Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

miércoles, 18 de marzo de 2020

ADIÓS, COMPADRE


Este día, 18, por la mañana, murió el profesor Ricardo Fiol Manríquez después de 92 años de una vida ejemplar. Falleció rodeado de sus hijas e hijos y del espíritu de su esposa fallecida años atrás. Murió con el convencimiento de lo inevitable y de la creencia de que su paso por este mundo no fue en vano. Su figura de educador, pionero del Valle de Santo Domingo y luchador social así lo confirman.

En sus inicios, a partir del año de 1950, cuando egresó de la hoy Benemérita Escuela Normal Urbana “Domingo Carballo Félix”, se desempeñó como profesor en el pueblo de Cabo San Lucas y después como director encargado de la escuela y del internado del poblado de Santo Domingo. Con los años, fundó y dirigió la escuela secundaria Ricardo Flores Magón en Ciudad Constitución durante 22 años. También participó en la creación de la escuela preparatoria por cooperación Adolfo López Mateos en la misma localidad y por varios años estuvo al frente de la dirección de la misma.

Paralelamente atendió un lote agrícola gracias al apoyo del general Agustín Olachea Avilés, gobernador en este tiempo del Territorio Sur de la Baja California. Fueron los años del desarrollo económico y de la reglamentación del uso del agua y sistemas de riego en esa extensa región de la entidad. Y obligado por las circunstancias, con los problemas naturales de la explotación agrícola, contribuyó con su experiencia como integrante de la Asociación Agrícola del Valle de Santo Domingo y de la Asociación de Productores de Cítricos del mismo Valle.

En el periodo de 1990 a 1992, Ricardo fue presidente del patronato para la sanidad vegetal y después como tesorero del Comité de Sanidad Vegetal en Baja California Sur. Pero años antes, como integrante de la asociación agrícola, alzó su voz para detener la explotación del agua que en forma desordenada llevaban a cabo la mayoría de los agricultores. Fue una voz que en esos años clamó en el desierto, ya que ninguna autoridad hizo caso de sus recomendaciones. Incluso profesionistas como los ingenieros Luis Gallo Quevedo y Santiago Gutiérrez Silva se sumaron a las protestas, sin obtener resultados positivos.

Con el paso de los años y ante la salinidad de muchos pozos y la carencia de agua, el gobierno federal le dio la razón a Fiol Manríquez y expidió normas y reglamentos para el uso correcto del agua. Fue una lucha tenaz que midió el carácter y altitud de miras de Ricardo. Sin embargo el mal estaba hecho y eso originó la bancarrota de muchos agricultores.

Después de muchos años de permanencia en el Valle de Santo Domingo y con motivo de su jubilación en 1984, Ricardo regresó a la ciudad de La Paz. Aquí reanudó sus relaciones de amistad con las maestras y maestros de su generación, entre ellos María Luisa Salcedo de Beltrán, Estela Lizardi, María Esther Sánchez, Isidro Jordán, Arturo Salgado, Alejandro Amad y el que escribe.

En reuniones periódicas recordamos nuestra época de estudiantes en la BENU, de los buenos maestros y de las anécdotas propias de esos años. Y desde luego, de cómo disfrutamos de la vida después de tantos años dedicados a la niñez y la juventud y del paso inexorable del tiempo que limita las esperanzas propias. Y ese tiempo, causa de la desaparición física de algunos como María Esther, J. Guadalupe Aguirre Tamayo, Francisco Angulo, Juana y Pilar Navarro y Ángela Mayoral.

Y ahora él. El compadre por amistad sempiterna. Una amistad que tuvo principio cuando fuimos alumnos en la escuela primaria Ignacio Allende y un final que va más allá de la muerte. Porque tengo la seguridad que algún día nos encontraremos y allá en el infinito vamos a reanudar esa amistad que nos unió. Y por eso te pido: guárdame un lugarcito allí donde te mandan tus seres queridos. Adiós, compadre.

viernes, 13 de marzo de 2020

Conquistadores de lo imposible

Gracias a mi amigo Luis Rosas, quien me ha proporcionado material bibliográfico, en los últimos meses he pasado más tiempo leyendo que escribiendo. Varios de los libros se refieren a las exploraciones y conquistas del continente descubierto por Cristóbal Colón en 1492 y los sucesivos hombres que llegaron a esta nueva tierra, entre ellos Alonso de Ojeda, Vasco Núñez de Balboa, Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Pánfilo de Narváez y Hernando de Soto.

