Vida y obra

Presentación del blog

A través de este blog, don Leonardo Reyes Silva ha puesto a disposición del público en general muchos de los trabajos publicados a lo largo de su vida. En estos textos se concentran años de investigación y dedicación a la historia y literatura de Baja California Sur. Mucho de este material es imposible encontrarlo en librerías.

De igual manera, nos entrega una serie de artículos (“A manera de crónica”), los cuales vieron la luz en diversos medios impresos. En ellos aborda temas muy variados: desde lo cotidiano, pasando por lo anecdótico y llegando a lo histórico.

No cabe duda que don Leonardo ha sido muy generoso en compartir su conocimiento sin más recompensa que la satisfacción de que muchos conozcan su región, y ahora, gracias a la tecnología, personas de todo el mundo podrán ver su trabajo.

Y es que para el profesor Reyes Silva el conocimiento de la historia y la literatura no siempre resulta atractivo aprenderlo del modo académico, pues muchas veces se presenta con un lenguaje especializado y erudito, apto para la comunidad científica, pero impenetrable para el ciudadano común.

Don Leonardo es un divulgador: resume, simplifica, selecciona una parte de la información con el fin de poner la ciencia al alcance del público. La historia divulgativa permite acercar al lector de una manera amigable y sencilla a los conocimientos que con rigor académico han sido obtenidos por la investigación histórica.

Enhorabuena por esta decisión tan acertada del ilustre maestro.

Gerardo Ceja García

Responsable del blog

domingo, 23 de julio de 2017

Dante, Salvatierra y el Purgatorio

Con motivo de los 300 años de la muerte del padre Juan María de Salvatierra, en las últimas semanas se han organizado diverso actos conmemorativos, entre ellos una seria de conferencias y la colocación de una placa alusiva en una de las esquinas de la calle que lleva su nombre. Además de las presentaciones de libros referentes al periodo misional jesuita en la Baja California, destacando el que refiere al sacrificio de dos misioneros a manos de los indígenas pericús, en el año de 1734.

Al margen de la vida y la obra de Salvatierra, la historiografía reciente revela muchas de sus inquietudes espirituales durante su estancia entre los antiguos habitantes peninsulares. En particular, su actitud mística y la defensa de Dios ante las amenazas del diablo. Y, desde luego, la salvación de las almas a través del purgatorio.

Sobre el particular, entre los años de 1304 a 1321, Dante Alighiere escribió su famoso poema “La Divina Comedia” en el que, acompañado de Beatriz y el poeta Virgilio, viajan a través del infierno, el purgatorio y el paraíso. En las diversas esferas o círculos, el paraíso representa el saber y la ciencia divina; el infierno representa al ser humano frente a sus pecados y sus funestas consecuencias; el purgatorio, la lenta purificación de sus culpas hasta la liberación.

Salvatierra en incontables ocasiones hizo mención de los pecados cometidos por el hombre y la intervención del maligno para evitar su conversión a la fe de cristo y de la virgen María, representada por los jesuitas en las figuras de las vírgenes de Loreto, del Pilar y de Los Dolores. Y en sus homilías a los indígenas insistía en la salvación de las almas las cuales, por su inclinación al demonio, permanecían en el purgatorio.

Es interesante pensar de que medios se valían los misioneros para que los neófitos comprendieran los conceptos de infierno, purgatorio y paraíso. Corre la anécdota de cuando el padre Juan de Ugarte trataba de adoctrinar a los indios sobre sus pecados que los llevarían al infierno. “En ese lugar, donde existe un fuego infernal —les decía— están todos los que no obedecen los mandatos de Dios” Y entonces uno de los oyentes —era el mes de diciembre— le replicó: “ Hu, pues entonces es mejor estar allá, porque aquí hace un frío de los demonios”.

Salvatierra, por su parte, no se olvidó de las almas de los difuntos, porque se lamentaba que éstas quedaban encerradas en las cárceles del purgatorio y se hayan quedado como a la mitad del camino, sin poder ayudarse ellos mismos. En cada oportunidad rezaba el oficio de difuntos y les cantaba la misa de réquiem.

Pero la advocación del purgatorio tenía para Salvatierra otra intención. En la religión católica todo creyente que moría quedaba en suspenso, es decir, entre el infierno y el paraíso. Y sólo mediante las oraciones dirigidas al Ser Supremo era posible que esas almas llegaran al paraíso. Por eso, cuando un benefactor de las misiones californianas moría, Juan María se apresuraba a oficiar misas a fin de que su estancia en el purgatorio fuera breve y por consecuencia bendecido por Dios para su llegada al paraíso. Con ese ejemplo, los consiguientes aportadores de dádivas no dudaban en ayudar a los jesuitas, ya que así aseguraban su paso al reino celestial.

El historiador español Salvador Bernabeu Albert refiriéndose a la evangelización de los indígenas californios y de la presencia ominosa del diablo causante de su estancia en el purgatorio, dice: “Es necesario que Dante visite California, pues, como acertadamente lo señala Bolívar Echeverría, la idea de los jesuitas es la de hacer que la gente viva todo el tiempo en el límite, en el borde entre lo terrenal y lo celestial…”.

