Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Los viejos recuerdos

Ayer, en las afueras de un banco de nuestra ciudad, saludé al buen amigo Ramón Silva López, más conocido como el “negro Silva”, y como siempre, me obsequió unas cuartillas impresas dedicadas a La Paz de los años cincuenta del siglo pasado. Le di las gracias y me retiré pensando en lo feliz que fue en su niñez y juventud de esa época, lo suficiente para recordarla.

En una ocasión anterior, cuando se presentaron los libros de Braulio Maldonado en el Instituto Tecnológico de San José del Cabo, una estudiante refiriéndose al titulado “Qué bonito era mi pueblo” le preguntó a la presentadora: “¿Cuál es la importancia de recordar cosas del pasado, sobre todo para nosotros que estamos viviendo el presente?”

Al escuchar la pregunta de pronto recordé a otros autores que han escrito libros sobre el pasado de nuestros pueblos entre ellos Lorella Castorena Davis, Rosa María Mendoza, Amelia Wilkes, Estela Davis, Edith González Cruz, Ignacio Rivas Hernández y Francisco Altable. Algunos de ellos, los autores, como testigos de ese pasado o como admiradores de esos tiempos, han recreado las costumbres y tradiciones de esas épocas con el solo propósito de evitar el olvido y cimentar de esa manera el recuerdo de lo que antaño fue la vida de esas comunidades.

En el caso de Ramón, periodista, compositor de canciones y una actitud de rebeldía que lo ha acompañado la mayor parte de su vida, tiene el don de recordar como si fuera ayer, los acontecimientos del pasado de nuestra ciudad de La Paz y de las personas que de una u otra manera han participado en su desarrollo. Pero también ha tenido el cuidado de registrar esos recuerdos a través de artículos periodísticos, de cuartillas impresas y la grabación de casetes que amigos de él guardan como un tesoro invaluable.

Y respecto al libro “Qué bonito era mi pueblo” refiriéndose a San José del Cabo, describe una época de mediados del siglo pasado con aire de nostalgia, como deseando que el tiempo se hubiera detenido y no hubiera sufrido los cambios naturales de su progreso. Pero al recordar esa época la intención es transmitir esos conocimientos a las generaciones actuales como un antecedente de cómo se transforman los pueblos conforme a las necesidades que se van presentando. Y de una evolución constante generada por los habitantes que da por resultado mejores condiciones de vida.

Así ha sucedido con todas las comunidades sudcalifornianas y la historia regional nos habla de ello. De la fundación de misiones jesuitas se formaron pueblos como Loreto, Mulegé, San Ignacio, Comondú, La Purísima y San José del Cabo. Y poco a poco fueron transformándose por iniciativa de sus habitantes. O de otros, como Cabo San Lucas y Ciudad Constitución que gracias al turismo y a la agricultura han formado pueblos de pujante progreso. Pero todos tienen su pasado. Un pasado que como sustento de la identidad y del orgullo debe conocerse.

Es por eso de la importancia de recrear las épocas de antaño. No con el afán de envidiarlas o volverlas a vivir, sino como parte de un proceso social que conociéndolo permite seguir avanzando en el presente. Creo que esas son las intenciones de todos los que se han referido a los pueblos de Baja California Sur.

Los autores de la obra “Historia cultural e imágenes de San José del Cabo”, aparecida en el 2013, nos dan la justificación: “La historia que se avecina, en apariencia avasallada por el mega-desarrollo turístico y el tráfico inmobiliario, tiene en la memoria del horizonte josefino una nítida apelación de futuro: la elemental enseñanza de que mientras el sentido de la comunidad permanezca como cultura viva, como palabra legada y recibida, la tradición prevalecerá como el espacio tras el que se orientan las dignidades del pasado y el porvenir”.

Noviembre 01 de 2017. 

jueves, 26 de octubre de 2017

Una salvación oportuna

Como siempre lo hace, la maestra Elizabeth Acosta Mendía, directora del Archivo Histórico Pablo L. Martínez, me obsequió el libro “Indios, soldados y rancheros” del doctor en historia Mario Alberto Magaña Mancillas. Es un texto de 671 páginas, con abundantes fotografías y gráficas.

Cuando el autor se refiere a los indios que habitaron la región norte de la península, --kumiai, paipai, kiliwas, yumas y cucapás— hace un recuento de sus características antropológicas y etnográficas y las regiones que ocuparon a mediados del siglo XVIII. Con respecto a los primeros describe las continuas rebeliones en contra de los propietarios de ranchos y de los pueblos de misión, encabezados por tres indígenas conocidos como Martín, Cartucho y Pedro Pablo.

En 1837, luego de incendiar varios ranchos y asesinar a gente inocente, se dirigieron a San Diego con la intención de hacer lo mismo, con el pretexto de restituir a los indios las tierras que les habían sido arrebatadas por los blancos y mestizos, conocidos como “gentes de razón”.

Para tener éxito en el ataque, convencieron a varios indios radicados en San Diego para que les informaran las condiciones de seguridad del puerto y los soldados que lo resguardaban. Pero fueron descubiertos y fusilados. Al mismo tiempo los pobladores solicitaron con urgencia la ayuda de un destacamento militar que se encontraba acantonado en la misión de San Vicente Ferrer, al mando del capitán Macedonio González.

Al recibir el llamado de socorro, en marchas forzadas llegaron a tiempo para defender el pueblo de los indios rebeldes. Pero éstos, al ver frustradas sus intenciones, huyeron y se refugiaron en la sierra de Jacumé donde le hicieron frente a las tropas de González. Y como conocían muy bien esa zona montañosa, prepararon una emboscada en un barranco donde pasarían las fuerzas que los perseguían.

Desde lo alto de la cañada los recibieron a flechazos y piedras, a tal grado que causaron serías bajas entre soldados y de indios leales que los acompañaban. Desesperados trataron de retirarse del lugar, pero los indios con piedras habían obstruido la salida. Y cuando ya era inminente la derrota y el sacrificio de todos ellos, se oyó de pronto, un grito pronunciado por cientos de voces que decían “Jatñil, Jatñil”.

Eran 200 guerreros al mando del cacique Jatñil, quienes enterados de la rebelión de los kumiai y su intento de destruir el presidio y la misión de San Diego, acudieron en ayuda desde el valle de Guadalupe. Con ese refuerzo, los rebeldes tuvieron que abandonar la lucha y refugiarse en lo más intrincado de la sierra.

Agustín Janssen, quien acompañaba a los soldados de Macedonio González, dijo en esa ocasión: “Si no hubiera sido por esta ayuda, más de la mitad de nosotros hubiera caído como víctimas. Jatñil, el pagano, después de Dios, fue nuestra salvación”.

Por supuesto, Martín, Cartucho y Pedro Pablo continuaron cometiendo tropelías en toda esa región del norte de la península. Macedonio, por su parte continúo al servicio de las armas hasta su muerte acaecida en San Diego. Murió pobre y decepcionado de las autoridades de esa época a pesar de lo mucho que aportó para la paz de esa región.

