Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

martes, 29 de diciembre de 2015

Morelos, de la Independencia de México

Este 22 de diciembre, la figura egregia de don José María Morelos, el héroe de la independencia de nuestro país, representada en el monumento localizado en un pequeño jardín de nuestra ciudad, estuvo más solitaria que nunca. Solitaria como debió estarlo en vida aquel hombre que fue fusilado en esa fecha por orden del gobierno virreinal español, en el año de 1815.

Continuador de la lucha iniciada en 1810 por don Miguel Hidalgo, libró frecuentes combates contra las tropas realistas en Acapulco, Tixtla, Izúcar, Taxco y Cuautla. Pero su presencia fue más significativa porque alentó la integración del Congreso de Chilpancingo que expidió la Constitución de Apatzingán, el 22 de octubre de 1814

Para su tiempo la constitución fue un conjunto de leyes que llenaba las aspiraciones de un pueblo que había sido dependiente de un dominio extranjero durante tres siglos. En ella apareció por primera vez las facultades de la soberanía la que residía originariamente en el pueblo y que eran atribuciones se la soberanía la facultad de dictar leyes, la facultada de hacerlas ejecutar y la facultad de aplicarlas en los casos particulares. Todo esto a través de tres poderes: Legislativo, Ejecutivo y Judicial.

A través de 22 capítulos, la constitución hace referencia a los ciudadanos, forma de gobierno, de la elección de diputados al Congreso, del Supremo Gobierno, etc. Por cierto, cuando hace mención de las provincias que comprende la América Mexicana, no hace mención de la Baja California.

Pero mientras el Congreso sesionaba con miras a la aplicación de los postulados constitucionales la guerra continuaba. Con victorias y derrotas, las fuerzas insurgentes defendían palmo a palmo las regiones conquistadas. Y a pesar de la superioridad numérica de las tropas realistas los patriotas mexicanos nunca se arredraron.

Cuando, como resultado de una traición, Morelos fue hecho prisionero, juzgado, excomulgado y sentenciado a muerte, allá en las montañas del sur otros caudillos sostuvieron la bandera de la independencia, como Vicente Guerrero, Nicolás Bravo y Guadalupe Victoria. Al final de la guerra en 1821, correspondió a Guerrero y el jefe realista Agustín de Iturbide, jurar la independencia de México del dominio español.

Fueron 21 años de luchas permanentes, desde que don Miguel Hidalgo las iniciara el 16 de septiembre de 1810. A través de esos años el suelo de México fue regado con la sangre de miles de patriotas —y también de la parte contraria— entre ellos los iniciadores Hidalgo, Allende, Aldama, Abasolo. Y otros caudillos después como el mismo Morelos, Galeana y Matamoros.

Por eso, por la trascendencia histórica de ese movimiento libertario es que los mexicanos no debemos olvidarlo. Por eso también la llamada de atención del reportero Miguel Rubio en el sentido de que el congreso local no hubiera recordado esa fecha importante en los anales de nuestro país, sobre todo porque la sala de sesiones lleva el nombre del insurgente más destacado de la independencia nacional.

Lo mismo se podría decir de la escuela secundaria que se encuentra frente al monumento y que lleva el nombre de José María Morelos y Pavón. Aunque se justifica la disculpa por el periodo de vacaciones, estoy seguro que en sus clases de historia sus maestros realzarán la vida y los hechos de este mexicano ejemplar el que, a pesar de los 200 años de su sacrificio, aún vive en el recuerdo de todos los que habitamos este país independiente y libre.

Diciembre 29 de 2105

jueves, 17 de diciembre de 2015

Un regalo equivocadoLa playera, prueba del delito.

La playera, prueba del delito.
Por costumbre, en el día de mi cumpleaños y en Navidad mis hijos me regalan prendas de vestir, algunas de las cuales pasa mucho tiempo sin estrenarlas. A mi edad y sin buscar mejorar mi apariencia, los regalos permanecen en el armario durmiendo al lado de sus etiquetas.

A veces, esto ha sido motivo de quejas de mi familia por lo que consideran un desprecio a sus afanes de agradarme. En ocasión reciente, mi hija Ana María me reprochó porque un traje que me regaló el año pasado todavía no lo había usado y vaya, ni me acordaba de que lo tenía en mi guardarropa.

Fue por eso que la semana pasada me dediqué a buscar los regalos y encontré una playera de manga larga propia para estos meses de frío. –“Esta si me va a servir” —me dije— y sin pensarlo mucho la aparté para ponérmela al día siguiente. Como la vi superficialmente no me di cuenta de las leyendas impresas en ella, cosa común en esta clase de prendas.

Por la mañana, protegiéndome con ella, me dirigí a las oficinas del agua potable que se encuentran cerca de la Escuela Normal Urbana, con la buena y a la vez mala suerte de encontrar a un estimado amigo quien también andaba en esos menesteres. Después de los saludos de rigor, se me quedó viendo y no dudó en decirme: --“¿Oye, no eres tú uno de los que defiende a capa y espada que no se le llame a nuestra tierra Baja Sur?

Me extrañó la pregunta pero lo contesté afirmativamente. Pero a mi vez le repliqué: --¿a qué viene la pregunta? Y entonces para mi sorpresa y bochorno me dijo:”Porque traes en tu playera la propaganda que dice lo contrario”. Cierto, en ese instante me quité la prenda —traía una camiseta debajo— y en efecto en la parte que da a la espalda decía Baja Sur, México, con letras grandes y una estampa con una montaña, un cardón, un coyote y un conejo.

No me lo van a creer, pero volví a mi casa apresuradamente, llevando la dichosa playera apretujada entre mis manos. La guardé en lo más profundo del clóset, y ahí permanecerá como recuerdo de la metida de pata que casi da al traste de mis convicciones. Y es que yo he sido, junto con otros buenos escritores y periodistas sudcalifornianos, defensor acérrimo de que no se mutile el nombre de nuestro Estado.

Apenas ayer, Eligio Moisés Coronado, en sus crónicas sudcalifornianas, insertó el decreto del gobierno del Estado que prohíbe la utilización del término Baja como sinónimo de Baja California Sur. Y prescribe multas para todos aquellos que no respeten lo estipulado en ese documento oficial. Y a como están las cosas, será conveniente un decreto más en el que se prohíba también el uso de Baja Sur que ya es utilizado por comercios, revistas, eventos deportivos, publicidad turística y párele de contar.

¿Se imagina usted cuantas playeras con ese letrero ofensivo andan exhibiendo los habitantes de La Paz y otros pueblos de nuestro Estado? O pensar que haya otras prendas u objetos que venden en los comercios que también ostentan esa leyenda. Como si fuera una campaña orquestada por personas o grupos que persiguen fines inconfesables, a la que no son ajenos mexicanos mal nacidos y extranjeros con afanes de dominio territorial.