Julio 21 de 2017.

lunes, 17 de julio de 2017

Una semana de información histórica

La semana pasada la asociación civil CAHEL (Californios Amigos de la Historia y Estudios Locales) organizó una semana de conferencias relacionadas con la vida y la obra del padre jesuita Juan María de Salvatierra, misma que se llevó a cabo en uno de los salones del Museo Regional de Antropología e Historia, de esta ciudad de La Paz.

Con numeroso público presente, los conferencistas abordaron interesantes temas, entre ellos el ideal civilizador de Juan María de Salvatierra a cargo de Alfonso René Gutiérrez y el de Gabriel Gómez Padilla que habló sobre Eusebio Francisco Kino y Salvatierra en California. Participaron también Gilberto Ibarra Rivera y Luis Bareño Domínguez, miembros de CAHEL.

La semana de información histórica forma parte de los actos conmemorativos en recuerdo del iniciador de las misiones jesuitas en nuestra península y de su muerte hace 300 años, el día 18 de julio de 1717 en la ciudad de Guadalajara.

De la vida y la obra de Salvatierra existen varias biografías, pero sobresale la que escribió el padre Miguel Venegas en el año de 1754 bajo el título de “El apóstol mariano representado en la vida de V.P. Juan María de Salvatierra, de la Compañía de Jesús, favorito misionero en la provincia de Nueva España, y conquistador apostólico de las Californias”

En 1992, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) publicó la Edición crítica de la vida del V.P. Juan María de Salvatierra, escrita por el padre César Felipe Doria. Edición que estuvo a cargo de Alfonso René Gutiérrez. En esta obra se describe en detalle los últimos días del padre y como fue atendido en el trayecto de Tepic a Guadalajara.

Otra biografía apareció hace muchos años en un libro de Adrián Valadez que se llama “Temas históricos de la Baja California” publicado por la editorial JUS en el año de 1963. Esta obra la adquirí en 1974 y desde ese año me interesó todo lo relacionado con el padre Juan María. En 44 páginas el autor describe la vida y la obra de este misionero con tintes literarios lo que la hace muy interesante. Esta biografía es ideal para fines de divulgación.

Cuando asistí a escuchar la conferencia de Gabriel Gómez Padilla creí que iba a oír una descripción amena de las relaciones de amistad y trabajo que tuvieron los padres Kino Y Salvatierra. Lo creí porque conozco de referencias la calidad de este investigador que conoce de pe a pa la vida y la obra de Eusebio Francisco Kino. Pero no me imaginé que iba a centrar su intervención en la lectura de documentos, lo que le llevó gran parte del tiempo y aunque hizo comentarios sobre ellos, de alguna manera resultó la conferencia un tanto dedicada a eruditos en la materia.

En lo personal me hubiera gustado que hiciera mención de la estancia de Kino en California cuando acompañó al almirante Isidro de Atondo y Antillón y se establecieron primero en La Paz y después en San Bruno, al norte de Loreto. Que recordara el libro “Los confines de la cristiandad” de Herbert Eugene Bolton” y de los recorridos que hicieron en la parte central de la península y las opiniones de Kino al respecto.

De cómo, providencialmente, al no poder acompañar a Salvatierra en su excursión a la península en 1697, lo apoyó durante años con provisiones y ganado que se producían en las misiones de Sonora, evitando así el fracaso de la conquista evangélica. Y que por ello, sería justo el reconocimiento de este misionero por el pueblo sudcaliforniano a la par que se hace con Juan María de Salvatierra. Guardada, claro, su relevancia.

Quise tomar la palabra al fin de la conferencia, para decirle a Gómez Padilla que aquí hace falta una biblioteca especializada en temas históricos de la Baja California para encontrar en ella libros como Los confines de la cristiandad, la Antigua California de Crosby, el de Gerardo Decorme sobre los jesuitas mexicanos y vaya, hasta los de Ignacio del Río ya que algunos se encuentran agotados. No lo hice y me arrepiento de ello.

Julio 17 de 2017

lunes, 10 de julio de 2017

Una ausencia lamentable

Mi invitaron oportunamente, pero no me fue posible asistir a la presentación del libro  “Los últimos californios” del investigador norteamericano Harry Crosby.  Fue el viernes pasado, en el Archivo Pablo L. Martínez y los presentadores fueron la doctora María de la Luz Gutiérrez, Enrique Hambleton Von Borstel y Eligio Moisés Coronado.

El libro es una reedición hecha por el AHPLM, ya que la primera se hizo en el año de 1992 por parte del gobierno del estado cuando era cronista del mismo Eligio Moisés. El libro original en inglés lo publicó Crosby en 1981 y gracias a la gentileza de este autor fue posible la traducción al español por Enrique Hambleton.

