Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

martes, 14 de mayo de 2019

La Llorona

Cihuacóatl
“The history of La Llorona (the weeping Woman) has many originis, but one I feel to have great authenticiy is that concerning Marina la Malinche, the faithful companion of Hernando Cortés. She reportedly died of a broquen heart, and is a from this sorrowful end that the legend of the weeping woman began. The history traveled to many parts of the Word, changing with time, and was eventually told in Nuevo México in the following form”.

Así empieza la leyenda que Paulette Atencio incluyó en su libro “cuentos de mi niñez” en el año de 1991 y editado por el Museo de Nuevo México. Según la tradición, la historia de La Llorona se originó por el año de 1800 en el pueblo de Santa Fe y relata el matrimonio de María con Gregorio, con el que procrearon dos hijos. Felices por algunos años, el esposo comenzó a distanciarse de ella hasta que la abandonó. Desesperada María y en un arrebato de locura culpó a los niños de su desgracia, los arrastró hasta el río cercano y los arrojó a sus aguas. Al recobrar la lucidez y al darse cuenta de su horrible acción comenzó a dar gritos llamando a sus hijos, pero al correr por la orilla del río tropezó y se golpeó la cabeza con una piedra. Así murió. Al poco tiempo muchas personas del pueblo escucharon los lamentos de La Llorona.

Por supuesto existen muchas versiones de La Llorona en varios estados de nuestro país, incluso en la Ciudad de México donde se dice nació la leyenda en el pueblo de Texcoco. Guanajuato y Querétaro tienen diferentes versiones de ese fantasma de mujer. El primero narra la desgracia de una familia de buena posición económica que tenía una única hija, de incomparable belleza. Un día de tantos no la hallaron en su alcoba, pero se dieron cuenta que del balcón colgaba una soga que daba a la calle. Por más que la buscaron no dieron con ella. Pasó el tiempo y una noche en una de las calles aledañas a un río, apareció una mujer vestida de blanco que llevaba en sus brazos un niño cubierto de harapos el que deja en el pórtico de una casa. Entonces, arrepentida de su infame acción exhala gritos escalofriantes que llena de susto a quienes los escuchan.

Por su parte, la leyenda de La Llorona en Querétaro cuenta que "tiene una cabellera larga y oscura, que por la espalda le llega a la cintura, que siempre viste de blanco y que de espaldas se puede adivinar a una mujer hermosa, pero que si la miras de frente, detrás de su velo, te puedes topar con el rostro violento de la muerte".

En Querétaro se habla de una mujer llamada Rosalía a quien su esposo llevado por los celos la asesinó, junto con sus hijos pequeños. Y ahora muchos transnochadores aseguran verla por las calles con su cabellera larga y revuelta emitiendo gritos desgarradores buscando a sus hijos.

La leyenda refiere la experiencia de una señora de avanzada edad que tuvo un encuentro con La Llorona. Platicó ella que no la escuchó lamentarse pero sí de su llanto y tuvo la sensación de que la estaba observando por detrás. En esos momentos de su llanto los perros no dejaron de aullar como si presintieran la presencia de un alma en pena.

En la ciudad de México la leyenda es un poco parecida a la de Guanajuato, pues narra la historia de una bella mujer indígena que por celos, venganza y desesperación al creer que su esposo, de ascendencia española la dejaría por una dama de la alta sociedad, ahogó a sus tres hijos en un río cercano donde vivía. Después, arrepentida, se quitó la vida. A partir de esa tragedia su alma vaga por las calles a media noche, con un lamento desgarrador: ¡Ay, mis hijos!

Estas versiones de La Llorona se cree que tuvieron su origen en la época prehispánica, más concretamente referidas a la mitología mexica, en la figura de la diosa Cihuacóatl, la mujer serpiente. Ella era la protectora de las mujeres fallecidas y recolectora de las almas. Dice el cronista Fray Bernardino de Sahagún que estando cautiva, gritaba y aullaba por las noches.

Cuenta la leyenda que cuatro sacerdotes en una noche de luna llena escucharon de pronto un alarido lastimoso. Era un alarido sobrecogedor. Un sonido agudo como escapado de una mujer en agonía. El grito se fue extendiendo hasta llegar al palacio del emperador Moctezuma.

Los sacerdotes subieron a lo más alto del templo y pudieron ver una figura blanca, arrastrando o flotando una cauda de tela vaporosa. El grito y sus ecos se perdieron a lo lejos, por el rumbo del señorío de Texcocan.

