Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

jueves, 23 de febrero de 2017

El museo de la maestra Rosaura Zapata



Va para tres semanas que Erika Zapata, descendiente de la maestra Rosaura Zapata visitó nuestra ciudad, con el fin de reunir toda la información posible de esta insigne educadora, para estar en disponibilidad de hacer un documental sobre su vida y su obra.

Invitados por el profesor Ricardo Fiol acudimos a saludarla Francisco López Gutiérrez, Martín Avilés Ortega y yo, a fin de escuchar sus propósitos y ofrecerle nuestra ayuda. Ella es hija de Claudio Maximiliano Zapata y Buttner. Sus abuelos paternos fueron Enrique Zapata y Lily Buttner.  Sus bisabuelos fueron Claudio Zapata y Helena Cano, padres de la maestra María Rosaura Zapata Cano.

Como bisnieta tiene todo el derecho de buscar  la información posible sobre su bisabuela, desde los documentos existentes hasta el museo que se instaló en la que fuera su casa sobre las calles Madero y Morelos, de esta ciudad de La Paz. Y de cómo el Congreso del Estado decretó que sus restos mortales descansaran en la Rotonda de los Sudcalifornianos Ilustres.

Fue durante el gobierno del licenciado Ángel César Mendoza Arámburo cuando se le hizo un emotivo homenaje a su memoria y el senador Alberto Alvarado hizo entrega de un cheque por valor de 50 mil pesos a nombre del senado de la república, para la adquisición de la casa donde vivió la maestra y convertirla en un museo a su memoria.

En efecto el museo se organizó y permaneció así durante dos décadas. Después,  con la autorización de las autoridades educativas allí funcionó el Centro de Artes Populares para Niños Preescolares, institución que fue clausurada en el año 2014 y la casa cerró sus puertas al  público.

Ignoramos quien es el propietario de la que fuera el hogar de la familia Zapata Cano. Pero deberá investigarse a fin de que vuelva a su calidad de museo. Ojalá y se conserven todos los testimonios de la vida y la obra de la maestra, entre ellos el busto que adornaba una de las salas. La restauración de la casa y su costo no debe ser pretexto para mantenerla cerrada, pues siempre habrá—así lo creo—la buena disposición de los gobiernos estatal y municipal y en último caso de la sociedad civil, ya que se trata de una acción que conlleva  el recuerdo de la insigne educadora sudcaliforniana.

Una de las primeras acciones sería colocar una placa indicando que fue la casa donde nació la maestra Zapata y que por disposición del gobierno del estado se convirtió en museo. Y que retiren la placa que dice “Centro de Artes populares para preescolares” ya que dejó de funcionar hace tres años.

Por lo demás, debemos reconocer el interés de los familiares que radican en la ciudad de México, sobre todo de los hermanos Erika y Sergio Zapata Lozano, este último un alto funcionario de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Preocupados por la falta de interés por la Casa—Museo de su ilustre bisabuela, han iniciado gestiones y solicitado información del estado que guarda el inmueble y, en caso necesario, buscar las soluciones más adecuadas para su restauración y funcionamiento.

Desde luego, ese interés debe compartirse con las instituciones educativas y culturales de nuestra ciudad, las cuales tienen el compromiso de conservar y fomentar el recuerdo de todos aquellos sudcalifornianos que han entregado parte de su vida a la educación nacional,  como es el caso de la maestra educadora María Rosaura Zapata Cano.

23 de febrero de 2017.

domingo, 12 de febrero de 2017

Los apellidos como identidad



El diario “El País” de Madrid, España, publicó hace días un mapa de la república mexicana con los apellidos más frecuentes de cada estado. No dice de donde sacó la información, pero por lo que respecta a Baja California Sur no deja de ser interesante.

De forma estadística los apellidos que más se repiten son García, con 23,782 menciones; González, con 20,574; Martínez, con 20,158; López, con 19,448; y así en orden descendente con Hernández, Castro, Sánchez, Rodríguez, Romero y Ramírez, este último con 11,746 menciones.

La lista hace pensar que los apellidos que más se repiten corresponden a personas que han llegado a la entidad en los últimos 65 años cuando el despegue de la agricultura en los valles de Los Planes y de Santo Domingo. Y después, con motivo de la conversión de territorio a estado de la federación, sumado al desarrollo intensivo del turismo como fuente de desarrollo económico.