El texto, como su nombre lo indica, se refiere a los habitantes de los ranchos serranos descendientes de los antiguos pobladores de la época de las misioneros jesuitas los que, cuando éstos fueron expulsados de la península en 1768, les fue concedida en propiedad diversas extensiones de tierras en las que formaron sitios de explotación ganadera a todo lo largo y ancho de la península.
A ellos se refiere Crosby. Y aprovecha las páginas del libro para hablar de las formas de vida de los rancheros californios, de sus costumbres, vestimenta, alimentación y de cómo, con ingenio y esfuerzo, lograron aprovechar los manantiales de las sierras para el sustento familiar y de sus ganados.

El autor toma como ejemplo a una familia de un rancho de la sierra de San Francisco y describe las tareas cotidianas de don Loreto Arce, viejo poblador de esa región. Apoya sus descripciones con fotografías inéditas de las labores de mujeres y hombres y panorámicas de la cadena montañosa de  esa región central de la Baja California.

Independientemente de la importancia de esta obra—debemos agradecer a la maestra Elizabeth Acosta Mendía su publicación—debe considerársele como un parteaguas que dio pauta para que otros escritores e historiadores locales escribieran sobre el tema. Creo que los libros que se originaron al respecto complementan lo escrito por Crosby.

Pero ya en 1952, Francisco Javier Carballo Lucero había escrito un artículo sobre los rancheros diciendo, entre otros conceptos: “El símbolo verdadero, vital, de los sudcalifornianos, no es el escudo que tiene una concha perla en el centro y alrededor unos fríos pescaditos. Es la efigie bravía y serena al mismo tiempo del ranchero sin palabras. Altiva, que llega a los pueblos en un amanecer y parte cuando al frente ya se han pintado mil crepúsculos en dos minutos de atardecer…”

También, antes del libro de Crosby, Aurelio Martínez Balboa escribió en el año de 1981 “La ganadería en Baja California Sur”, en el que hace una apología de los rancheros. Es una obra interesante aunque es difícil de encontrar. Y en el 2010, la doctora en historia Martha Micheline Cariño le dedicó cuarenta páginas al origen y establecimiento de la sociedad ranchera, en su libro “Historia de las relaciones hombre naturaleza en Baja California Sur”.

En ese mismo año apareció mi libro “Un viaje por la cultura sudcaliforniana” en el que me refiero a la vida de los ranchos y sus habitantes, de sus costumbres y sus características del habla. Y no puedo dejar de mencionar el libro “El campeador de la California” de Simón Óscar Mendoza Salgado (2010) una obra excelente con ilustraciones a todo color, donde describe con detalles la vida cotidiana de los rancheros, de su vestimenta y de las faenas y labores propias del vaquero. Por su interesante contenido es un libro de cabecera.

Desde luego, existen otros libros que hablan sobre el tema, como el de  Emilio Arce y su “El corral viejo” y el de Guillermo Arrambidez Arellano titulado “Un romance”. Como se verá existe mucha información sobre los ranchos sudcalifornianos y aunque, como dice Crosby cada día son menos, no por eso debemos olvidarlos antes al contrario, magnificar su presencia en el devenir de Baja California equivale a reconocer las raíces de nuestro pueblo y con ello mantener viva e irrenunciable la identidad sudcaliforniana.

Julio 09 de 2017.

martes, 4 de julio de 2017

Un compañero de escuela

Compañeros de escuela. El primero de la izquierda es el general retirado Florentino Rodríguez Cota.
Ayer saludé al general piloto aviador Florentino Rodríguez Cota, un compañero de estudios en la escuela primaria Ignacio Allende, hoy Miguel Hidalgo, de esta ciudad de La Paz. Cursamos el sexto año junto con otros veintitantos alumnos, entre ellos Ricardo Fiol Manríquez, Norberto Flores, Isidro Jordán Carlón, Arturo Salgado, todos ellos vivitos y coleando hasta la fecha.

Después de la secundaria en la escuela Morelos, lo enviaron a la ciudad de Guadalajara donde se inscribió en la Escuela Militar de Aviación en Zapopan, Jalisco. Cuando terminó la carrera en menos tiempo de lo previsto, recibió el grado de teniente y a partir de ese año estuvo al servicio del gobierno escalando en jerarquía hasta obtener el grado de general. Cuando se jubiló siguió trabajando en la iniciativa privada en diversas compañías de aviación.

En una comida a la que nos invitó, estuvieron presentes María Luisa Salcedo, María Elena González, Ricardo y yo. Fue una reunión de los recuerdos cuando estuvimos en la secundaria. De los maestros como el de música, Luis Peláez Manríquez, quien hizo famosa la frase “Cantas o seis”. Y es que nos pasaba al frente del salón y nos pedía que entonáramos la escala musical y ya sea por lo desafinado o por temor a la burla de los demás, lo cierto es que no lo hacíamos y era por eso lo del seis.

“Yo —recordó Tino, así lo tratamos—  en todas las materias tuve diez pero en música puros seises” Para su consuelo nosotros también. Las consentidas del maestro Peláez – cantaban muy bien— eran María Luisa y María Esther Sánchez Domínguez.