Total, me disculpé con el amigo que me hizo el reproche y le prometí escribir un artículo a manera de crónica sobre este regalo equivocado y la imprudencia que cometí al exhibirlo. Si lo lee, ojalá ya no dude de mis convicciones de seguir defendiendo el nombre de Baja California Sur.

Diciembre 16 de 2015.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Los oasis y la misión de Santa Gertrudis la Magna

Misión Santa Gertrudis la Magna.
Los oasis en Baja California siempre han sido fuentes de vida. En una región desértica como lo es la península californiana el agua adquiere un valor especial sobre el que gira la supervivencia y el desarrollo de sus habitantes. Por eso, los primeros poblamientos de la península y después durante el establecimiento de las misiones religiosas, los oasis han dado origen a varias poblaciones y muchas rancherías a todo lo largo y ancho de esta región.

Desde la fundación de la Misión de San Bruno en 1683 por el padre jesuita Eusebio Francisco Kino, fueron 17 centros religiosos fundados por esta orden y siempre alrededor de lugares donde existían oasis. Pero encontrarlos fue extremadamente difícil, lo que obligó a los padres jesuitas a efectuar grandes recorridos, por lo regular a cientos de kilómetros, hasta descubrir las fuentes de agua donde establecer sus misiones.

Así fundaron, a partir de 1697, las misiones de Loreto, San Javier, Mulegé, Comondú, La Purísima, San Ignacio, San Luis Gonzaga, La Paz, Todos Santos, Santiago y otras más. Debido a las dificultades económicas y la falta de misioneros, las fundaciones fueron espaciadas de tal manera que necesitaron 70 años, hasta 1767, para lograr sus propósitos evangelizadores.

En los últimos años de su estancia en la península, los padres jesuitas fundaron las misiones de San Francisco de Borja, Santa Gertrudis La Magna y la última Santa María de los Ángeles, en 1776. Estas tres misiones localizadas un poco más allá de los límites del actual estado de Baja California Sur, fueron atendidas en su momento por los padres de la misión de San Ignacio.

La historia de la misión de Santa Gertrudis La Magna es muy interesante. La mayoría de los historiadores, entre ellos Miguel León Portilla y Pablo L. Martínez apoyados en las crónicas del padre jesuita Miguel del Barco, aseguran que la misión fue fundada en 1752 por el padre Jorge Retz. En cambio, Carlos Lazcano dice que en realidad fue el sacerdote Fernando Consag el primero en establecerla en 1737, cuando el padre visitador de los jesuitas de la California, Andrés García, lo comisionó para establecer una nueva misión en la parte norte.

Lazcano aclara que la confusión se debe a que los primeros 14 años, antes de que estuviera en su sitio actual, a esta misión se le apoyaba desde San Ignacio y se le conocía con el nombre de Nuestra Señora de los Dolores. Y aunque Fernando Consag fue el que la cambió a su sitio actual, quien la empezó a atender fue el padre Retz a partir de 1752.

A poco de establecerse en la misión de Santa Gertrudis —narra Carlos Lazcano— el padre Retz dio principio a los trabajos agrícolas que le permitieron a su misión cierta autonomía. Encontró un manantial un poco más amplio y el construyó un canalito para regar la poca tierra de cultivo que se disponía. Pero igual acarreó tierras de otras partes a fin de obtener mejores siembras. Construyó acequias y pilas que le permitieron sembrar y cosechar en poco tiempo. El maíz y el trigo florecieron, junto con frutales como olivos, higos, granadas, uvas y dátiles. Con las uvas, el padre Retz elaboró los primeros vinos del norte peninsular, tradición que se conserva hasta nuestros días.

El padre Retz hizo florecer esta misión, algo notable ya que se encontraba en medio del desierto central de la península, con una de las geografías más hostiles de la península. Cuando el padre Consag entregó la misión al padre Retz, ésta contaba con alrededor de mil indígenas cochimíes bautizados. Para 1762 la población era de 1735 y ya cuando los jesuitas fueron expulsados de California quedaban mil en la misión. Después las epidemias fueron reduciendo la población indígena, hasta que la misión fue abandonada en 1822.

Al abandonarse la misión la custodia quedó en manos de los habitantes del lugar. En la actualidad la atendía el señor Eugenio Ceseña Urías, quien tenía a su cargo organizar los festejos en honor de la virgen, todos los 17 de noviembre de cada año.

Quien desee conocer el oasis y la hermosa y bien conservada misión de Santa Gertrudis la Magna, debe viajar a la población de Vizcaíno y de allí al lugar conocido como El Arco. De esa comunidad se recorren 33 kilómetros a través de tramos arenosos y pedregosos, por lo cual es necesario vehículos de doble tracción. El recorrido de realiza en un tiempo aproximado de una hora con cuarenta minutos. El edificio se localiza en una meseta al pie de una gran sierra; un arroyo corre alrededor de la misma. La vegetación es escasa, con árboles frondosos en el lecho del arroyo. Vale la pena visitarla porque los oasis contribuyeron a la evangelización de los indígenas de Baja California.

Diciembre 14 de 2015.

lunes, 7 de diciembre de 2015

1967 y el periódico “El Sudcaliforniano”

Don Carlos Morgan (+) y Mario Vázquez Raña (+), director 
general de  Organización Editorial Mexicana.
Mi encuentro con el periódico que fundara Carlos Morgan Martínez en 1967 no fue de mi gusto. No había pasado un año de su presencia en nuestra ciudad de La Paz, cuando apareció un artículo en su primera plana criticándome por haber tenido la audacia de fungir como perito de joyas arqueológicas.

El asunto sucedió así. Un día de tantos recibí la invitación de las autoridades judiciales para que actuara como perito para determinar la autenticidad de unas piezas arqueológicas que tenía en venta un señor que llego del interior de la república. Lo tenían detenido en los separos de la policía junto con la mercancía.

La conclusión fue inmediata. Después de observar con detenimiento las piezas e incluso raspar en su superficie, me di cuenta que eran burdas imitaciones de las que abundan en los centros arqueológicos del centro de la república y de las zonas de Tabasco y Yucatán. Además, el precio que pedía por ellas distaba mucho del valor real de las verdaderas.

No son genuinas —me decía asustado el vendedor— ni tampoco las robé. Las compré en un mercado artesanal donde hay muchas de ellas.

Total, con mi declaración el asustado señor quedó libre, pero con la advertencia de que en futuras ocasiones debería mostrar el recibo de compra del comercio expendedor. Y, desde luego, mi experiencia sirvió porque en mis viajes que hacía al interior de la república adquirí varias muestras arqueológicas de imitación.

En esos años del inicio del periódico ya se publicaba en nuestra ciudad “El Eco de California” que se especializaba en temas regionales, al contrario de “El Sudcaliforniano” que contenía información nacional y del extranjero. Por eso, los envidiosos le llamaban “el papelote del nombre prestado” y a don Carlos “el pirata Morgan”.

