Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

lunes, 10 de febrero de 2020

La esclavitud en Estados Unidos

Harriet Tubman
La semana pasada compré la película “Harriet, libre o muere” en la que se dramatiza parte de la vida de Harriet Tubman, una mujer negra que sufrió la esclavitud en las plantaciones del estado de Maryland, en Estados Unidos. Y de cómo, en su afán de ser libre, recorrió miles de kilómetros hasta llegar a la ciudad de Filadelfia donde encontró refugio.

No conforme con ello, regresó a la plantación para guiar a su familia a la libertad, junto con otros esclavos, evadiendo las persecuciones de que fueron objeto. La película es interesante pues revela las condiciones de pobreza, de trabajo sin horario y de las humillaciones por los malos tratos de los hacendados.

Para evitar ser reconocida, su nombre original era Amarinta Ross, lo cambio por el de Harriet Tubman como fue conocida a través de sus acciones en favor de los negros esclavos. En la realidad ella en trece misiones efectuadas liberó a 70 personas utilizando lo que se llamó el Tren Subterráneo, que era una red de rutas secretas y refugios.

Por lo demás, la vida de Harriet es interesante ya que forma parte de la historia de los Estados Unidos. En el transcurso de la guerra civil, estuvo presente como enfermera, espía y participó en la milicia. Al frente de un destacamento, en 1863, logró liberar a 700 esclavos.

Frederick Douglass, uno de los principales políticos que luchó por el abolicionismo, dijo de ella: “La diferencia entre nosotros es muy marcada. La mayor parte que he hecho y sufrido al servicio de nuestra causa ha sido en público y he recibido mucho aliento. Tú has trabajado de manera solitaria. Si yo he forjado en el día, tú en la noche, donde las silenciosas estrellas ha sido testigos de tu devoción a la libertad y tu heroísmo…”.

La vida de Harriet Tubman me hizo recordar un libro que adquirí muchos años atrás titulado “La cabaña del tío Tom” de la escritora Harriet Beecher Stowe. En 1851, diez años antes de iniciarse la Guerra de Secesión, aparecieron los primeros capítulos de esta novela la que, con el tiempo, fue un referente obligado para conocer como fue la esclavitud en los Estados Unidos.

Una periodista, Lucila Rodríguez Alarcón, escribió de ese libro lo siguiente: “La cabaña del tío Tom es un documento tremendo en el que la deshumanización de un sistema infame queda desmontada a través de personajes de una humanidad épica. La narración está hecha de una forma que profundiza en los personajes y sus situaciones. Las descripciones de los sistemas de esclavitud poseen detalles que nos trasladan a esa época. Pero lo más relevante de este libro es que presenta las diferentes formas de percibir la esclavitud por los distintos actores implicados”.

Harriet Beecher ganó la fama con esa publicación. Corre la historia de que en el año de 1862, en plena guerra, el presidente Abraham Lincoln conoció a la autora a quien le dijo: “Así es que usted es la pequeña mujer que escribió el libro que inició esta guerra”. Lo curioso es que Beecher nunca conoció el sur del país, de los estados de mayor esclavitud, pero hizo una investigación exhaustiva por medio de los documentos existentes en esa época.

En la novela, la autora recrea parte de la vida de Harriet Tubman, creando personajes que escapan hacia la libertad a través de caminos desconocidos para los hacendados, hasta llegar al norte donde podían vivir en libertad. Supo del Tren Subterráneo, una organización clandestina, el mismo que utilizó Tubman para liberar a muchos esclavos.

Las dos Harriet forman un paralelo en la lucha contra la esclavitud en los Estados Unidos. La primera, Tubman, sufriendo en carne propia los peligros para lograr su libertad y la segunda, a través de la ficción, mostrando lo que fue en la realidad el drama de la servidumbre en esa época. Las dos se ganaron el reconocimiento de la gente que luchaba contra la esclavitud y por ello sus nombres han trascendido a través de los años. 
Habrían de pasar muchos años para que su ejemplo cundiera en los Estados Unidos.