Todos, además de sus afanes por llegar a regiones desconocidas y tomar posesión de ellas a nombre de España, llevaban consigo la ambición de encontrar riquezas en especial el oro, las perlas y otros metales preciosos. Y para lograrlo cometieron acciones sanguinarias contra los pueblos originarios, destruyendo sus ciudades y poblados como fue el caso de México Tenochtitlan y de Cuzco, en el actual país del Perú.

Un libro me llamó mucho la atención. Es del escritor José Ángel Mañas y lleva por título “Los conquistadores de lo imposible”. Es un texto de un poco más de 500 páginas y se refiere a las expediciones de Vasco Núñez de Balboa, Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Pánfilo de Narváez y Hernando de Soto, estos dos últimos en el descubrimiento de La Florida, en los Estados Unidos.

El texto no es rigurosamente histórico ya que lo combina con la ficción y pone en bocas de los protagonistas diálogos que hacen amena su lectura. Es una novela histórica. Este tipo de obras en general de carácter realista se basan en determinados hechos históricos y los ficcionaliza, los transforma en material literario. Durante el siglo XX se escribieron muchos libros de esta naturaleza, algunos de ellos son: “La guerra del fin del mundo” de Mario Vargas Llosa; “El nombre de la rosa” de Umberto Eco; Sinhué el egipcio” de Mika Waltari; “La columna de hierro” de Taylor Caldwell; “La sombra del caudillo” de Martín Luis Guzmán” y “Claudio” de Robert Graves.

Algunos autores, además de narrar los hechos, dramatizan las acciones de los personajes, tal como sucede en el libro de José Ángel Mañas en que, por poner un ejemplo, relata la muerte de Diego de Almagro a manos de Hernando Pizarro, hermano del conquistador del Perú, Francisco Pizarro. Después de la batalla de Salinas en la que el ejército de Almagro fue derrotado, Hernando lo hizo prisionero.
“—Disfrutad de vuestro aposento, don Diego, y preparaos para enfrentar vuestro destino…
--¡Esperad! ¿Qué queréis decir?
--Pensad en vuestros pecados, porque mañana mismo comenzará el proceso contra vos por rebelión y traición a la corona.
--¡Vos no tenéis autoridad para ello! ¡Debéis enviarme a la ciudad de Los Reyes, ante vuestro hermano! Sólo él, como representante del emperador tiene poder para juzgarme.
--Ya veremos si la tengo o no la tengo. Dormid bien don Diego, y haced acopio de fuerzas. La vais a necesitar.
La puerta se cerró con fuerza”.
La sentencia se cumplió y a Almagro se le ejecutó con garrote y luego se le decapitó. Esa fue la declaración que hizo Hernando Pizarro ante la Corte de Madrid, en 1548.
Por cierto, en una de las expediciones al sur del continente, estuvo presente fray Marcos de Niza que acompañaba a Pedro de Alvarado, gobernador de Guatemala. Este personaje adquirió celebridad cuando aseguró que en la región inexplorada del noroeste de la Nueva España existían varias ciudades de alta cultura y abundantes riquezas. Lo afirmó a su regreso de la expedición ordenada por el virrey Antonio de Mendoza. Fue en el año de 1539 a raíz de las confesiones de los cuatro náufragos sobrevivientes de la malograda expedición de Pánfilo de Narváez a la región de la Florida. En efecto, Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo, Andrés Dorantes y el negro Estebanico habían recorrido todo el sur de los Estados Unidos, conviviendo con los indios quienes los protegieron considerándolos curanderos. Cabeza de Vaca contó su hazaña y eso fue el motivo de que se organizaran dos expediciones en busca de las siete ciudades míticas de Cíbola y Quivira. Y más, cuando a su regreso fray Marcos de Niza declaró que unos indios le habían asegurado que más al norte existían tres reinos llamados Marata, Acús y Totoneac.

Lo cierto fue que nunca encontraron las famosas ciudades y fue por eso que esa mentira quedó como uno más de los mitos que se originaron con la conquista del llamado nuevo mundo. Mitos como el estrecho de Anián, las islas Ricas de oro y Ricas de plata. El Dorado y las amazonas de la isla California.

Todavía en el año de 1601, el adelantado Juan de Oñate realizó una expedición en busca del reino perdido de Quivira. Con un contingente de setenta soldados, 700 caballos, seis carros tirados por mulas, cuatro piezas de artillería y sirvientes indios, recorre cerca de mil ochocientos kilómetros en busca de esa región desconocida. Según el relato de uno de sus acompañantes si llegaron al reino de Quvira, pero no encontraron riquezas ni ciudades maravillosas. Álver Vázquez es autor de una novela histórica acerca de este personaje, el último explorador que fue en busca de una región que los aventureros trataron de descubrir en sus afanes de riqueza personal y para beneficio territorial de la Nueva España.
        
