Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

lunes, 21 de noviembre de 2016

La memoria del país en crisis

Dos buenos amigos, Francisco López y Carlos Lazcano, me han enviado por Facebook dos artículos referentes al proyecto de la nueva Ley General de Archivos que ya se encuentra para su aprobación en el Congreso de la Unión. Son artículos que revelan —en caso de que se autorice— el enorme peligro de prohibir la libertad de expresión y el acceso a la información.

Ahora, con la aprobación por la Cámara de Senadores de la Ley General de Datos Personales, que considera como confidencial todo documento que contenga datos de esta naturaleza, deben protegerse indefinidamente. Y aquí es donde la puerca torció el rabo, pues eso significa el impedimento de acudir a los archivos en busca de información mucha de ella relacionada con las personas que la originaron, habida cuenta que la ley ya no lo permitirá.

Así, por esa ley absurda, —dice un artículo— “nos arrebatarán la posibilidad de construir nuestro futuro sobre el conocimiento cierto del pasado, a través de documentos que generaciones de mexicanos ha dejado detrás a lo largo de siglos, resguardados en los archivos históricos…”.

La historia —dice el segundo artículo— requiere acceso a las fuentes primarias, cartas, circulares oficiales, documentos gubernamentales o de la sociedad civil, títulos de posesión, expedientes migratorios, inquisitoriales, etc. Sin este acceso será imposible hacer historia sobre fuentes originales, salvo las que se encuentran en archivos fuera de México…”.

Y vaya que algunas instituciones ya están poniendo en práctica esas disposiciones. Se comenta que a un estudiante que acudió a una hemeroteca en la Ciudad de México, le entregaron una copia del artículo solicitado con nombres y caras tachados. Por supuesto esta es una muestra de lo que puede suceder si se aprueba la ley en cuestión.

Muchas voces se han levantado en contra de esa absurda disposición, sobre todo de los historiadores y de las instituciones dedicadas a la investigación de nuestro pasado. Sería conveniente por no decir urgente, que los investigadores de la UABCS, de los que acuden a los archivos, entre ellos el Archivo Histórico Pablo L. Martínez, en busca de información, eleven una protesta ante el Congreso a fin de que esa ley no se apruebe y se formule una nueva más acorde con el momento actual que permita conocer lo que hemos sido en el pasado.

En nuestro existen varias instituciones archivísticas que contienen documentos importantes de la época de la colonia, la independencia y los regímenes revolucionarios. Aunque un poco desorganizados y la falta de personal, se cuenta con el de Santa Rosalía, en el municipio de Mulegé; con el de Loreto, en el municipio del mismo nombre; el general del municipio de La Paz y, con una organización excelente y edificio moderno y funcional, el archivo histórico Pablo L. Martínez.

El archivo general municipal de nuestra ciudad tiene ocho años de fundado, pero por falta de un local adecuado no ha podido cumplir sus funciones ni terminar con los inventarios, catalogación y depuración de documentos, muchos con más de 40 años de antigüedad. En su acervo resguarda lo que se ha generado por las administraciones de los ayuntamientos a partir de 1993.

Pero tanto los unos como los otros, estarán impedidos de proporcionar información sobre los datos personales que aparecen en los documentos, debido a la Ley General de Archivos que esperamos no sea aprobada. Aunque, en honor a la verdad, serán pocas las instituciones que cumplan esas normas, sobre todo las que dependen de los gobiernos de los estados y de los municipios debido a que pueden ejercer su soberanía y continuar ofreciendo sus servicios como lo han hecho hasta la fecha. El pueblo de Baja California Sur no puede echar en el pozo del olvido su pasado.

Noviembre 22 de 2016.

viernes, 18 de noviembre de 2016

No estamos solos

El lunes pasado tuve la oportunidad de saludar a Vico Caballero, poeta y promotor cultural de la región de Los Cabos. Tiene una librería en la segunda planta del centro comercial Walmart en Cabo San Lucas. Por varios años fue el director de cultura de esa delegación municipal.

En este año de 2016, el Instituto Sudcaliforniano de Cultura le publicó su poemario “Al cabo canto” que es una elegía al pueblo que le ha dado cobijo en los últimos años. Aunque, con mucha razón, su prologuista Leonardo Varela, dice que esta obra poética es “antes que otra cosa un registro de las tensiones y asimetrías monstruosas entre una sociedad extraviada y el individuo que busca su camino…” Y Varela afirma: --“Vico Caballero utiliza un lenguaje directo que sirve a la intención de reflejar crudamente los sentimientos encontrados de quien se descubre extranjero en su propia tierra…”.