Luchadores como Rosa Parcks, la mujer negra que en 1955 se opuso a la discriminación de su raza que no podían compartir los lugares públicos, escuelas, restaurantes o los asientos de los autobuses urbanos. O de Martin Luther King defensor de los derechos civiles de los negros. Gracias a ellos y otros más las cosas cambiaron en ese país. Ahora forman parte del pueblo norteamericano y su presencia ha sido determinante en la vida deportiva, cultural y política de ese país.

jueves, 21 de noviembre de 2019

De pronto se perdió

En el rancho Los Laureles localizado a 40 kilómetros al oeste del poblado de San Pedro, la familia de Enrique Romero Angulo y su esposa Patricia Verdugo veneran a San Judas Tadeo, el santo de los perdidos, y le han construido una pequeña capilla en la parte alta del terreno, frente a su casa.

Allí, en ese lugar, fue el punto de concentración de un numeroso grupo de personas que acudieron el día 17 de este mes de noviembre con el fin de emprender la búsqueda de mi hijo Agustín, conocido familiarmente como Guty. Un día antes, por la mañana, tres cazadores, Johan, Francisco el Piquín y él habían acampado unos quince kilómetros adelante del rancho y se prepararon para la cacería. Esa amplia zona, aparte de dos arroyos que la cruzan, es de vegetación alta y tupida. Además ese día estaba nublado y se pronosticaban lluvias originadas por la depresión tropical Raymond. Aun así se internaron en el monte en busca de venados. Después de varias horas dos de ellos regresaron al paraje menos Agustín. Pasó el tiempo y entonces lo buscaron pero no dieron con él. Al anochecer regresaron a La Paz y dieron la noticia: ¡El Guty se había perdido!

Los días 17,18 y 19 recorrieron la zona compañeros del club Gavilanes, antiguas amistades, familiares, miembros de las policías estatal y municipal, del grupo Calafia, bomberos de El Centenario, apoyados con vehículos de doble tracción y cuatrimotos. Incluso brigadas entraron por el kilómetro 35, atravesando el rancho de Raúl Olachea y la estación nacional de cría. Pero mi hijo no aparecía. Y mientras tanto en Los Laureles Teresita su esposa y sus hijas Patricia y Valeria esperaban, esperaban, mientras las horas transcurrían y la angustia crecía.

El día 19, por mañana, como a las diez horas dieron la noticia: una avioneta de la Dirección de Protección Civil del gobierno del estado, lo había localizado caminando en un ramal del arroyo conocido como El Cenizo. Por coincidencia, cuando nos dirigíamos al rancho en el vehículo de mi nieta Tania —la acompañaban mi esposa y mis hijas Ana María y Marta Patricia— hicimos un alto en un guardaganado donde se encontraba Patricia, la hija mayor de Agustín, quien en esos días había hecho guardia para orientar a las personas que se dirigían al rancho. La encontramos sentada al lado de su automóvil, resignada pero con la esperanza de que su padre aparecería. Mis hijas la saludaron y en ese instante recibió una llamada por su celular avisándole que su padre ya lo habían localizado. Ya se imaginarán la sorpresa y después la alegría que nos inundó. Abrazos, felicitaciones, mientras que en el interior del vehículo una madre conmovida hasta las lágrimas daba gracias a San Judas Tadeo por haberla escuchado.

Llegamos al rancho con la recomendación que detuvieran la búsqueda mientras esperábamos su rescate. Por fin, como a las cuatro de la tarde nos avisaron que en un picap de Protección Civil lo llevaban rumbo a La Paz por una brecha que entronca con la carretera transpeninsular a la altura del kilómetro 35, conocido como La Virgencita. Regresamos de inmediato a la ciudad, a la casa de Agustín, donde lo encontramos como se dice “salvo y sano”.

Pero, ¿cómo fue que dieron con Guty? Ricardo, un hijo de Luis Reyes, mi sobrino, platica los pormenores: “El día 19, cumplido el protocolo de las 72 horas, la Dirección de Protección Civil implementó las estrategias de la búsqueda y se apoyó en el ejército, la marina y las policías del estado y del municipio de La Paz. En una avioneta donde iba Carlos Godínez León, director de esa dependencia y Ricardo, invitado por conocer la región, sobrevolaron la zona y descubrieron a Guty que iba caminado a través del arroyo. Le hicieron señales para que ya no se moviera y regresaron al aeropuerto donde ya los esperaba un picap de la misma dirección de Protección Civil.

De hecho, fueron los primeros en llegar al lugar donde se encontraba mi hijo, porque minutos después aterrizó un helicóptero de la Armada de México que también lo andaba buscando. Examinaron a Guty y lo encontraron en buenas condiciones de salud. Al preguntarle como sobrevivió contó que comía ciruelas del monte y pitahayas. En cuando a la sed bebía agua retenida en las hojas después de la lluvia.