Y los censos de población dan razón de ello. En 1950 contábamos con 60,864 habitantes y ya en 1980 habíamos alcanzado los 215,139. Y 35 años después, en el 2010, fueron 637,026 los censados. Ahora en el 2017 de seguro la cantidad será mayor.

Es por eso la profusión de apellidos que antes de 1950 no figuraban en el registro local. Desde que se inició la colonización de nuestra península por los misioneros jesuitas, franciscanos y dominicos hace un poco más de trescientos años, los primeros apellidos que se conocieron correspondieron a los soldados, marinos y trabajadores que fueron llegando conforme se creaban los centros de población como Loreto, Mulegé, Comondú, La Paz, Todos Santos y San José del Cabo.

En su libro “Historia de la Baja California”, don Pablo L. Martínez anota los nombres y los apellidos de esa época. Ahí aparecen las familias de los Rodríguez, Márquez, Arce, Romero, Carrillo, Verdugo, Castro, Ceseña, Murillo, Salgado, Avilés, Meza y Angulo, entre otros. Posteriormente, debido al cruzamiento con extranjeros, perduraron los apellidos Pedrín, Gibert, Fiol, Green, Collins, Maclis, Davis, sobre todo en la parte sur de nuestra entidad.

Por supuesto, existen en la actualidad muchas familias con estos apellidos aquí y en diferentes estados de nuestro país y es notable el hecho de que, cuando uno de esos apellidos se nombra, de inmediato se relaciona con la Baja California. Así sucede en el estado de California, Estados Unidos, debido a la migración de familias bajacalifornianas al finalizar la guerra de 1846 a 1848 contra ese país vecino.

En La Paz y en Todos Santos se ha hecho costumbre la reunión de familias que llevan los apellidos de Verdugo y Salgado. De diferentes partes de la república y más del estado de Baja California asisten grupos familiares los que, además de la convivencia, buscan por medio de la identidad, que sus nombres perduren como parte de la historia de esta región del país.

Y no es poca cosa que después de más de tres siglos, todavía los Márquez, los Romero, los Murillo o los Castro mantengan su descendencia con el orgullo legítimo que les da su prosapia. Y claro, mientras existan, perdurará el recuerdo de aquellas mujeres y hombres que con la audacia y la esperanza al frente, no dudaron en venir a esta tierra en busca de mejores oportunidades de vida.

Para los que buscamos, hurgando en el pasado, las justificaciones de nuestras raíces identitarias, debemos tener presente que los antiguos apellidos bajacalifornianos son los mejores escudos contra el olvido. Y que mientras existan, serán motivo de orgullo para todos los que lleven esos distintivos, que les da derecho a ser considerados sudcalifornianos legítimos. Y es así porque la historia lo justifica.

Febrero 01 de 2107.

martes, 31 de enero de 2017

Los viejos amigos

El lunes pasado no fue un día cualquiera. No lo fue porque cinco amigos estuvimos compartiendo recuerdos de la época en que fuimos estudiantes de la Escuela Normal Urbana, y después cuando ejercimos el magisterio en diferentes lugares de nuestra entidad.

María Luisa Salcedo Morales, Estela Lizardi Agramont, Dolores Siqueiros, Ricardo Fiol Manríquez y el que escribe, nos reunimos en la casa de Ricardo y durante tres horas nos convertimos, por obra de la ilusión y el pensamiento, en aquel grupo de jóvenes que escogieron una de las carreras profesionales más nobles que existe en nuestra sociedad.

Pudiera pensarse que por nuestra edad —todos pasamos de los ochenta— la reunión resultaría sosa y aburrida. Pero no, todo lo contrario, desde los primeros minutos la alegría contagiosa de María Luisa nos trajo liviandad en el alma y olvidamos los estragos de los años, para cantar melodías del pasado y reír, con risa franca, de las anécdotas de nuestra época de estudiantes.

Ahí recordamos a nuestros maestros como Isabel Macías que nos impartía la cátedra de Técnica de la Enseñanza, de Juan Jiménez con sus lecciones de Lógica, de Manuel Torre Iglesias quien nos impartió los conocimientos literarios y de su hermano José insistiendo en la enseñanza de la Cosmografía.

Y claro, como cosa obligada, recordamos a los compañeros que terminaron con nosotros la carrera de profesor, entre ellos a las hermanas Juana y Pilar Navarro, a María Esther Sánchez, a Josefina Castillo y Viola de mismo apellido y de los hombres a Juan Francisco Angulo, Arturo Salgado y Guadalupe Aguirre Tamayo. La mayoría ya murieron y algunos, como Felipe Lucero, ignoramos su paradero.