Por su parte Cartucho y Pedro Pablo al fin fueron capturados y fusilados, poniendo fin a las rebeliones indígenas de esa región central de las Californias. No así los yumas que todavía en 1781 se rebelaron contra las fuerzas españolas, realizando una masacre en las dos misiones establecidas a las orillas del río Colorado.

Octubre 26 de 2017

jueves, 19 de octubre de 2017

Sebastián Taraval, indio cochimí

Cuando el fraile franciscano Junípero Serra se dirigió al norte de la Baja California, en 1769, a fin de fundar misiones en toda esa región perteneciente hoy a los Estados Unidos llevó consigo, además de soldados de cuera, un grupo de indios cochimís con el fin de que ayudaran en los sitios donde se iban a establecer los presidios y los centros religiosos.

En ese grupo iba un indio joven acompañado de su esposa y un hermano, procedentes de la misión de Santa Gertrudis. Bautizado por el padre Retz le pusieron por nombre Sebastián Taraval, en recuerdo quizás de Sigismundo Taraval, un jesuita que estuvo en las misiones de la Purísima y Todos Santos.

En la Alta California lo destinaron a la misión de San Gabriel, una de las primeras que se establecieron en la región y también una que pasó muchas necesidades antes de contar con sus propios medios de subsistencia. La escasa alimentación, la vida insalubre en sus jacales y el rigorismo de los soldados que por motivos baladíes castigaban severamente a los indios fueron causa de que varios de ellos huyeran de la misión. Uno de ellos fue Sebastián.

Junto con su esposa y su hermano se dirigieron al este, a las montañas, tratando de evitar los caminos trillados de la costa. Pasaron muchas dificultades, sobre todo cuando bajaron al desierto y carecieron de agua y de comida. Sus acompañantes murieron, pero él continuó huyendo hasta llegar, cuando ya estaba al borde de la muerte, a una ranchería indígena que le dio socorro a la vez que le pidieron explicaciones sobre su presencia en ese lugar.

Repuesto un poco de sus males, Sebastián continuó su camino hasta llegar a los dominios de los indios Yumas, una ranchería localizada en la confluencia de los ríos Colorado y Gila, y de la cual el cacique era Salvador Palma. Éste, al conocer los motivos de Taraval, le aconsejó que llegara hasta el presidio de Tubac donde se encontraba el capitán español Juan Bautista Anza.

Por coincidencia, Anza estaba organizando una expedición, con el fin de abrir una ruta terrestre desde Sonora hasta la Alta California y el conocimiento que tenía Sebastián le iba a servir como guía. Fue en el año de 1774 cuando la comitiva de Anza —soldados, indios amigos, víveres y bestias de carga— iniciaron esa larga y peligrosa travesía. Salvador Palma, amigo de los españoles, ordenó que un grupo de sus indios los acompañaran hasta las cercanías de las montañas, entre las que se destacaba La Rumorosa.

De allí continuaron su travesía, siempre en busca de agua y forraje para sus animales.

Pero el desconocimiento de la región y el malestar de los expedicionarios casi dieron al traste con su aventura. Cuando se enfrentaron a lo inaccesible de la sierra y estaban a punto de abandonar la empresa, un grito de Sebastián los detuvo: “¡Esperen, esperen, yo conozco un atajo que nos llevará a un lugar donde hay pasto y agua!

Se trataba de la ranchería que le había dado cobijo cuando casi se moría de inanición. En efecto, al cabo de varias horas llegaron al lugar, donde los indios los recibieron sin hostilidades y reconocieron a Sebastián cuando estuvo con ellos. Fue en ese momento cuando el capitán Anza reconoció la gran ayuda que el indígena los proporcionó, y en agradecimiento a ese paraje le dio el nombre de “Ciénaga San Sebastián, el peregrino”

Los siguientes días continuaron su camino, atravesando valles y llanuras a un costado de la sierra Nevada, hasta que a finales de marzo llegaron a la misión de San Gabriel. Taraval acompañó al padre Francisco Garcés en varias expediciones al norte de la Alta California y meses después regresó a Sonora.

Dicen algunos historiadores que Sebastián estaba en una de las misiones fundadas en las márgenes del río Colorado cuando los indios yumas encabezados por Salvador Palma destruyeron las dos misiones y mataron a los padres que las atendían. Ahí también murió el capitán Fernando Javier de Rivera y Moncada, un personaje de la historia de esos tiempos. Vale la pena recordar los hechos de esa rebelión.

Se cree que Sebastián Taraval murió en esa masacre del mes de julio de 1781, pero no hay constancia de ello. Más bien es probable que haya regresado a la Baja California, a su tierra de origen. Como quiera que haya sido, no cabe duda que fue un indígena cochimí que fue reconocido por los pobladores de la Alta California.

Octubre 19 de 2017.

lunes, 16 de octubre de 2017

Una propuesta equivocada

Ignoro qué argumentos justificativos presentó el licenciado Gabriel Salvador Fonseca Verdugo, cronista municipal del XII Ayuntamiento de Los Cabos, para proponer que dentro de la nomenclatura de la delegación de Santiago (sic) se incluyeran los nombres de Cristóbal Chicori, Cristóbal Abué y Domingo Salvador Cunuam, líderes pericúes de esa región.

La dicha propuesta la presentó al Consejo de Nomenclaturas y Monumentos y éste lo aprobó el dos de septiembre pasado. Además de otros nombres también se propuso a los padres jesuitas Lorenzo Carranco, Nicolás Tamaral y cinco más.

Desde luego, distinguir a los misioneros en las calles de Santiago merece nuestra aprobación. No así la de los líderes indígenas ya que estos fueron los causantes directos del asesinato de los padres Nicolás Tamaral de la misión de San José del Cabo y de Lorenzo Carranco, de Santiago.

En la historia de Baja California se describe como fue la rebelión de los indígenas pericúes en el sur de la entidad y de cómo, con inaudita saña, dieron muerte a los padres y parte de soldados y neófitos. Los cronistas de esa época, Miguel Venegas, Francisco Javier Clavijero y Sigismundo Taraval narran los sucesos y lo mismo lo han hecho historiadores contemporáneos como Pablo L. Martínez, Ignacio del Río y Salvador Bernabeu Albert.

Los líderes indígenas Cristóbal Chicori, Cristóbal Abue y Domingo Salvador Canuam, mejor conocido como Boton, fueron los causantes directos de una revuelta que tenía como propósito destruir las misiones de toda la Baja California y cobrar venganza contra los padres jesuitas. Pero solo pudieron destruir las misiones de Santiago, San José del Cabo, Todos Santos y La Paz. El padre Taraval, radicado en Todos Santos, se salvó y refugió en la misión de Los Dolores. En La Paz afortunadamente no había misionero.

Ante la gravedad de la situación los jesuitas solicitaron la ayuda del gobierno a fin de sofocar la rebelión y solo así se pudieron evitar mayores daños. Chicori, Boton y Abue fueron juzgados y según algunos historiadores sentenciados a la pena capital. Con ellos muchos de sus partidarios también fueron castigados.

