Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

viernes, 10 de julio de 2020

LOS HIJOS, SIEMPRE LOS HIJOS


Mi esposa y yo no fuimos dos personas de la tercera edad, sino dos jóvenes enamorados que procrearon una hermosa familia de seis hijos y un adoptivo, a quienes les dimos la protección necesaria para que, ya adultos, fueran personas de bien y formaran a su vez nuevas familias que hoy son nuestros nietos y bisnietos.

 Guillermo, Ana María, Agustín, Virginia, Sandra Luz, Martha Patricia y Juan Pedro, supieron de los años felices y otros no tanto que pasamos juntos, siempre con el amor maternal por delante, librando obstáculos que nos presentaba la vida.

 En los últimos años, cuando ya nuestros hijos nos abandonaron para vivir en sus propios hogares, nos refugiamos en nuestra soledad en una casa ausente de la algarabía propia de los niños y los adolescentes. Pero esa soledad era interrumpida con frecuencia debido a las visitas de los hijos y después por los nietos y bisnietos.

 Aun así, cuando caía la tarde y quedábamos solos, afloraban los recuerdos de los años pasados y una sombra de nostalgia cubría nuestros pensamientos. Recordar cómo fueron creciendo bajo el cuidado amoroso de su madre que los alimentaba y cuidaba al mismo tiempo que los amparaba.

 Infancia, juventud fueron pasando y siempre la presencia protectora de ella estaba presente. Cande, mi esposa, fue una madre que hizo lo imposible para que sus hijos fueran felices. Por eso, cuando ya adultos, ellos le correspondían cuando algo enturbiaba su salud o las desgracias llegaban a nuestra familia.

 Vivir tiene un precio y los dos estábamos conscientes que los años van orillando a desenlaces muchas veces inesperados. Así pasó con nuestro hijo Guillermo quien perdió la vida cuando tenía 24 años. Y ahora la inesperada muerte de mi esposa a sus 81 años de edad. Dos decesos en la familia que han ensombrecido nuestros corazones.

 Pero ahora la pérdida de mi querida esposa es un dique de tristeza que no podemos derrumbar. En lo personal el recuerdo de lo que fue en vida junto a la mía es un incesante sufrimiento que el paso del tiempo no logra amortiguar. Y evoco su verde mirada que reflejaba el amor profundo que siempre me demostró. Y el dolor por haberla perdido lastima permanentemente mis pensamientos y se aferran a una angustiada pregunta: ¿por qué me dejaste en mi soledad?

 Pero mis hijos con la pena compartida, han comprendido mi desesperación y han estado conmigo para que juntos tratemos de consolarnos. Uno de ellos, Virginia no me ha dejado solo y ha sido mi compañera en las noches y atiende mis necesidades más elementales.

 Los demás, de una u otra manera, me demuestran el amor que le tenían a su madre y la mejor forma de hacerlo es cuidar a su padre al igual que lo hicieron con su progenitora.

 Por eso, a veces, cuando el dolor me hace desear estar con ella, mis hijos me prodigan aún más su protección como si al hacerlo, la presencia de su madre se materializara en mí, lo que me da la fuerza para seguir viviendo, aunque sé que más pronto de lo deseado partiré hacia donde Cande, mi inolvidable esposa, me espera con los brazos abiertos.

 ¡Gracias hijos, por su amor!

                                                                                    10 de julio de 2020.

sábado, 4 de julio de 2020

EL JARDÍN DE MI ESPOSA

Ayer, por fin, después de 25 días del fallecimiento de Cande, mi querida esposa, pude entrar a visitarla en el panteón de los SanJuanes. Y es que las autoridades del ayuntamiento prohibieron las visitas por temor al contagio del Covid-19 y solamente permiten la entrada a las personas que murieron con pocos acompañantes.