A propósito, evitamos hablar de nuestros males, porque sería un cuento de nunca acabar. Y además, lo que se ve no se pregunta: Ricardo en silla de ruedas por un padecimiento crónico de sus rodillas; María Luisa con bastón para guardar el equilibrio; yo, con mi inseparable audífono porque padezco de sordera y las que más o menos están bien son Estela y Lolita.

Pero, en una reunión de amigos ¿quién se acuerda de sus males? Con una copa de vino en la mano y saboreando botanas diversas, además de las platicas amenas que incitaban a la risa y de vez en cuando las carcajadas bien se podía creer que no eran personas ancianas sino más bien jóvenes si no de cuerpo si de corazón.

María Luisa, que se pinta sola para eso de las anécdotas, nos platicó que cuando ella trabajaba como maestra en el pueblo de Loreto, llegó a visitarlo el presidente Miguel Alemán y uno de sus funcionarios al ver el recibimiento que le hicieron, confesó: “yo creía que en esta parte del país sus habitantes todavía usaban zapetas”. Así de desconocida era nuestra tierra.

En fin, la reunión de los viejos amigos resultó mejor de lo que se esperaba. Y más aún, porque Ricardo en su calidad de anfitrión, nos invitó a comer y saborear como postre el tradicional guayabate con queso regional. Esto y la amena conversación hicieron una  tarde inolvidable. Lástima por los demás invitados que no asistieron. De la que se perdieron.

Por cierto María Luisa y Lolita no han perdido su buen timbre de voz. Cuando cantaron la melodía “Desesperanza” revivieron amores pasados: Te llegué a querer mucho/insospechadamente/ni yo mismo me explico/ tal forma de adorar/ Y queriéndote tanto/ te me vas de repente/te me vas sin que pueda/tus besos alcanzar…

Las buenas cosas se añoran. Por eso, cuando haya otra oportunidad, los cinco amigos más otros que se sumen de nuestra generación, habremos de reunirnos y evocar el pasado el que, a juicio de muchos de nosotros, fue el mejor.


31 de enero de 2017.

lunes, 23 de enero de 2017

Los personajes de la historia

“Ningún hombre vive en vano”. Esta sentencia atribuida a Tomás Carlyle viene al caso, porque el estimado amigo Armando Trasviña Taylor me prestó un libro escrito por Enrique Krauze titulado “Caras de la Historia”, en que incluye personajes de la vida nacional, que en los diferentes momentos de su vida se distinguieron realizando acciones positivas a favor de nuestro país.

“Hermana menor de la historia y la novela —dice en el prólogo— la biografía participa de ambas: con método científico, debe apegarse a la verdad comprobable, pero puede y debe volar, con imaginación literaria, para dar vida a los hechos humanos, para recrear su sentido humano…”

Según Krauze cada individuo es un jeroglífico, pero ese jeroglífico que parece indescifrable la biografía puede iluminarlo. Y con esa consideración, recrea las figuras en los mundos de la filosofía, la historia, la educación y las letras. Desfilan por su libro Antonio Caso, Alfonso Reyes, Justo Sierra, José Vasconcelos, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, Octavio Paz y una veintena más de mexicanos distinguidos.

Y me he referido a este prolífico escritor, porque justifica mi interés por dar a conocer a través de semblanzas biográficas a las mujeres y los hombres bajacalifornianos que han descollado en el desarrollo social de esta parte del país. No sé hasta dónde Krauze se aparte de la llamada historia de las mentalidades, que da más importancia a los hechos en sí que las personas que han intervenido en ellos.

Al respecto, en 1982 adquirí los dos tomos del libro “Genios y Figuras” editado por Selecciones del Readers Digest en los que se incluyen personajes de trascendencia mundial. Lo interesante de su contenido es que sus biografías están descritas al modo como lo hace Krauze, es decir, tratan de comprender el porque de la actuación de ellos en la época que les tocó vivir.

Por ejemplo, cuando hace referencia a Simón Bolívar, empieza así: “Para millones de americanos, más de un siglo y medio después de su muerte, sigue siendo casi un dios. Más que ninguna otra figura de la historia de América del Sur, el Libertador existe en la conciencia de su pueblo como un ser vivo. En los poblados remotos de los Andes, en las selvas más profundas, alrededor de hogueras en las vastas llanuras, los campesinos, las gente sencilla repite sus palabras como si hubieran sido pronunciadas ayer…”.