No hay justificación ni perdón. Por más que se trate de explicar los motivos que los llevaron al asesinato de los padres Carranco y Tamaral, lo cierto es que los grupos de sublevados actuaron con alevosía ante dos representantes de la iglesia que solo buscaban, con el auxilio de Dios. El bienestar de sus feligreses. Y este hecho sangriento invalida cualquier intento de reconocimiento a personas que, como ellos, tienen el estigma de asesinos.

Por eso, creo que la del cronista de Los Cabos, fue una propuesta equivocada. Como lo es también el Consejo de Nomenclatura y Monumentos que no interpretó el contenido del Reglamento alusivo que supuestamente determina que los nombres de calles y colonias deben ser de personajes que se han distinguido por hechos heroicos o que han ofrecido sus mejores esfuerzos para el bienestar de la sociedad en que se desenvuelven.

Lo delicado del asunto es que el propio Cabildo aprobó la propuesta de nomenclatura oficial de la Delegación de Santiago (sic), por unanimidad de votos y giró instrucciones para que el citado acuerdo  se notificara a las diferentes dependencias para su conocimiento y efectos.

Aunque el Acuerdo ya fue turnado al gobierno del estado para su publicación en el Boletín Oficial, creemos que aún es tiempo de rectificar, porque no es posible que en un pueblo como Santiago se ufane de tener en sus calles los nombres de victimarios y lo peor, al lado de sus víctimas. Solo falta que llevados de su ignorancia, veamos dentro de poco monumentos edificados a su memoria. Lo cual sería el colmo.

Octubre 14 de 2017.

jueves, 12 de octubre de 2017

Una lamentable pérdida

Ayer, los medios informativos dieron una triste noticia: un incendio generado en el edificio que ocupa la Dirección Municipal de Cultura y donde también estaba el archivo general en la planta baja, acabó con gran parte del acervo documental que ahí se resguardaba.

El archivo tenía bajo su protección y conservación la documentación de las administraciones de los ayuntamientos de los últimos quince años y unos cuantos de los gobiernos de Adán Ruffo Velarde y Leonel Cota Montaño. De las administraciones anteriores no existen documentos, pues es del dominio público que se destruyeron o fueron a dar al basurero.

Y fue precisamente por este descuido que en el año de 2007 se creó el Archivo General Municipal, con el exclusivo fin de resguardar toda la documentación generada por las administraciones municipales. A partir de ese año se comenzó a inventariar los expedientes y clasificarlos conforme a las dependencias que los expidieron.

Nomás que el local proporcionado por el ayuntamiento no era de su propiedad sino que pertenecía al gobierno del estado. Fue por eso que en el periodo de gobierno de Estela Ponce Beltrán, el edificio fue requerido por las autoridades estatales y no hubo más remedio que desalojarlo. Lo malo es que se hizo con premura, por lo que los documentos ya clasificados fueron amontonados sin ton ni son y trasladados a la planta baja del local ocupado por la Dirección Municipal de Cultura.

En varias ocasiones visité el archivo en busca de información y me di cuenta que solamente una secretaria y el encargado lo atendían. Personal insuficiente para proseguir la clasificación y valoración de los documentos. Y claro, el ordenamiento de las cajas con expedientes estaba retrasado.

Pero aun así, las condiciones del inmueble no eran las apropiadas para la seguridad de los documentos, dado lo reducido de los dos espacios que ocupaban. Como persona interesada, insistí ante funcionarios del ayuntamiento que era necesario encontrar un local más adecuado, incluso construir uno para uso exclusivo de ese repositorio. Pero dadas las carencias financieras eso no ha sido posible.

Ahora, ante lo irremediable, es necesario saber cuántos expedientes desaparecieron y a que ayuntamientos correspondían y levantar el inventario de los que se conservan. Esto con el fin de informar a los funcionarios municipales y a los investigadores que asisten a ese centro cultural.

Fue el 20 de abril de 2007 cuando el boletín oficial del gobierno del estado publicó el acuerdo que creaba el Archivo General Municipal de La Paz, como encargado de la recepción, conservación, clasificación y depuración documental de las áreas y dependencias municipales. Además, la concentración de leyes, reglamentos, actas de cabildo y demás publicaciones inherentes al municipio de La Paz y del estado de Baja California Sur.

Me tocó en suerte ser el promotor y fundador del Archivo General del municipio de La Paz. De sortear muchas dificultades hasta lograr que el municipio tuviera un lugar donde se conservaran las acciones más relevantes de las administraciones pasadas y que esas acciones pudieran ser conocidas por los estudiantes e investigadores los que a  su vez las divulgarían a través de sus publicaciones.

Ahora, con la amarga experiencia de la pérdida de importantes documentos, hay que volver a insistir sobre la necesidad de contar con un local apropiado y seguro para el Archivo. La historia de La Paz y sus pueblos lo merecen. Para la memoria de nuestro pasado, vale la pena.

Octubre 12 de 2017.

martes, 3 de octubre de 2017

Octubre, la rebelión de los californios

Ayer saludé al buen amigo Eligio Moisés Coronado en un centro comercial que ofrece baratas todos los martes. No sé qué compró, pero mi esposa apañó verduras y frutas para toda la semana. Y platicando con él me acordé que el día tres el padre jesuita Nicolás Tamaral, misionero de Santiago, murió a manos de un grupo de indios pericús sublevados.

Dos días antes, el primero, los indios habían asesinado al padre Lorenzo Carranco y destruyeron la misión de San José del Cabo. Los cronistas de esa época describen esos hechos sangrientos, pero quien dio los detalles de esa rebelión fue el padre Sigismundo Taraval quien en ese año de 1734 estaba encargado de la misión de Todos Santos.

Taraval es autor de una especie de diario o crónica en el que relata la sublevación indígena que tuvo lugar en el sur de la península y de la campaña militar posterior que puso fin a la revuelta. Desde luego, los principales amotinados —Boton y Chicori— fueron castigados y con ellos muchos de sus secuaces.

Por cierto se tenía conocimiento de ese diario desde el año de 1931, cuando fue traducido al inglés, pero en español no se conocía. No fue sino hasta el año de 1996, cuando gracias al interés de Moisés Coronado, ese testimonio fue publicado en forma de libro por la editorial Doce Calles, de Madrid, España. Y el título que se le puso fue “La rebelión de los Californios”, con una presentación del doctor Salvador Bernabeu Albert y un índice onomástico y de topónimos.

El historiador español dice del diario de Taraval lo siguiente: “En el afán de encontrar la huella providencial y para dar a conocer los dramáticos sucesos ocurridos en la península, Taraval relata minuciosamente los acontecimientos hasta llegar a aturdir al lector. Lo hace en primera persona, como protagonista activo de los sucesos, haciendo gala de una prodigiosa memoria y dando un sesgo autobiográfico a la crónica. Cuando no ha sido testigo de algún episodio que considera importante, no duda en acudir a otros informadores en busca de la verdad, lo que amplía el valor de la narración para los historiadores de la península californiana y, en especial de los sudcalifornianos, quienes encontrarán datos importantísimos para sus quehaceres…”.