 Al panteón fuimos varias veces al año, sobre todo para visitar el sepulcro de nuestro hijo primogénito Guillermo. Por supuesto el 2 de noviembre Cande y yo, acompañados de dos de nuestros hijos, llevábamos flores para depositarlas en las tumbas de mis padres, de mi hermano Juan, de su esposa María del Refugio y, de forma especial para Guillermo, el militar valiente que murió en un enfrentamiento con los narcotraficantes.

 Ese día caminábamos largas distancias dado que las tumbas están alejadas unas de otras, pero a pesar de su lento caminar debido a una dolencia de una de sus piernas —usaba un bastón— mi esposa recorría a mi lado todos esos tramos. Y al hacerlo, quizá, recordaba a los suyos, su madre y sus cuatro hermanos quienes reposan en los cementerios del Valle de Santo Domingo. Y a ello se debía que durante el recorrido sus ojos se llenaran de lágrimas.

 Mi esposa adoraba las plantas de ornato. En el pequeño jardín frente a nuestra casa, cultivaba y regaba cotidianamente buganvillas, corona de Cristo, rosa del desierto, obeliscos, hibisco, flor de la montaña, geranios, azucenas, cuna de Moisés, flor de la montaña y otras más. Hubo un años en que sembró girasoles y a los pocos meses el jardín se embelleció con hermosas y grandes flores amarillas.

 Cuando la invitaba a la tienda departamental Home Depot para comprar algo para nuestra casa ya sabía que, invariablemente, me iba a decir: “Vamos a la sala de jardinería”. Y ahí íbamos con la certeza que saldría con una o dos macetas de plantas que no tenía en su jardín. Lo mismo pasaba en los tianguis en donde siempre encontraba plantas al mismo tiempo que decía: “Mira, este color de las flores de geranio no las tengo”, y claro, me tocaba cargar con las dichosas macetas.

 En una ocasión y esto es natural en los jardines, nacieron diversas plantas silvestres de nombre desconocido. Cande las regaba al parejo y crecían lozanas, entre ellas le llamaba la atención una de hojas lanceoladas y me decía: “Vamos a esperar a ver que flores da“.

 Y la planta creció a la altura de un metro lo que la distinguía de las demás. Un día, mi nuera Cuca visitó nuestra casa y mi esposa la llevó a solazarse con las plantas florecidas de su jardín. “Mira los geranios”, le decía mientras recorrían el pequeño espacio. Y al llegar a la desconocida planta le explicó: “Esta nació sin querer, pero no sabemos que es”. Mientras le señalaba sus hermosas hojas lanceoladas y con hendiduras en sus orillas.

 Mi nuera se acercó, cortó una hoja, la machacó entre sus manos y la olió, al mismo tiempo que exclamaba asombrada: “Oye, Cande, esta es una planta de mariguana, ¡Córtala antes de que se den cuenta! A partir de ese día hemos tenido cuidado de que cuando nace una planta parecida de inmediato la cortamos, no vaya a ser la de malas y nos encontremos con una mala sorpresa, digo, si las autoridades se dan cuenta.

 Ayer, frente al sepulcro de mi inolvidable esposa, deposité un pequeño ramo de flores de su jardín; buganvillas, cuna de Moisés, rosal del desierto y obelisco. Así lo haré con el paso del tiempo. Es lo más que puedo hacer para una hermosa mujer —esposa y madre— que amó al igual que a su familia, las flores de su jardín.

 04 de julio de 2020.