Como bien lo dice Talía Román Cerón, autora de las leyendas de Querétaro, el mito de La Llorona ha trascendido con el tiempo, hasta convertirse en una leyenda que provoca a la vez curiosidad y a la vez miedo, ya que es parte de nuestra riqueza cultural. 

miércoles, 8 de mayo de 2019

Las mujeres de Hernán Cortés

La Malinche
En su libro “Historia de las Indias y conquista de México”, Francisco López de Gómara dice de
Hernán Cortés que “fue muy dado a las mujeres y dióse siempre”. Y es que desde su juventud en España comenzó sus lances amorosos, uno de ellos con riesgo de su vida, pues tuvo que saltar de una ventana para evitar enfrentarse con un marido celoso al que le quería poner los cuernos.

Mal le fue, porque todo desquebrajado perdió la oportunidad de embarcarse rumbo a las Indias como era su deseo. Muchos meses después pudo llegar a Santo Domingo, la isla que Colón llamó San Salvador. Llegó como quien dice con una mano adelante y otra detrás, muerto de hambre y sin un céntimo en el bolsillo. Pero para su buena suerte el gobernador Don Frey Nicolás de Ovando lo envió a un pueblo llamado Azúa donde a los pocos meses logró el empleo de escribano público. Además, se le ayudó con una granjería de 150 indios con los que se dedicó a cultivar sus tierras.

Cuando arribó a La Española Diego de Velázquez recién nombrado Capitán General para conquistar y poblar la isla de Cuba, invitó a Cortés como tesorero del rey. La conquista fue fácil lo que le permitió apropiarse de tierras que comenzó a hacerlas producir, de tal forma que su vida ya la tenía asegurada. Pero su afición a las féminas no disminuyó, pues pronto se hizo de una querida de nombre Catalina Suárez Marcaida, con la que vivió varios años.

Como parecía que la cosa iba en serio, Diego Velázquez ahora convertido en gobernador de Cuba, le insistió para que se casara con ella. Sin embargo Cortés amaba su soltería y se negó a formalizar sus relaciones con Catalina, lo que ocasionó en enojo del gobernador y lo puso preso aprovechando un delito de armas que cometió. Al final, y ante el peligro de su situación económica contrajo matrimonio y el perdón de Velázquez.

En los primeros meses de 1518, llegaron noticias por parte de los exploradores Juan de Grijalva y Pedro de Alvarado acerca de una gran isla llamada Yucatán y que sus habitantes decían que tierra adentro había un gran imperio y muchas riquezas. Entusiasmado Velázquez organizó una armada integrada por once navíos y la puso al mando de Cortés a quien designó comandante general de la misma. En el trayecto hacia esas tierras, llegaron a la isla de Cozumel y allí encontraron a un náufrago español que había sido cautivo de los indios durante ocho años. Se llamaba Jerónimo Aguilar y hablaba la lengua de sus captores, lo cual fue una gran ventaja para Cortés.

Días después llegaron a la región de Tabasco y tuvieron que enfrentarse a un numeroso grupo de nativos que no les permitieron desembarcar, lo que obligó a los españoles a combatir contra ellos. Derrotados los indígenas, uno de los principales caciques les regaló, además de objetos de oro, a 20 doncellas ataviadas con lujosas prendas. Eran de una raza distinta a los aborígenes de las islas pues eran más altas, con buenas proporciones y de buen ver.

Por supuesto, fueron repartidas entre los capitanes y pilotos y la más hermosa se la cedió a su primo Alonso Hernández Püertocarrero. Todas fueron bautizadas por el padre Olmedo y a esta última le puso el nombre de Marina sustituyéndolo por su original que era Malintzin, mejor conocida como Malinche.

Pronto se enteró Cortés de la ayuda de esta indígena. Ella era de una familia que vivió en una de las comarcas que estaba bajo el dominio de los aztecas y por eso hablaban en náhuatl. Marina lo aprendió, lo mismo que la lengua maya cuando llegó a Tabasco.

En su recorrido rumbo al imperio azteca, unos emisarios de Moctezuma le llevaron regalos, pero Cortés no entendió lo que le decían. Tampoco Jerónimo Aguilar pues no era maya la que hablaban. Doña Marina que estaba cerca ofreció su ayuda para servir de intérprete y al escuchar a los emisarios traducía su mensaje en maya a Jerónimo y este lo daba a conocer a Cortés en castellano.