Este fue el caso de Hernando de Soto, compañero de Francisco Pizarro en la conquista del Perú. Volvió a España con suficientes riquezas para vivir tranquilo en España, pero no conforme con ello, organizó una expedición para conquistar la región de la Florida después del fracaso y muerte de Pánfilo de Narváez y sus hombres. De Soto recorrió una buena parte del sur de los Estados Unidos y descubrió el río Mississipi. Cuando regresaba a la costa enfermó y murió.
        
Y no podemos olvidar a los navegantes posteriores a Hernán Cortés quienes recorrieron los litorales de la península de California por el lado del océano Pacífico, a partir del año de 1535. Francisco de Ulloa, Juan Hernández Cabrillo, Sebastián Vizcaíno, Juan Pérez, Francisco de la Bodega y Cuadra, Juan de Fuca y Alejandro Malaspina. Este último en 1791, recorrió las costas en busca del estrecho de Anían el cual años antes habían asegurado su existencia tanto por Juan de Fuca como Lorenzo Ferrer Maldonado.

Malaspina afirmaba que el gran problema de España en sus dominios en América era haber sido a conquistadora, en tanto que las otras potencias que llegaron posteriormente se dedicaron a comerciar y edificar la sociedad. El conquistador—decía—pilla, destruye y pasa; mientras que los comerciantes y agricultores poseen, mejoran y defienden. Por supuesto estos pensamientos de Malaspina calaron hondo en los criollos americanos, un paso hacia la independencia de sus países.

viernes, 28 de febrero de 2020

La mitología indígena en Sudcalifornia

En el reciente foro titulado Diálogo en torno a las lenguas originarias en la literatura, que se llevó a cabo los días 20 y 21 de este mes de febrero, se presentó un trabajo de Ernesto Adams Ruiz que llevó el nombre de “El coyote, animal sagrado de los pueblos originarios de Baja California”.

En su exposición se refirió en especial a los grupos indígenas cucapás y kumiai que habitaron la región norte de la península y cuya mitología tiene que ver con el coyote, alrededor del cual giran muchas creencias en relación a la vida y del universo mismo.

La disertación de Ernesto dio lugar  a la pregunta: ¿Los grupos indígenas conocidos como pericúes, guaycuras y cochimíes que también habitaron la península tuvieron una mitología propia? La respuesta puede considerarse afirmativa, si tomamos en cuenta lo asentado por algunos misioneros jesuitas en relación con las creencias en seres superiores creadores de la vida humana y de la naturaleza que los rodeaba.

Francisco Xavier Clavijero en su libro “Historia de la Antigua o Baja California” en el capítulo XXIV se refiere a la religión y dogmas de los californios y afirma que no tenían templos, ni sacerdotes, ningún vestigio de culto a la divinidad. Pero sí tenían una ligera idea de un ser supremo que los misioneros escucharon y lo dieron a conocer.

Los pericúes decían que en el cielo habitaba un gran señor conocido como Niparajá quien había creado el cielo, la tierra y el mar. Con su esposa Anajicojondi tuvieron tres hijos, uno de ellos llamado Cuajaip. Afirmaban que en el cielo hubo una espantosa guerra iniciada por Tuparán, pero que Niparajá lo venció y lo dejó prisionero en una cueva cercana al mar bajo la vigilancia de las ballenas.

Por su parte, los guaycuras platicaron a los misioneros que en el norte existía un espíritu principal llamado Guamongo quien mandaba las enfermedades a la tierra. Afirmaban también que el sol, la luna y las estrellas eran hombres y mujeres que al anochecer caían al mar y salían al día siguiente a nado. Y que las estrellas eran fogones encendidos por Gujiaqui —otro espíritu— después de haber sido apagadas por el agua del mar.

En cambio, los cochimíes creían que en el cielo habitaba un gran señor que en su lengua se conocía como el que vive quien fue el que creó el cielo, la tierra, las plantas, los animales, el hombre y la mujer. Decían también que este señor había generado unos seres invisibles que se conjuraron contra él y   con los hombres y cuando estos morían los metían debajo de la tierra para que no vieran al Señor que vive.