Cuando Carlos Morgan se retiró de la dirección del periódico, fundó después “El Diario Peninsular” y “El Forjador”. Este último me publicó varios artículos, lo mismo que “El Eco” y el “BCS”. Y después de muchos años, a partir del año de 1999, “El Sudcaliforniano” me publicó casi 200 crónicas muchas de las cuales me sirvieron para publicar cuatro libros. Fue cuando era director el estimado amigo y excelente periodista Jesús Chávez Jiménez, y después el actual don José Escobar García quien por varios años ha sabido llevar a ese diario por los caminos de un verdadero medio de comunicación masiva.
                                                                                         
Y como siempre, no faltan anécdotas en la vida de este medio informativo. Humberto de los Ríos, un viejo amigo de las imprentas relata que en una ocasión don Carlos Morgan solicitó su ayuda para maquilar la información del periódico dado que su linotipo se había descompuesto. Así que durante tres o cuatro días el contenido de “El Sudcaliforniano” se maquiló en los talleres de “El Eco de California” donde trabajaba Humberto. Por supuesto la ayuda fue un tanto sigilosa a fin de que no se diera cuenta Félix Alberto Ortega Romero, propietario de este último periódico, por aquello de la competencia.

En la actualidad “El Sudcaliforniano” es un órgano informativo reconocido por la sociedad. Con un tiraje de 20,000 ejemplares se distribuye en las principales ciudades y pueblos de nuestro Estado. Además de las noticias, tiene secciones de sociales, deportivas, policíacas y de los cinco municipios. Cuenta, además, con una sección de información nacional e internacional y otra titulada La República. En su sección de Opinión colaboran prestigiados comentaristas y periodistas de renombre del ambiente nacional. Y le da cabida a otros de nuestra ciudad quienes escriben crónicas, asuntos culturales y análisis de la problemática local.

Por todo ello quiero pensar que tenemos “El Sudcaliforniano” para rato.

Diciembre 05 de 2015

domingo, 6 de diciembre de 2015

Pinturas rupestres, misiones y oasis

Misión de Santa Rosalía de Mulegé.
La semana pasada, el día 2 para ser exactos, el archivo Histórico Pablo L. Martínez presentó su reciente publicación de la autoría de la maestra Elizabeth Acostas Mendía, la doctora María de la Luz Gutiérrez y el licenciado Leonardo Varela Cabral.

El libro que lleva por título “Pinturas rupestres, misiones y oasis de la Baja California” es bilingüe, editado en español e inglés e ilustrado con numerosas fotografías a color y blanco y negro. De gran formato, la edición fue patrocinada por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura, el INAH, y la propia institución archivística.

El tema de las pinturas rupestres de las sierras de San Francisco y Guadalupe en la región central de la península siempre ha llamado la atención, no solamente de investigadores mexicanos sino también de científicos extranjeros. Pero inexplicablemente permanecieron ignoradas durante mucho tiempo, aunque ya los misioneros jesuitas habían hablado de ellas, incluso con la opinión de que las pinturas plasmadas en las cuevas de esas sierras habían sido grabadas por un grupo primitivo de gran estatura que llegaron a la península hace doce mil años.

En la presentación del libro se hizo alusión a la temática desarrollada por los autores y, en el caso de las pinturas, la doctora Gutiérrez, autora de un ensayo sobre ellas, centró su atención  en la influencia  del paisaje como elemento mágico que originó esas muestras de arte pictórico. Los recursos naturales como el agua en los oasis, los animales del desierto y del mar, incluso los volcanes donde se proveían de los pigmentos para sus creaciones, formaron parte simbólica de los grupos indígenas que habitaron, no se sabe si temporalmente, esas agrestes regiones de la Baja California.

Por su parte, la maestra Acosta Mendía se refirió a las misiones jesuitas y dominicas que se fundaron a partir de 1697, cuando el padre Juan María de Salvatierra fundara la misión de Loreto. Como antecedente citó las primeras expediciones a la península, desde que Hernán Cortés tomara posesión de la misma  en el puerto y bahía de Santa Cruz, el 3 de mayo de 1535. En el texto aparecen los planos de algunas misiones y fotografías inéditas de algunas de ellas.

En el capítulo sobre los oasis, Leonardo Varela coincidió con la doctora Gutiérrez de que el agua fue un elemento vital en la vida de los grupos primitivos que llegaron a la península, no solamente los que originaron las pinturas rupestres hace miles de años, sino también en la supervivencia de los grupos aborígenes que encontraron los españoles a su llegada a esta tierra.

Lo significativo en este caso es que los oasis sirvieron como referencia para fundar las misiones jesuitas y dominicas a todo lo largo y lo ancho de esta región de nuestro país. Misiones que pasados los años se convirtieron en ciudades y pueblos como el propio Loreto, Mulegé, San Ignacio, La Paz y San José del Cabo.

El libro publicado bajo la responsabilidad del Archivo Histórico Pablo L. Martínez viene a llenar un vacío en la historiografía de nuestra península. Aunque hay otros textos que se refieren a las pinturas, misiones y oasis, muchos de ellos en lengua extranjera, lo cierto es que en nuestro idioma y con la información relevante sobre estos vestigios culturales, solamente  contábamos con las obras de Enrique Hambleton, Miguel Mathes y Salvador Hinojoza Olivas.

Cierto, el INAH tiene publicados varios libros interesantes sobre este patrimonio, pero no han tenido la divulgación necesaria.  Es por eso la importancia de la obra que el Archivo presentó recientemente


Diciembre 04 de 2015.

viernes, 4 de diciembre de 2015

La cuera del vaquero sudcaliforniano

Por la distancia —y por la edad— no asistí a Comondú el pasado 15 de noviembre, donde se llevó a cabo el VI Festival del Vino Regional. Fue una lástima porque no pude disfrutar de un buen vaso de ese licor tradicional, y también por no haber podido presenciar el Primer Concurso de exhibición del Traje del Vaquero Regional que tuvo lugar ese mismo día.

Pero gracias al estimado amigo Simón Óscar Mendoza tuve una información amplia del éxito de ese concurso. Simón formó parte del jurado que calificó los atuendos de los vaqueros participantes, tanto del animal que montaban como de la vestimenta de los jinetes, vestimenta que tradicionalmente se conoce como “cuera”.

Como el concurso no tuvo la difusión suficiente, sólo se contó con siete participantes y de ellos fueron tres los que obtuvieron premios de diez mil, siete mil y cinco mil pesos. El primer lugar fue para el señor Darío Higuera Meza, del rancho El Jarillal; el segundo para don Leonardo Gerardo Camacho, del pueblo de San Isidro y el tercer lugar correspondió a Juan de Dios Peralta García, de San Miguel de Comondú.

Me cuenta Simón que el concurso despertó mucho entusiasmo y que incluso muchos niños y jóvenes mostraron interés en presenciar ese evento, que creo es la primera vez que se realiza en nuestro Estado. De seguro los próximos concursos multiplicarán el éxito de ahora.