Con el tiempo doña Marina aprendió el lenguaje de los españoles y continuó como interprete, convirtiéndose en una persona inseparable de Cortés, hasta la conquista de México Tenochtitlan en 1519. Desde luego esa cercanía tuvo sus resultados pues a la amante le nació un hijo bautizado con el nombre de Martín Cortés. Alejada un tanto del conquistador, en 1524 contrajo matrimonio con Juan Jaramillo. Tres años después murió y fue sepultada en la capilla de Santa María la Redonda, en la ciudad de México.

Un biógrafo de Cortés dijo de la Malinche: “Doña Marina fue pieza clave para la conquista; la llave que abrió las puertas de México”. El mismo Hernán en una de sus Cartas de Relación escribió: “Después de Dios, debemos la conquista de la Nueva España a Doña Marina”.

Cuando Hernán Cortés llegó a Tenochtitlan y fue bien recibido por Moctezuma convivió varios meses con los habitantes de esa gran ciudad, de su esplendor y muchas de las costumbres de los aztecas. Para congraciarse con él, Moctezuma le ofreció a su hija Tecuichpo de quien Cortés tuvo una hija. Mediante el bautismo, el padre Olmedo le puso el nombre de Isabel Moctezuma y así fue conocida por los españoles.

Isabel formó parte activa en la defensa de la ciudad al lado de Cuauhtémoc y por eso presenció la destrucción y conquista de México-Tenochtitlan en el año de 1521. Casada varias veces, con el último apellidado Cano tuvo cinco hijos que formaron parte de la aristocracia de la Nueva España e incluso uno de ellos obtuvo el título de Conde de Moctezuma y un escudo de armas con motivos mexicas.

El novelista Eugenio Aguirre dice de Tecuichpo: “Fue el símbolo del mestizaje, de la resistencia cultural, pero también pasados los siglos, bien podría sintetizar la necesidad urgente de reconciliación de los mexicanos contemporáneos consigo mismos, sobre todo con miras al futuro”.

En el año de 1528. Cortés viajó a España con el fin de entrevistarse con el emperador Carlos V. Fue bien recibido por el monarca y se le hicieron honores como el de ser nombrado Capitán General y Marqués del Valle de Oaxaca. Durante su estancia en ese país conoció y se enamoró de Juana Ramírez de Arellano y Zúñiga, más conocida como Juana de Zúñiga. Contrajo matrimonio —el segundo— y con su bella esposa regreso a la Nueva España, a Cuernavaca, para vivir en el palacio que hizo construir en 1526. Con ella tuvo seis hijos, uno de ellos, Martín heredó el título de Marqués del Valle de Oaxaca.

Por supuesto con su fama del gusto por las mujeres tuvo muchas amantes, entre españolas e indígenas, pero que la historia no registra. En cambio a varios de sus hijos los protegió hasta donde pudo, entre ellos los dos Martín, hijos de La Malinche y de Juana de Zúñiga.

viernes, 3 de mayo de 2019

Esteva y La Concha del Diablo

José María Esteva
Durante muchos años, desde que nuestro país se hizo independiente a partir del año de 1821, la mayoría de los jefes políticos y gobernadores de la Baja California fueron designados por el gobierno central, así como también a funcionarios que debían encargarse de los diversos aspectos de la administración pública.

Muchos de estos funcionarios pasaron sin pena ni gloria durante su estancia y a la menor oportunidad regresaron a la ciudad de México arguyendo las pésimas condiciones de la ciudad, sus pocos habitantes y la lejanía de la capital de la república. Es por eso que sus nombres han quedado en el olvido. No fue el caso de dos de ellos quienes se recuerdan por sus acciones en favor de los habitantes de esta región de nuestro país.

En la década cincuenta del siglo pasado cuando el coronel Rafael Espinoza era el jefe superior político llegó a La Paz el agrimensor Ulises Urbano Lassepas quien traía el encargo de ser el agente del Ministerio de Fomento en la ciudad. Fue en tiempo, en 1857, cuando el presidente Ignacio Comonfort expidió un decreto por el cual todos los terrenos vendidos a partir del año de 1821 serían considerados nulos y sin ningún valor en tanto no fueran legalizados por el gobierno.