Lo anterior es la cosmogonía de los antiguos habitantes de la península, Sin embargo, Miguel Olmos Aguilera, en su libro “El viejo, el venado y el coyote” publicado en el 2005, hace referencia de la mitología indígena del noroeste de México, pero no incluye a los pericúes, guaycuras y cochimíes. Tan solo hace referencia a la mitología de los cucapás, paipai, kiliwa y kumiai, todos grupos indígenas que habitaron el norte de la península de la Baja California.

Olmos Aguilera no lo hizo a pesar de que esa mitología existe recopilada por los misioneros jesuitas. Y también por un escritor, Fernando Vega Villasante, quien en el año de 1996 publicó el libro “Los dioses del desierto” y años después “La lanza en la arena” en los que recrea los mitos de los antiguos californios.

Ustedes serán los guardianes de la prisión de Tuparán. Nunca dejarán de vigilarlo y en caso de que quisiera escapar no duden en utilizar sus tremendas colas para aniquilarlo. Yo les daré siempre mi amor y agradecimiento por este servicio. Desde entonces Tuparán vaga por los oscuros pasillos de su gigantesca cueva, lamentándose y maldiciendo a Niparajá…”.

Como colofón a esta crónica me gustaría que Miguel Olmos leyera los libros de Xavier Clavijero y de Vega Villasante, para que en sus futuras publicaciones incluya la mitología de los grupos indígenas que hemos mencionado.

jueves, 13 de febrero de 2020

La esclavitud en México

Afromexicanas

Con motivo de la publicación de mi artículo “La esclavitud en los Estados Unidos”, un buen amigo interesado en esta cuestión de la historia me preguntó: “Oye, ¿hubo esclavos en nuestro país? Lo que le contesté es el contenido de esta crónica.

El año pasado en el foro realizado sobre las lenguas indígenas y afromexicanas en México, se hizo hincapié en la importancia de considerar a este núcleo del pueblo de nuestro país como parte indisoluble en el desarrollo social, económico y político del mismo. Y con los derechos y prerrogativas de todas las mujeres y hombres que viven en México.

En uno de los pronunciamientos del foro se afirmó: “Demandamos el reconocimiento pleno del pueblo afromexicano, pues son parte fundamental de la composición pluricultural de México y han tenido un destacado papel histórico en la construcción del país. Es necesario por ello que se establezcan en la Constitución y en las leyes un catálogo de derechos que permitan su ejercicio en la vida cotidiana…”.

La población negra en México data desde la época de la colonia, cuando cientos de esa raza llegaron a nuestro país para ser utilizados como esclavos en las plantaciones de caña, en las minas y en las haciendas. Llegaron cerca de 250 mil personas, la mayoría a finales del siglo XVI y principios del XVII y fueron distribuidos en los estados de Veracruz, Guerrero y en menor número en otras entidades del sur de la república. Dice la historia que fue el virrey Luis de Velasco el que autorizó en 1570 la compra de esclavos a los portugueses quienes a su vez los adquirían en algunas regiones de África.

En esos años, los traficantes de esclavos los desembarcaban en el puerto de Veracruz y luego vendidos en subasta pública. Por ejemplo, un hombre entre 20 y 50 años valía 300 o 400 pesos; las mujeres jóvenes un poco menos, los niños entre 100 y 150; los ancianos, 25. Pero no solo los compraban los hacendados sino también los particulares para servir en sus negocios, entre ellos alcaldes, militares, sacerdotes, boticarios y dueños de comercios. También era común que se entregaran como dote.

Los esclavos negros ocuparon una posición inferior a los indios y es por ello que se convirtieron en los antepasados invisibles de nuestro país. Sin embargo, su presencia ha sido considerada por algunos antropólogos como la tercera raíz de la cultura nacional, además de la española y la india.

De hecho, los primeros esclavos negros llegaron a nuestro país cuando se inició la conquista de México Tenochtitlan en 1519. Dos de los cabecillas españoles, Hernán Cortés y Pánfilo de Narváez, tenían esclavos a su servicio, ya que era costumbre que conquistadores y descubridores llevaran negros en sus expediciones. Se sabe que Francisco de Montejo llevaba un numeroso grupo en su conquista de Yucatán. Y que Pedro de Alvarado en sus intentos de conquistar el imperio inca llevó en su contingente a 200 hombres de color. ES más, antes de morir, en el mes de mayo de 1542, Cortés firmó contrato con uno de los traficantes para la compra de 500 negros que se destinarían a las haciendas de su marquesado.

Y es que a partir del descenso demográfico de la población indígena debido a las epidemias y las muertes motivadas por la guerra, se hizo preciso contar con mano de obra y la contratación de miles de negros a fin de que atendieran la explotación de las minas, en las labores agrícolas y ganadera e incluso en las faenas domésticas.