Desde luego, el más entusiasmado con esta clase de eventos culturales es nuestro amigo Simón Óscar. Y no le falta razón. Él ha sido uno de los mayores divulgadores de las tradiciones de nuestra tierra, en especial de las costumbres y formas de vida de los vaqueros que habitan en los múltiples ranchos de la geografía peninsular.

Gracias a sus constantes recorridos por los diversos vericuetos de las sierras donde se encuentran ranchos cuyos habitantes mantienen las costumbres heredadas de sus antepasados, es que ha adquirido vastos conocimientos de ellos, sobre todo en todo lo que respecta al cuidado y mantenimiento del ganado, y las peripecias que a diario realizan en busca del mismo en las regiones agrestes de sus localidades.

Fue en esos ranchos donde Óscar conoció la indumentaria usual de los vaqueros serranos. Y fue por eso, por ayudar a conservar la tradición, que se dio a la tarea de escribir un libro al que tituló “El campeador de la California”, sin más ayuda que su esposa y su entusiasmo.

Utilizando un lenguaje coloquial y con imágenes de rancheros y la descripción de su vestuario y de sus monturas, el autor se da tiempo para hablar de las características de las viviendas y la clase de alimentos que consumen. Es un texto completo que no debe dejarse de admirar.      
        
Por otro lado, y en relación al concurso efectuado en Comondú, nuestro amigo es de la opinión de que estos eventos deben multiplicarse en toda nuestra entidad y propone que el siguiente se haga en la comunidad de San Blas, subdelegación de San Antonio, dado que a su alrededor existen antiguos ranchos cuyos vaqueros participarían sin duda alguna.

Desde luego el Ayuntamiento de La Paz tendría una intervención decisiva en su organización, y en base a la convocatoria respectiva aportar los premios en efectivo, tal como lo hizo el ayuntamiento de Comondú en el evento realizado a mediados del pasado mes de noviembre.

Por lo pronto tenemos que felicitar a los organizadores del festival del vino regional y del primer concurso de traje regional, entre ellos la profesora Jackeline Verdugo, por su celoso afán de salvaguardar las costumbres del pueblo sudcaliforniano.


Noviembre 25 de 2015.

jueves, 26 de noviembre de 2015

California y los soldados de cuera

Soldado de cuera o dragón de cuera.
Muchos lectores de “El Sudcaliforniano” habrán leído en su edición del día 8 del presente mes, la presentación de un proyecto tendiente a erigir dos monumentos en honor de los fundadores de las Californias: los soldados de cuera. El proyecto fue presentado por el señor Ignacio Félix Cota en las instalaciones del Archivo Histórico Pablo L. Martínez. Los monumentos se construirán en la población de Loreto y la ciudad de Ensenada.

Cuando en el año de 1697, el padre jesuita Juan María de Salvatierra fundó la misión de Nuestra Señora de Loreto, lo hizo sin acompañamiento militar, salvo Luis Tortolero y Torres, soldado español. Pero ya en el año de 1702 eran 18 soldados con sus cabos los radicados en la misión. En 1730 aumentó a 29 soldados que guarnecían las misiones establecidas. En 1767 la llamada Compañía de California estaba integrada por 60 soldados, un capitán y un teniente.

De seguro esos militares comenzaron a usar protectores para defenderse de los arbustos espinosos durante sus recorridos a través de la península. Pero no se les conoció como soldados de cuera. Sin embargo, se les puede considerar como parte de los fundadores de California, sobre todo los que llegaron en 1702.

Los soldados de cuera llamados también dragones tienen una historia muy interesante. En 1767 llegó a Loreto el capitán Gaspar de Portolá designado gobernador por el virrey Croix. Se hizo acompañar por 50 elementos del Regimiento de Dragones de España y después de cuarenta días de navegación arribaron a San José del Cabo. De ese lugar se dirigieron por tierra a la misión de Loreto, travesía que destruyó los uniformes de los soldados debido a los matorrales espinosos que encontraron en su camino. Dice un historiador que “llegaron a su destino exhaustos y harapientos”.

Portolá llevaba la orden de expulsión de los misioneros jesuitas, disposición que cumplió al pie de la letra. Después, en el año de 1768, acatando una orden del virrey, junto con el visitador José de Gálvez, organizaron las expediciones al norte de la península a fin de ocupar los puertos de San Diego y Monterey y establecer presidios y misiones en esa región.

Fueron tres expediciones las que se organizaron. Por la vía marítima con los barcos San Antonio y el San Carlos. Por la ruta terrestre fueron dos desde Loreto hasta San Diego. En el mes de septiembre de 1768 salió de Loreto el capitán Fernando de Rivera y Moncada, con el propósito de recoger provisiones y bestias de las misiones y reconocer el camino a la alta California. Lo acompañaban 27 soldados de cuera, tres arrieros y 42 indios cristianos. Llegó a San Diego en marzo del año siguiente.

En ese mismo mes de marzo salió la segunda expedición al mando del gobernador Portolá, a quien acompañó fray Junípero Serra. Con ellos iban diez soldados de cuera y 44 indios peninsulares. Esta expedición llegó a San Diego a principios del mes de julio. El día 16, con la presencia de Portolá, Serra y Rivera y Moncada fundaron la misión de San Diego de Alcalá.

El historiador Carlos López Urrutia dice que los soldados de cuera contribuyeron decisivamente en la conversión y colonización del territorio de la Alta California. Defendieron a la región de invasiones extranjeras, contribuyeron en la fundación de las misiones franciscanas y la creación de pueblos convertidos hoy en grandes ciudades como San Diego, Monterey, Santa Bárbara y San Francisco.

Por eso, el reconocimiento debe ser por parte del estado de California del país vecino, porque ellos, los soldados de cuera, fueron elementos pasajeros en la Baja California.

Noviembre 10 de 2015

lunes, 16 de noviembre de 2015

El escudo de nuestro estado

Escudo de Armas de Baja California Sur. 1923
En la presentación del libro “California del Sur para principiantes” de Eligio Moisés Coronado, uno de los asistentes opinó que el escudo actual de nuestra entidad no era de origen colonial como lo sustentan algunos historiadores, sino que era más reciente. La información quizá la tomó de mi libro “Casos y cosas del municipio de La Paz” escrito en el 2002.

En efecto, ahí escribí, después de una minuciosa investigación en la que por cierto me ayudó el experto en heráldica, don Rolando Arjona, que nuestro escudo apareció por primera vez en el año de 1923 cuando Diego Rivera y sus ayudantes engalanaron una de las paredes interiores del edificio de la Secretaría de Educación Pública, con las pinturas de todos los estados de la república,

En 1938, el general Rafael M. Pedrajo, gobernador de nuestra entidad, envió un oficio al director del Museo Nacional solicitándole confirmar la autenticidad del escudo y adjuntaba su dibujo. Era parecido al que tenemos en el presente. Probablemente le preguntó si era de origen colonial, pues la contestación fue la siguiente:

“Debo advertir que el tal escudo es uno de los tantos engendros que la ignorancia de los decoradores de la Secretaría de Educación Pública realizó. La Baja California, ni como parte de las Provincias Internas en la época de la dominación española, ni como Territorio en la época independiente pudo usar Escudo de Armas ninguno, supuesto que tales blasones fueron concedidos exclusivamente a Villas y Ciudades y nunca a entidades políticas...”.