En la ciudad de México Florentino se casó con la señora Delfina Gómez y procrearon cuatro hijas, María de Lourdes, Violeta, Verónica y Rocío, todas profesionistas, pero esta última es piloto y trabaja en el medio oriente. Con sus hijas, sus nietos y bisnietos transcurre la vida de este amigo de estudios, allá por la década del cuarenta del siglo pasado, cuando su padre el profesor Luis Rodríguez Chávez era el director de la escuela Allende.

En la comida recordamos cuando formados frente a la entrada de la escuela el director nos preguntaba con la voz recia que tenía: “Los que trabajan…. y esperaba que nosotros contestáramos al unísono: “¡que coman!; y finalizaba: “y el que no” y gritábamos: ¡que se muera de hambre! Con ese entusiasmo como que nos daban más ganas de estudiar.

Al papá de Tino lo volvimos a tratar cuando fue inspector de la zona escolar que abarcaba todo el Valle de Santo Domingo, cuando se abrió a la agricultura esa región en el año de 1950. A pesar de su edad —tenía 50 años— recorría todas las colonias de campesinos recién establecidas, para supervisar las escuelas que se iban fundando. Los viejos colonos aún recuerdan al maestro por sus empeños en llevar la educación a la niñez de esos grupos de mujeres y hombres que llegaron al valle buscando mejores niveles de vida.

Qué bueno que el general Rodríguez Cota se vuelva a reencontrar con sus amigos de la época de estudiantes. En los recuerdos del pasado se encuentran las raíces de un presente reflejado en los descendientes —hijos, nietos, bisnietos— y las conductas heredadas que son normas de vida y ejemplos a seguir por todo lo que tienen un compromiso familiar, como el del matrimonio que conforman Florentino y su esposa Delfina.

Por lo demás, debemos felicitarnos por tener la oportunidad de saludar a un viejo amigo —todos pasamos de los ochenta— y pasar unas amenas horas entre bromas y risas rememorando aquellos tiempos de estudiantes que, no cabe duda, renuevan con nuevos bríos la alegría de vivir.

Julio 04 de 2017.

lunes, 26 de junio de 2017

Un encuentro como pocos

Fue un encuentro feliz, pero no amoroso o de amigos que por años no se veían; no, me refiero al décimo primer Encuentro de Escritores Sudcalifornianos que tuvo lugar los días 21 al 23 de este mes de junio de 2017. Cada vez, desde hace once años, este evento cultural va adquiriendo prestigio y son más los interesados en las letras que participan en él.

En esta ocasión, y gracias al apoyo de la Coordinación de Fomento Cultural de ISC, del Archivo Histórico Pablo L. Martínez y de la presencia de escritores de los municipios de Los Cabos y Comondú, fue posible llevar adelante un programa literario con la presencia de numeroso público.

Los participantes en los géneros de cuento, poesía, novela, crónica y ensayo, así como la presentación de libros, disertaron sobre su especialidad en los horarios del programa elaborado con anticipación. Y aunque algunos se excedieron en sus entusiasmos, el interés de los asistentes no decayó en ningún momento.

Este Encuentro dedicado al maestro y escritor Carlos Ramón Castro Beltrán, autor por cierto de dos excelentes libros de cuentos, se desarrolló en el Centro de Convenciones y Expresión Cultural de Sudcalifornia, localizado a un lado del Teatro de la Ciudad. Es un edificio construido especialmente para llevar a cabo actividades artísticas y culturales.

Lo importante de estos eventos es que ofrecen la oportunidad para que los jóvenes que tienen inclinaciones literarias participen, como fue el caso de los que integran el Taller de la Serpiente donde algunos de ellos leyeron parte de sus poemarios y narrativa. Guadalupe Núñez Flores, Yaroslabi Bañuelos, Adrián Corona, Carlos Padilla y algunos más, son noveles escritores con un gran porvenir en la literatura regional

Pero además, se contó con la participación de estudiantes de la UABCS y de maestros de la misma como Marta Piña Zentella, José Antonio Sequera, Gabriel Rovira y Damián Soto Salgado.

En el evento se presentaron seis libros y una revista. Uno de estos libros, el que por cierto causó expectación, fue el titulado IBÓ Y EL MAR de la socia de ESAC, Leticia Garriga. Y lo fue porque es un libro de poemas infantiles ilustrado y porque varios niños leyeron parte del poemario con sus voces cargadas de emoción.

Como dije antes, el Encuentro de Escritores Sudcalifornianos estuvo dedicado a Carlos Ramón Castro Beltrán quien fue fundador en 1999 de esta asociación. Un reconocimiento merecido, no solamente por su calidad de maestro, sino también por su desempeño como periodista y autor de muchas narraciones relacionadas con los movimientos sociales de esta región de nuestro país.