La medida no surtió efecto, pero fue el pretexto para que Lassepas publicara un libro criticando esa arbitraria disposición. La obra titulada “Historia de la colonización de la Baja California y Decreto de 10 de marzo de 1857” es un verdadero tratado de geografía y de historia, además de una fuente bibliográfica importante para los investigadores de nuestro pasado. Además ofreció sus servicios para trasladarse a la ciudad de México en busca de las escrituras originales de los rancheros y logró rescatar cerca de 300 títulos expedidos en diferentes años a partir de 1821.

En 1856 llegó a La Paz el señor José María Esteva en su calidad Visitador General de Rentas y al año siguiente ocupó temporalmente el puesto de Jefe Político. Durante su estancia tuvo la oportunidad de conocer a los funcionarios de esa época y enterarse de los problemas económicos y políticos de la región, así como el grado de desarrollo cultural de sus habitantes. Dotado de experiencia política lograda en su estado natal, Veracruz y en la ciudad de México, pronto intervino en los asuntos internos del territorio, siendo uno de los firmantes de adhesión al Plan de Ayutla que desconocía a Ignacio López de Santa Ana como presidente de la república.

Esteva aprovechó su estancia en La Paz para escribir una memoria sobre la pesca de la perla en la península de la Baja California y un Decreto para ordenar la explotación de los placeres de concha perla. No le dio para más, pues a mediados de 1857 regresó a la ciudad de México siempre con su cargo de Visitador General de Rentas.

Cuando leí el libro de Adrián Valadés titulado “Historia de la Baja California, 1850-1880”, en una parte de su contenido hace mención de este personaje lo que me motivó para saber más de su obra y su vida. En eso estaba cuando una amiga veracruzana, doña Carmen Boone Canovas, me platicó que tenía parentesco con él y podía darme información al respecto.

En efecto, José María Esteva, además de funcionario público de importancia, fue un escritor reconocido a nivel nacional, autor de poemas, cuentos y novelas. Y por lo que se refiere a nuestra entidad, en 1894 publicó la novela “La campana de la misión”, cuyo argumento se ubica en Loreto y la isla Ángel de la Guarda. Por cierto esta obra está considerada como la primera novela escrita sobre Baja California.

La misma doña Carmen radicada en la ciudad de México, tuvo la gentileza de enviarme una fotocopia de otra novela corta con el nombre de “La Concha del Diablo” cuyo original se encuentra en la universidad de California, Estados Unidos. Al leerla recordé la leyenda escrita por Adrián Valdez titulada “El Mechudo” que forma parte ya del imaginario colectivo de los sudcalifornianos. Nomás que la primera fue escrita en 1869, en la Habana Cuba y la segunda a finales del siglo XIX y publicada en un folleto del mismo autor en el año de 1912.

“La Concha del Diablo” relata la vida de un viejo pescador que encontró por casualidad un rico placer ubicado en la punta del Mechudo. Buceando en ese lugar encontró tres hermosas perlas que regaló a los padres de la misión de Loreto para que adornaran la imagen de la virgen. Días después desapareció y nunca pudieron encontrarlo y ni tampoco el lugar donde se encontraba el placer. Pasaron poco más de veinte años y en el puerto de Guaymas un joven recibió de su abuelo moribundo la confesión de la situación exacta donde se localizaba el rico tesoro. Con una armada compuesta de varias canoas e indígenas yaquis llegó al lugar y se dispusieron a la pesca de las conchas perleras. Y fue en ese momento cuando uno de los indios lanzó el reto de que iba a sacar una perla para el diablo.

Así nació la leyenda de El Mechudo. Así también el recuerdo para el escritor que llegó a la Baja California y dejó para la posteridad su presencia como un funcionario, que a través de sus creaciones literarias, quiso mostrar su admiración por esta región de nuestro país.

sábado, 20 de abril de 2019

Las casas de madera

Siempre causa admiración las casas que fueron construidas de madera en nuestra ciudad de La Paz en el siglo pasado y que todavía existen desafiando el tiempo y la polilla. Lo digo porque en esta región árida del país no existen bosques suficientes para extraer las maderas de construcción, así es que tuvieron que traerlas del interior de la república, incluso de los Estados Unidos.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, cuando La Paz se iba transformando en ciudad, es posible que hubiera construcciones de madera, pero el paso de los años las destruyó y ahora solo quedan unas pocas del siglo XX. Desde luego, un caso especial son las casas construidas en la población de Santa Rosalía a fines del siglo XIX cuando comenzó a funcionar las minas de El Boleo en ese lugar. También en el poblado de Santo Domingo, al extremo norte del Valle del mismo nombre, las primeras casas se construyeron de madera.