Y si no es de la época colonial, las características del escudo actual tampoco tienen razón de ser, ya que corresponden a la heráldica española. Nada hay en el escudo que represente a Baja California Sur, con excepción de unos peces. Veamos: “Campo partido, el lado diestro oro y el siniestro de gules. Brochante sobre la participación, una venera de plata. Bordura de azur, con cuatro peces de plata: uno en jefe, otro en punta y uno en cada costado, contranadando”.

Cuando estaba iniciando la investigación me llamó la atención la venera porque es una concha que no existe en los mares de la península. La venera forma parte de un molusco que en Nueva Galicia, España, se le conoce con el nombre de Vieira. Por curiosidad y aprovechando un viaje que hizo a España la estimada amiga Eugenia Garibay, le pedí que me trajera una concha de ese molusco. “Allá, es muy común, —me dijo— pero tiene mucho de religiosidad”.

En ese año del 2002 en que escribí mi libro, le envié un oficio al entonces gobernador de nuestro estado, Leonel Cota Montaño, sugiriéndole la conveniencia de adoptar un nuevo escudo más acorde a nuestra realidad, tal como lo hicieron en su momento Baja California y Quintana Roo. Por alguna razón no obtuve respuesta.

Y en eso de los escudos existe mucha confusión. El señor Arjona me contaba que él diseñó el nuevo escudo del estado de Sinaloa, dado que el anterior fue otra de las equivocaciones de Diego Rivera. Corre la versión que éste tenía problemas para pintarlo y que, en una ocasión, cuando comían en un restaurante, pidieron unas cervezas Pacífico y al ver la etiqueta dieron con el contenido del escudo en cuestión: un ancla. Y ese símbolo permaneció desde 1923 hasta el año de 1958 en que don Rolando lo sustituyó.

Así es que, por causa de la presentación del libro de Eligio Moisés Coronado, existen dos casos por resolver: el cambio de nombre de nuestro estado y el nuevo diseño del escudo de armas. ¿Será posible?

Noviembre 16 de 2015

viernes, 13 de noviembre de 2015

Estado de California, México

El miércoles pasado se presentó el libro “California del Sur para principiantes” del reconocido escritor Eligio Moisés Coronado. Al final y con las opiniones de los asistentes, uno de ellos preguntó el porqué del título del libro, cuando lo correcto hubiera sido Baja California Sur para principiantes. Ello dio motivo para que el autor diera una explicación de cómo se originó ese nombre para el estado.

En 1769 cuando los franciscanos comenzaron a fundar nuevas misiones en la región que hoy forma parte de los Estados Unidos, se le comenzó a llamar la Alta California para diferenciarla de la Baja California que comprendía de la frontera hacia el sur, es decir la correspondiente a la península. Con el tiempo se hizo común esa distinción, pero fue en el año de 1776 cuando el gobierno de la Nueva España oficializó los nombres de la Baja o Antigua California y la Alta o Nueva California.

Después, en las constituciones de 1824. 1857 y 1917 el territorio peninsular se le siguió llamando Baja California, aunque ahora dividida en los Distritos Norte y Sur. Después, se les dividió en Territorios Norte y Sur.

Así las cosas, cuando el Territorio Norte se convirtió en Estado en 1952, adoptó el nombre de Baja California. Y nuestra entidad cuando también se convirtió en estado en 1974, no le quedó otra que llamarse Baja California Sur. Y muchas personas opinan que fue en ese acto de la conversión cuando se perdió la oportunidad de ponerle un nuevo nombre a nuestra reciente denominación política.

Pero esto no es lo peor. Ahora, con eso de la influencia del turismo, se le ha comenzado a llamar Baja Sur, quitándole California que por tradición histórica nos pertenece. Y es que el nombre de nuestro estado es demasiado largo, pero vivillos como son algunos prefieren llamarla la Baja es vez de California.

Cuánta razón tenía Paco Arámburo cuando vaticinó en el mes de diciembre de 1975 que “con el nombre que tenemos actualmente nadie nos va a reconocer. Nos llamarán BAJA a secas ya lo verán y los americanos con más ganas lo harán. ¿Qué les parece? Ellos, no conformes con habernos quitado la tierra y el nombre, ahora nos quieren quitar también el apellido, haciéndonos quedar en calidad de hijos naturales…”.

En la presentación del libro en cuestión, otra persona que estuvo presente sugirió la conveniencia de cambiarle el nombre a nuestro estado para llamarle California a secas. Así no habría posibilidad de modificarlo o agregarle vocablos que no tienen razón de ser. Y en la división política de nuestro país quedaría como Estado de California, México.

Bueno, soñar no cuesta nada. Aunque hay que tener mucho cuidado para que no se vuelva costumbre el uso del término Baja. En lo personal, en varias crónicas y artículos de opinión me he referido a este problema que cada vez se va extendiendo en los círculos empresariales, deportivos y turísticos. Y he solicitado la aplicación del decreto del gobierno del estado en el que se prohíbe el uso del término Baja para referirse a nuestro estado. Pero por razones que desconozco nadie hace caso de ello.

Por otro lado, que bueno que temas como este se expongan y discutan en público. Y más cuando, como en el caso de los asistentes a la presentación, demuestran su interés por la conservación de la identidad de los californianos —los de México.

Hubo otro tema que llamó la atención y es el que se refiere al actual escudo de armas que identifica a nuestro estado. Por la importancia que reviste lo trataremos en una crónica posterior.


Noviembre 13 de 2015. 

martes, 10 de noviembre de 2015

California y los soldados de cuera

Muchos lectores de “El Sudcaliforniano” habrán leído en su edición del día 8 del presente mes, la presentación de un proyecto tendiente a erigir dos monumentos en honor de los fundadores de las Californias: los soldados de cuera. El proyecto fue presentado por el señor Ignacio Félix Cota en las instalaciones del Archivo Histórico Pablo L. Martínez. Los monumentos se construirán en la población de Loreto y la ciudad de Ensenada.

Cuando en el año de 1697, el padre jesuita Juan María de Salvatierra fundó la misión de Nuestra Señora de Loreto, lo hizo sin acompañamiento militar, salvo Luis Tortolero y Torres, soldado español. Pero ya en el año de 1702  eran 18 soldados con sus cabos los radicados en la misión. En 1730 aumentó a 29 soldados que guarnecían las misiones establecidas. En 1767 la llamada Compañía de California estaba integrada por 60 soldados, un capitán y un teniente.