lunes, 29 de junio de 2020

Un viejo matrimonio

Ayer ella cumplió 78 años y 60 al lado de su esposo. Con seis hijos vivos, muchos nietos y bisnietos,
ha buscado en la vida los mejores momentos para ser feliz, aunque estos no han estado exentos de apremios y desalientos, de angustias y sufrimientos, de desazones y dudas.
Descendiente de una familia de rancheros, su infancia estuvo rodeada de años felices, tanto como puede serlo la vida en el campo, compartiendo su tiempo con las aves y los paseos a caballo con su padre. Con edad suficiente se dio cuenta de las faenas propias del rancho, las usuales como alimentar a las gallinas, cabras y, sobre todo, al ganado vacuno que en grandes cantidades existía en ese lugar.
Y hubiera continuado ahí, si no es que su padre aquejado de una enfermedad no pudo recuperarse y falleció. Su madre, incapaz de atender las labores propias del rancho, optó por venderlo y trasladarse a un pueblo donde uno de sus hijos se convirtió en ejidatario. Sus hijos mayores se casaron; sólo quedaba la última, la que ayer festejó su cumpleaños.
Cuando cumplía los catorce años se convirtió en madre adoptiva. Una señora del lugar impedida de mantener a su hija de tres meses de nacida la abandonó a la orilla de un arroyo cercano, eso sí bajo la sombra de un mezquite, y la joven que oyó su llanto la recogió y con ella llegó a su casa. Investigando supieron el nombre de la madre quien les dijo que si la querían se las regalaba. ¿Mamá me puedo quedar con ella?
Al cumplir dieciséis años se casó con un profesor que trabajaba en la escuela primaria del poblado. Él tenía veinticuatro. De tez blanca, menudita y de bellos ojos verdes, la joven señora inició su vida de casada y con el paso de los años madre de tres hijos. No fue fácil su estancia en el poblado, aunque las carencias las superó con el amor de su esposo y la dedicación a sus retoños. Y claro, con el apoyo de la madre y sus hermanos.
Así las cosas, un día al profesor lo cambiaron a la capital de la entidad y allá se fue junto con su esposa y los hijos. Lejos de su familia, supo adaptarse a las nuevas condiciones y más cuando encontró protección en los padres de su marido. Era un matrimonio hasta cierto modo feliz hasta que un malhadado día recibió una infausta noticia: su madre, junto con un hermano y uno de sus cuñados habían muerto en un accidente de carretera. Nunca pude comprender como pudo superar esa terrible tragedia. Quizá fue refugio de su dolor el amor de su esposo quien compartió día con día su sufrimiento.
Y así pasaron los años. Los hijos crecieron y el primero de ellos, luego de terminar la preparatoria, decidió matricularse en el Heroico Colegio Militar de la Ciudad de México. Cuando terminó sus estudios obtuvo el grado de subteniente y pocos años después ascendió a teniente. En esa época se casó con una joven oriunda de la ciudad de Toluca y procrearon dos niñas.
Y otra vez, la tragedia ensombreció el hogar de los padres del militar. En la búsqueda de un narcotraficante en un pueblo del estado de Nayarit, frente a su casa, fueron recibidos a tiros a resultas de lo cual el teniente fue herido de muerte. Un escueto telegrama de la zona militar se recibió una mañana dando cuenta de lo sucedido. Otra vez el sufrimiento y el ahogo por el hijo querido. Pero con valor todo se supera en esta vida. Y con resignación. Hoy sus restos descansan por siempre en el panteón de los San Juanes de la ciudad. Y cada vez que visitamos la sepultura las lágrimas de la madre fecundan el recuerdo del hijo que se fue.
Han pasado ya muchos años. Presenció con estoicismo la muerte de dos de sus hermanos, los mayores, y compartió la pena de su esposo por el fallecimiento de sus padres, sobre todo de ella que tanto la quiso. Pero la vida sigue. Hoy, a sus 78 años, agobiada por malestares propios de la edad que la obligan a ser muy cuidadosa en su alimentación, todavía tiene arrestos para atender su hogar y, a pesar de los años transcurridos, el amor del esposo y de sus hijos le da el abrigo necesario para ser feliz. Esa mujer es Cande, mi esposa.
21 de octubre de 2016

viernes, 26 de junio de 2020

MI ESPOSA “LA LEONA”

Doña Cande Murillo de Reyes con sus bisnietos

LA CONOCÍ EN UN PEQUEÑO poblado del Valle de Santo Domingo, adonde fui a trabajar allá por los años cincuenta del siglo pasado. Ella formaba parte de una familia que llegó a ese lugar proveniente de Loreto, esperanzada en lograr un mejor medio de vida en esa región dedicada a las actividades agrícolas.