A fines de la época colonial, con el movimiento de independencia en 1810, se empezó a poner fin a la esclavitud en nuestro país. Miguel Hidalgo, conocedor del problema, en un bando del 6 de diciembre de ese año declaró su abolición, aunque quedó en un mero intento. Años después consumada la independencia, los gobiernos de Guadalupe Victoria y Vicente Guerrero expidieron bandos prohibiendo la esclavitud en México con la salvedad de que los dueños serían indemnizados.

Pero de una u otra forma ese sistema permaneció aunque un mucho disminuido en todo el trascurso del siglo XIX. A principios del siglo XX, en 1917, con la promulgación de la Carta Magna, se incluyó en el artículo 1º el párrafo siguiente: “Está prohibida la esclavitud en los Estados Unidos Mexicanos. Los esclavos de otros países que entrasen al territorio nacional, alcanzarán por este solo hecho su libertad y la protección de las leyes”.

La población afromexicana es numerosa en nuestro país. En el año 2015, el INEGI estimó en un millón y medio los que viven en varios estados de la república, tomando en cuenta los afrodescendientes, estos últimos mezclados con otras razas. En Baja California Sur, según datos de esta dependencia, existían en ese año 11,036 afromexicanos y 17,573 afrodescendientes.

lunes, 10 de febrero de 2020

La esclavitud en Estados Unidos

Harriet Tubman
La semana pasada compré la película “Harriet, libre o muere” en la que se dramatiza parte de la vida de Harriet Tubman, una mujer negra que sufrió la esclavitud en las plantaciones del estado de Maryland, en Estados Unidos. Y de cómo, en su afán de ser libre, recorrió miles de kilómetros hasta llegar a la ciudad de Filadelfia donde encontró refugio.

No conforme con ello, regresó a la plantación para guiar a su familia a la libertad, junto con otros esclavos, evadiendo las persecuciones de que fueron objeto. La película es interesante pues revela las condiciones de pobreza, de trabajo sin horario y de las humillaciones por los malos tratos de los hacendados.

Para evitar ser reconocida, su nombre original era Amarinta Ross, lo cambio por el de Harriet Tubman como fue conocida a través de sus acciones en favor de los negros esclavos. En la realidad ella en trece misiones efectuadas liberó a 70 personas utilizando lo que se llamó el Tren Subterráneo, que era una red de rutas secretas y refugios.

Por lo demás, la vida de Harriet es interesante ya que forma parte de la historia de los Estados Unidos. En el transcurso de la guerra civil, estuvo presente como enfermera, espía y participó en la milicia. Al frente de un destacamento, en 1863, logró liberar a 700 esclavos.

Frederick Douglass, uno de los principales políticos que luchó por el abolicionismo, dijo de ella: “La diferencia entre nosotros es muy marcada. La mayor parte que he hecho y sufrido al servicio de nuestra causa ha sido en público y he recibido mucho aliento. Tú has trabajado de manera solitaria. Si yo he forjado en el día, tú en la noche, donde las silenciosas estrellas ha sido testigos de tu devoción a la libertad y tu heroísmo…”.

La vida de Harriet Tubman me hizo recordar un libro que adquirí muchos años atrás titulado “La cabaña del tío Tom” de la escritora Harriet Beecher Stowe. En 1851, diez años antes de iniciarse la Guerra de Secesión, aparecieron los primeros capítulos de esta novela la que, con el tiempo, fue un referente obligado para conocer como fue la esclavitud en los Estados Unidos.

Una periodista, Lucila Rodríguez Alarcón, escribió de ese libro lo siguiente: “La cabaña del tío Tom es un documento tremendo en el que la deshumanización de un sistema infame queda desmontada a través de personajes de una humanidad épica. La narración está hecha de una forma que profundiza en los personajes y sus situaciones. Las descripciones de los sistemas de esclavitud poseen detalles que nos trasladan a esa época. Pero lo más relevante de este libro es que presenta las diferentes formas de percibir la esclavitud por los distintos actores implicados”.

Harriet Beecher ganó la fama con esa publicación. Corre la historia de que en el año de 1862, en plena guerra, el presidente Abraham Lincoln conoció a la autora a quien le dijo: “Así es que usted es la pequeña mujer que escribió el libro que inició esta guerra”. Lo curioso es que Beecher nunca conoció el sur del país, de los estados de mayor esclavitud, pero hizo una investigación exhaustiva por medio de los documentos existentes en esa época.