Escuchaba los gritos y el sonido de una bocina —era de un correcamino que conducía Miguel, un amigo de nuestra familia— pero no pudo comunicarse con ellos. Por cierto, al tercer día encontraron un lugar donde había dormido, incluso las huellas que dejó al caminar por el arroyo. Con nuevas esperanzas recorrieron esos lugares pero no lo encontraron y la noche —otra más— llegó.

Ahora, Agustín ya está al lado de su familia. Los días pasados en soledad no se olvidarán no tanto él sino por todos los que participaron en su búsqueda. Como mi nieto Leo que el tercer día anocheciendo me dijo con lágrimas: No lo encontramos, abuelo. Y me dio un abrazo desconsolado.

—Creímos que lo íbamos a encontrar en malas condiciones físicas— me dijo Ricardo. Cuando me acerqué a él lo primero que hice fue agarrar el rifle que tenía a un lado, le quité el cartucho que tenía montado y le pregunté cómo se sentía. –Bien —me respondió— un poco de agua no me caería mal.

Uno se pregunta: ¿después de tres días con sus noches, que fue lo que lo alentó a seguir con vida? Creo, en primer lugar, que fue su experiencia de andar en el monte. Por eso no se desesperó confiado en que lo encontrarían. Pero, además, el mismo monte los impregna de valor ante lo desconocido, los hace precavidos ante los peligros y siempre tienen recursos ante situaciones imprevistas. Y ese fue el caso de Agustín. Cuando todos temíamos por su vida, caminaba y caminaba buscando rutas conocidas para llegar al paraje o a un rancho cercano.

—De pronto me perdí— confesó. Y en esos momentos comenzó el drama. No cabe duda, mi hijo tiene los tamaños suficientes para enfrentar esta clase de desafíos.

lunes, 30 de septiembre de 2019

Un libro de Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez
Cuando estudiaba en la Escuela Normal Superior de Tepic, Nay. el maestro de literatura iberoamericana me dejó como tarea leer y analizar el libro “Cien años de soledad” del escritor colombiano Gabriel García Márquez. Lo compré en una librería del centro de la ciudad y me di cuenta que era la primera edición, aquella que tenía una “E” al revés en la portada. Lo guardé muchos años en mi modesta biblioteca y en una ocasión lo regalé a uno de mis alumnos de los cursos de verano de la Escuela Normal Superior. Después me arrepentí de haberlo hecho.

Con el paso de los años continué leyendo los libros de este extraordinario autor, entre ellos “La hojarasca”, “El coronel no tiene quien le escriba”, “El amor en los tiempos del cólera” y “Crónica de una muerte anunciada”. Y claro, adquirí de nueva cuenta “Cien años de soledad” de la edición conmemorativa de la Real Academia Española, además de la biografía de Gabriel de Gerald Martín, un libro de 762 páginas que hablan de la vida y la obra del premio Nobel de Literatura.
Sabía que Gabriel había sido periodista y que incluso en muchas de sus entrevistas siempre dejó constancia de ello. Periódicos de México, Colombia y de España le publicaron con regularidad muchos de sus reportajes a tal grado que vivió de ellos durante muchos años. En una ocasión la revista Newsweek dijo de él: “Gabriel García Márquez tiene un lugar especial en el corazón de los periodistas. Como Charles Dickens, Mark Twain y Ernest Hemingway, García Márquez titán de la literatura del siglo XX, pulió su capacidad literaria como reportero antes de convertirse en un célebre novelista”.

Lo de periodista no me causó mucho interés, aunque estaba enterado de que existía un libro que recopiló textos que escribió para periódicos y revistas que se llama “El escándalo del siglo”, editado en 1981 por Cristóbal Pera y prologado por Jon Lee Anderson. Tuve intenciones de comprarlo pero el precio me desanimó. Y así pasaron muchos años hasta que dos semanas atrás el estimado amigo Luis Rosas Meza me lo mando por internet. Es una versión digital autorizada el año pasado. Por supuesto me llevó unos cuantos días para leerlo y enterarme de su contenido.

En uno de sus artículos me llamó la atención de que tres de sus libros preferidos eran “Las mil y una noches”, “Moby Dick” y un diccionario de la lengua española. Y que de los cuentos, miles de ellos que se han escrito, los que más lo impresionaron por su originalidad fueron “La pata de mono” de W.W. Jacobs y “El caso del doctor Valdemar”, de Edgar Allan Poe. Por supuesto me di tiempo para leerlos y en efecto son cuentos extraordinarios.

