene un sabor especial lo que la hace más apetecible.

Experimentos aparte, aquí en nuestras regiones existen muchas plantas que sirven de alimento al ganado caprino y vacuno. Son las llamadas plantas forrajeras, como la vinorama, el tojil y el mauto, además de las cactáceas, (biznaga, choya y el nopal, como último recurso en tiempos de secas). La que no aparece como planta forrajera es la damiana, lo cual es una ausencia lamentable dadas las propiedades de que está revestida.

De mucho tiempo atrás se cuentan las hazañas de esta planta como generadora de energías sexuales, que es afrodisíaca y eficaz para la indolencia varonil. Un ranchero de la sierra de las Cacachilas se acostumbró a tomar diariamente varias tazas de té de damiana y todavía a los noventa años seguía activo reflejado en los 27 hijos que tuvo con su esposa, el menor de un año.

Apoyados en las propiedades maravillosas de la damiana, bien harían los científicos experimentar e incluir en la alimentación de los venados esa planta. Verían los resultados extraordinarios que se obtendrían: cientos y cientos de estos hermosos animales recorriendo los valles y montañas de esta región de nuestro país.

Pero la fama de la damiana no es de ahora sino de muchos años atrás. En 1884, un extranjero llamado CharKrafr cuando vivía en La Paz vendía un licor de damiana la que según él fortalecía las constituciones delicadas. Aseguraba que las plantas se reproducían en las costas, en los valles y en las serranías y la mejor era la que se daba en éste último lugar.

Ahora, el licor de damiana se prepara en una pequeña fábrica del pueblo de Todos Santos, para consumo por lo general interno. No sucede así con otra industria establecida en la ciudad de Guadalajara, donde se embotella en un envase de vidrio que tiene la imagen de bulto de una mujer desnuda con los senos al aire. Dicen los que se interesan en sus propiedades que se vende como pan caliente.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Del héroe José Antonio Mijares

Semanas atrás visité a la maestra Elizabeth Acosta Mendía en el Archivo Histórico Pablo L. Martínez del que es directora, y entre otras cosas me platicó que estaba iniciando una investigación sobre la vida y la obra de José Antonio Mijares, el defensor de nuestra península durante la intervención norteamericana en los años de 1846 a 1848.

Mijares murió en el ataque que realizaron las fuerzas locales contra la guarnición de soldados norteamericanos que se habían apoderado de San José del Cabo. En su calidad de teniente de navío dirigió el ataque sin dar tregua a los invasores, aunque su arrojo y valentía lo costó la vida.

Considerado uno de los héroes que se distinguió en la defensa de esta región del país, junto con Manuel Pineda, Vicente Mejía, el padre Gabriel González y otros más, se ha pensado que sus restos puedan descansar en el Rotonda de los Sudcalifornianos Ilustres en esta ciudad de La Paz.

Es por eso que la maestra Acosta Mendía reunió toda la información disponible sobre este personaje, a fin de solicitar ante el H. Congreso del Estado emita el decreto para que José Antonio Mijares ocupe un lugar de honor en la Rotonda, donde recibirá el homenaje de todo el pueblo de Baja California Sur.

En esa ocasión de mi visita le dije que en el libro “Guía de manuscritos concernientes a Baja California en las colecciones de la biblioteca Bancroft”, escrito por Rose Marie Beebe y Robert M. Senkewics, aparecían varias fichas referentes a la muerte de Mijares. “Présteme el libro—me dijo de pronto—ya veré el modo de conseguir esos documentos”. Al día siguiente le llevé el libro donde encontró las fichas. Y hasta ahí el asunto.

Ayer, la visité de nuevo y ante mi sorpresa me mostró las fotocopias de los documentos cuyos originales se encuentran en la biblioteca Bancroft. “Cómo le hizo—le pregunté, porque sabía lo difícil que es conseguir información de esa institución dada la lejanía de nuestra ciudad, a menos de tener oportunidad—y medios económicos-- para visitar la ciudad de San Francisco, en los Estados Unidos, donde se encuentra esa biblioteca.

--“No fue fácil—me explicó—tuve que echar mano de amistades que tengo en esa ciudad quienes amablemente acudieron a la biblioteca en busca de esos documentos. Después me los enviaron por correo electrónico” Y uniendo a su explicación me dijo “Aquí los tiene”. Y me regaló una copia de los manuscritos.