En la novela, la autora recrea parte de la vida de Harriet Tubman, creando personajes que escapan hacia la libertad a través de caminos desconocidos para los hacendados, hasta llegar al norte donde podían vivir en libertad. Supo del Tren Subterráneo, una organización clandestina, el mismo que utilizó Tubman para liberar a muchos esclavos.

Las dos Harriet forman un paralelo en la lucha contra la esclavitud en los Estados Unidos. La primera, Tubman, sufriendo en carne propia los peligros para lograr su libertad y la segunda, a través de la ficción, mostrando lo que fue en la realidad el drama de la servidumbre en esa época. Las dos se ganaron el reconocimiento de la gente que luchaba contra la esclavitud y por ello sus nombres han trascendido a través de los años. 
Habrían de pasar muchos años para que su ejemplo cundiera en los Estados Unidos.

Luchadores como Rosa Parcks, la mujer negra que en 1955 se opuso a la discriminación de su raza que no podían compartir los lugares públicos, escuelas, restaurantes o los asientos de los autobuses urbanos. O de Martin Luther King defensor de los derechos civiles de los negros. Gracias a ellos y otros más las cosas cambiaron en ese país. Ahora forman parte del pueblo norteamericano y su presencia ha sido determinante en la vida deportiva, cultural y política de ese país.

jueves, 21 de noviembre de 2019

De pronto se perdió

En el rancho Los Laureles localizado a 40 kilómetros al oeste del poblado de San Pedro, la familia de Enrique Romero Angulo y su esposa Patricia Verdugo veneran a San Judas Tadeo, el santo de los perdidos, y le han construido una pequeña capilla en la parte alta del terreno, frente a su casa.

Allí, en ese lugar, fue el punto de concentración de un numeroso grupo de personas que acudieron el día 17 de este mes de noviembre con el fin de emprender la búsqueda de mi hijo Agustín, conocido familiarmente como Guty. Un día antes, por la mañana, tres cazadores, Johan, Francisco el Piquín y él habían acampado unos quince kilómetros adelante del rancho y se prepararon para la cacería. Esa amplia zona, aparte de dos arroyos que la cruzan, es de vegetación alta y tupida. Además ese día estaba nublado y se pronosticaban lluvias originadas por la depresión tropical Raymond. Aun así se internaron en el monte en busca de venados. Después de varias horas dos de ellos regresaron al paraje menos Agustín. Pasó el tiempo y entonces lo buscaron pero no dieron con él. Al anochecer regresaron a La Paz y dieron la noticia: ¡El Guty se había perdido!

Los días 17,18 y 19 recorrieron la zona compañeros del club Gavilanes, antiguas amistades, familiares, miembros de las policías estatal y municipal, del grupo Calafia, bomberos de El Centenario, apoyados con vehículos de doble tracción y cuatrimotos. Incluso brigadas entraron por el kilómetro 35, atravesando el rancho de Raúl Olachea y la estación nacional de cría. Pero mi hijo no aparecía. Y mientras tanto en Los Laureles Teresita su esposa y sus hijas Patricia y Valeria esperaban, esperaban, mientras las horas transcurrían y la angustia crecía.

El día 19, por mañana, como a las diez horas dieron la noticia: una avioneta de la Dirección de Protección Civil del gobierno del estado, lo había localizado caminando en un ramal del arroyo conocido como El Cenizo. Por coincidencia, cuando nos dirigíamos al rancho en el vehículo de mi nieta Tania —la acompañaban mi esposa y mis hijas Ana María y Marta Patricia— hicimos un alto en un guardaganado donde se encontraba Patricia, la hija mayor de Agustín, quien en esos días había hecho guardia para orientar a las personas que se dirigían al rancho. La encontramos sentada al lado de su automóvil, resignada pero con la esperanza de que su padre aparecería. Mis hijas la saludaron y en ese instante recibió una llamada por su celular avisándole que su padre ya lo habían localizado. Ya se imaginarán la sorpresa y después la alegría que nos inundó. Abrazos, felicitaciones, mientras que en el interior del vehículo una madre conmovida hasta las lágrimas daba gracias a San Judas Tadeo por haberla escuchado.

Llegamos al rancho con la recomendación que detuvieran la búsqueda mientras esperábamos su rescate. Por fin, como a las cuatro de la tarde nos avisaron que en un picap de Protección Civil lo llevaban rumbo a La Paz por una brecha que entronca con la carretera transpeninsular a la altura del kilómetro 35, conocido como La Virgencita. Regresamos de inmediato a la ciudad, a la casa de Agustín, donde lo encontramos como se dice “salvo y sano”.