La recopilación de 50 textos que hizo Cristóbal Pera incluye notas de prensa, crónicas, reportajes, notas de prensa y artículos de opinión. Dice él que los entresacó del libro “Gabriel García Márquez, Obra periodística” en cinco tomos de Jacques Gilard. Todos los textos son interesantes, pero varios me gustaron como “La muerte es una dama impuntual, “Desventuras de un escritor de libros”, “No se me ocurre ningún título”, “La poesía al alcance de los niños”, “María de mi corazón” y “¿Cómo se hace una novela?” Sobresale, desde luego, la narración que da origen al nombre del libro “El escándalo del siglo”.

En “No se me ocurre ningún título”, Gabriel relata su estancia en la ciudad de París junto con otros exilados, entre ellos el poeta cubano Nicolás Guillén. Hospedado en un modesto hotel y después de enterarse de las noticias del día, abría la ventana que daba a la calle y las gritaba a pulmón abierto, en especial las que se referían a los países de América. En una ocasión, los transeúntes oyeron “Se cayó el hombre” y cada quien pensó que habían derrocado a alguno de los dictadores de esos países, como Juan Domingo Perón, de Argentina, Fulgencio Batista, de Cuba, Anastacio Somoza, de Nicaragua o Rafael Leonidas Trujillo, de República Dominicana, pero el destituido fue el general Juan Domingo Perón.

En “El escándalo del siglo”, García Márquez narra el crimen de la joven Wilma Montesi cuyo cadáver apareció en una playa, pero al cabo de minuciosas investigaciones no pudieron descubrir el móvil de su asesinato. En las pesquisas se vieron involucrados personajes de la política y millonarios sin que se llegara a aclarar bien a bien su participación en este hecho de sangre. El supuesto crimen quedó sin aclarar y con el paso de los años una frase resumió ese caso: “Muerta, Wilma Montesi pasea por el mundo”.

Leer los textos que aparecen en el libro es una tarea reconfortante además de ser un tiempo bien empleado porque, además de dimensionar la calidad de periodista de Gabriel García Márquez, se adquieren conocimientos de muchos de los hechos que sucedieron en el mundo, y de los cuales él fue testigo presencial, como su visita a Cuba a raíz del triunfo de la revolución cubana encabezada por Fidel Castro.

García Márquez afirmaba que el periodismo es el mejor oficio del mundo. “Toda la vida —aseguraba— he sido periodista, mis libros son libros de periodista” Y agregaba: “No quiero que se me reconozca por “Cien años de soledad” ni por el premio Nobel, sino por el periódico…, nací periodista y hoy me siento más reportero que nunca. Lo llevo en la sangre, me tira”.

Y eso de llevarlo en la sangre le queda a la medida a los periodistas de esta ciudad de La Paz, como Jesús Chávez Jiménez, Víctor Octavio García, Alfredo González González, Luis Diveni, Armida Torres de Caloca. Algunos de ellos han escrito libros y son editores de revistas, como es el caso de Armida con “California Gráfica”.

   Y ya por último he tomado una decisión; voy a comprar el libro a pesar de su costo —540 pesos—porque lo quiero tener junto a los otros que son la herencia literaria de Gabo. Y le doy las gracias a Luis Rosas por acercarme a la producción periodística de este notable escritor colombiano.

martes, 17 de septiembre de 2019

El Quijote paceño


Arq. Gilberto Piñeda Bañuelos
Gilberto Piñeda Bañuelos, originario de la ciudad de La Paz, terminó la carrera de arquitectura en
la Universidad de Guanajuato y después los posgrados en Historia Regional, Economía Política e Historia en la UABCS y en la Habana, Cuba. En el año de 1986 ingresó como catedrático en la misma universidad local.

Después de ocho años de trabajar en la UABCS, Gilberto, conocido más como Tito Piñeda, quedó encargado del proyecto que tomó el nombre de Historia Urbana, Economía, Ciudad y Patrimonio Cultural de La Paz, Santa Rosalía y Guanajuato. Bajo ese proyecto, en 1999 se creó el Centro de Documentación de Historia Económica y Política de Baja California Sur (CEDOHEP) el que, hasta la fecha, ha sido una experiencia pedagógica universitaria en el Departamento de Economía de la UABCS.