Lo sucedido en el martirio de los misioneros Carranco y Tamaral ha dado lugar a varias interpretaciones, Una de ellas es el fracaso de la evangelización de los indígenas, que a 37 años de haberse iniciado por el padre Juan María de Salvatierra, no había logrado permear en las conciencias y en las costumbres de los californios. Ignacio del Río señala “que esa rebelión fue una especie de parteaguas en la historia de las misiones jesuitas de la península, pues a partir de entonces la visión del indio y del proyecto evangelizador bajacaliforniano entró en crisis”. Y sigue diciendo “esta rebelión representa un momento de ruptura, un momento en que entran en crisis las estructuras institucionales de la conquista jesuítica y, en general, el sistema de relación hispano-indígena”

En el caso particular de los pericús, varios historiadores atribuyen los motivos que los llevó a la rebelión a que no quedaron conformes con tomar en matrimonio a una sola mujer como era su deber y como lo habían aceptado, y por la otra por haberles exigido a vivir de acuerdo a las normas de conducta ajenas a ellos, y también por las continuas reprimendas y castigos, entre los cuales se encontraban los azotes.

La rebelión tuvo un impacto global, pues se creyó que la mayoría de las etnias distribuidas en toda la península se sumarían y por ello cundió la alarma en todas las misiones. Y es que los insurrectos, además de asesinar a los dos misioneros, soldados y sirvientes, destruyeron las iglesias de San José del Cabo, Santiago, Todos Santos y La Paz. No lograron apresar al padre Taraval, pues éste avisado a tiempo, escapó junto con sus feligreses hasta llegar a la misión de Los Dolores.


Octubre 03 de 2017.

lunes, 25 de septiembre de 2017

De los viajes y los libros

El jueves pasado por la tarde visité el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Los Cabos. Fue con motivo de la presentación de tres libros editados por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura y en ocasión del Tercer Foro Literario llevado a cabo por esa institución educativa.

Acompañado de América Pineda, coordinadora de Fomento Editorial del ISC y dos de sus colaboradoras, Karla y Ariana, además del profesor Jesús Murillo Aguilar, llegamos como quien dice rayando el potro, pues la hora de la presentación era a las seis de la tarde y eran las cinco y media cuando descendimos del vehículo.

Fue en el auditorio de la escuela donde se presentaron los libros “Los sudcalifornianos ilustres de la Rotonda” de mi autoría, “Qué bonito era mi pueblo” y “La revolución de los Pueblos”, los dos del licenciado Braulio Maldonado Sández.

En esa ocasión hablé sobre los personajes cuyos restos descansan en la Rotonda de los Sudcalifornianos Ilustres de la ciudad de La Paz y esbocé brevemente sus méritos. Al lado de la maestra Rosaura Zapata se encuentran los generales Manuel Márquez de León y Agustín Olachea Avilés; los maestros Jesús Castro Agúndez y Domingo Carballo Félix, el revolucionario Ildefonso Green Ceseña y el historiador Pablo L. Martínez.

En su momento, Jesús Murillo Aguilar, autor de la biografía del maestro Castro Agúndez, hizo una amplia exposición de la vida y la obra de este personaje originario de San José del Cabo, resaltando sus distintos cargos que ocupó en la SEP., en la función pública como senador de la república y como escritor.

Domingo Valentín Castro Burgoin, moderador del evento y uno de los organizadores, resaltó la importancia del libro que conlleva afirmar las raíces de los sudcalifornianos en una época en que la sociedad se ve inmersa en influjos de otras culturas.

Después se presentaron los libros de Braulio Maldonado. Los que estuvieron a cargo de la exposición —Aja Carballo y Diana Osiris Mendívil— , coincidieron en avalar la calidad literaria del autor y resumieron el contenido de las dos obras, mismas que fueron reeditadas por el ISC. El primero, “Qué bonito era mi pueblo” es una reminiscencia de San José del Cabo de hace más de cincuenta años, de las costumbres y medios de vida que tenían los pobladores de esa población y de cómo, a través de los años se ha ido transformando, en olvido de lo que fue en el pasado. Por su parte, Aja Carballo hizo un resumen de los capítulos en que se divide la obra “La revolución de los pueblos” haciendo énfasis en la profundidad de conceptos sobre la vida, el alma humana, la revolución social y otros temas de por suyo interesantes.

Braulio Maldonado fue un destacado político y luchador social que ocupo los cargos de diputado federal de los territorios del sur del norte de la Baja California y posteriormente fue gobernador del naciente estado de Baja California, en 1952.

Me llamó la atención la presencia de numerosos estudiantes y maestros y autoridades de la citada institución, además de varias personas invitadas, entre ellas la maestra María Faustina Wilkes Ritchie, la que por cierto arrancó el aplauso cuando dijo que siendo alumna de la Escuela Normal Urbana hizo sus prácticas intensas en el grupo de primaria que yo tenía a mi cargo. Ha llovido desde entonces.

Al final del evento, se hizo hincapié en lo positivo que resultan los foros literarios, sobre todo porque ofrecen la oportunidad a los estudiantes de entrever lo que sucede a su alrededor, donde la cultura sudcaliforniana insiste en conservar lo nuestro y, en este caso particular, en la edición de libros dedicados a la historia de nuestra entidad.


Desde luego, nos congratulamos de haber participado en este foro organizado por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Los Cabos.                                                                         

Septiembre 25 de 2017. 

jueves, 17 de agosto de 2017

Miguel Mathes, el historiador

Miguel Mathes
El día 13 de este mes de agosto se cumplen cinco años de la muerte de Michael W. Mathes, un historiador norteamericano que dedicó gran parte de sus investigaciones al conocimiento del pasado bajacaliforniano. Autor de 24 libros y más de cincuenta artículos publicados en diversas revistas, entre ellas Calafia, de la Universidad Autónoma de Baja California, fueron dedicados a la geografía, misiones y  documentos históricos de esta región de México.

Fue un enamorado de nuestra tierra y de nuestro país. Por eso, cuando el gobierno de la república lo galardonó con la Orden del Águila Azteca, en su discurso de aceptación dijo, entre otras cosas: “Mis estrechos vínculos con México se remontan a mi infancia cuando hice mis primeros viajes a este país. Fueron largas travesías desde la Alta a la Baja California, en medio de paisajes otrora transitados por los personajes que después habría de estudiar con tanto gusto y pasión… Señoras y señores: Me niego a ser cómplice de quienes no ven a los mexicanos como verdaderos amigos, aun cuando sean de mi misma nacionalidad son mercaderes de la mayor repulsa. Yo pertenezco a esa clase de estadounidenses que respetan a México y lo quieren por lo que ha sido y por lo que es, con la seguridad de que los actuales contratiempos no lograrán impedirle que alcance el destino que se merece… Hoy me siento más mexicano que nunca y asumo el compromiso de no defraudar a quienes me han considerado merecedor de esta muestra de confianza y distinción…”.