Reconocimiento aparte merece el personal adscrito a la Coordinación de Fomento Editorial que estuvieron presentes y pendientes de que el evento se desarrollara de la mejor manera. América Piñeda, Paloma Vergara, Jorge Briseño, entre otros, fueron elementos valiosos para los buenos resultados del Encuentro de Escritores.

Y qué decir de la mesa directiva de ESC Francisco López Gutiérrez, Víctor Ramos Pocoroba y Ernesto Adams Ruiz, como quien dice se partieron el alma para lograr que este evento saliera lo mejor posible. Y lo lograron. No cabe duda, de que se puede, se puede.


Junio 26 de 2017.

miércoles, 7 de junio de 2017

Un paletero sui generis

No me lo van a creer, pero es verdad. Resulta que el domingo pasado estuve en una hermosa playa que se encuentra por el rumbo del hotel Las Cruces, conocida como Los Muertitos. Es un lugar muy concurrido por las familias de nuestra ciudad, sobre todo porque la mayor parte del camino está pavimentado y además, desde la cumbre de la sierra —creo que se llama Las Cacachilas— se pueden contemplar las tranquilas aguas del golfo de California y la isla Cerralvo, esa que en mala hora la rebautizaron con el nombre de Jacques Cousteau.

Mi presencia en esa playa se debió a que el esposo de mi nieta Tania Edith festejó su cumpleaños —no digo cuantos pero ya no se cuece al primer hervor— con una comilona de ceviche, acompañada de abundantes ambarinas. Y digo comilona dado que entre los asistentes, todos familiares, algunos son de los que le dan gusto al diente y son capaces de llevarse al buche entre cinco y seis tostadas rebosantes de ese apetitoso pescado.

Bueno, “a lo que traje Chencha”, como dijo el ranchero cuando invitó a su novia a dar un paseo por el campo. Estábamos disfrutando de un ambiente festivo mientras los niños se bañaban y retozaban alegremente, cuando, de pronto, alguien de ellos gritó: “¡Ahí viene el paletero! A la vez que corrieron para pedirle a sus padres el dinero con que comprar esa golosina.
                                                                                                       
Al grito yo dirigí la vista a la playa, pero no divisé al paletero mencionado. Esperaba verlo esforzándose por empujar su carrito de paletas a través de las arenas de la playa, tal como lo hacen en la zona de El Tecolote. Pero no, por más que lo intentaba no lo veía. Bueno, aparte de eso es que mi vista cansada no alcanza para mirar a lo lejos.

Pero los niños si se daban cuenta de que el vendedor de paletas se iba acercando hasta que, intrigado, pregunté: “¿Con un carajo, dónde está ese vendedor?”. Y entonces uno de los niños me contestó, al mismo tiempo que señalaba con su mano: “Ahí está, metido en el mar” Y sí, ahí estaba el señor, empujando su carrito como si fuera una canoa pequeña, mientras las pequeñas olas remojaban buena parte de sus piernas.

Cuando oyó los gritos de los niños que deseaban comprarle, con cierta dificultad acercó el carrito a la playa y empujándolo con fuerza lo dejó fuera del agua. A su alrededor sus compradores le pedían bolis, paletas de varios sabores y hasta una clase de emparedados —no sé cómo se llaman— que tienen mermelada entre sus dos capas de pan.

Por cierto uno de los adultos que se acercó le salió cola, pues tuvo que pagar la cuenta de las golosinas que pidieron todos los niños. Pero valió la pena pues todos lo abrazaron y juntos regresaron al paraje. Pero, ¿qué pasó después?

Esa playa tiene arena muy floja por lo que fácilmente se hunden los pies en ella, ya no digamos un vehículo sin doble tracción. Y para el caso del carrito de paletas que tiene dos llantas pequeñas y delgadas, más el peso de la mercancía, resulta imposible que se pueda mover en esos tramos arenosos.

Por eso, el paletero, al darse cuenta que su carrito podía flotar sin que entrara agua en él, tomó la determinación de meterlo en el mar a fin de facilitar su transportación. Así, convertida en una frágil embarcación y sus dos piernas en lugar de remos, el vendedor continuó su ruta a todo lo largo de la playa ofreciendo su producto.

A unos cincuenta metros de la orilla un joven matrimonio de extranjeros disfrutaba montados en kayacs, mientras la canoa improvisada navegaba lentamente conducida por un hombre que, con el ingenio y la necesidad, buscó la manera de conseguir un poco de dinero para su sustento diario. Mientras tanto, el festejo del que cumplió años estaba en todo su apogeo.

Junio 7 de 2017

domingo, 21 de mayo de 2017

Una buena noticia

¡Vaya, hasta que alguien le puso el cascabel al gato! La noticia me la proporcionó el buen amigo Jesús Flores Romero, regidor del ayuntamiento de Los Cabos. En reunión de cabildo se tomó el acuerdo de prohibir el uso de los calificativos Cabo, San José y San Lucas en lugar de Los Cabos, San José del Cabo y Cabo San Lucas.
La iniciativa presentada en su momento por el regidor Flores Romero y aprobada por el cabildo será enviada al Congreso del Estado como proyecto de decreto a fin de que sea publicado el Boletín Oficial y darle carácter legal.