En el presente año de 2019, este centro cumple veinte años de su creación siempre con la participación de estudiantes y bajo la guía de Tito Piñeda. En ese largo lapso de tiempo son muchas las actividades que ha desarrollado contando siempre con el respaldo de las autoridades universitarias. Del CEDOHEP se ha derivado el Colectivo de Historia Urbana.

El Colectivo se ha dado a la tarea de contar una historia de la ciudad –puerto de La Paz a través de mapas, planos y fotografías—antiguas y recientes—“que hagan conciencia de rehabilitar ahora, con sentido histórico, la parte antigua de la ciudad de antes…”. Con ese propósito el Instituto Sudcaliforniano de Cultura editó el libro “Historia gráfica de la ciudad-puerto de La Paz”, con la participación de Tito y cinco integrantes del Colectivo.

Dos años antes, el mismo Centro publicó la obra “Notas para una historia de la ciudad de La Paz” en la que también intervinieron miembros del Colectivo con sus investigaciones particulares. El libro es interesante porque hace un recorrido por el pasado de nuestra ciudad, desde los grupos primitivos hasta la época actual, haciendo hincapié en los monumentos históricos que forman parte del Centro Histórico de La Paz.

Sobre esto último, el Colectivo ha presentado estudios muy completos relacionados con la necesidad de asegurar la conservación de esos monumentos, mismos que han hecho llegar al congreso local a fin de que se expidan leyes al respecto. En el presente año de 2019 presentaron el proyecto sobre el centro histórico del panteón de los San Juanes y de la ciudad de La Paz, un estudio integral que aporta nuevos fundamentos para la autorización que se requiere.

Pero Tito Piñeda no se duerme en sus laureles. Se ha dado tiempo para publicar una serie de artículos con el nombre de “Breves Urbanas” relacionados con la antigua Casa de Gobierno, el jardín Velasco, el kiosco del malecón, el templo masónico, la tenería y el parque Cuauhtémoc. Además, ha propuesto que el antiguo edificio de la Casa de Gobierno albergue el Museo de Historia de la ciudad de La Paz.

Por si fuera poco, en el periodo de gobierno del XII ayuntamiento de La Paz, el Colectivo realizó una investigación de campo en muchas localidades del municipio finalizando con la edición de 5 tomos con el nombre de “Imágenes, crónicas y tradiciones paceñas”.

Tito Piñeda no descansa. En coordinación con la SEP, alumnos de escuelas primarias hacen recorridos por el centro histórico y él se encarga de explicarles la importancia de su conservación y la historia de ellos. Así va creando una conciencia del valor cultural de nuestro pasado.

Pero Gilberto no está solo en su terca tarea de hacer realidad sus esfuerzos en bien de nuestra ciudad. Muchos —escritores, periodistas, comerciantes, padres de familia y maestros, entre otros— nos solidarizamos con él porque creemos que tiene la razón. Y aunque muchas veces los que toman decisiones se ven influidos por otros intereses, lo cierto es que, al final, el pueblo de La Paz dará su veredicto en favor de nuestra ciudad.

Y hará bien, porque mientras no se logre, Tito Piñeda seguirá remando a contracorriente, con la firme convicción del hombre que mantiene sus convicciones por sobre todas las cosas. Como el Quijote de la Mancha que era un “enderezador de entuertos”.

sábado, 14 de septiembre de 2019

La niña de Guatemala

María García Granados y Seborío
En la historia de la literatura latinoamericana se encuentra el nombre del poeta y héroe nacional de
Cuba José Martí. Fue un escritor revolucionario que en sus discursos y proclamas defendió al pueblo cubano de la dictadura del gobierno de ese entonces. Fue un activo combatiente por la libertad de su país motivo por el que salió desterrado para refugiarse en México, en Guatemala y en los Estados Unidos.

Autor de innumerables poemas escribió uno, “La Niña de Guatemala” supuestamente dedicado a una mujer con la que tuvo un idilio, pero sin llegar a comprometerse con ella. En lo particular desconocía el origen de ese poema, aunque me gustaba leerlo de vez en cuando.

En días pasados, el estimado amigo Luis Rosas Meza me envió el libro digital “Las largas horas de la noche”, una novela de Antonio Álvarez Gil, en la que relata la estancia de Martí en la ciudad de Guatemala en los años de 1877 a 1878 y su romance con una jovencita de buena familia.