Miguel Mathes fue un investigador infatigable quien durante 40 años fue adquiriendo libros hasta tener en su biblioteca un poco más de 45 mil ejemplares, mismos que en el año de 1995 donó al Colegio de Jalisco. Ahora, la biblioteca Mathes en Zapopan, Jalisco, conserva el principal acervo documental sobre el noroeste de la república.

Aquí, en nuestra ciudad, los libros más conocidos de Mathes son “Las misiones de Baja California” una edición en español y en inglés; “Sebastián Vizcaino y la expansión española en el Océano Pacífico” y “Baja California, textos de su historia” en dos tomos en el que fue su compilador.

En sus primeros años como investigador, pasó muchos meses en el Archivo General de Indias, en Sevilla, paleografiando y microfilmando infinidad de documentos relacionados con la historia, colonización y el comercio de Baja California, información que después apareció en nueve volúmenes con el título de las Californianas. A propósito de estos libros, el historiador Gabriel Gómez Padilla dice que gracias al contenido de Californianas III, poco o nada se sabría sobre la expedición de Isidro de Atondo y Antillón y Eusebio Francisco Kino a la península.

En uno de mis últimos libros que lleva por título “Pasado y Presente de la Antigua California” (2016)  aparece una crónica dedicada a Miguel Mathes, con motivo de su desaparición física. Al final de la misma escribí: “el día 29 de este mes (agosto) la señora Carmen Boone Canovas me dio la noticia. Murió apaciblemente soñando, dice doña Carmen, en las tareas pendientes por realizar. Los bajacalifornianos y en especial los del sur, le debemos un reconocimiento a su obra”.

Lo menos que pudiera hacerse es organizar un ciclo de conferencias donde se resalte la obra de Mathes o bien editar un texto con sus artículos más interesantes que publicó la revista Calafia. Y que el Instituto Sudcaliforniano de Cultura adquiera los nueve volúmenes de las Californianas para ponerlos al servicio de los investigadores locales.


Agosto 17 de 2017.

domingo, 30 de julio de 2017

San Bartolo y las tilapias

El pasado domingo viajé con mi esposa y dos de mis hijos al cercano pueblo de San Bartolo, lugar que se encuentra a escasa una hora de la ciudad de La Paz, por la carretera de la costa del golfo de California. Fue con motivo de una invitación para saborear un delicioso menudo acompañado de tortillas de harina y café de talega.

Un buen amigo de mi hijo que vive en ese lugar —se conocieron en pesca y en la venadeada— junto con su esposa nos atendieron como saben hacerlo los buenos sudcalifornianos. Después del desayuno visitamos el “Ojo de agua”, un manantial que sale de unas rocas y después las cisternas en los que se reproducen los peces de agua dulce llamados “tilapias”.

Tenía interés en conocer esta industria acuícola y los motivos por los cuales se instaló en ese poblado, pero como era domingo no encontré a los responsables, únicamente una joven encargada de alimentar a los peces. Eso sí, recorrimos los cuatro tanques de almacenamiento de agua observando los peces pequeños hasta los adultos.

--¿Podemos comprar unas telapias?, le preguntó mi hijo. Ante la respuesta afirmativa de la encargada y utilizando una tarraya se capturaron cuatro de ellas que dieron el peso de un kilogramo. Pagamos el precio de 60 pesos y las pusimos inmediatamente en hielo. Al día siguiente, al mediodía, mediante una receta de cocina adecuada, las saboreamos. Son deliciosas.

Yo tenía la creencia de que la carne de los peces de agua dulce era desabrida y de mal sabor, pero me equivoqué, al menos en el caso de las tilapias. Por cierto, me enteré de que en San Bartolo un restaurante prepara platillos especiales de este pescado.

Pero, me quedó la duda. ¿Realmente será negocio el cultivo de tilapias en un pueblo como San Bartolo? Los viajeros que pasan por el poblado, generalmente se detienen para comprar frutas, mermeladas y ates de guayaba. Y creo que la mayoría ignoran la existencia de una industria de peces, por lo que ni siquiera visitan las instalaciones. Al menos que la producción ya tenga un mercado seguro en las ciudades como San José del Cabo, Cabo San Lucas y La Paz.

Al paso que vamos la pesca ribereña desaparecerá dado que muchos pescadores están utilizando sus embarcaciones para servicios turísticos, tal como ha sucedido en la parte sur del estado. Y ante la falta de ese producto del mar quizá la solución sea la producción artificial de peces como la tilapia, habida cuenta que puede venderse a un precio accesible para las clases populares. Con la ventaja de que esa industria puede establecerse en varias localidades, como es el caso de San Bartolo.

A propósito del nombre de esa comunidad quise saber el origen del nombre San Bartolo. Lo busqué en internet pero no aparece, no así el nombre de San Bartolomé quien fue un sacerdote que murió en la India defendiendo su religión. Dice la historia que fue uno de los doce apóstoles de Cristo y que fue martirizado por orden de un rajá que ordenó fuera desollado.

San Bartolomé es el protector de los curtidores de pieles, los que fabrican o usan el cuero, guantes, abrigos, cinturones, botas y. como no, de las famosas “cueras” del ranchero bajacaliforniano. También es el santo de las modistas y a todos los que se dedican a ese industria del vestido.

Por coincidencia, la fiesta tradicional de San Bartolo es el mes de agosto y en el calendario cristiano la celebración de San Bartolomé es el 24 del mismo mes. Así es que, agradeciéndole las atenciones de nuestros anfitriones Luis Antonio Pérez y su esposa Aurora Ruiz por ese domingo tan agradable, hemos de volver el próximo mes de agosto durante las fiestas tradicionales de ese hermoso lugar.


Julio 25 de 2017. 

domingo, 23 de julio de 2017

Dante, Salvatierra y el Purgatorio

Con motivo de los 300 años de la muerte del padre Juan María de Salvatierra, en las últimas semanas se han organizado diverso actos conmemorativos, entre ellos una seria de conferencias y la colocación de una placa alusiva en una de las esquinas de la calle que lleva su nombre. Además de las presentaciones de libros referentes al periodo misional jesuita en la Baja California, destacando el que refiere al sacrificio de dos misioneros a manos de los indígenas pericús, en el año de 1734.

Al margen de la vida y la obra de Salvatierra, la historiografía reciente revela muchas de sus inquietudes espirituales durante su estancia entre los antiguos habitantes peninsulares. En particular, su actitud mística y la defensa de Dios ante las amenazas del diablo. Y, desde luego, la salvación de las almas a través del purgatorio.

Sobre el particular, entre los años de 1304 a 1321, Dante Alighiere escribió su famoso poema “La Divina Comedia” en el que, acompañado de Beatriz y el poeta Virgilio, viajan a través del infierno, el purgatorio y el paraíso. En las diversas esferas o círculos, el paraíso representa el saber y la ciencia divina; el infierno representa al ser humano frente a sus pecados y sus funestas consecuencias; el purgatorio, la lenta purificación de sus culpas hasta la liberación.

Salvatierra en incontables ocasiones hizo mención de los pecados cometidos por el hombre y la intervención del maligno para evitar su conversión a la fe de cristo y de la virgen María, representada por los jesuitas en las figuras de las vírgenes de Loreto, del Pilar y de Los Dolores. Y en sus homilías a los indígenas insistía en la salvación de las almas las cuales, por su inclinación al demonio, permanecían en el purgatorio.