El proyecto establece que para efectos de nomenclatura no se permitirán los anteriores calificativos en calles, monumentos, nombres de colonias y fraccionamientos y tratándose de giros comerciales, industriales, turísticos, sociales, culturales y deportivos, serán acreedores a una multa de 75 mil pesos por desacato a este decreto.

La iniciativa se fundamentó en un decreto anterior del 31 de diciembre de 1982 emitido por el gobierno del estado, en el que se prohíbe el uso del término Baja o Baja Sur para referirse al nombre de nuestra entidad que es Baja California Sur. Por cierto, un decreto que no ha tenido aplicación por lo que proliferan esos términos en toda la península, pero especialmente en los polos turísticos.

Lo indignante es, aparte de la ignorancia, que esos falsos términos se difundan a nivel nacional e internacional, como si se tratara de olvidar el nombre de California. Eventos deportivos, documentales audiovisuales, revistas en español y en inglés y vaya, hasta en la publicidad inmobiliaria, los vocablos Baja y Baja Sur están a la orden del día.

A mediados del mes pasado, se dio la noticia de que en el pueblo de Loreto filmarán un largo metraje con el nombre de “Baja” que será producido por Badhouse Studies y claro, con actores norteamericanos. Lo inaudito es que ese documental contará con el visto bueno del señor Genaro Ruiz Hernández, secretario de Turismo del Gobierno del Estado.

Mal andan las cosas cuando los propios funcionarios avalan esta discriminación al nombre oficial de nuestra entidad. En lo particular he sido crítico ante este olvido, por no decir ignorancia, de lo que significa California para los que amamos esta tierra. Periodistas, escritores, historiadores de nuestra entidad han dado sus voces de alarma ante este desconocimiento y han exigido que se cumpla el decreto que prohíbe el mal uso del nombre de nuestro estado. Pero por razones que se desconocen las autoridades no se animan a aplicarlo, por lo que cada día se hace común llamar Baja Sur a nuestra entidad.

Por eso, por la importancia que reviste, debemos felicitar al regidor Jesús Flores y al H. Cabildo del Ayuntamiento de Los Cabos por esta iniciativa que convertida en decreto, servirá para acabar de una vez por todas con esa forma anómala de llamar Cabo, San José y San Lucas, al municipio y las ciudades de San José del Cabo y Cabo San Lucas.

Los Cabos le han puesto el cascabel al gato. Ojalá y esto sirva de ejemplo para que los municipios de La Paz, Comondú, Loreto y Mulegé hagan lo mismo, formando un solo frente capaz que frenar lo que a todas luces se antoja como un propósito maligno de hacer olvidar nuestra historia donde refulge con luz propia (me salió lo poeta) el nombre que hace 500 años nos pertenece: CALIFORNIA.

Mayo 21 de 2017.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Un personaje con historia

La maestra Elizabeth Acosta Mendía me obsequió el libro que describe la vida y la obra del general Agustín Olachea Avilés. Ella participó en la investigación, junto con Cristina Ortiz Manzo, Marisol Ochoa García y Laura Silva Castañón. Con un texto inédito e interesante y con numerosas fotografías alusivas también inéditas, el libro es un referente obligado  cuando se trata de conocer la participación de este sudcaliforniano en la vida social, política y militar no sólo de Baja California Sur sino en el ámbito nacional.

Cuando estaba leyendo el libro vino a mi memoria el día que se trasladaron los restos del general a la Rotonda de los Sudcalifornianos Ilustres de esta ciudad de La Paz. Fue el 13 de noviembre de 1986 ante la presencia de sus familiares, de las autoridades civiles y militares y grupos escolares que hicieron valla en el recibimiento.

En ese tiempo yo era miembro de la Comisión de la Rotonda por lo que me tocó vivir de cerca los preparativos para ese acto de gran solemnidad.

Además, tuve la oportunidad de elaborar un folleto al que puse por título “Gral. Agustín Olachea Avilés, Apuntes para una biografía”. Incluí algunas fotografías y el decreto expedido por el Congreso del Estado.
El impreso fue editado con oportunidad y por eso fue posible que se distribuyera entre los presentes al acto. Como no fue una investigación formal —faltó tiempo— decidí poner las acciones más relevantes del general, sobre todo cuando llevó a cabo la tarea más significativa de su gobierno: La apertura a la agricultura de los valles de Santo Domingo y Los Planes.

Y conté la anécdota que se hizo famosa entre los campesinos que llegaron al valle de Santo Domingo. Fue en el mes de abril de 1951, cuando el presidente Miguel Alemán, junto con el general y varios funcionarios federales visitaron esa región y, en su momento, su avión aterrizó en la pista improvisada de la colonia María Auxiliadora. Con la noticia se habían reunido campesinos de las colonias cercanas y, desde luego, la mayoría de ese lugar.