A semejanza así escribe Enrique Krauze de José Vasconcelos: “No la sombra sino la luz de un caudillo iluminó la primera mitad del siglo XIX y sigue inspirando, a través de mediaciones sutiles, la vida de México. —Es el mexicano mayor del siglo XX— me dijo muchas veces Octavio Paz…

En efecto, Vasconcelos es considerado como el hombre que dio un gran impulso a la educación mexicana en los años de 1920 a 1924. Un empeño y una entrega que aún hoy, después de 97 años, lo toman como un ejemplo a seguir, por los extraordinarios resultados que obtuvo al frente de la Secretaría de Educación Pública.

La semana anterior escribí un artículo en el que hacía referencia a los héroes de Baja California Sur. Y dije que hace falta conocer más su vida y su obra con el fin de afirmar nuestras raíces históricas ahora un tanto olvidadas. Y que al margen de los atractivos turísticos que ofrecemos a los visitantes, es necesario y urgente ofrecer las muestras de nuestro pasado en las figuras de las mujeres y los hombres que han enaltecido a nuestra entidad. Y para el caso, que la calzada Forjadores de Sudcalifornia se engalanara con los monumentos y placas conmemorativas de nuestros héroes.

Y claro, que historiadores y cronistas se avoquen a escribir sus biografías tomando como guía el método seguido por Enrique Krauze. De esta forma serán comprendidas por los niños y los jóvenes y aún los adultos, por la forma amena en que se narrarán los hechos de su vida.

No estaría de más, que el Instituto Sudcaliforniano de Cultura y las instituciones educativas contribuyeran para que esas biografías tuvieran la divulgación necesaria. Ojalá y pronto lo veamos.


Enero 15 de 2107.

Los héroes bajacalifornianos

Ahora que las autoridades del XV ayuntamiento de La Paz están promoviendo que los restos mortales del profesor Néstor Agúndez Martínez sean trasladados a la Rotonda de los Sudcalifornianos Ilustres, es bueno recordar a otras figuras que se han distinguido en actos heroicos en bien de nuestra tierra, como es el caso del capitán Manuel Pineda defensor de nuestra soberanía en el año de 1847.

Hace unas semanas Domingo Valentín Castro Burgoin, historiador y escritor liberal, hizo una ejemplar reseña de la batalla librada por Pineda y sus hombres defendiendo el pueblo de Mulegé de las fuerzas invasoras norteamericanas Fue el 2 de abril de 1847.

Con la certeza de que cualquier fecha es buena para recordar a nuestros héroes, Valentín reproduce la información que sobre este hecho relata don Pablo L. Martínez en su libro “Historia de Baja California” que escribió en 1956. En ese texto, aparecen los nombres de los defensores de Mulegé, entre ellos el capitán Matías Flores y los alféreces de la guardia nacional Manuel Castro, Francisco Fierro y Jesús Rodríguez.

Destacada participación tuvo también el padre Vicente Sotomayor, quien con un contingente del pueblo de Comondú defendió con valor esa población. De igual forma el ayuntamiento del municipio respaldó la lucha emprendida contra los norteamericanos. En ese año el ayuntamiento estaba conformado por Domingo Aguiar, Tomás Zúñiga, José Padilla y José María Salgado. Del primer regidor no se menciona su nombre.

Pero Castro Burgoin va más allá del hecho histórico. Aprovecha la patriótica participación del capitán Manuel Pineda para sugerir que sus restos —se encuentran en esta ciudad de La Paz— sean exhumados y llevados a la Rotonda. Pero se lamenta de que no exista una investigación completa sobre la vida y la obra de nuestro héroe.

Al respecto, y en abundancia de su propuesta, debo informarle que aunque no existe información sobre su nacimiento, familia y preparación castrense, si se puede encontrar en diversos textos su arribo a tierras bajacalifornianas y ejercer el mando de los defensores de nuestra soberanía nacional. Y no sólo en Mulegé sino en La Paz, San José del Cabo y Todos Santos.

En 1984, la Universidad Autónoma de Baja California publicó un folleto titulado “Testimonios sobre la invasión norteamericana a Baja California, 1846-1848” y en 1992, la historiadora Ángela Moyano Pahisa escribió un libro al que llamó “La resistencia de las Californias a la invasión norteamericana”. Los dos textos ofrecen una visión clara y completa de esa intervención en nuestra en nuestra entidad.