Caballero participó en una antología de escritores de Los Cabos en la que incluyó fragmentos de su poemario, un cuento y un artículo titulado “Los Miserables”. En éste, narra la visita de una familia a esta región y su estancia en un condominio contratado con anticipación. Pero cuando sus hijos utilizaban la alberca, un turista gringo les llamó la atención diciéndoles que estaba prohibida bañarse en ella porque era exclusiva de los extranjeros. 

Extrañado por esa prohibición, el padre le pidió explicaciones al gringo en cuestión, quien le afirmó que esos condominios sólo podían ocuparlos los turistas de otros países. Y para colmo, una francesa que se acercó también puso su granito de sal diciendo: --“ni perros, ni mexicanos, ni gatous…”. Total, la familia buscó otro alojamiento donde no había discriminación. 

De unos años acá somos muchos los que hemos alertado sobre la invasión silenciosa a nuestra tierra por extranjeros, sobre todo norteamericanos. Y de capitalistas mexicanos asociados a inversionistas de otros países llevados por el afán de lucro. Todos ellos han construido hoteles de lujo, condominios, centros comerciales y, no conformes con eso, han adquirido grandes extensiones de tierra muchas de ellas junto a las playas. Y claro, también se ha convertido en agentes inmobiliarios revendiendo las propiedades de sudcalifornianos que adquirieron a bajo precio.

Por eso nos parece oportuno escuchar la voz de un poeta que no teme decir la verdad. Hoy, ante la amenaza constante del capitalismo extranjero y la transculturación que lentamente debilita la identidad de los habitantes de la región de Los Cabos—y de otras regiones—es urgente iniciar una campaña de reivindicación de lo nuestro comenzando por prohibir el uso del término BajaSur para denominar a nuestra entidad.

El gobierno del estado tiene en sus manos la solución. Basta con que se aplique con rigor lo establecido en el decreto vigente y que no sabemos porque causas no se ha ejercido. Y que sean las autoridades municipales, sobre todo las del ayuntamiento de Los Cabos, las que defiendan el nombre correcto de nuestra entidad: Baja California Sur.

En cada municipio existen personas valiosas como los responsables de la cultura, los cronistas, los historiadores, los escritores, los periodistas, los maestros, que en un frente común exijan y publiciten los derechos de los sudcalifornianos para preservar lo que las pasadas generaciones les heredaron. Y no me refiero solamente a la propiedad de la tierra, sino también a sus costumbres, a sus tradiciones, a todo aquello que los identifica y les da derecho a vivir en esta tierra generosa que tiene que seguir siendo genuinamente mexicana.

Noviembre 17 de 2016.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Los árboles de la India

Huracán de 1959.
Ahora, con eso de la remodelación del malecón por el gobierno y la iniciativa privada, un buen amigo me preguntó de los árboles de la India que embellecían buena parte del paseo Obregón y los que, supuestamente por las anteriores remodelaciones, han desaparecido. Hube de explicarle que todavía en la década de los cincuenta del siglo pasado formaban parte del malecón.

No sé a ciencia cierta quien los sembró, aunque es probable que haya sido durante el gobierno de Carlos M. Esquerro cuando en 1926 se inauguró el malecón. Aunque, por otro lado, existen fotografías de principios del siglo donde se observan esta clase de árboles, sobre todo en la antigua calle Comercio la que actualmente lleva el nombre de ese gobernante.

En el año de 1959 un ciclón causó severos daños en algunos estados de la costa de Pacífico y la muerte de 1,500 personas, además del hundimiento de 150 barcos. Y cuando llegó a nuestra entidad, sobre todo en La Paz, causó bastantes destrozos, aunque no hubo víctimas. Pero algunas de las embarcaciones que se encontraban en la bahía, la fuerza del viento y el oleaje las arrojó a la playa. Una de ellas fue El Arturo que quedó enterrada en la arena a varios metros de la orilla.