De seguro esos militares comenzaron a usar protectores para defenderse de los arbustos espinosos durante sus recorridos a través de la península. Pero no se les conoció como soldados de cuera. Sin embargo, se les puede considerar como parte de los fundadores de California, sobre todo los que llegaron en 1702.

Los soldados de cuera llamados también dragones tienen una historia muy interesante. En 1767 llegó a Loreto el capitán Gaspar de Portolá designado gobernador por el virrey Croix. Se hizo acompañar por 50 elementos del Regimiento de Dragones de España y después de cuarenta días de navegación arribaron a San José del Cabo. De ese lugar se dirigieron por tierra a la misión de  Loreto, travesía que destruyó los uniformes de los soldados debido a los matorrales espinosos que encontraron en su camino. Dice un historiador que “llegaron a su destino exhaustos y harapientos”

Portolá llevaba la orden de expulsión de los misioneros jesuitas, disposición que cumplió al pie de la letra. Después, en el año de 1768, acatando una orden del virrey, junto con el visitador José de Gálvez, organizaron las expediciones al norte de la península a fin de ocupar los puertos de San Diego y Monterey y establecer presidios y misiones en esa región.

Fueron tres expediciones las que se organizaron. Por la vía marítima con los barcos San Antonio y el San Carlos. Por la ruta terrestre fueron dos desde Loreto hasta San Diego. En el mes de septiembre de 1768 salió de Loreto el capitán Fernando de Rivera y Moncada, con el propósito de recoger provisiones y bestias de las misiones y reconocer el camino a la alta California. Lo acompañaban 27 soldados de cuera, tres arrieros y 42 indios cristianos. Llegó a San Diego en marzo del año siguiente.

En ese mismo mes de marzo salió la segunda expedición al mando del gobernador Portolá, a quien acompañó fray Junípero Serra. Con ellos iban diez soldados de cuera y 44 indios peninsulares. Esta expedición llegó a San Diego a principios del mes de julio. El día 16, con la presencia de Portolá, Serra y Rivera y Moncada fundaron la misión de San Diego de Alcalá.

El historiador Carlos López Urrutia dice que los soldados de cuera contribuyeron decisivamente en la conversión y colonización del territorio de la Alta California. Defendieron a la región de invasiones extranjeras, contribuyeron en la fundación de las misiones franciscanas y la creación  de pueblos convertidos hoy en grandes ciudades como San Diego, Monterey, Santa Bárbara y San Francisco.

Por eso, el reconocimiento debe ser por parte del estado de California del país vecino, porque ellos, los soldados de cuera,  fueron elementos pasajeros en la Baja California.

Noviembre 10 de 2015

domingo, 1 de noviembre de 2015

Los altares y la preparatoria Juan Pablo II

Diosa de la muerte entre los aztecas.
Una de mis nietas, Samantha Berenice, estudia en una preparatoria particular, la Juan Pablo II. Ese fue el motivo por lo que el día 30 del pasado mes de octubre asistí a la exposición de altares de muerto que los alumnos levantaron y exhibieron en los corredores de esa institución.
               
Independientemente del concurso para premiar a los mejores altares, llamó la atención de que en varios de ellos las ofrendas fueron para distinguidos sudcalifornianos—mujeres y hombres—que hicieron de su vida un ejemplo para las presentes y futuras generaciones.

Ahí estaban el poeta Néstor Agúndez Martínez, el maestro Jesús Castro Agúndez, el general Agustín Olachea Avilés, doña Dionisia Villarino, el periodista Francisco King Rondero, el doctor Cirilo Mondragón, el exgobernador Ángel César Mendoza Arámburo y otros más.

Desde luego, en cada altar hubo un estudiante que explicó el simbolismo de ellos y expuso parte de la vida y la obra de esos personajes. Cabe pensar que en sus clases de historia tendrían una visión más amplia de los motivos por los cuales se les considera ejemplos a seguir.

En lo particular me dio mucho gusto que los jóvenes se interesen por los hechos del pasado y de cómo, esas personas contribuyeron al cambio de las condiciones políticas, sociales y culturales de Baja California Sur. Cada quien en su ámbito de responsabilidades y de acuerdo a sus circunstancias, pusieron su granito de arena por esta tierra.

Cuando estaba admirando el altar de Néstor Agúndez, un estudiante me preguntó si lo había conocido. – Además de conocerlo—le contesté—fue un estimado amigo a quien siempre le he reconocido sus grandes méritos como maestro y como poeta. Autor de más de tres mil sonetos la mayoría dedicados a esta tierra, fue un hombre que dedicó toda su vida a la educación y la cultura sudcaliforniana.

Algo semejante puedo decir de los demás. El general Olachea promotor de la agricultura en los valles de Los Planes y Santo Domingo; Dionisia Villarino y su valerosa participación en la revolución mexicana; Francisco King defensor de los derechos cívicos de nuestro pueblo; Cirilo Mondragón por enaltecer la profesión médica y Ángel César Mendoza Arámburo, un profesional de la política que supo comprender las necesidades de los sudcalifornianos, sobre todo en el aspecto educativo.

No supe si en otras escuelas del nivel medio superior o de educación básica exhibieron altares de muerto. Como parte de la permanencia de las tradiciones mexicanas siempre es recomendable revivirlas cada año. Y aunque estas llevan en el fondo un mucho de religiosidad, forman parte de las costumbres mexicanas las cuales, de una u otra forma, deben permanecer inalterables como sustento de la identidad nacional.

Además, profundizar en los orígenes de los altares conlleva la adquisición de conocimientos de la historia antigua de México, de la cultura azteca y sus simbolismos. Aunque, claro, tienen también influencia de las creencias religiosas europeas que llegaron a América a través de los conquistadores y misioneros españoles.

La tradición que si es auténticamente mexicana es el Día de Muertos. Una tradición que se conserva hasta la actualidad cada 2 de noviembre. Por eso, en esa fecha los panteones son visitados por muchas personas que han perdido uno ó más seres queridos. Y las flores depositadas en sus tumbas conllevan dolor, pero también un lazo de amor imperecedero.

Noviembre 01 de 2105.

viernes, 30 de octubre de 2015

La elección de delegados municipales

El H. XV Ayuntamiento de La Paz ha emitido la convocatoria para la elección de delegados municipales, a celebrarse el día 08 del próximo mes de noviembre. Sustentado en el artículo 51 de la Ley Orgánica Municipal expedida por el Gobierno del Estado, serán las delegaciones de Todos Santos, San Antonio, Los Barriles, San Juan de los Planes, El Sargento, El Carrizal y Los Dolores, las que buscarán ser representadas política y administrativamente por los mejores ciudadanos de esas demarcaciones.

Las bases de la convocatoria establecen los procedimientos y requisitos a que se someterá la elección, incluyendo a los candidatos, su registro y sus campañas. Además se establecen normas para la votación, los votantes y, por supuesto, la legalidad de los comicios. Las persona electas rendirán la protesta de ley ante el H. Cabildo, el día 13 del mismo mes de noviembre.