El poblado que lleva el mismo nombre del Valle estaba formado por una serie de casas de madera que se alineaban alrededor de una sola calle de la que nunca supe el nombre. Según contaban, la madera era parte del naufragio de un barco que encalló varios kilómetros al oeste de ese lugar.

Después de varios meses de relaciones nos casamos por lo civil, con la aceptación de su mamá —su padre había muerto unos años antes— y de sus cuatro hermanos. Fue una boda sencilla y apresurada a la que asistieron pocos invitados. Y es que nuestras condiciones económicas no daban para más.

Iniciamos nuestra vida marital en una casita de madera proporcionada por un vecino del lugar, y ya después en un jacal construido en las orillas del pueblo que tenía por paredes varas entrelazadas de palo de arco, petates y hojas de palma para el techo. Con el paso de los meses, ahí nació nuestro primer hijo que afianzó el amor que nos teníamos.

Al paso de los años nacieron dos más, una mujer y un varón, por lo que la vida se complicó un poco más. Afortunadamente siempre contamos con la protección de la familia de ella, ya que los dos últimos años de mi estancia en ese poblado nos permitieron vivir en su casa. Y eso fue porque me comisionaron a trabajar en otra comunidad que no tenía las comodidades necesarias, así que preferí dejar a la familia con mi suegra.

Recuerdo que los fines de semana recorría caminando los casi veinte kilómetros que separaban las dos comunidades con el fin de estar al lado de mi esposa y de mis hijos. Y también convivir con los amigos y los hermanos de mi consorte. Por supuesto con mi suegra quien siempre demostró un gran amor por mi familia.

Cuando, después de permanecer seis años en el Valle de Santo Domingo, me trasladaron a La Paz, mi vida dio un giro importante. Dos años antes había construido una modesta casa de material en una esquina del terreno que poseía mi papá en las orillas de la ciudad, previendo que algún día regresaría acompañado de mi esposa y mis hijos.

Al principio mi esposa extrañó a la familia que había dejado en el Valle, pero poco a poco se fue acostumbrando y se adaptó a su nuevo ritmo de vida. Sobre todo porque al lado de mi casa vivían mis padres que la acogieron con cariño y le ofrecieron toda la ayuda posible.

Y así pasaron los años. A los tres hijos que nacieron el Santo Domingo se sumaron otros tres más —mujeres— por lo que los cuidados de los mismos requirieron todo el tiempo de mi esposa. Hasta eso que siempre fue una madre responsable. Además de alimentarlos aprendió a coser y en una vieja máquina Singer confeccionaba los vestidos y los pantalones de sus hijos. Después, para nivelar un poco los gastos de la casa, confeccionaba ropa ajena ocupando parte de la noche para cumplir con los pedidos. De esa calidad era mi esposa. Pero ¿por qué el mote de “la leona”?

Cuando los hijos crecieron ingresaron a una escuela primaria y uno de ellos ya cursaba el tercer año. En cierta ocasión, el niño se retrasó en llegar a la casa y su mamá, preocupada, preguntó la razón de ello. —“Es que el profesor lo dejó castigado porque se peleó con otro niño” —le platicó otro de sus hijos.

Oír lo anterior y dejar todo lo que estaba haciendo fue cosa de minutos. Como la escuela se encontraba a tres cuadras de distancia, tarde se le hizo para llegar. Ahí encontró al maestro y lo increpó duramente: “¿Por qué castigó a mi hijo y al otro no? Los dos son culpables y no me parece justo que sólo a mi hijo lo haya castigado y que lo haya llevado a la dirección jalándolo de las patillas”.