A media escalerilla del avión, el presidente Alemán se detuvo pues los campesinos, ondeando una bandera nacional, comenzaron a cantar el himno nacional. Y en el folleto que escribí, dije: “Los más haciendo el saludo y el resto en actitud marcial y descubiertos lanzaron al espacio las notas vibrantes de nuestro canto patrio, frente al hombre que gobernaba al país y quien, con la sorpresa y la admiración reflejada en su rostro, repetía también la letra del himno que allí, en la soledad del valle, representaba el más claro ejemplo del amor y la fe que sentían por México…”.

Fue un acto inusitado que yo presencié pues en ese año trabajaba como maestro en el poblado de Sebastián Allende, alejado unos tres kilómetros de la colonia sinarquista. Si el presidente tenía dudas sobre el surgimiento del valle como emporio agrícola, allí, escuchando los problemas de los campesinos, reafirmó su convicción de seguir respaldando la colonización de esa región bajacaliforniana. Pero también fue una prueba palpable de la confianza que le tenían al general Olachea el que, en las reuniones con ellos, siempre les repetía “Tengan confianza hijos, yo no los abandonaré”. Y lo cumplió con creces.

Por eso, cuando la nueva generación de profesionistas se interesan en dar a conocer las acciones de mujeres y hombres en favor de  nuestra entidad, no podemos menos que felicitarlos, sobre todo cuando se trata de sudcalifornianos como el general Olachea, un personaje distinguido de Baja California Sur.

Y a propósito, el Instituto Sudcaliforniano de Cultura acaba de editar un libro que se refiere a los sudcalifornianos ilustres de la Rotonda, entre ellos el general Agustín Olachea Avilés. Enhorabuena.


Mayo 17 de 2017.

viernes, 12 de mayo de 2017

Pasado y presente de la Antigua California

Así es el título del libro que se presentó el 11 de este mes de mayo en el edificio del Archivo Histórico Pablo L. Martínez. Es una obra que editó la propia institución cultural gracias a la buena disposición de su directora la maestra Elizabeth Acosta Mendía.

El nombre de Antigua California viene cientos de años atrás, cuando la península fue descubierta y colonizada, a partir del año de 1533 —Cortés, misioneros jesuitas—, aunque entonces solamente se le llamaba California. Lo de Antigua se debió a una separación geográfica que en mala hora determinaron las autoridades de la Nueva España.

La historia es simple. Resulta que cuando los padres jesuitas fueron expulsados de sus misiones en 1768, el gobernador Gaspar de Portolá y el visitador José de Gálvez por instrucciones del Virrey, prepararon una expedición a fin de colonizar la región más al norte de la península, apoyados por los frailes franciscanos al mando de Junípero Serra. Allí comenzaron a fundar presidios y misiones como San Diego, Santa Clara, San Juan Capistrano y San Francisco.

Fue en esa época cuando se comenzó a llamar a esa región como Alta California y a la península como Baja California. Años después, cuando se crearon las provincias internas, en 1776, se oficializaron los nombres de la Vieja California y la Nueva California. Posteriormente, días antes de que se promulgara la constitución de 1824, la división política incluía a Las Californias, la Alta y Baja o Nueva y Antigua. Y ya expedida la constitución las Californias quedaron divididas en dos territorios, el de la Alta California y el de la Baja California.

De tal modo que llamarle a nuestra península Antigua California nos parece muy adecuado más que llamarle Baja y Vieja. Pero, claro, el respeto a las determinaciones del gobierno nos hace aceptar la denominación de Baja California. Y ahora, desde que nuestra entidad se convirtió en Estado en 1974, adquirimos el patronímico de Baja California Sur. Así están las cosas.

Llegará el día, ojalá y sea pronto, en que por decisión de nuestro pueblo, la península se llame Antigua California o California a secas, habida cuenta que por razones históricas tenemos derecho a ello. Y que nuestra entidad a tono con la nueva denominación reciba el nombre de Estado de la Antigua California. ¿Cómo la ven?

Algo de eso lleva mi libro que se acaba de presentar en días pasados. Y de otro que escribí en el año de 2013 titulado Relatos de la California Mexicana, a semejanza de uno que escribió el doctor Miguel León Portilla al que llamó La California Mexicana, ensayos de su historia, editado por la Universidad Autónoma de México, en 1995.

Volviendo a la presentación, fue una sorpresa escuchar de la voz de estudiantes de la Escuela Normal Urbana la lectura de cinco crónicas que vienen en mi libro. Y debo agradecer al doctor Francisco López Gutiérrez quien comentó la obra, por haber tenido el acierto de invitar a esos alumnos, sobre todo porque siempre he insistido en que es a los niños y los jóvenes a quienes he dedicado la mayoría de mis trabajos históricos y literarios.

Por lo demás siempre he de reconocer la asistencia al evento de estimados amigos que comparten mis ideales, como Rosa María Mendoza de Uribe, Eligio Moisés Coronado, Simón Oscar Mendoza, Gilberto Piñeda y Jesús Chávez Jiménez. Y otros más a quienes agradezco me acompañaran en la presentación, como es el caso de Rubén González y Jesús Manuel Flores Díaz Bonilla, estimados amigos y exalumnos de la escuela primaria del poblado de Santo Domingo.