Además, en ese mismo año de 1992, el pasante en historia de la UABCS, Rubén García Arce, presentó su tesis a la que denominó “La invasión norteamericana a la Baja California”, lo que le valió el título de Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública. Desde luego, existen otros textos que se refieren a lo mismo, entre ellos la Historia General de Baja California Sur, editada por la UABCS en el año de 2002

Así es que, cuando las instituciones públicas o privadas de nuestro estado deseen promover que los restos de Manuel Pineda sean llevados a la Rotonda de los Sudcalifornianos Ilustres, la información que se tiene será suficiente para justificar la petición al gobierno quien es el que, junto con el congreso local, el indicado para aceptar dicha solicitud.

Lo mismo se puede decir de Néstor Agúndez Martínez. La información proporcionada por el XV ayuntamiento de La Paz y de otras instituciones como la asociación civil de Escritores Sudcalifornianos. Debe ser suficiente para el Consejo de la Rotonda apruebe que los restos de este distinguido poeta y promotor cultural descansen en el lugar que merece: La Rotonda de los Sudcalifornianos Ilustres.

Enero 11 de 2017

jueves, 12 de enero de 2017

Los héroes y la calzada Forjadores

Bien por la iniciativa de la Asociación de Escritores Sudcalifornianos que encabeza Francisco López Gutiérrez, en el sentido de promover la instalación de monumentos o placas conmemorativas a todo lo largo de la calzada Forjadores de Sudcalifornia, una de las principales de la ciudad de La Paz.

Desde que se construyó, allá por la década de los ochenta del siglo pasado —al menos cuando se le puso ese nombre— la intención fue colocar monumentos o, en su caso, recordar de manera subliminal a las mujeres y los hombres que se distinguieron en la forja de esta tierra bajacaliforniana.

Pero los años han pasado y ni el gobierno estatal ni el municipal han tomado la decisión de hacer realidad esas intenciones, aunque voces autorizadas de la sociedad civil han pugnado porque se cumplan esos propósitos. A la fecha, solamente un busto pequeño del general Félix Ortega Aguilar se levantó al inicio de la calzada. Y de eso hace ya varios años.

Por cierto, en una legislatura pasada, un diputado inició las gestiones para la colocación de monumentos en esa rúa —fue el doctor Martínez Mora- quien solicitó la cooperación de la iniciativa privada entre ella los sindicatos, los clubes de servicio, los colegios de profesionistas y, desde luego, también al gobierno del estado y el municipio de esta ciudad.

Pero su periodo legislativo terminó y hasta ahí quedaron las cosas. Ahora vuelve nuevamente el proyecto y creemos que la intención de la asociación de escritores, además de ser muy loable, contará con la buena disposición de las autoridades culturales y de personas y grupos interesados en perpetuar y divulgar la memoria de los héroes del pasado y de los tiempos presentes.

Alguien me preguntó que si había suficientes héroes en nuestra tierra para cubrir toda la extensión de la calzada Forjadores de Sudcalifornia. Le afirmé la convicción de que se podía seleccionar treinta o cuarenta mujeres y hombres con méritos suficientes, entre ellos los patriotas de la defensa de nuestra soberanía en la guerra contra los Estados Unidos en los años de 1847 y 1848. Por ejemplo Manuel Pineda, Jesús Avilés, Vicente Mejía, José Antonio Mijares, Mauricio Castro y los padres Vicente Sotomayor y Gabriel González.

En la segunda mitad del siglo pasado tenemos a Manuel Márquez de León, Clodomiro Cota, Ildefonso Green y Claudio Zapata. Y en la época de la revolución a Félix Ortega, Martiniano Núñez, Nicolás Tolentino Antuna, Francisco Arballo Macklis, Dionisia Villarino, Manuel F. Montoya, Isidro Angulo Angulo, Pedro Altamirano Espinoza y Hilario Pérez.

Y de la sociedad civil, maestros, escritores, historiadores, doctores, ingenieros. Cómo no rendirles honores a Francisco Cota Moreno, Filemón C. Piñeda y su hijo César, Fortunato Moreno, José Alberto Peláez, Néstor Agúndez, Pablo L. Martínez, Manuel Torre Iglesias, Raúl Carrillo, Enrique VonBorstel y párele de contar.