En su condición de refugiado político, José Martí encontró en esa ciudad a compañeros que estaban en las mismas condiciones que él y fueron los que le ayudaron a encontrar trabajo afín a su preparación intelectual. Dio clases de historia de la literatura y filosofía en la Escuela Normal y también en la universidad.

Dentro del círculo intelectual que frecuentaba conoció al general Miguel García Granados, expresidente de Guatemala y a su familia, su esposa y sus dos hijas, la mayor de nombre María que le llamó la atención por su belleza y candor. Poco a poco la atracción fue mutua hasta que la joven en un arrebato de pasión le confesara que estaba enamorada de él. Pero la respuesta de Martí la descorazonó, pues le explicó que estaba comprometido con una dama radicada en la ciudad de México y que tenía el propósito de casarse con ella.

En efecto, meses después abandonó Guatemala, llegó a México, contrajo matrimonio con Carmen y regreso de nueva cuenta a esa ciudad centroamericana. Y mientras tanto la familia de María vivía angustiada porque la joven se refugió en su soledad por un amor no correspondido. El desenlace fue fatal: consumida por la enfermedad murió pensando quizá en el amor de su vida, José Martí.

Por otro lado, Martí tuvo que salir de la ciudad de Guatemala cuando los conflictos políticos se agudizaron y se inició una campaña en contra de los refugiados cubanos en ese país. Le quitaron sus cátedras en la escuela normal y en la universidad y la crítica a su permanencia en esa ciudad lo obligaron a dirigirse a su país natal, Cuba. Ahí continuo con sus afanes libertarios opuestos al caudillismo por lo que lo obligaron a exiliarse. Estuvo en España y posteriormente en la ciudad de Nueva York. Y fue en ese lugar donde escribió su celebrado poema “La niña de Guatemala”. Algunos de sus versos dicen así:

“Quiero a la sombra de un ala
contar este cuento en flor,
la niña de Guatemala
la que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos
y las orlas de reseda
y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.

Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió casado
ella se murió de amor.”
               
En la ciudad de San José del Cabo, existe una leyenda semejante. Una joven de buena familia, Adelina tenía por nombre, contrajo matrimonio con un extranjero de origen portugués, pero por desgracia en su primer parto murió. El esposo, en su intento de no olvidarla, en la lápida de su tumba hizo grabar estos versos:

“Fría e insensible            
bajo esta losa
víctima triste de la
parca airada
una joven beldad
yerta reposa
con lágrimas
tiernísimas lloradas.
fue su muerte
temprana y lastimosa.

Mortal, si haz
conocido los amores
vierte sobre esta losa
una rosa.

   La leyenda es conocida como "La mujer que se murió de amor". Gracias a María de Jesús Ceseña Castro por esta información.

lunes, 26 de agosto de 2019

El Jorobado y las caguamas

QUASIMODO
En uno de mis primeros libros incluí una anécdota relacionada con un encargo que le hizo el dueño de un rancho ganadero a un par de trabajadores, quienes llegaron a un campamento de pescadores en busca de una caguama. Compraron una de escasos cuarenta kilos, la amarraron bien en el lomo del burro que habían llevado con ese fin y pusieron camino al rancho.


Era temprano y por eso uno de ellos invitó al otro para que se detuvieran en un rancho intermedio donde vivían dos muchachas con las que estaban quedando bien. Al burro lo ataron en el tronco de un palo verde, saludaron a la familia y platicaron largo y tendido con las jóvenes de sus amores.

Sin sentir pasaron las horas, hasta que uno de ellos le dijo al otro: “Vámonos ya, no sea que se enoje el patrón porque nos tardamos mucho”. Lo malo fue que al llegar adonde habían dejado al burro no lo encontraron y por más que lo buscaron no dieron con él. Cayendo la tarde regresaron al rancho y tuvieron que soportar la regañada por la pifia cometida.

Pasaron las semanas y un día un trabajador que andaba campeando en busca de unas vacas remontadas regresó con la noticia de que había encontrado al burro y sobre su lomo el esqueleto de la caguama. De todas maneras el incidente fue conocido por los habitantes de las rancherías de la región con las burlas correspondientes.

Ahora que está en boca de todos la catedral de Notre Dame por el incendio que sufrió, nos acordamos de un personaje que aparece en la novela de Víctor Hugo, “Nuestra Señora de París” llamado Quasimodo. Era tuerto, cojo y jorobado y trabajaba como campanero de la catedral. Y lo mencionamos por una leyenda que corre por la región de Loreto en la que se involucra un jorobado.