El malecón quedó destrozado en varias partes y de las palmeras que adornaban la calzada muchas de ellas solamente les quedó el tallo, pues sus hojas fueron arrancadas por la fuerza del viento. Los cauces de los arroyos que cruzan la ciudad rebosantes de agua, causaron daños irreparables como fue el caso de la empresa INALAPA dedicada a empacar y procesar el algodón proveniente del Valle de Santo Domingo.

Fue tal la fuerza del viento originado por el ciclón de 1959, aunado a la lluvia que reblandeció la tierra alrededor de los árboles de la India, que casi los arrancó, por lo que las autoridades optaron por quitarlos de la calzada. Fue muy triste presenciar a esos frondosos árboles ladeados y con sus raíces a flor de tierra. Desde la calle 16 de Septiembre hasta el entronque con el muelle fiscal fueron no menos de quince los que desaparecieron debido a ese fenómeno meteorológico.

Y también —eso nos lo recuerda Elino Villanueva en su libro “El ciclón Liza”— por causa del ciclón los ocho grandes álamos que adornaban el paseo en el tramo comprendido del muelle a la calle Manuel Márquez de León fueron derribados, impotentes ante la fuerza incontenible del viento. Ellos, al igual que los árboles de la india fueron destruidos por las autoridades de ese tiempo.

Después ya no se reforestó el paseo Álvaro Obregón. Con el paso de los años y en forma paulatina fueron despareciendo los llamados también laureles de la India, sobre todo los que estaban en el centro de la ciudad, por las calles 16 de septiembre, Carlos M. Esquerro y varios tramos del malecón. Hoy esos espacios los ocupan banquetas de cemento muy a tono con el grado de desarrollo de nuestra capital. Pero se añoran esos hermosos árboles.

Ya no se han vuelto a sembrar esos laureles. En su lugar, en muchas calles de la ciudad se ha esparcido otra clase también originaria de la India conocida como “Min”. Estos árboles tienen la ventaja de que crecen muy rápido y con una fronda que da cobijo en los meses de verano. Además se tiene la creencia que sus hojas son un buen antídoto contra los zancudos.

En el presente, cuando recorra la ciudad, encontrará de pronto algunos árboles de la India, como aquellos que en épocas pasadas adornaban el malecón de nuestra ciudad.

Noviembre 12 de 2016.

jueves, 3 de noviembre de 2016

El catrín de la fachenda

Acompañado de mi nieta Marta, su esposo Carlos y de su hija Romina, el día primero de este mes visité por la tarde noche los altares de muerto que se exhibían en la explanada del Teatro de la Ciudad y presencié una parte de las actuaciones artísticas que el Instituto Sudcaliforniano de Cultura había preparado esa víspera del Día de Muertos.

Ante un numeroso público sentado y de pie, los grupos de danza folclórica interpretaron los bailables tradicionales de nuestra tierra y de otras regiones del país. Y ya más tarde se presentaron las catrinas luciendo sus hermosas vestimentas, maquilladas tal como la imaginó José Guadalupe Posada, el artista grabador de principios del siglo pasado.

¿Por qué les llaman catrinas? me preguntó Romina. ¿Y por qué su cara parece una calavera? En esos momentos no le pude contestar dado el ambiente que reinaba en el lugar debido a la música que se escuchaba y la voz de los conductores del festival. Y como después ya no tuve oportunidad de hacerlo, aproveché este medio escrito para hacerle llegar mi respuesta.

A fines del siglo XVIII y principios del XIX (1776-1827) vivió en la ciudad de México un periodista y escritor llamado José Joaquín Fernández de Lizardi. Escribió dos libros sobre las costumbres pintorescas de esa época a los que llamó “El periquillo sarniento” y “El catrín de la fachenda”. De este último se ha dicho que tiene mucho de su vida.

Le dio el nombre de catrín a un personaje que siempre estaba muy bien vestido, elegante de pies a cabeza que surgió en la época del porfiriato. El mismo presidente Díaz daba una imagen de lo que era el catrín. Usaba un traje a rayas, su imprescindible bastón y en su cabeza el bombín. Y le llamó de la fachenda por vanidoso y orgulloso.

Por cierto, uno de los juegos más populares, la lotería, incluye en sus cartas una imagen del catrín el que, cuando aparece , lo identifican gritando: “aquí viene con garbo y galanura… el Catrín. Es más, el conjunto musical Café Tacuba tiene una canción dedicada a este personaje que empieza así: “Caminando por la calle va el Catrín / estampa de lotería gritada en juego…”.