Es interesante pensar de que medios se valían los misioneros para que los neófitos comprendieran los conceptos de infierno, purgatorio y paraíso. Corre la anécdota de cuando el padre Juan de Ugarte trataba de adoctrinar a los indios sobre sus pecados que los llevarían al infierno. “En ese lugar, donde existe un fuego infernal —les decía— están todos los que no obedecen los mandatos de Dios” Y entonces uno de los oyentes —era el mes de diciembre— le replicó: “ Hu, pues entonces es mejor estar allá, porque aquí hace un frío de los demonios”.

Salvatierra, por su parte, no se olvidó de las almas de los difuntos, porque se lamentaba que éstas quedaban encerradas en las cárceles del purgatorio y se hayan quedado como a la mitad del camino, sin poder ayudarse ellos mismos. En cada oportunidad rezaba el oficio de difuntos y les cantaba la misa de réquiem.

Pero la advocación del purgatorio tenía para Salvatierra otra intención. En la religión católica todo creyente que moría quedaba en suspenso, es decir, entre el infierno y el paraíso. Y sólo mediante las oraciones dirigidas al Ser Supremo era posible que esas almas llegaran al paraíso. Por eso, cuando un benefactor de las misiones californianas moría, Juan María se apresuraba a oficiar misas a fin de que su estancia en el purgatorio fuera breve y por consecuencia bendecido por Dios para su llegada al paraíso. Con ese ejemplo, los consiguientes aportadores de dádivas no dudaban en ayudar a los jesuitas, ya que así aseguraban su paso al reino celestial.

El historiador español Salvador Bernabeu Albert refiriéndose a la evangelización de los indígenas californios y de la presencia ominosa del diablo causante de su estancia en el purgatorio, dice: “Es necesario que Dante visite California, pues, como acertadamente lo señala Bolívar Echeverría, la idea de los jesuitas es la de hacer que la gente viva todo el tiempo en el límite, en el borde entre lo terrenal y lo celestial…”.

Julio 21 de 2017.

lunes, 17 de julio de 2017

Una semana de información histórica

La semana pasada la asociación civil CAHEL (Californios Amigos de la Historia y Estudios Locales) organizó una semana de conferencias relacionadas con la vida y la obra del padre jesuita Juan María de Salvatierra, misma que se llevó a cabo en uno de los salones del Museo Regional de Antropología e Historia, de esta ciudad de La Paz.

Con numeroso público presente, los conferencistas abordaron interesantes temas, entre ellos el ideal civilizador de Juan María de Salvatierra a cargo de Alfonso René Gutiérrez y el de Gabriel Gómez Padilla que habló sobre Eusebio Francisco Kino y Salvatierra en California. Participaron también Gilberto Ibarra Rivera y Luis Bareño Domínguez, miembros de CAHEL.

La semana de información histórica forma parte de los actos conmemorativos en recuerdo del iniciador de las misiones jesuitas en nuestra península y de su muerte hace 300 años, el día 18 de julio de 1717 en la ciudad de Guadalajara.

De la vida y la obra de Salvatierra existen varias biografías, pero sobresale la que escribió el padre Miguel Venegas en el año de 1754 bajo el título de “El apóstol mariano representado en la vida de V.P. Juan María de Salvatierra, de la Compañía de Jesús, favorito misionero en la provincia de Nueva España, y conquistador apostólico de las Californias”

En 1992, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) publicó la Edición crítica de la vida del V.P. Juan María de Salvatierra, escrita por el padre César Felipe Doria. Edición que estuvo a cargo de Alfonso René Gutiérrez. En esta obra se describe en detalle los últimos días del padre y como fue atendido en el trayecto de Tepic a Guadalajara.

Otra biografía apareció hace muchos años en un libro de Adrián Valadez que se llama “Temas históricos de la Baja California” publicado por la editorial JUS en el año de 1963. Esta obra la adquirí en 1974 y desde ese año me interesó todo lo relacionado con el padre Juan María. En 44 páginas el autor describe la vida y la obra de este misionero con tintes literarios lo que la hace muy interesante. Esta biografía es ideal para fines de divulgación.

Cuando asistí a escuchar la conferencia de Gabriel Gómez Padilla creí que iba a oír una descripción amena de las relaciones de amistad y trabajo que tuvieron los padres Kino Y Salvatierra. Lo creí porque conozco de referencias la calidad de este investigador que conoce de pe a pa la vida y la obra de Eusebio Francisco Kino. Pero no me imaginé que iba a centrar su intervención en la lectura de documentos, lo que le llevó gran parte del tiempo y aunque hizo comentarios sobre ellos, de alguna manera resultó la conferencia un tanto dedicada a eruditos en la materia.

En lo personal me hubiera gustado que hiciera mención de la estancia de Kino en California cuando acompañó al almirante Isidro de Atondo y Antillón y se establecieron primero en La Paz y después en San Bruno, al norte de Loreto. Que recordara el libro “Los confines de la cristiandad” de Herbert Eugene Bolton” y de los recorridos que hicieron en la parte central de la península y las opiniones de Kino al respecto.

De cómo, providencialmente, al no poder acompañar a Salvatierra en su excursión a la península en 1697, lo apoyó durante años con provisiones y ganado que se producían en las misiones de Sonora, evitando así el fracaso de la conquista evangélica. Y que por ello, sería justo el reconocimiento de este misionero por el pueblo sudcaliforniano a la par que se hace con Juan María de Salvatierra. Guardada, claro, su relevancia.

Quise tomar la palabra al fin de la conferencia, para decirle a Gómez Padilla que aquí hace falta una biblioteca especializada en temas históricos de la Baja California para encontrar en ella libros como Los confines de la cristiandad, la Antigua California de Crosby, el de Gerardo Decorme sobre los jesuitas mexicanos y vaya, hasta los de Ignacio del Río ya que algunos se encuentran agotados. No lo hice y me arrepiento de ello.

Julio 17 de 2017

lunes, 10 de julio de 2017

Una ausencia lamentable

Mi invitaron oportunamente, pero no me fue posible asistir a la presentación del libro  “Los últimos californios” del investigador norteamericano Harry Crosby.  Fue el viernes pasado, en el Archivo Pablo L. Martínez y los presentadores fueron la doctora María de la Luz Gutiérrez, Enrique Hambleton Von Borstel y Eligio Moisés Coronado.

El libro es una reedición hecha por el AHPLM, ya que la primera se hizo en el año de 1992 por parte del gobierno del estado cuando era cronista del mismo Eligio Moisés. El libro original en inglés lo publicó Crosby en 1981 y gracias a la gentileza de este autor fue posible la traducción al español por Enrique Hambleton.