Y fue precisamente por la escasez de madera por lo que desde que se comenzó a fundar la ciudad se utilizaron materiales como el adobe y techos de palma. Después fueron los ladrillos y la cal, y posteriormente el cemento. Es por eso que en la actualidad existen muchas casas así construidas, sobre todo en el centro de La Paz. Eran residencias de los principales comerciantes y navieros como Antonio Ruffo, Santiago Viosca, Miguel González, Ignacio Cornejo y Eduardo Labastida. De todas ellas, las casas de Ruffo y de Cornejo son las más antiguas pues fueron construidas en 1850.

Y ya que hablamos de las construcciones de esa época no podemos olvidar los edificios públicos como el antiguo palacio de gobierno que fue edificado en el año de 1881, el palacio municipal en 1910, la logia masónica en 1869, el teatro Juárez en 1910, el hospital Juan María de Salvatierra en 1890 y la catedral de Nuestra Señora de La Paz en el año de 1850.

Como esos años todavía no se conocía la técnica del “colado”, es decir construir el techo con hormigón, se utilizaban vigas de madera traídas de Sinaloa y de Colima y sobre ella se colocaban tablas del mismo material, o bien ladrillos un poco más grandes de los que hoy se conocen. Cuando la casa era de dos pisos, el primero se cubría con madera. Tal fue el caso de la Perla de La Paz, llamada también Casa Ruffo, la Torre Eiffel ya desaparecida, el antiguo palacio municipal y la que se conocía como Casa de Gobierno. Quien visita la segunda planta del edificio del palacio municipal aún puede caminar sobre el piso de madera.

Hoy son raras las casas de madera de la ciudad. Todavía por los años setenta, por la calle 16 de Septiembre, en el centro, se encontraba el hotel Moyrón construido todo de madera. Como era de dos pisos y con una fachada muy original era un atractivo para los residentes y los turistas mexicanos. Y en cuanto a hoteles, a principios de 1900 uno de ellos estaba en el malecón, casi a un lado del muelle y se conocía con el nombre de hotel Palacio el que, por fotografías antiguas, fue construido con madera.

En el cruce de las calles Reforma y Héroes de la Independencia se encuentran dos casas gemelas, ambas en las esquinas contrarias y las dos construidas de madera, con techo de cuatro aguas. En una de ellas vive la familia Miranda desde principios del siglo pasado, aunque ahora las paredes están revestidas de material diferente. La otra también fue de su propiedad pero ahora está rentada y esta si tiene la madera original.

Por la calle 16 de Septiembre, una de las más antiguas de la ciudad de La Paz, todavía se ve la casa de madera de la familia del señor Amadeo Gregorio Verdugo; otra localizada en las esquina de la calle Serdán donde funcionaba hace poco una ferretería. Asimismo, en la esquina de la calle Guillermo Prieto existía otra convertida en tienda de abarrotes que era atendida por un cubano llamado Marcos Prado Uribe. Por la calle Aquiles Serdán, entre las calles Navarro y 5 de Febrero existen dos casas de madera y una de ellas, según el catálogo de monumentos arqueológicos de INAH, su construcción data del siglo XIX. 

Seguramente existen otras más en la ciudad, aunque no tantas que no se puedan mencionar. Pero lo importantes es conservar su recuerdo ya que formaron parte de la imagen arquitectónica de nuestra capital, así como los molinos de viento los cuales, durante muchos años, calmaron la sed de los habitantes de La Paz. 


lunes, 8 de abril de 2019

Félix Ortega y José María Maytorena

Gral. Félix Ortega Aguilar
Los dos generales y los dos revolucionarios. El primero en Baja California Sur y el segundo en el estado de Sonora. Los dos exiliados en los Estados Unidos en el año de 1915. Son historias hermanadas al vaivén de la política de esos años, cuando se rebelaron contra la dictadura de Victoriano Huerta, en 1913. Los dos, en su momento, fueron gobernadores de sus respectivas entidades.

La vida revolucionaria de José María Maytorena es muy interesante dado que se inicia en 1911 cuando se rebela contra la dictadura del general Porfirio Díaz. Con el triunfo del movimiento armado es electo gobernador de Sonora y en esa posición lo encuentra el golpe de estado de Huerta y el asesinato del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez.