¿Cómo nació La Catrina? En la segunda mitad del siglo XIX vivió un artista que se especializó en los grabados y en las caricaturas, llamado José Guadalupe Posada. Por medio de calaveras y esqueletos impresos en papel o cartulina y con mensajes, criticó la vida social de esa época, sus lacras y miserias. Nada se le escapó. Y para burlarse de la clase acomodada de los tiempos del porfiriato, no halló otra manera que inventar a la catrina la que, por cierto, le llamó inicialmente “la calavera garbancera”.

Muchos años después, el gran pintor mexicano Diego Rivera incluyó a la catrina vestida con elegancia en un gran mural, misma que es representada el día de muertos. Esa es la catrina que todos conocemos, la que personificaron más de una treintena de mujeres paceñas, entre ellas varias niñas, en la pasada conmemoración del Día de Muertos.

Pasan los años pero el interés por la tradición mexicana no decae, antes al contrario creo que se ha incrementado. Al menos así lo demostró Romina —iba maquillada con rasgos de calavera— cuando le pidió a su papá la fotografiara a un lado de las catrinas que iban llegando al evento cultural. Con ese interés no dudamos que dentro de algunos años ella sea una de las catrinas más atrayentes que se presenten en esa ocasión. Y claro para recordar a los que hicieron posible esa tradición: José Joaquín Fernández de Lizardi y Diego Rivera.


Noviembre 03 de 2016

lunes, 24 de octubre de 2016

El malecón de La Paz

¿Qué tanto sabes de la historia de nuestro malecón? Me preguntó hace días un amigo. Tenía interés por el anuncio de las autoridades de que próximamente lo volverían a remodelar. Y si se podía conocer el proyecto y el costo del mismo.

Le contesté que en mi libro “Calles y monumentos de la ciudad de La Paz” publicado en el año de 2001 estaba una crónica sobre el malecón y el paseo Álvaro Obregón. Y como el libro ya no se conseguía que abriera mi blog y ahí lo encontraría. ¿Y cómo abro tu blog? Bueno…

Según referencias históricas el malecón se construyó durante el gobierno de Carlos M. Esquerro y fue inaugurado el 16 de septiembre de 1926. Era un muro de piedra de un poco más de un kilómetro de longitud suficiente para impedir el acceso del mar a la zona habitada.

Pero nunca se pensó en las corrientes de agua que bajaban de la sierra cuando llovía y que se encauzaban por los arroyos que atravesaban la ciudad. Fue por eso que durante un copioso aguacero, las corrientes destrozaron parte del malecón y hubo que reconstruirlo. Al siguiente gobernador, general Amado Aguirre le tocó la tarea de reforzar conveniente el muro con varillas y cemento, además de colocar alcantarillas con su desfogue al mar.

Pero no fue todo. A todo lo largo del malecón se colocaron arbotantes de cemento armado con alma de tubo de seis pulgadas y en la parte superior focos de 200 bujías que iluminaron, no solamente la orilla de la playa sino también las calles aledañas. Debió haber quedado muy bien la remodelación del malecón ya que el gobernante se jactó de que era uno de los mejores del país.

Debió haber sido cierto porque los siguientes gobernadores hasta el mandato del general Agustín Olachea Avilés, nomás le dieron una manita de gato. En 1957, después que Olachea le puso mano al malecón, un observador dijo: “El malecón que circunda las playas en torno a la bahía es el mejor de la costa del Pacífico; tiene una dimensión de cuatro kilómetros y está sombreado con palmas reales. Su alumbrado es modernísimo, de luz mercurial, con arbotantes metálicos contribuyen al ornato y belleza del paseo.

De 1975 en adelante, el malecón y el paseo Álvaro Obregón fueron motivo de atenciones. Se colocó concreto hidráulico a todo lo largo de la avenida, se sustituyó el alumbrado, el kiosco volvió a construirse y se reforestaron varios tramos del malecón, se ganó terreno al mar para crear una playa artificial frente al hotel “Perla” en fin, de una u otra manera tanto el gobierno estatal como el municipal, siempre se han preocupado por mantener en óptimas condiciones nuestro paseo y el malecón.

Durante el gobierno del licenciado Ángel César Mendoza Arámburo se tuvo la idea de hacer de dos carriles el paseo, pero por falta de recursos no fue posible. Su sucesor Alberto Alvarado pretendió lo mismo, aunque se conformó con el tramo que va del Molinito al Coromuel.