El texto, como su nombre lo indica, se refiere a los habitantes de los ranchos serranos descendientes de los antiguos pobladores de la época de las misioneros jesuitas los que, cuando éstos fueron expulsados de la península en 1768, les fue concedida en propiedad diversas extensiones de tierras en las que formaron sitios de explotación ganadera a todo lo largo y ancho de la península.
A ellos se refiere Crosby. Y aprovecha las páginas del libro para hablar de las formas de vida de los rancheros californios, de sus costumbres, vestimenta, alimentación y de cómo, con ingenio y esfuerzo, lograron aprovechar los manantiales de las sierras para el sustento familiar y de sus ganados.

El autor toma como ejemplo a una familia de un rancho de la sierra de San Francisco y describe las tareas cotidianas de don Loreto Arce, viejo poblador de esa región. Apoya sus descripciones con fotografías inéditas de las labores de mujeres y hombres y panorámicas de la cadena montañosa de  esa región central de la Baja California.

Independientemente de la importancia de esta obra—debemos agradecer a la maestra Elizabeth Acosta Mendía su publicación—debe considerársele como un parteaguas que dio pauta para que otros escritores e historiadores locales escribieran sobre el tema. Creo que los libros que se originaron al respecto complementan lo escrito por Crosby.

Pero ya en 1952, Francisco Javier Carballo Lucero había escrito un artículo sobre los rancheros diciendo, entre otros conceptos: “El símbolo verdadero, vital, de los sudcalifornianos, no es el escudo que tiene una concha perla en el centro y alrededor unos fríos pescaditos. Es la efigie bravía y serena al mismo tiempo del ranchero sin palabras. Altiva, que llega a los pueblos en un amanecer y parte cuando al frente ya se han pintado mil crepúsculos en dos minutos de atardecer…”

También, antes del libro de Crosby, Aurelio Martínez Balboa escribió en el año de 1981 “La ganadería en Baja California Sur”, en el que hace una apología de los rancheros. Es una obra interesante aunque es difícil de encontrar. Y en el 2010, la doctora en historia Martha Micheline Cariño le dedicó cuarenta páginas al origen y establecimiento de la sociedad ranchera, en su libro “Historia de las relaciones hombre naturaleza en Baja California Sur”.

En ese mismo año apareció mi libro “Un viaje por la cultura sudcaliforniana” en el que me refiero a la vida de los ranchos y sus habitantes, de sus costumbres y sus características del habla. Y no puedo dejar de mencionar el libro “El campeador de la California” de Simón Óscar Mendoza Salgado (2010) una obra excelente con ilustraciones a todo color, donde describe con detalles la vida cotidiana de los rancheros, de su vestimenta y de las faenas y labores propias del vaquero. Por su interesante contenido es un libro de cabecera.

Desde luego, existen otros libros que hablan sobre el tema, como el de  Emilio Arce y su “El corral viejo” y el de Guillermo Arrambidez Arellano titulado “Un romance”. Como se verá existe mucha información sobre los ranchos sudcalifornianos y aunque, como dice Crosby cada día son menos, no por eso debemos olvidarlos antes al contrario, magnificar su presencia en el devenir de Baja California equivale a reconocer las raíces de nuestro pueblo y con ello mantener viva e irrenunciable la identidad sudcaliforniana.

Julio 09 de 2017.

martes, 4 de julio de 2017

Un compañero de escuela

Compañeros de escuela. El primero de la izquierda es el general retirado Florentino Rodríguez Cota.
Ayer saludé al general piloto aviador Florentino Rodríguez Cota, un compañero de estudios en la escuela primaria Ignacio Allende, hoy Miguel Hidalgo, de esta ciudad de La Paz. Cursamos el sexto año junto con otros veintitantos alumnos, entre ellos Ricardo Fiol Manríquez, Norberto Flores, Isidro Jordán Carlón, Arturo Salgado, todos ellos vivitos y coleando hasta la fecha.

Después de la secundaria en la escuela Morelos, lo enviaron a la ciudad de Guadalajara donde se inscribió en la Escuela Militar de Aviación en Zapopan, Jalisco. Cuando terminó la carrera en menos tiempo de lo previsto, recibió el grado de teniente y a partir de ese año estuvo al servicio del gobierno escalando en jerarquía hasta obtener el grado de general. Cuando se jubiló siguió trabajando en la iniciativa privada en diversas compañías de aviación.

En una comida a la que nos invitó, estuvieron presentes María Luisa Salcedo, María Elena González, Ricardo y yo. Fue una reunión de los recuerdos cuando estuvimos en la secundaria. De los maestros como el de música, Luis Peláez Manríquez, quien hizo famosa la frase “Cantas o seis”. Y es que nos pasaba al frente del salón y nos pedía que entonáramos la escala musical y ya sea por lo desafinado o por temor a la burla de los demás, lo cierto es que no lo hacíamos y era por eso lo del seis.

“Yo —recordó Tino, así lo tratamos—  en todas las materias tuve diez pero en música puros seises” Para su consuelo nosotros también. Las consentidas del maestro Peláez – cantaban muy bien— eran María Luisa y María Esther Sánchez Domínguez.

En la ciudad de México Florentino se casó con la señora Delfina Gómez y procrearon cuatro hijas, María de Lourdes, Violeta, Verónica y Rocío, todas profesionistas, pero esta última es piloto y trabaja en el medio oriente. Con sus hijas, sus nietos y bisnietos transcurre la vida de este amigo de estudios, allá por la década del cuarenta del siglo pasado, cuando su padre el profesor Luis Rodríguez Chávez era el director de la escuela Allende.

En la comida recordamos cuando formados frente a la entrada de la escuela el director nos preguntaba con la voz recia que tenía: “Los que trabajan…. y esperaba que nosotros contestáramos al unísono: “¡que coman!; y finalizaba: “y el que no” y gritábamos: ¡que se muera de hambre! Con ese entusiasmo como que nos daban más ganas de estudiar.

Al papá de Tino lo volvimos a tratar cuando fue inspector de la zona escolar que abarcaba todo el Valle de Santo Domingo, cuando se abrió a la agricultura esa región en el año de 1950. A pesar de su edad —tenía 50 años— recorría todas las colonias de campesinos recién establecidas, para supervisar las escuelas que se iban fundando. Los viejos colonos aún recuerdan al maestro por sus empeños en llevar la educación a la niñez de esos grupos de mujeres y hombres que llegaron al valle buscando mejores niveles de vida.

Qué bueno que el general Rodríguez Cota se vuelva a reencontrar con sus amigos de la época de estudiantes. En los recuerdos del pasado se encuentran las raíces de un presente reflejado en los descendientes —hijos, nietos, bisnietos— y las conductas heredadas que son normas de vida y ejemplos a seguir por todo lo que tienen un compromiso familiar, como el del matrimonio que conforman Florentino y su esposa Delfina.

Por lo demás, debemos felicitarnos por tener la oportunidad de saludar a un viejo amigo —todos pasamos de los ochenta— y pasar unas amenas horas entre bromas y risas rememorando aquellos tiempos de estudiantes que, no cabe duda, renuevan con nuevos bríos la alegría de vivir.