En efecto, un día de tantos un ranchero que andaba en el monte llegó asustado a su casa diciendo que había visto a un fantasma con una enorme joroba en su espalda y que iba corriendo abriéndose paso entre los matorrales. Pronto lo perdió de vista y con el susto no pudo seguirlo. Dio santo y seña del lugar donde se le apareció no muy lejos de la carretera donde un retén de la policía revisaba los vehículos que se dirigían al Valle de Santo Domingo.

Hubo diversas ocasiones en que otras personas divisaron al jorobado en esa zona, aunque no supieron donde desaparecía. Por si acaso de alguna desgracia, los rancheros comenzaron a rodear ese lugar cuando se internaban en el monte. Y claro, la noticia poco a poco fue conocida por los habitantes de esa región.

Hace ya varias décadas la pesca de las caguamas en los litorales de la Baja California era un negocio redondo, pero no para el consumo de su carne o aceite, sino por la piel de su pescuezo y aletas. Se dio el caso de una cooperativa de pescadores en el sur del estado que destazó miles de esos quelonios cuyos restos se amontonaban para después ser quemados. Fue por eso que el gobierno federal en buena hora prohibió su pesca y comercialización. Hasta la fecha a los transgresores se les aplican fuertes multas, el decomiso de sus embarcaciones y hasta la cárcel.

El antecedente viene al caso por el fantasma del jorobado que se aparecía en la zona agreste de la región de Loreto, porque a pesar de la prohibición de la pesca de la caguama, siempre ha habido maneras de evadir la ley y poder disfrutar de una apetitosa sopa de ese animal, una tradición culinaria de esta región de México.

El Golfo de California siempre ha sido pródigo en especies marinas, entre ellas la caguama llamada golfina. Por eso algunos vivales las transportan valiéndose de diversas estrategias. Una de ellas dio origen al fantasma del jorobado de Loreto.

Luis N. conducía su picap por la carretera que va de Loreto a Ciudad Insurgentes, acompañado de Pedro R. Unos 300 metros antes de llegar al retén de la policía, el vehículo se detuvo a orillas del camino, los dos se bajaron y una caguama que llevaban, de unos treinta kilos, Luis la colocó en la espalda de su compañero amarrándola fuertemente, inmovilizando las aletas y la cabeza de la tortuga. Le puso una camisa sobre sus hombros tapando el animal, mientras le decía: “Te espero en la curva, después que pase el retén”. 

En efecto, después de esperar una media hora vio llegar a Pedro todo sudoroso por la corrida entre el monte. Luis desató la caguama, la subieron al vehículo y partieron rumbo al pueblo donde ya los esperaban para preparar el festín. Y como toda esta artimaña se hizo en secreto, todavía hasta la fecha muchas personas juran y perjuran que vieron al jorobado correr desesperado entre los breñales. Así se forjan las leyendas en esta región de nuestro país.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Múgica y las Islas Marías

Gral. Francisco J. Múgica
El 18 de febrero del presente año —2019— el presidente López Obrador firmó el decreto mediante el cual el centro penitenciario de Islas Marías se convertirá en el Centro Recreativo y Ecológico “Muros de Agua”. Será un centro para el desarrollo de las artes y la cultura y la promoción del cuidado del medio ambiente. Lo que no cambiará es su designación como Patrimonio Natural de la Humanidad y de Islas Protegidas del Golfo de California, por parte de la UNESCO.                           

La isla María Madre —las otras dos se conocen como María Cleofas y María Magdalena— se convirtió en centro penitenciario el 12 de mayo de 1905, durante el gobierno de Porfirio Díaz. Su primer director fue el coronel Rafael M. Pedrajo, el que por cierto fue gobernador de Baja California Sur, en el periodo de 1938 a 1940. En 1928, por disposición presidencial, se hizo cargo del penal el general Francisco J. Múgica quien permaneció en la isla hasta el año de 1933.

Durante su estancia en el penal, Múgica construyó el hospital, la escuela, la biblioteca y el muelle. Y también dispuso que fuera una cárcel sin rejas, puesto que en su calidad de isla era muy difícil salir de ella. Esta disposición nos hace recordar la cárcel del pueblo de Mulegé donde también los presos tenían libertad fuera del penal teniendo como límite el pueblo. En ambos casos esa disposición tuvo buenos resultados, excepto unos pocos casos de intento de evasión.