Cuando en el norte del país Venustiano Carranza y Francisco Villa inician la lucha contra el gobierno usurpador, Maytorena encabeza la rebelión en su estado, apoyado en principio por Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, quienes años después, cuando triunfó la Revolución, fueron presidentes de nuestro país. Sin embargo, en el transcurso del movimiento esa relación se rompió originando la desconfianza de Carranza y el desprecio al gobierno de Maytorena. Esa división entre los grupos armados tuvo su efecto cuando, en 1914, se llevó a cabo la Convención Revolucionaria de Aguascalientes convocada para tomar acuerdos benéficos para nuestro país.

En Baja California Sur, Félix Ortega Aguilar con un pequeño grupo de simpatizantes se sumó a la causa revolucionaria y a través del Plan de las Playitas de la Concepción, se levantó en armas secundando a Venustiano Carranza. Fue una lucha desigual pero, con todo, defendieron la causa en los pueblos de El Triunfo, San Antonio y Miraflores. Al triunfo de la Revolución estuvo presente en la Convención de Aguascalientes, donde seguramente conoció a los principales caudillos como Carranza, Villa, Zapata, Obregón y, por supuesto a José María Maytorena.

Desgraciadamente, la Convención no logró sus propósitos. La pugna por el poder, la lucha por los mandos militares y las desavenencias entre Villa y Carranza fueron las causas principales del fracaso de esta reunión. Por supuesto esto influyó en los destinos de Maytorena y Ortega quienes, por convicción, se afiliaron al gobierno emanado de la Convención al igual que lo hizo Francisco Villa.

Maytorena continuó como gobernador de Sonora mientras que Ortega se hacía cargo de la Jefatura Política de nuestra entidad. Pero la situación fue de mal en peor. En el centro de la república se enfrentaban dos fuerzas armadas, las llamadas constitucionalistas y las convencionistas. Las primeras con Carranza y Obregón y las segundas con Francisco Villa. Indirectamente esto llevó al fracaso a los gobiernos de Maytorena Y Ortega.

Pero en su exilio hubo una diferencia. Mientras que el primero se dirigió a los Estados Unidos luego de haber terminado su periodo de gobierno en Sonora y también porque se distanció de Villa, Félix Ortega en cambió, fue objeto de una asonada que lo hizo abandonar la entidad, sumarse a las fuerzas villistas en Sonora y a la derrota de éstas refugiarse en el país vecino.

Hubo otra diferencia. Mientras que Maytorena continúo apoyando desde el exilio a los grupos opositores al carrancismo, incluso apoyando económicamente a otros desterrados como Felipe Ángeles y Rafael Buelna; por su parte Ortega Aguilar, radicado en Los Ángeles hizo llevadera su estancia desempeñando trabajos de oficina por medio de sus conocimientos de abogacía. Su familia que también tuvo que salir de la entidad estuvo con él en esa ciudad norteamericana.

En el año de 1938, Maytorena pudo regresar a México y durante años se dedicó a litigar a efecto de que le devolvieran sus propiedades incautadas por el gobierno. Su fallecimiento tuvo lugar en la ciudad de México, el 17 de enero de 1948. Murió con el grado militar de general de división. Una pequeña distinción en su carrera de revolucionario.


Por su parte, el general brigadier Félix Ortega Aguilar regresó a su tierra en 1921 e inició gestiones para la devolución de sus propiedades. Logró algunas, entre ellas el rancho de Las Playitas que le sirvió como estancia hasta su muerte, lugar donde planeó su levantamiento armado. Ahí murió el 10 de diciembre de 1929.

viernes, 29 de marzo de 2019

La invasión de los apellidos

Estela Davis Garayzar
No sé si usted se habrá dado cuenta de los nombres de los periodistas y divulgadores de noticias de ADN 40 de Televisión Azteca, de la ciudad de México. Aunque no son los más, se distinguen por llevar apellidos extranjeros aunque, por descendencia son nacidos en nuestro país, con todo lo que significa la idiosincrasia propia de su comportamiento social o personal.

Uno de ellos, Hannia Novel, es la conductora principal de noticias y la acompañan Hernan Hochstrassen, Alejandro Broft, Luciana Vainer y Cinthya Francesconi. En el espacio de Todo Personal acompaña al periodista Fernández, Viviana Belsalsso. Como se verá son apellidos de origen europeo, aunque ignoramos el apellido materno el que seguramente tiene origen español, es decir, son descendientes de madres mexicanas.