Este ejercicio democrático da pauta para recordar algunos datos sobre las delegaciones del municipio de La Paz que tuvieron su origen en 1971, cuando el presidente Luis Echeverría decreto la reinstalación de los municipios en nuestra entidad; pero en vez de los siete que había antes de convertirse en delegaciones en el año de 1931, solamente se autorizaron tres que fueron Mulegé, Comondú y La Paz.

A La Paz le fue bien porque le correspondieron las delegaciones municipales de Todos Santos, San Antonio, Santiago y San José del Cabo. Sin embargo, por conveniencias de tipo político y económico, en el año de 1980, las delegaciones de Santiago y San José del Cabo se separaron para crear el nuevo municipio de Los Cabos. La Paz se quedó con Todos Santos y San Antonio.

El municipio de La Paz, con un crecimiento poblacional acelerado y nuevas fuentes de crecimiento económico, se vio obligado a crear otras delegaciones. Fue así como, en 1983, el cabildo acordó la creación de la delegación de San Juan de los Planes; en 1986 la de Los Dolores; en 1993 la de Los Barriles, el 2008 la del Valle de El Carrizal y hace dos años, en 2013, autorizó el funcionamiento de la delegación de El Sargento.

En el año 2008, siendo cronista del municipio de La Paz, realicé una investigación relacionada con las delegaciones en sus aspectos geográficos, la división política, los antecedentes históricos, las actividades productivas, su infraestructura, sus servicios administrativos y las personas que fungieron como delegados a partir del año de 1972.

Siempre resulta de interés saber que los primeros delegados a partir del año de 1972 fueron, por Todos Santos, Filemón Rochín González; por San Antonio, Horacio Pérez Martínez; por San Juan de los Planes, José María Castro de la Peña; por los Dolores, Rafael Santiago Guadalupe; por el Valle de El Carrizal, Pilar Cota Sánchez; por el Sargento, Arnulfo Avilés Cosío.

Por otra parte, la cabecera del municipio tiene bajo su jurisdicción las subdelegaciones de El Centenario, Alfredo B. Bonfil, El Progreso, San Juan de la Costa, San Evaristo, San Pedro, Conquista Agraria y La Fortuna. Al respecto, cabe la pregunta: ¿son subdelegaciones de qué delegación? Hay aquí una incongruencia que debe aclararse.

Por lo demás se hace necesario que tanto la Coordinación de Delegaciones y la oficina de Cabildo cuente con documentos actualizados de la situación geográfica, política, administrativa, social, cultural e histórica de todas las delegaciones del municipio, incluyendo, desde luego las correspondientes a las subdelegaciones. La población tiene derecho a ser informada.

Cuando se creó la delegación de El Sargento, el punto de acuerdo que emitió el cabildo no incluyó las características anteriores por lo que se desconocen sus antecedentes y situación actual. Habrá tiempo para realizar las investigaciones correspondientes. Mientras tanto…

Octubre 30 de 2015.

martes, 27 de octubre de 2015

Carlos Lazcano y la ruta de los misioneros

Tres días atrás en la ciudad de Ensenada se presentó el libro “Vestigios de la Antigua California” de Carlos Lazcano Sahagún. Responsable de la edición fue el Archivo Histórico Pablo L. Martínez  cuyo titular es la maestra en ciencias Elizabeth Acosta Mendía. El prólogo estuvo a cargo del doctor Miguel León Portilla, una autoridad en el conocimiento de la historia bajacaliforniana.

Vestigios es la crónica de un recorrido a pie que realizó Carlos en compañía de dos amigos, desde Cabo San Lucas hasta la ciudad de San Diego, California. A través de 2,400 kilómetros, caminando por las antiguas rutas que otrora transitaron los primeros exploradores españoles y posteriormente los misioneros jesuitas, Carlos hace un relato pormenorizado de los lugares por donde pasaron, las dificultades que tuvieron que sortear, la cordialidad de los rancheros y personas de los pueblos, así como  las maravillas del desierto peninsular.

Aunque el recorrido lo efectuaron en el año de 1989, el texto es de actualidad porque muchos de los aspectos geográficos no han cambiado y en ellos está inmersa la historia cautivante de la Baja California. Son las rutas que siguieron Isidro de Atondo y Antillón, en 1684; Francisco María Píccolo, en 1716; Clemente Guillén en 1720; Ignacio María Nápoli, en 1721; Fernando Consag, en 1751 y Wenceslao Linck, en 1766. Los cinco últimos misioneros jesuitas. También tomaron en cuenta las exploraciones de Fernando Rivera y Moncada, en 1769 y las de Joaquín de Arrillaga, en 1796.

Ellos, en su afán de descubrir y encontrar lugares apropiados para fundar misiones, con excepción del último,  llegaron hasta los límites de la península al sur y al norte, y recorrieron parte de sus costas hasta la altura del río Colorado. Los diarios que escribieron de sus recorridos y descubrimientos son los que utilizaron Carlos y sus amigos para su caminata de 148 días en ese año de 1989.

A propósito, en el año 2000 Carlos escribió un libro titulado “La primera Entrada” en el que incluye los diarios de estos exploradores,  documentos muy útiles para valorar el recorrido que realizaron hace 26 años. Los diarios, que se encuentran dispersos en archivos y bibliotecas, fueron concentrados en este libro, lo que habla muy bien de este historiador ensenadense.

Vestigios de la Antigua California es un reencuentro con el pasado de esta tierra. Independientemente de sus crónicas, llama la atención las numerosas fotografías que fue tomando al través del recorrido—son un poco más de cuarenta, que aparte de hacer más atractiva la narración, solaza a quien las contempla porque son reflejos de las bellezas incomparables de esta región de México.

Habrá oportunidad de adquirir este libro de Carlos Lazcano cuando lo presenten en esta ciudad. Estoy seguro que tendrá el reconocimiento de todos aquellos que, interesados en conocer nuestra historia, encontrarán en esta obra una parte importante de la Antigua California.

Ya lo dijo el autor en la introducción:”En buena parte la caminata fue nuestro refugio; salimos de nuestra realidad cotidiana y nos introdujimos en un presente,  una geografía y una historia que nos cautivó. Descubrimos un mundo tan ajeno al nuestro, pero tan fascinante que nos unía más a las raíces de esta tierra. Después de la caminata sabía que ya nunca volvería a ver igual a  mi tierra, a Baja California…”.

Octubre 24 de 2015.

lunes, 26 de octubre de 2015

Murcia y la misión de La Purísima

Fotografía del rostro de La Purísima Concepción.
Dice Antonio Botías en su libro “Murcia, secretos y leyendas” que en el año de 1931 la iglesia dedicada a la virgen de la Purísima Concepción fue consumida por el fuego. “Los querubines que la rodeaban, como si imploraran clemencia, abrazaban sus divinos pies, aunque la algarabía de gritos y maldiciones impedían escuchar sus voces diminutas y cristalinas. Solo el dragón que a uno de ellos hería, henchido de gozo, esbozó una mueca de victoria antes de convertirse en cenizas. Fue cuando Murcia perdió su más preciado tesoro”.