Pobre maestro. Se quiso justificar, pero ante la furia de mi esposa no halló otra salida que disculparse y permitir que el niño se fuera a su casa. Como la discusión se dio en la oficina del director y cuando mi esposa y mi hijo ya se habían retirado, el profesor dirigiéndose al encargado de la escuela, le dijo: —“Ah caray, resultó brava la leona, ¿verdad?

Y fue así como durante los años que estudiaron mis hijos en esa escuela, cada vez que mi esposa pasaba a recogerlos era común escuchar a los maestros cuando susurraban: —“Cuidado, ahí viene la leona”.

Y efectivamente fue una leona cuidando a sus hijos. Quizá a ello se debe que ya adultos sientan un respeto y una gran admiración por su madre. Ella llevó siempre en su corazón la sentencia: “A mis hijos no los toquen”.

Marzo 11 de 2016.


martes, 9 de junio de 2020

AUSENCIA

El ocho de este mes de junio falleció mi querida esposa. La llevamos el mismo día al panteón de los SanJuanes donde, acompañado por contados familiares y amigos, quedó a un lado de nuestro hijo primogénito Guillermo Reyes Murillo. Y creo, estoy seguro, que su hijo le dirá: Bienvenida, mamá, te estaba esperando.

Fueron 64 años que en las buenas y en las malas, convivimos en un feliz matrimonio. Ahora ella se ha ido y nos ha dejado con los recuerdos de su presencia, la que siempre estará a mi lado hasta que llegue el momento de estar con ella.

Yo sé que la vida tiene sus límites y que tarde o temprano tiene que extinguirse. Pero nadie lo desea y es por eso el dolor que causa cuando se ha compartido, como en mi caso, durante tantos años.

Cande y yo transitamos por esta vida a nuestro modo. Nos enfrentamos a ella con la fuerza que se da entre dos seres que se amaron mucho. Y ahora ese amor que me dio sin limitación alguna, la heredó a nuestros hijos, a nuestros nietos y bisnietos. Y en la medida en que la recuerden, así será la recompensa para ella que tanto los quiso.

El dolor quizá pasará, pero la ausencia mellará nuestros corazones, porque nos acostumbramos a que estuviera a nuestro lado como esposa, como madre. Por qué su actitud ante la vida fue de retos constantes, siempre con el ánimo de llevar bienestar a sus hijos y para apoyar a un esposo en sus afanes de superación.

Así fue Cande y por eso no me resigno el haberla perdido. Los pocos años que me quedan de vida avivaré su recuerdo, pero su ausencia marcará para siempre mis pasos por este mundo. Y cuando esa ausencia llegue a sus límites, entonces llegará el momento en que, juntos en la eternidad, continuaremos con nuestro lazo matrimonial bendecido por Dios.

No te desesperes, amor, pronto estaré contigo.

Junio de 2020.


lunes, 23 de marzo de 2020

Los perros

Ayer por la tarde con motivo de un incidente que voy a relatar, me acordé de un libro del escritor Mario Vargas Llosa titulado “La ciudad y los perros”. Aclaro que la única relación con el incidente es por el término “perro”, ya que la novela narra lo acaecido en un colegio de Lima, Perú y lo que relato es un hecho real, tal y como lo cuento.

Una nieta, Martha Reyes, nos invitó a mi esposa y el que escribe a visitar su casa en el poblado de El Centenario con la promesa de una carne asada para la comida. Y como esa clase de invitaciones no se rechazan, llegamos pasadas las dos de la tarde y saludamos a su esposo Carlos y le dimos un abrazo a su hija Romina, una graciosa niña de ocho años.

Entre plática y plática, Martha y Carlos son buenos conversadores, se nos pasó el tiempo, así es que cuando nos dimos cuenta tres horas habían pasado. Y es que había temas importantes que comentar, en especial la pandemia del coronavirus con su cauda de muertes en todo el mundo, incluyendo nuestro país. Y la crítica a una parte del pueblo mexicano que no respeta las recomendaciones a fin de evitar los contagios.