Ahora que el gobierno y la iniciativa privada renuevan su interés por el malecón, independientemente de lo que se pretenda con la remodelación, no debe perderse de vista que el proyecto debe relacionarse con el espacio que ocupa el Centro Histórico de la ciudad lo que, si en verdad se tienen esos nobles propósitos, deben procurar matar dos pájaros de una pedrada. ¿O no lo ves así, Tito Piñeda?


Octubre 24 de 2016.

Nota del editor.
Si desea descargar el libro "Calles y monumentos de la ciudad de La Paz" y algún otro textos del profesor Reyes Silva, por favor, toque el siguiente enlace. (También puede compartirlo)

viernes, 21 de octubre de 2016

Un viejo matrimonio

Ayer ella cumplió 78 años y 60 al lado de su esposo. Con seis hijos vivos, muchos nietos y bisnietos, ha buscado en la vida los mejores momentos para ser feliz, aunque estos no han estado exentos de apremios y desalientos, de angustias y sufrimientos, de desazones y dudas.

Descendiente de una familia de rancheros, su infancia estuvo rodeada de años felices, tanto como puede serlo la vida en el campo, compartiendo su tiempo con las aves y los paseos a caballo con su padre. Con edad suficiente se dio cuenta de las faenas propias del rancho, las usuales como alimentar a las gallinas, cabras y, sobre todo, al ganado vacuno que en grandes cantidades existía en ese lugar.

Y hubiera continuado ahí, si no es que su padre aquejado de una enfermedad no pudo recuperarse y falleció. Su madre, incapaz de atender las labores propias del rancho, optó por venderlo y trasladarse a un pueblo donde uno de sus hijos se convirtió en ejidatario. Sus hijos mayores se casaron; solo quedaba la última la que ayer festejó su cumpleaños.

Cuando cumplía los catorce años se convirtió en madre adoptiva. Una señora del lugar impedida de mantener a su hija de tres meses de nacida la abandonó a la orilla de un arroyo cercano, eso sí bajo la sombra de un mezquite, y la joven que oyó su llanto la recogió y con ella llegó a su casa. Investigando supieron el nombre de la madre quien les dijo que si la querían se las regalaba.--¿Mamá me puedo quedar con ella?

Al cumplir dieciséis años se casó con un profesor que trabajaba en la escuela primaria del poblado. Él tenía veinticuatro. De tez blanca, menudita y de bellos ojos verdes, la joven señora inició su vida de casada y con el paso de los años madre de tres hijos. No fue fácil su estancia en el poblado, aunque las carencias las superó con el amor de su esposo y la dedicación a sus retoños. Y claro, con el apoyo de la madre y sus hermanos.

Así las cosas, un día al profesor lo cambiaron a la capital de la entidad y allá se fue junto con su esposa y los hijos. Lejos de su familia, supo adaptarse a las nuevas condiciones y más cuando encontró protección en los padres de su marido. Era un matrimonio hasta cierto modo feliz hasta que un malhadado día recibió una infausta noticia: su madre, junto con un hermano y uno de sus cuñados habían muerto en un accidente de carretera.

Nunca pude comprender como pudo superar esa terrible tragedia. Quizá fue refugio de su dolor el amor de su esposo quien compartió día con día su sufrimiento. Y así pasaron los años. Los hijos crecieron y el primero de ellos, luego de terminar la preparatoria, decidió matricularse en el Heroico Colegio Militar de la ciudad de México. Cuando terminó sus estudios obtuvo el grado de subteniente y pocos años después ascendió a teniente.

En esa época se casó con una joven oriunda de la ciudad de Toluca y procrearon dos niñas. Y otra vez, la tragedia ensombreció el hogar de los padres del militar. En la búsqueda de un narcotraficante en un pueblo del estado de Nayarit, frente a su casa, fueron recibidos a tiros a resultas de lo cual el teniente fue herido de muerte. Un escueto telegrama de la zona militar se recibió una mañana dando cuenta de lo sucedido.

Otra vez el sufrimiento y el ahogo por el hijo querido. Pero con valor todo se supera en esta vida. Y con resignación. Hoy sus restos descansan por siempre en el panteón de los San Juanes de la ciudad. Y cada vez que visitamos la sepultura las lágrimas de la madre fecundan el recuerdo del hijo que se fue.