Pero, ¿cómo fue que dieron con Guty? Ricardo, un hijo de Luis Reyes, mi sobrino, platica los pormenores: “El día 19, cumplido el protocolo de las 72 horas, la Dirección de Protección Civil implementó las estrategias de la búsqueda y se apoyó en el ejército, la marina y las policías del estado y del municipio de La Paz. En una avioneta donde iba Carlos Godínez León, director de esa dependencia y Ricardo, invitado por conocer la región, sobrevolaron la zona y descubrieron a Guty que iba caminado a través del arroyo. Le hicieron señales para que ya no se moviera y regresaron al aeropuerto donde ya los esperaba un picap de la misma dirección de Protección Civil.

De hecho, fueron los primeros en llegar al lugar donde se encontraba mi hijo, porque minutos después aterrizó un helicóptero de la Armada de México que también lo andaba buscando. Examinaron a Guty y lo encontraron en buenas condiciones de salud. Al preguntarle como sobrevivió contó que comía ciruelas del monte y pitahayas. En cuando a la sed bebía agua retenida en las hojas después de la lluvia.

Escuchaba los gritos y el sonido de una bocina —era de un correcamino que conducía Miguel, un amigo de nuestra familia— pero no pudo comunicarse con ellos. Por cierto, al tercer día encontraron un lugar donde había dormido, incluso las huellas que dejó al caminar por el arroyo. Con nuevas esperanzas recorrieron esos lugares pero no lo encontraron y la noche —otra más— llegó.

Ahora, Agustín ya está al lado de su familia. Los días pasados en soledad no se olvidarán no tanto él sino por todos los que participaron en su búsqueda. Como mi nieto Leo que el tercer día anocheciendo me dijo con lágrimas: No lo encontramos, abuelo. Y me dio un abrazo desconsolado.

—Creímos que lo íbamos a encontrar en malas condiciones físicas— me dijo Ricardo. Cuando me acerqué a él lo primero que hice fue agarrar el rifle que tenía a un lado, le quité el cartucho que tenía montado y le pregunté cómo se sentía. –Bien —me respondió— un poco de agua no me caería mal.

Uno se pregunta: ¿después de tres días con sus noches, que fue lo que lo alentó a seguir con vida? Creo, en primer lugar, que fue su experiencia de andar en el monte. Por eso no se desesperó confiado en que lo encontrarían. Pero, además, el mismo monte los impregna de valor ante lo desconocido, los hace precavidos ante los peligros y siempre tienen recursos ante situaciones imprevistas. Y ese fue el caso de Agustín. Cuando todos temíamos por su vida, caminaba y caminaba buscando rutas conocidas para llegar al paraje o a un rancho cercano.

—De pronto me perdí— confesó. Y en esos momentos comenzó el drama. No cabe duda, mi hijo tiene los tamaños suficientes para enfrentar esta clase de desafíos.

lunes, 30 de septiembre de 2019

Un libro de Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez
Cuando estudiaba en la Escuela Normal Superior de Tepic, Nay. el maestro de literatura iberoamericana me dejó como tarea leer y analizar el libro “Cien años de soledad” del escritor colombiano Gabriel García Márquez. Lo compré en una librería del centro de la ciudad y me di cuenta que era la primera edición, aquella que tenía una “E” al revés en la portada. Lo guardé muchos años en mi modesta biblioteca y en una ocasión lo regalé a uno de mis alumnos de los cursos de verano de la Escuela Normal Superior. Después me arrepentí de haberlo hecho.

Con el paso de los años continué leyendo los libros de este extraordinario autor, entre ellos “La hojarasca”, “El coronel no tiene quien le escriba”, “El amor en los tiempos del cólera” y “Crónica de una muerte anunciada”. Y claro, adquirí de nueva cuenta “Cien años de soledad” de la edición conmemorativa de la Real Academia Española, además de la biografía de Gabriel de Gerald Martín, un libro de 762 páginas que hablan de la vida y la obra del premio Nobel de Literatura.
Sabía que Gabriel había sido periodista y que incluso en muchas de sus entrevistas siempre dejó constancia de ello. Periódicos de México, Colombia y de España le publicaron con regularidad muchos de sus reportajes a tal grado que vivió de ellos durante muchos años. En una ocasión la revista Newsweek dijo de él: “Gabriel García Márquez tiene un lugar especial en el corazón de los periodistas. Como Charles Dickens, Mark Twain y Ernest Hemingway, García Márquez titán de la literatura del siglo XX, pulió su capacidad literaria como reportero antes de convertirse en un célebre novelista”.