Se ha escrito mucho sobre las maneras de prevenir el contagio y una de ella es permanecer en sus casas. Insisten en que hay que convencer a la gente de que la pandemia es un peligro real y ese peligro ya llegó y anda por las calles de nuestro país. Y que lo mejor para una persona de no contagiarse es no salir de su casa. Pero a ello se opone el presidente López Obrador, cuando después de su gira por Oaxaca el sábado pasado declaró lo siguiente “No dejen de salir. Todavía estamos en la primera fase. Yo les voy a decir cuando no salgan. Pero si pueden hacerlo y tienen posibilidad económica, sigan llevando a la familia a comer a los restaurantes, a las fondas, porque eso es fortalecer la economía familiar, la economía popular”.

Bueno y también como está afectando a muchas personas y negocios las restricciones con causa de esa enfermedad. Por ejemplo algunos restaurantes en la ciudad de La Paz obligados a cerrar de inmediato con la suspensión de los empleados y la pérdida de los alimentos perecederos adquiridos para el consumo de los clientes. O el retiro de los llamados “cerillitos”, personas de la tercera edad, cuyo sustento económico era las propinas que recibían de los clientes. En fin.

Cuando menos lo esperábamos se hizo tarde y por ello nos dispusimos a regresar a la ciudad. Atentos como siempre, Martha y Carlos nos acompañaron hasta el vehículo a fin de despedirse, mientras sus dos perritas jugueteaban a nuestro alrededor. Dos hermosos animalitos compañeros de su hija Romina. De pronto nos dimos cuenta que por la calle lateral caminaba un joven con correas en su mano sujetando a dos perros, uno de ellos de la raza Bull Terry. Verlos y correr a su encuentro, una de las perritas se acercó ignorando el peligro que ello significaba. Y ante el intento de los perros por agredirla, el joven le dio una patada para alejarla.

Martha corrió para socorrerla tomándola en sus brazos, pero la indignación por la cobarde acción del sujeto la hizo increparlo duramente. Lo mismo hizo Carlos y yo también intervine porque agresiones como esa no se podían tolerar. Pero el cobarde no entendió razones, aduciendo que evitó que los perros la mordieran. –Si son bravos porque los paseas con el peligro de que ataquen a personas no solamente animales— le replicó Carlos.

Pero el sujeto se montó en sus trece. Lo que sí observamos es que en una de sus manos sostenía una vara gruesa que de seguro la utilizaba contra otros perros que se le acercaban. Total, esa persona seguirá en las calles llevando un peligro hasta que alguien con autoridad se lo impida. Y ojalá que la patada no tenga consecuencias porque de tenerlas lastimará el corazón de mi querida bisnieta.

Y claro, con eso de la cruel patada a la perrita, y por la concatenación de recuerdos, busqué en mi librero la obra de Vargas Llosa y le di una releída. Cuando pase el peligro del coronavirus visitaré de nuevo a mi nieta y les platicaré el contenido de esa famosa novela, al mismo tiempo les recordaré del hombre de los perros y su cobarde acción para un animalito indefenso.

Marzo 22 de 2020

viernes, 20 de marzo de 2020

Las epidemias, muerte y desolación


En uno de los últimos artículos del periodista Héctor de Mauleón menciona el nombre de Francisco Eguía como el transmisor de la viruela negra. Formaba parte de los españoles que acompañaron a Pánfilo de Narváez a su llegada a Veracruz en 1520. Eguía llegó enfermo y al refugiarse en una choza de Cempoallan fue la causa de que días después la epidemia arrasara con la población indígena de ese lugar y llegara en unos meses a México- Tenochtitlan con la consecuente tragedia de muerte y desolación.

El contagio, según Mauleón, comenzó unos días después de la Noche Triste, a mediados de 1520. La mortandad fue tanta que de los 250 mil habitantes de la ciudad, en menos de dos meses acabó con la tercera parte de la población mexica. En el sureste, en la región habitada por los mayas, también llegó la epidemia causando una terrible mortandad.