Han pasado ya muchos años. Presenció con estoicismo la muerte de dos de sus hermanos, los mayores, y compartió la pena de su esposo por el fallecimiento de sus padres, sobre todo de ella que tanto la quiso. Pero la vida sigue. Hoy, a sus 78 años, agobiada por malestares propios de la edad que la obligan a ser muy cuidadosa en su alimentación, todavía tiene arrestos para atender su hogar y, a pesar de los años transcurridos, el amor del esposo y de sus hijos le da el abrigo necesario para ser feliz.

Octubre 21 de 2016.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Presentar libros, un dilema

Al menos en mi caso. Tengo por costumbre, cuando leo el libro que voy a presentar, enterarme muy bien de su contenido y relacionarlo con otros anteriormente escritos que tienen ciertas semejanzas con los temas que tratan. Y esto, por supuesto, me hace meterme en honduras y dedicarle más tiempo a preparar lo que voy a decir en la presentación.

Esto es lo que me pasó cuando me invitaron a comentar el volumen de las obras del doctor Celestino Núñez Mata en un evento a efectuarse el 13 del presente mes de octubre en la Alianza Francesa. Oportunamente tuve en mis manos un ejemplar de esa obra, obsequiada por el autor y créanme, su contenido me pareció muy interesante.

De momento pensé en la corriente literaria originada en el siglo pasado conocida como realismo mágico, atribuida a escritores como Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Juan Rulfo y otros de origen latinoamericano. Si, y también a otros que siendo doctores, incursionaron en las letras para solazarnos con sus novelas y cuentos, como Somerset Mahugam, Axel Munthe y Archibald J. Cronin.

Y recordé que hace dos meses asistimos a la presentación del libro del doctor Alejandro Gallo Castro titulado “Más allá del mar y otros cuentos”• en donde los presentadores hicieron mención de los médicos sudcalifornianos que han combinado su profesión con el gusto por la literatura, entre ellos Alejandro Magallón Cosío y Francisco Javier Carballo.

Para convencerme de que el doctor Celestino efectivamente echó mano del realismo mágico consulté —releí mejor dicho— los libros Cien años de soledad de García Márquez, Pedro Páramo de Rulfo y El reino de este mundo de Carpentier. Como dice el dicho los desempolvé y pasé horas agradables leyéndolos. Pero no fue todo.

Me acordé que Axel Munthe tiene una novela—muchos dicen que es una autobiografía—que describe su vida y los años que pasó en un castillo construido por él en un monte cercano a la isla de Capri. Al leerlo comprendí un poco más de las vivencias que animan a esta clase de escritores, sobre todo porque Munthe era psiquiatra.

Pero cuando perdí verdaderamente el tiempo fue cuando leí el relato del doctor Núñez Mata al que llamó “Sinfonía de amor para Adán y Eva”, porque resulta que ahí narra su noviazgo con una novicia y su posterior matrimonio no sin antes pasar por etapas de incertidumbre, desesperación y resignación al no lograr sus propósitos. Una novicia—me dije—y recordé de inmediato al escritor José Zorrilla con su Juan Tenorio, al mismo Munthel  y a nuestro paisano Omar Castro con su libro “La cicuta, el veneno de la pasión”.

Desde luego, volví a recrearme con el famoso galán y su apuesta para robarse una novicia lo que logra esa misma noche. Ante el azoro de doña Inés, don Juan le declama el verso inmortal que ha llegado hasta nosotros: “Inés del alma mía, no es verdad que en esta apartada orilla más bella la luna brilla y se respira mejor. No es verdad ángel de amor…”.

Y me quedaba pendiente leer el libro de Omar Castro, porque no lo tenía en mi modesta biblioteca. Así que le pedí me lo hiciera llegar. Hasta eso que fue muy atento y al día siguiente me lo obsequió debidamente dedicado. Parte del libro trata de un seminarista enamorado de una novicia y las estratagemas de que se vale para conquistarla. Y no digo más porque para enterarse de estos amores hay que adquirir un ejemplar. Publicidad aparte.

Ya faltan dos días para la presentación y tengo que escribir algo sobre ella. Lo haré con gusto dado que los textos del doctor Celestino van más allá de lo meramente regional, trascienden a lo universal.

Octubre 11 de 2016.