De la vida en el penal en los primeros años la información es muy restringida, pero aun así hubo escritores que hablaron de ella, como Martín Luis Guzmán en su novela “Islas Marías”, donde relata, tal vez con un poco o mucho de ficción, el trato injusto que recibían los prisioneros, los trabajos extenuantes y los castigos a los reos incumplidos. Y de cómo, poco a poco, se fue transformando su situación dándoles la calidad de seres humanos capaces de regeneración a través del buen trato y el respeto a los derechos humanos.

Un biógrafo de Múgica escribió al respecto: “Llevó a cabo una inagotable actividad constructiva y regenerativa en el penal, donde por primera vez los infractores sociales fueron tratado como seres humanos y se les proporcionaron los beneficios sociales y culturales de los que gozaban el resto de sus compatriotas”

Las islas Marías fueron descubiertas en el año de 1526 por Diego García Colio y Juan de Villagómez dos exploradores enviados por Francisco Cortés de San Buena Aventura, gobernador de Colima. En esa expedición de conquista descubrieron los picos de una isla, pero no desembarcaron en ella. Lo único que hicieron fue consignar el descubrimiento. Se cree también que Nuño de Guzmán, el eterno enemigo de Hernán Cortés, ordenó que dos bergantines fueran a explorar la isla descubierta por uno de sus capitanes. Pero no tuvo efecto la orden porque la Audiencia de la Nueva España ordenó que esos barcos fueran entregados a Cortés. Así es que ni éste ni Guzmán pudieron tomar posesión de ella. La isla María Madre, desde su descubrimiento ha tenido varios propietarios a partir del año de 1857. El último de ellos, la señora Gila Azcona la vendió al gobierno en 150 mil pesos. Eso fue en el año de 1905. En ese mismo año las Islas Marías se destinaron como una colonia penal. Y eso ha sido hasta la fecha en que por decreto se convertirá en el centro de desarrollo artístico y cultural.

Por lo que respecta a la estancia de Múgica como director del penal, existe poca información no obstante la gran cantidad de biografías que existen sobre su vida y su obra. Sin embargo, en una libreta de notas del general escritas en los años de 1928 a 1931, da cuenta de algunos sucesos entre ellos la custodia y traslado de la Madre Conchita al penal de las Islas Marías. Así, dice en su diario: “La conocí esta madrugada a las 2.00 horas; ajena a su marcha dormía en su celda; llegamos, tocamos, tardó en despertar; previo permiso entramos. La vi por primera vez y no me es simpática; el largo mentón de su rostro es repulsivo; está tranquila y marcha serena…”.

Durante la travesía, Múgica escribe la impresión de ella: “La monja famosa se muestra obediente y las otras bravías, pero en las primeras horas de marcha están mansitas y contentas. La madre Conchita es culta, parece suave y moldeable; es vanidosa y sociable; habla bien el caló de los juanes y tiene actos de verdadero disimulo; hace gala del rigor con que la han tratado en la prisión y de los kilos que ha perdido en servicio de Dios. Se ríe de la ignorancia de los creyentes que la rodean, pero se deja decir jefa del grupo. Me ha ofrecido que escribiremos la historia de su cautiverio y ayudarme a desentrañar el fondo de verdad que haya en la tragedia de nuestro país”.

A los pocos años de estar en el penal contrajo matrimonio con el señor Carlos Castro Balda también sentenciado por la muerte de Obregón. Cuando los esposos fueron liberados en el año de 1940, regresaron a la ciudad de México y en los años siguientes la madre Conchita impartió conferencias y editó varios libros, entre ellos “Una mártir de México”. Después, en los años setenta del siglo pasado, Castro Balda llegó al Valle de Santo Domingo localizado en el estado de Baja California Sur y se dedicó a explotar un lote agrícola. Pasados algunos años regresó a la ciudad de México lugar donde murió el 17 de julio de 1986, Por coincidencia el mismo día en que cayó asesinado el general Obregón.

María Concepción Acevedo de la Llata murió en 1978, a los 87 años de edad. Jamás pudo quitarse el estigma de su participación en el asesinato del general Álvaro Obregón. Cuando falleció se permitió que fuera amortajada con su hábito de monja. 

Por su parte, el general Francisco J. Múgica fue relevado como director del penal con el objeto de ocupar la Secretaría de Economía Nacional durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. En 1941, siendo presidente del país el general Manuel Ávila Camacho lo designó gobernador del Territorio de Baja California Sur, cargo que ocupó hasta el año de 1945.