El historiador Hugh Thomas en su libro “La conquista de México” escribió que “en muchas calles se veían cuerpos… Había tanto hedor como desesperación y el sufrimiento era mayor que cualquiera que hubiesen causado los conquistadores. Por su parte, Fray Bernardino de Sahagún, autor de la “Historia general de las cosas de la Nueva España” dio a conocer los síntomas de esta epidemia. Dijo que se trataba de una enfermedad muy dolorosa. Los enfermos padecían fiebres, dolores de cabeza y luego les aparecían puntos rojos en la piel que después se convertían en pústulas de un hedor insoportable. La muerte era el natural desenlace.

Un códice de esa época, el Telleriano Remensis contiene imágenes de gente moribunda y con el cuerpo inundado de pústulas. La fidelidad de los dibujos dan fe de lo terrible que fue esta enfermedad. El códice confirma lo que varios cronistas de la época escribieron y transcritos después por historiadores modernos.

La epidemia diezmó la población de nuestro país. De 22 millones que tenía, para finales de 1520 sólo quedaban catorce. Y como además de la viruela, otras enfermedades infecciosas como el sarampión, la gripe y la sífilis continuaron afectando a la población, el resultado fue que en el año de 1620 únicamente existían 1.6 millones de indígenas en México.

Pero hubo una región que se mantuvo inmune a la epidemia y fue la península de California. Y eso fue debido a que se desconocía su existencia. Aun así, cuando fue descubierta por Fortún Jiménez en 1533 y después ocupada por Hernán Cortés en 1535 y explorada por varios navegantes, la viruela tardó en aparecer. Según el historiador Ignacio del Río las epidemias como la viruela, el sarampión, la tifoidea y la sífilis llegaron a la península a través de los soldados y marinos, a lo largo del siglo XVIII. Dice que la viruela se presentó en los años de 1709 y 1710 y acabó con los niños y los adultos de las misiones, según referencia del padre Miguel Venegas.

En los años siguientes las enfermedades contagiosas aparecieron en la península causando enorme mortandad y desolación, debido a que los indios no tenían defensas corporales para hacerles frente. A causa de esos males la población disminuyó drásticamente, de tal forma que de los 41,500 habitantes que existían en 1697, año en que llegaron los misioneros jesuitas, para 1768 solamente quedaban 7,149. Así de letales fueron las enfermedades como la viruela.

Ahora que en muchos países sufren con la pandemia del COVID-19, conocido al principio como el coronoavirus, me hizo recordar otra que devastó a la población de Europa en el siglo XIV, fue la llamada peste negra o bubónica cuyos transmisores fueron las ratas. Hasta nosotros han llegado los horrores de esa enfermedad a través de los informes de esa época, pero también por medio de las obras literarias.

En el año de 1353, un escritor italiano, Gioavani Boccaccio escribió la novela “El Decameron” en que hace referencia a esta epidemia. Y con el paso de los años aparecieron otras obras sobre el mismo tema, entre ellas La Peste, de Albert Camus; Los novios, de Alessandro Manzoni y La peste escarlata de Jack London. Según la historia, esta pandemia mató a 200 millones de personas, por lo que es considera la enfermedad más letal que ha sufrido la humanidad.

Desde luego que ha habido otras como la misma viruela, la gripe española, la VIH/sida o la Tercera peste que surgió en China en 1855 y mató a doce millones de personas, sobre todo en la India donde murieron cerca de diez millones. Y respecto a la pandemia actual del coronavirus, los epidemiólogos más reconocidos calculan que se van a contagiar entre el 10 y el 50 por ciento de todos los países. Y recomiendan que para evitar el contagio se debe suprimir el contacto entre personas y asegurando su aislamiento. Ignorar lo anterior y actuar como si nada nos fuera a pasar es una torpeza.