En la Ciudad de México existen algunos barrios habitados por franceses, chinos, japoneses, coreanos y libaneses. Y diseminados por la ciudad familias de alemanes, italianos, ingleses y de otras naciones, lo que originan los apellidos extranjeros a que hacemos referencia. Además, también son comunes los que proceden de países latinoamericanos como Chile, Argentina, Colombia y Cuba, entre otros los que, en su mayoría son de descendencia española.

A propósito de familias españolas, durante el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas llegaron como refugiados a nuestro país entre 20 mil y 25 mil personas, entre ellas intelectuales, militares, obreros, hombres de empresa, quienes venían huyendo de la Guerra Civil española y de la dictadura del general Francisco Franco el que, en 1936, se opuso con las armas al gobierno republicano de ese país, estableciendo un régimen fascista.

Por cierto, en mi época de estudiante de secundaria, me dieron clases cuatro de esos intelectuales. En el Instituto Técnico Industrial de Agua Caliente, de Tijuana, Laureano Sánchez Gallego quien fue rector de la Universidad de la ciudad de Murcia y Alfonso Vidal y Planas, un poeta y escritor notable de España. Y durante mis estudios en la Escuela Normal Urbana de esta ciudad de La Paz, el licenciado Manuel Torre Iglesias y su hermano el doctor José del mismo apellido.

Y en eso de los apellidos extranjeros Baja California Sur no va a la zaga, pues existen en la actualidad muchos descendientes de personas que llegaron a estas tierras, entre ellos aventureros, marinos, trabajadores de minas y comerciantes. Algunos apellidos como Davis, Collins, Green, Taylor y Fisher son comunes en toda la entidad e incluso en otras partes de la república y los Estados Unidos. Muchas personas que llevan ese distintivo han sido y son políticos, revolucionarios, escritores, maestros, grandes comerciantes, deportistas y luchadores sociales.

Solo por mencionar algunos recordamos a Estela Davis y Armando Trasviña Taylor, escritores; Luis Yee Zumaya, Humberto Fong Márquez, León Cota Collins, maestros; Antonio Wilson González, Manuel Macklis Fisher, Jorge Miguel Cota Katzentein y Yuan Yee Cunningham, políticos; Isidoro Scholnik, Salomón Tuchman y Antonio Ruffo, comerciantes; Ricardo Canett y Emilio Mendoza Mouet, deportistas; Lucía Trasviña Waldernat de Fisher, luchadora social.

Corre la anécdota de que un funcionario de la Ciudad de México, al enterarse de las autoridades del gobierno municipal en ese tiempo a cargo de Maklis Fisher, preguntó: “Oigan, ¿qué su estado ya pertenece a los Estados Unidos? También otra cuando se hacía un homenaje a don Benito Juárez en la Escuela Normal Superior de Tepic, Nayarit y fueron los hermanos Collins a quienes les correspondió izar la bandera nacional, los alumnos presentes les comenzaron a gritar: “¡Fuera esos gringos, aquí somos mexicanos!”. Y es que, además de tener apellido extranjero los dos se distinguían por ser güeros, altos y pecosos.

Allá por los años cincuenta, el centro de nuestra ciudad tenía varios comercios cuyos dueños tenían nombres extranjeros. La Palma, La Ciudad de Viena, La Perla de La Paz, La Fama, eran tiendas que surtían a la población de ese entonces. Años después, aprovechando la zona libre se establecieron comercios atendidos por familias chinas en los que se vendían artículos de ese país y también de Estados Unidos e incluso de Europa.

Desde luego, todas estas personas llegadas de otros países emparentaron con gente nativa y hoy son sudacalifornianas de hecho y por derecho. Muchas familias a través de generaciones han conservado esos apellidos, mientras que otras solo les queda el recuerdo de sus antiguos ancestros que llevaban apellidos extranjeros.

martes, 26 de marzo de 2019

Agustín de Iturbide y la Güera Rodríguez

La Güera Rodríguez
En el año de 1884 el agrimensor Guillermo Benton, apoderado de los herederos de Agustín de
Iturbide, quien fuera emperador de México en los años de 1822 y 1823, reclamó las propiedades que les pertenecían en la península de la Baja California que sumaban la “modesta” extensión de 200 sitios de ganado mayor equivalente a 231 mil hectáreas localizadas en los municipios de La Paz y San Antonio y en la región de la Magdalena lo que hoy es el Valle de Santo Domingo, las islas Cerralvo, San José, San Marcos, Ángel de la Guarda, Cedros y parte de la frontera con los Estados Unidos.