En efecto, en esos informes viene como murió Mijares en el ataque a los norteamericanos en San José del Cabo. Pero también incluyen un dato revelador de la actuación de dos guerrilleros en esa acción. Dice así: Comunico que Vicente Mejía comprometido con la Comandancia General de Sonora y los pueblos de Baja California para hacer la defensa del país, y el padre Vicente Sotomayor, comprometido con la Comandancia de Sonora y Sinaloa al grado de decir “que colgaría los hábitos para empuñar la espada y que ponía todos sus intereses a disposición del gobierno para sostener la integridad territorial”, no solo no habían cumplido con su promesa, sino que el primero por su infamia y cobardía en la acción de San José del Cabo, había resultado la muerte del valiente y 1er Tte.de la Armada Nacional Don Antonio Mijares, renunciando enseguida por separarse de las armas estando en el centro del enemigo , declarando que lo hizo por hallarse completamente acobardado, circunstancia que no vio antes de tomar las armas…”

En cuanto al segundo dice: Ni siquiera vio la cara al enemigo y que cuando oía decir que se acercaba donde él estaba corría despavorido y que en un lance estuvo cuasi metido en un cañaveral desapareciéndose repentinamente sin saberse que rumbo había tomado…”

Este comunicado dirigido al alcalde de Comondú por el Comandante General Pineda, revela secretos de la actuación de jefes de las guerrillas bajacalifornianas aunque, por ser informes de terceras personas, se debe ser cauteloso al admitirlos. Aún así…

Diciembre 05 de 2018.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Algo para recordar

El viernes pasado, 23 de noviembre, asistí a Ciudad Constitución para presentar el libro “Salvador González Moreno, pionero del Valle de Santo Domingo”, de mi autoría. Como en anteriores ocasiones el evento se efectuó en la Casa Amarilla y fue organizado por uno de sus hijos Rubén y el ayuntamiento de Comondú.

A las cinco de la tarde con un numeroso público, los familiares de don Salvador entre ellos y la presencia del presidente del ayuntamiento de Comondú, el doctor Walter Valenzuela y otros funcionarios, dio principio la presentación a cargo del profesor Leobardo Arce González y del cronista José Soto Molina.

Leobardo expuso parte del contenido del libro y José, por su parte, hizo mención de la importancia de conocer la historia de los hombres que a base de esfuerzos lograron hacer producir la tierra del Valle de Santo Domingo. También hizo mención de mi carrera como escritor y recordó otro libro anterior que escribí sobre esta región del estado de Baja California Sur.

El evento fue cálido y emocionó a los presentes cuando Irazema Arce, una de sus nietas e hija de María del Refugio González, cantó un corrido de su inspiración que fue ovacionado por el público. La composición se llama “A los González” y termina así: “Vuela, vuela, palomita/ por todos los pastizales/ ve y dile a mis abuelos/ que orgullosos estamos/ del apellido González.

Como en toda presentación, como autor autor hice uso de la palabra y en esta ocasión, llevado de la presencia de las hijas e hijos de don Salvador, Juanita, María del Refugio, Evarista, Beatriz y desde luego Rubén, además de nietos y bisnietos, solo tuve palabras de agradecimiento por haberme permitido escribir un poco sobre la vida y la obra de uno de los primeros pioneros que llegaron al Valle de Santo Domingo en el año de 1950.

--“El libro lo escribí con amor —les dije a los presentes— como un reconocimiento al hombre, quien junto con su familia y los demás colonos que fundaron el poblado Sebastián Allende, me aceptaron, me respetaron y me comprendieron como un maestro que por primera vez ejercía mi trabajo docente con los niños de ese poblado.

Y ahí, con la emoción reflejada en mi rostro, hice mención de Rubén, Evarista y Beatriz quienes fueron mis alumnos y hoy estaban presentes en este homenaje a su padre y de su querida madre, doña María. Después, al terminar la presentación, saludé a muchos familiares de don Salvador, entre ellos a Juan José, quien radicado en la ciudad de Guanajuato, viajó especialmente a fin de estar en este acto en honor a su abuelo. Así como también a la esposa e hijos de Adolfo González que viven en Puerto San Carlos.

--Soy María —me dijo al saludarme— la hija de Juana. Y entonces recordé que durante mi estancia en el poblado Sebastián Allende, fue la primera que nació en ese lugar para alegría de todos los colonos. Ella también se convirtió en la primera sudcaliforniana descendiente de padres jalicienses, un hecho de relevante importancia por todo lo que significa la identidad de los habitantes de esa región.

Y de una tierra que los acogió y les abrió sus entrañas para que la hicieran fructificar. Una región generosa que abrió sus brazos para recibir los despojos de muchos colonizadores —y también sus esperanzas de vida— pero que dejaron para la posteridad, además de su ejemplo de tenacidad, hijos y nietos que hoy forman las nuevas generaciones de comundeños.

El libro que se presentó incluye texto de la vida y la obra de don Salvador, fotografías y documentos inéditos, además de la letra del corrido compuesto por Irazema. Al final del texto escribí:

“Salvador González Moreno está sepultado en una tierra ajena a la que nació. Pero tengo la convicción de que eso hubiera preferido ya que fue la tierra donde logró con creces el bienestar de su familia y de otras que lo acompañaron al Valle de Santo Domingo, en 1950. Es la buena tierra que abriga a las mujeres y los hombres en agradecimiento por convertirla en una fuente de vida. Es la buena tierra que cada año florece, para reflejar, en sus frutos, la presencia de hombres valientes como don Salvador González Moreno”.

Noviembre 25 de 2018.