Julio 04 de 2017.

lunes, 26 de junio de 2017

Un encuentro como pocos

Fue un encuentro feliz, pero no amoroso o de amigos que por años no se veían; no, me refiero al décimo primer Encuentro de Escritores Sudcalifornianos que tuvo lugar los días 21 al 23 de este mes de junio de 2017. Cada vez, desde hace once años, este evento cultural va adquiriendo prestigio y son más los interesados en las letras que participan en él.

En esta ocasión, y gracias al apoyo de la Coordinación de Fomento Cultural de ISC, del Archivo Histórico Pablo L. Martínez y de la presencia de escritores de los municipios de Los Cabos y Comondú, fue posible llevar adelante un programa literario con la presencia de numeroso público.

Los participantes en los géneros de cuento, poesía, novela, crónica y ensayo, así como la presentación de libros, disertaron sobre su especialidad en los horarios del programa elaborado con anticipación. Y aunque algunos se excedieron en sus entusiasmos, el interés de los asistentes no decayó en ningún momento.

Este Encuentro dedicado al maestro y escritor Carlos Ramón Castro Beltrán, autor por cierto de dos excelentes libros de cuentos, se desarrolló en el Centro de Convenciones y Expresión Cultural de Sudcalifornia, localizado a un lado del Teatro de la Ciudad. Es un edificio construido especialmente para llevar a cabo actividades artísticas y culturales.

Lo importante de estos eventos es que ofrecen la oportunidad para que los jóvenes que tienen inclinaciones literarias participen, como fue el caso de los que integran el Taller de la Serpiente donde algunos de ellos leyeron parte de sus poemarios y narrativa. Guadalupe Núñez Flores, Yaroslabi Bañuelos, Adrián Corona, Carlos Padilla y algunos más, son noveles escritores con un gran porvenir en la literatura regional

Pero además, se contó con la participación de estudiantes de la UABCS y de maestros de la misma como Marta Piña Zentella, José Antonio Sequera, Gabriel Rovira y Damián Soto Salgado.

En el evento se presentaron seis libros y una revista. Uno de estos libros, el que por cierto causó expectación, fue el titulado IBÓ Y EL MAR de la socia de ESAC, Leticia Garriga. Y lo fue porque es un libro de poemas infantiles ilustrado y porque varios niños leyeron parte del poemario con sus voces cargadas de emoción.

Como dije antes, el Encuentro de Escritores Sudcalifornianos estuvo dedicado a Carlos Ramón Castro Beltrán quien fue fundador en 1999 de esta asociación. Un reconocimiento merecido, no solamente por su calidad de maestro, sino también por su desempeño como periodista y autor de muchas narraciones relacionadas con los movimientos sociales de esta región de nuestro país.

Reconocimiento aparte merece el personal adscrito a la Coordinación de Fomento Editorial que estuvieron presentes y pendientes de que el evento se desarrollara de la mejor manera. América Piñeda, Paloma Vergara, Jorge Briseño, entre otros, fueron elementos valiosos para los buenos resultados del Encuentro de Escritores.

Y qué decir de la mesa directiva de ESC Francisco López Gutiérrez, Víctor Ramos Pocoroba y Ernesto Adams Ruiz, como quien dice se partieron el alma para lograr que este evento saliera lo mejor posible. Y lo lograron. No cabe duda, de que se puede, se puede.


Junio 26 de 2017.

miércoles, 7 de junio de 2017

Un paletero sui generis

No me lo van a creer, pero es verdad. Resulta que el domingo pasado estuve en una hermosa playa que se encuentra por el rumbo del hotel Las Cruces, conocida como Los Muertitos. Es un lugar muy concurrido por las familias de nuestra ciudad, sobre todo porque la mayor parte del camino está pavimentado y además, desde la cumbre de la sierra —creo que se llama Las Cacachilas— se pueden contemplar las tranquilas aguas del golfo de California y la isla Cerralvo, esa que en mala hora la rebautizaron con el nombre de Jacques Cousteau.

Mi presencia en esa playa se debió a que el esposo de mi nieta Tania Edith festejó su cumpleaños —no digo cuantos pero ya no se cuece al primer hervor— con una comilona de ceviche, acompañada de abundantes ambarinas. Y digo comilona dado que entre los asistentes, todos familiares, algunos son de los que le dan gusto al diente y son capaces de llevarse al buche entre cinco y seis tostadas rebosantes de ese apetitoso pescado.

Bueno, “a lo que traje Chencha”, como dijo el ranchero cuando invitó a su novia a dar un paseo por el campo. Estábamos disfrutando de un ambiente festivo mientras los niños se bañaban y retozaban alegremente, cuando, de pronto, alguien de ellos gritó: “¡Ahí viene el paletero! A la vez que corrieron para pedirle a sus padres el dinero con que comprar esa golosina.
                                                                                                       
Al grito yo dirigí la vista a la playa, pero no divisé al paletero mencionado. Esperaba verlo esforzándose por empujar su carrito de paletas a través de las arenas de la playa, tal como lo hacen en la zona de El Tecolote. Pero no, por más que lo intentaba no lo veía. Bueno, aparte de eso es que mi vista cansada no alcanza para mirar a lo lejos.

Pero los niños si se daban cuenta de que el vendedor de paletas se iba acercando hasta que, intrigado, pregunté: “¿Con un carajo, dónde está ese vendedor?”. Y entonces uno de los niños me contestó, al mismo tiempo que señalaba con su mano: “Ahí está, metido en el mar” Y sí, ahí estaba el señor, empujando su carrito como si fuera una canoa pequeña, mientras las pequeñas olas remojaban buena parte de sus piernas.

Cuando oyó los gritos de los niños que deseaban comprarle, con cierta dificultad acercó el carrito a la playa y empujándolo con fuerza lo dejó fuera del agua. A su alrededor sus compradores le pedían bolis, paletas de varios sabores y hasta una clase de emparedados —no sé cómo se llaman— que tienen mermelada entre sus dos capas de pan.

Por cierto uno de los adultos que se acercó le salió cola, pues tuvo que pagar la cuenta de las golosinas que pidieron todos los niños. Pero valió la pena pues todos lo abrazaron y juntos regresaron al paraje. Pero, ¿qué pasó después?

Esa playa tiene arena muy floja por lo que fácilmente se hunden los pies en ella, ya no digamos un vehículo sin doble tracción. Y para el caso del carrito de paletas que tiene dos llantas pequeñas y delgadas, más el peso de la mercancía, resulta imposible que se pueda mover en esos tramos arenosos.

Por eso, el paletero, al darse cuenta que su carrito podía flotar sin que entrara agua en él, tomó la determinación de meterlo en el mar a fin de facilitar su transportación. Así, convertida en una frágil embarcación y sus dos piernas en lugar de remos, el vendedor continuó su ruta a todo lo largo de la playa ofreciendo su producto.

A unos cincuenta metros de la orilla un joven matrimonio de extranjeros disfrutaba montados en kayacs, mientras la canoa improvisada navegaba lentamente conducida por un hombre que, con el ingenio y la necesidad, buscó la manera de conseguir un poco de dinero para su sustento diario. Mientras tanto, el festejo del que cumplió años estaba en todo su apogeo.

Junio 7 de 2017