Aquí en la Baja California, en la época de los misioneros jesuitas, fue fundada la misión de la Purísima Concepción en el año de 1720 por el padre Nicolás Tamaral. Cuando se construyó la iglesia, en el altar mayor se colocó una imagen de talla de la virgen, como de 1.60 centímetros de alto con su base de material. Al menos así está escrito en el inventario que fray Francisco Palou entregó a su sucesor, el fraile dominico Vicente de la Mora, en 1773.

Algunos investigadores dicen que la iglesia quedó casi destruida por la creciente del arroyo que pasaba cerca de la misión y que ya para los primeros años del siglo pasado se encontraba en ruinas. Así es como se observa en una fotografía tomada por Aurelio de Vivanco, en 1924.

A la fecha no es posible determinar el lugar donde estaba la misión y que fin tuvo la escultura de la virgen de la Purísima Concepción. En la actualidad, la iglesia del pueblo de La Purísima resguarda una imagen de ella que se cree corresponde a la época colonial.

En la ciudad de Murcia, España, sus habitantes expresaron su pesar por la pérdida de su protectora. La talla, obra del escultor Francisco Salzillo, por su perfección, era comparable a las mejores de su época. Pero lo peor era que no se tenía una visión clara de la fisonomía de la virgen.

Seis meses después, tras una intensa búsqueda, se localizaron dos fotografías de la madona, una de cuerpo entero y la otra de su rostro. Con esas fotografías fue posible reconstruir la talla y colocarla en una nueva parroquia que lleva ese nombre Parroquia de la Purísima Concepción, inaugurada en 1964.
                                                                       
Esta virgen es la patrona del país de Nicaragua. En el año de 1562, don Lorenzo de Cepeda salió de España rumbo al nuevo reino de Perú, pero el mal tiempo obligó a la embarcación a buscar refugio en un puerto de la costa de ese país centroamericano. Don Lorenzo llevaba consigo una escultura de la virgen, pero debido a la humedad del lugar se trasladó a la población de El Viejo que fue donde quedó definitivamente la talla. Con el paso de los años la veneración de la virgen fue en ascenso hasta convertirse en el símbolo religioso de los nicaragüenses.

Tanto en ese país como en el pueblo de La Purísima cada 8 de diciembre se realizan las festividades en honor de la Purísima Concepción. Pero allá, como tienen a su virgen en escultura, la llevan en procesión, en medio del tradicional “griterío” y la famosa “gorra”.

Los creyentes salen y gritan frente a las casas: “ ¿Quién causa tanta alegría? Y les responden: “¡Concepción de María! Y a los gritones les ofrecen la gorra o sea un brindis consistente en dulces típicos, frutas, chicha de maíz, arroz en leche, cajetas de coco, etc.

Cuando, en no tan lejano día, los purismeños tengan su imagen de talla de la Purísima Concepción, habrá que gritar: ¿Quién causa tanta alegría?, y nos obsequiarán con dátiles, queso de cabra, frutas en conserva, puñados de aceitunas y otros regalos propios de ese inolvidable pueblo de origen jesuita.

Octubre 22 de 2015.

domingo, 18 de octubre de 2015

La ladrona de libros

Con motivo de su cumpleaños le regalé a mi hija Marta Patricia el libro “La ladrona de libros” que después lo reprodujeron en película. En su tiempo —hará unos  siete años— fue un éxito de librería y creo que hasta la fecha.

Es el relato de una niña de escasos ocho años que se introduce en la casa del alcalde cuando no hay nadie y se apodera de libros que después lee en compañía de un refugiado judío. Fue en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y la persecución de los judíos era incesante. La niña, Liesel Meminger, adoptada por la familia con la que vivía, después de un bombardeo queda abandonada y la esposa del alcalde le da su protección.

Me viene el recuerdo —guardada toda proporción— ahora que apareció la noticia de que una escuela preparatoria del municipio de Los Cabos tiró a la basura una cantidad apreciable de libros diversos, mismos que formaban parte de la biblioteca de esa institución. Los motivos se ignoran pero el hecho es a todas luces reprobable.

Aquí en La Paz sucedió algo parecido, en una institución educativa superior. Nomás que la explicación que se dio fue la de haberlos donado a otras bibliotecas. Lo cierto es  que un amigo mío, que había entregado para su resguardo varios de esos libros, protestó enérgicamente ante tal descabellada decisión.

El desprecio por los libros no es nuevo. Desde la época de la Inquisición, allá por el siglo XVI, la iglesia elaboró un índice, el Index Librorum Prohibitorum, de los textos que no debían leerse por ir en contra de los principios cristianos. Y a través de los años ese Índice les dio palo —los quemó— a los libros del Talmud, de astrología, los de Martín Lutero y vaya hasta los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola, y no digamos los de Maquiavelo, Dante, Rabelais y Tomás Moro. Y en el colmo de la persecución hasta Fray Luis de León quien estuvo preso cuatro años, por desacato a la Iglesia.

Pero la Iglesia no era la única que cantaba mal las rancheras. En el inicio del nacional socialismo de Hitler, en la tercera década del siglo pasado,  el ministro de propaganda del partido nazi, Joseph Goebbels, ordenó el saqueo de bibliotecas y librerías y en desfile con antorchas —fue en la noche del 1.º de mayo de 1933— arrojaron a la hoguera más de 25,000 libros. Entre ellos estaba los de Albert Einstein, Sigmund Freud, Jack London, Ernest Hemingway, Lewis Sinclair y hasta los de Hellen Keller, la escritora norteamericana que superó sus deficiencia de la sordera y la ceguera.

Dicen los bien informados que cuando Goebbels oía hablar de cultura sacaba la pistola. Lo cierto que en esos años de la Segunda Guerra Mundial, los únicos textos permitidos en Alemania eran los dedicados al nazismo. Vaya usted a creer.

Y mire lo que son las cosas. Un día cualquiera, mi bisnieta Frida Yucari recogió unos libros que una persona ignorante arrojó a la basura. Me enseñó  algunos y cuál no sería mi sorpresa cuando me di cuenta que formaban parte de una colección de grandes biografías editada por W. M Jackson, en 1954. De esa colección, valiosa en sí misma, conservo seis que compré hace muchos años a la estimada amiga Consuelo Montes López.

Los libros, como portadores del conocimiento universal, no se tiran a la basura. Lo mejor es regalarlos a los alumnos que se interesen por ellos, o donarlos a otra institución que los necesite. Pero deshacerse de los libros así como así, merece la repulsa de la sociedad.

Octubre 16 de 2105.