Lo cierto que hoy es una buena oportunidad para recordar y enaltecer a nuestros héroes. Ahora que nuestra aldea se ve amenazada por la transculturación venida de otros países, pero especialmente de los Estados Unidos. Ahora que es necesario despertar el sentimiento de pertenencia por nuestra tierra, esa que las generaciones pasadas de bajacalifornianos dejaron bajo nuestra custodia y que por ello no debemos que extranjeros disfruten y se apoderen de ellas, con el pretexto del turismo y la globalización.

Estamos prestos para apoyar la iniciativa de los Escritores Sudcalifornianos. No en vano hay en ellos historiadores de gran valía como Gilberto Ibarra Rivera y Eligio Moisés Coronado. Periodistas como Jesús Chávez Jiménez y “Boby” García; escritores como Estela Davis, Raúl Antonio Cota y Armando Trasviña. Todos ellos de prestigio bien ganado, cuyas opiniones deben tener el respaldo que se merecen. 

Enero 2017

lunes, 26 de diciembre de 2016

Amor a la tierra

Cuando escribí esta crónica me acordé de la novela de Pearl S. Buck conocida como “La Buena Tierra”, obra que, por cierto, la hizo merecedora al premio Pulitzer en 1932. Es el relato de una familia de campesinos chinos y de sus tenaces esfuerzos por conservar la tierra que le fue heredada.

En 1964, después de un movimiento popular que pedía un cambio en la gubernatura del entonces Territorio de Baja California Sur, el presidente Gustavo Díaz Ordaz designó al licenciado Hugo Cervantes del Río, a quien por sus dotes oratorias dicen que la gente de Todos Santos le endilgaron el sobrenombre de “El pico de oro”.

Hombre carismático, de gran experiencia política por haber ocupado altos cargos en la administración pública y civil por añadidura,  el nuevo gobernador realizó un intenso programa de trabajo durante los seis años que duró al frente de los destinos de la entidad.

Aunque se esforzó por hacer realidad la sentencia de que “la hora de Baja California Sur ha sonado”, lo cierto es que las limitaciones presupuestales y la falta de apoyo de las dependencias del gobierno federal, le impidieron lograr con más amplitud sus propósitos. Aún así, atendió en la medida de lo posible los servicios públicos; en su período se construyó el hospital Salvatierra y se terminaron los tramos carreteros La Paz-San José del Cabo y el de Ciudad Constitución-Loreto.

Las personas que integraron su equipo de trabajo lo catalogaron como un funcionario de recio carácter, no obstante su apariencia física y su tono amable al hablar. Uno de sus directores que sintió en carne propia los desfogues de sus enojos, opinó que salvo el uniforme, los civiles tenían iguales tamaños que los militares. Así debió haber sido la regañada.

Pero como lo que comienza tiene que terminar, llegó el día en que Cervantes del Río tuvo que despedirse del pueblo sudcaliforniano, para dar paso al nuevo gobernante ese sí, nativo de corazón, el ingeniero Félix Agramont Cota quien estuvo al frente de la entidad en los años de 1971   a 1975.

Cuentan que la despedida que le hicieron los agricultores del Valle de Santo Domingo fue emotiva, pero nada del otro mundo. Lo que le dio trascendencia y que quedó grabado en el recuerdo de lo anecdótico, es el regalo que casi a lo último le entregó don Isidro Rivera, viejo luchador por el desarrollo agrícola de esa zona.

Con modestas ropas de trabajo, en las manos rugosas su inseparable sombrero de palma y la sonrisa abierta para todos, don Isidro se acercó al hombre que se despedía y le entregó una pequeña caja de cartón, diciéndole:”Licenciado, a nombre de los campesinos de este valle, de los hombres y mujeres que luchan a diario por conservar y hacer producir esta región de México, le hacemos entrega de este regalo, para que nunca nos olvide…”.

Cervantes del Río lo abrazó, le dio brevemente las gracias y procedió de inmediato a abrir el modesto obsequio. Le llamó la atención el peso del mismo y se imaginó que eran frutas o algún tipo de semillas producidas en su rancho. Por eso, grande fue su sorpresa cuando se dio cuenta que la caja contenía solamente tierra, ese material común, que sin embargo es fuente generadora de vida, y para las familias de esa región, la razón primaria de su existencia.
Estos pensamientos cruzaron centelleantes por el cerebro del homenajeado y eso fue causa que, de pronto, sintiera como nunca antes, la identificación con esa masa de personas, con su lucha tenaz, desesperada a veces, pero siempre insistente en hacer producir la tierra como fuente de vida.

Era, en su más clara esencia, el amor a la tierra, la nuestra, la sudcaliforniana.

Diciembre 24 de 2016.