Los herederos de Iturbide se apoyaban en un decreto emitido en el mes de marzo de 1852 sobre terrenos baldíos y los títulos a su favor que fueron reconocidos por el gobierno en el año de 1860. Desde luego, cuando la solicitud llegó a manos del Jefe Político en busca de autorización para la mensura y deslinde de los terrenos, este de inmediato consultó el caso al gobierno de la República respecto a la validez de la solicitud, a la vez que protestaba por el despojo que se pretendía hacer en perjuicio de los legítimos dueños que eran los rancheros sudcalifornianos. Afortunadamente el Ministerio de Fomento atendió de inmediato el problema justificando el derecho de los habitantes de la península de poseer esos terrenos y, como es común en estos casos, le dio largas al asunto hasta quedar olvidado. De todas maneras ese reclamo de tierras nos revela hasta dónde la Baja California ha sido codiciada por propios y extraños.

Agustín de Iturbide es un personaje de la historia de México porque junto con Vicente Guerrero dieron culminación a la independencia de México, el 27 de septiembre de 1821, después de once de años de luchas en las que murieron muchos mexicanos, entre ellos los caudillos Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, José María Morelos y Francisco Javier Mina. Refieren las crónicas que ese día en que entró el ejército trigarante a la ciudad de México encabezadas por Iturbide, fueron desviadas a propósito por una calle lateral a fin de que una hermosa dama pudiera presenciar el desfile en tanto le arrojaba flores al orgulloso libertador.

La dama en cuestión no era otra que María Ignacia Rodríguez de Velasco, mejor conocida en esa época como “la Güera Rodríguez”, una mujer que en aquel tiempo figurara como principal gala y ornato de la alta sociedad, provocando admiración y escándalos en los más encumbrados salones de la aristocracia de ese entonces.

Como bien lo narra don Arturo del Valle- Arizpe, doña María Ignacia era muy popular y prodigaba simpatía y belleza. La capital estaba llena de su presencia y no había en la ciudad quien no la admirase. Era el centro de todas las miradas y todos los deseos. Cuentan que en una ocasión un fulano feísimo, tuerto y con una horrible cicatriz en el rostro, se enamoró perdidamente de la “Güera” y por eso le pidió al diablo que se la consiguiera a cambio de su alma. A lo que Luzbel le contestó: “Oye tú, no me ofrezcas tu alma que ya es mía por tantos pecados que tienes. Y en cuanto a la Güera Rodríguez para mí la quisiera, tuerto desgraciado”.

Y es que la dama en cuestión, asediada por su belleza, no era indiferente a los acosos masculinos tanto, que en tuvo fama por los numerosos amoríos que tuvo en su vida. El libertador Simón Bolívar cuando visitó México no fue inmune a sus encantos, así como el barón de Humboldt quien llegó a nuestro país en 1803. Se dice que también tuvo relaciones íntimas con algunos prelados de la iglesia y que se valió de sus encantos para que los virreyes la protegieran y le concedieran favores.

Pero por lo demás fue una mujer que respaldó los intentos independentistas de los mexicanos, con riesgo de ser acusada ante la Inquisición. Ella tuvo la oportunidad de conocer a don Miguel Hidalgo y siempre se tuvo la creencia de que ayudaba económicamente a ese movimiento libertario. Mujer valiente y altiva, pregonaba su entusiasmo por los hombres que luchaba por liberarse del dominio de España y no fueron pocas las veces que lo hizo en la corte virreinal.

María Ignacia Rodríguez de Velasco fue una figura relevante en los años finales del virreinato en el que ella matizó con su belleza esa época de la historia de México. Pero, además, está considerada como una de las mujeres que puso a disposición de la causa de la independencia parte de sus bienes y eficaz promotora de los ideales insurgentes, al lado de Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra, Mariana Rodríguez del Toro, Carmen Camacho, Luisa Martínez y otras más.

De la familia de Agustín de Iturbide hay mucho que decir, como el hijo que dieron en adopción a Maximiliano y Carlota, para educarlo como futuro emperador de México… pero esa es otra historia.