Lo de periodista no me causó mucho interés, aunque estaba enterado de que existía un libro que recopiló textos que escribió para periódicos y revistas que se llama “El escándalo del siglo”, editado en 1981 por Cristóbal Pera y prologado por Jon Lee Anderson. Tuve intenciones de comprarlo pero el precio me desanimó. Y así pasaron muchos años hasta que dos semanas atrás el estimado amigo Luis Rosas Meza me lo mando por internet. Es una versión digital autorizada el año pasado. Por supuesto me llevó unos cuantos días para leerlo y enterarme de su contenido.

En uno de sus artículos me llamó la atención de que tres de sus libros preferidos eran “Las mil y una noches”, “Moby Dick” y un diccionario de la lengua española. Y que de los cuentos, miles de ellos que se han escrito, los que más lo impresionaron por su originalidad fueron “La pata de mono” de W.W. Jacobs y “El caso del doctor Valdemar”, de Edgar Allan Poe. Por supuesto me di tiempo para leerlos y en efecto son cuentos extraordinarios.

La recopilación de 50 textos que hizo Cristóbal Pera incluye notas de prensa, crónicas, reportajes, notas de prensa y artículos de opinión. Dice él que los entresacó del libro “Gabriel García Márquez, Obra periodística” en cinco tomos de Jacques Gilard. Todos los textos son interesantes, pero varios me gustaron como “La muerte es una dama impuntual, “Desventuras de un escritor de libros”, “No se me ocurre ningún título”, “La poesía al alcance de los niños”, “María de mi corazón” y “¿Cómo se hace una novela?” Sobresale, desde luego, la narración que da origen al nombre del libro “El escándalo del siglo”.

En “No se me ocurre ningún título”, Gabriel relata su estancia en la ciudad de París junto con otros exilados, entre ellos el poeta cubano Nicolás Guillén. Hospedado en un modesto hotel y después de enterarse de las noticias del día, abría la ventana que daba a la calle y las gritaba a pulmón abierto, en especial las que se referían a los países de América. En una ocasión, los transeúntes oyeron “Se cayó el hombre” y cada quien pensó que habían derrocado a alguno de los dictadores de esos países, como Juan Domingo Perón, de Argentina, Fulgencio Batista, de Cuba, Anastacio Somoza, de Nicaragua o Rafael Leonidas Trujillo, de República Dominicana, pero el destituido fue el general Juan Domingo Perón.

En “El escándalo del siglo”, García Márquez narra el crimen de la joven Wilma Montesi cuyo cadáver apareció en una playa, pero al cabo de minuciosas investigaciones no pudieron descubrir el móvil de su asesinato. En las pesquisas se vieron involucrados personajes de la política y millonarios sin que se llegara a aclarar bien a bien su participación en este hecho de sangre. El supuesto crimen quedó sin aclarar y con el paso de los años una frase resumió ese caso: “Muerta, Wilma Montesi pasea por el mundo”.

Leer los textos que aparecen en el libro es una tarea reconfortante además de ser un tiempo bien empleado porque, además de dimensionar la calidad de periodista de Gabriel García Márquez, se adquieren conocimientos de muchos de los hechos que sucedieron en el mundo, y de los cuales él fue testigo presencial, como su visita a Cuba a raíz del triunfo de la revolución cubana encabezada por Fidel Castro.

García Márquez afirmaba que el periodismo es el mejor oficio del mundo. “Toda la vida —aseguraba— he sido periodista, mis libros son libros de periodista” Y agregaba: “No quiero que se me reconozca por “Cien años de soledad” ni por el premio Nobel, sino por el periódico…, nací periodista y hoy me siento más reportero que nunca. Lo llevo en la sangre, me tira”.

Y eso de llevarlo en la sangre le queda a la medida a los periodistas de esta ciudad de La Paz, como Jesús Chávez Jiménez, Víctor Octavio García, Alfredo González González, Luis Diveni, Armida Torres de Caloca. Algunos de ellos han escrito libros y son editores de revistas, como es el caso de Armida con “California Gráfica”.

   Y ya por último he tomado una decisión; voy a comprar el libro a pesar de su costo —540 pesos—porque lo quiero tener junto a los otros que son la herencia literaria de Gabo. Y le doy las gracias a Luis Rosas por acercarme a la producción periodística de este notable escritor colombiano.