Mayo 12 de 2017.

viernes, 5 de mayo de 2017

Algo más sobre la fundación de La Paz

¿En qué fecha se fundó la ciudad de La Paz? La mayoría de los cronistas e historiadores afirman que fue el 3 de mayo de 1535, cuando Hernán Cortés llegó a esta tierra y tomó posesión de ella a nombre del rey de España. Para corroborarlo existe un acta levantada ese mismo día la que, por cierto, permaneció ignorada hasta que en 1835 fue descubierta en el Archivo de Indias de Madrid, por el investigador Federico Gómez de Orozco.

Sin embargo, aún en la actualidad, existen desacuerdos sobre esa fecha, argumentando que no fue una fundación sino un mero intento, dado que Cortés no pudo establecer un poblado permanente debido a lo inhóspito del lugar y la belicosidad de los indios. Nuestro ilustre historiador Pablo L. Martínez, se calzó el huarache antes de espinarse y escribió que hubo cinco intentos de fundación de La Paz, empezando por Cortés que llamó al lugar donde desembarcó Puerto y Bahía de Santa Cruz.

Por segunda ocasión correspondió a Sebastián Vizcaíno el que en 1596 llegó a este lugar, levantó un fuerte y cambió su nombre por el de La Paz debido a la actitud pacífica de los indígenas. Por cierto, el licenciado Manuel Torre Iglesias, en su libro “Sudcalifornia en la leyenda y en la historia”, afirma que fue el 28 de marzo de 1596, la verdadera fecha de la fundación de La Paz.

El tercer intento se debió al almirante Isidro de Atondo y Antillón, quien en 1683 arribó a La Paz y estableció un real al que puso por nombre Nuestra Señora de Guadalupe de California. Pero le pasó lo mismo que sus antecesores, duró poco tiempo en el lugar y navegando al norte de la península fundó el real de San Bruno, unos kilómetros arriba del pueblo de Loreto.

Correspondió a los misioneros jesuitas Juan de Ugarte, Jaime Bravo y Clemente Guillén llevar a cabo el cuarto intento al establecer la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz en el año de 1720. Se conocen los pormenores de este asentamiento gracias al doctor Miguel León Portilla quien compiló los informes de esos padres en un libro al que tituló “Testimonios Sudcalifornianos”. La misión permaneció hasta el año de 1749 en que por falta de neófitos fue abandonada.

Por último, el quinto proyecto de fundación fue en el año de 1811, cuando se le permitió al soldado Juan José Espinoza de la guarnición de San Antonio, para que se aposentara en La Paz con la obligación de proveer de víveres a los tripulantes de los barcos que arribaban a ese lugar. Sin embargo, al no cumplir con ese compromiso, el gobernador José Manuel Ruiz autorizó a familias del sur de la entidad a fin de que se establecieran en La Paz, dotándolos de terrenos que pudieran fincar. Esto sucedió en el año de 1823.

A partir de ese año ya hubo una población permanente que fue aumentado poco a poco y se consolidó en el año de 1831, cuando La Paz se convirtió en la cabecera municipal. Lo demás es la historia de una ciudad que pasó por varios intentos de fundación, pero que por la fuerza de la costumbre y también porque de alguna manera debe conservar su identidad y sus tradiciones, los habitantes de nuestra capital han aceptado que el tres de mayo sea el día en que se conmemora la fundación de La Paz.

Y que, además, el sitio adonde llegó Cortés en esa fecha es el mismo donde hoy se ubica nuestra ciudad, independiente de las controversias que existen al respecto, que da lugar a posiciones antagónicas al tratar de dilucidar después de tantos años transcurridos, el lugar exacto donde Cortés desembarcara y le pusiera el nombre de Puerto y Bahía de Santa Cruz.

Mayo 05 de 2017. 

miércoles, 3 de mayo de 2017

Cortés, el fundador de La Paz

Allá por los años setenta del siglo pasado, una estimada amiga me obsequió dos libros dado el interés que yo tenía por la historia. El primero, titulado Hernán Cortés y el segundo con el nombre de Carlos de Europa. Los autores Carlos Pereyra y D. B. Windham Lewis, quienes los publicaron en los años de 1946 y 1943, respectivamente.

Como estaban deteriorados un poco por el tiempo transcurrido los mandé empastar, aunque sus hojas están un tanto quebradizas de tal forma, que tengo cuidado al leerlos. Como se comprenderá son dos obras que aprecio mucho y que ocupan un lugar destacado en mi modesta biblioteca.

Escribo esta crónica el día 3 de mayo, fecha en que se conmemora la fundación de la ciudad de La Paz atribuida a Hernán Cortés. Fue en ese día pero de 1535 cuando un grupo de españoles llegó a la playa que limita la ciudad y con el protocolo correspondiente, bautizaron el lugar como Puerto y Bahía de Santa Cruz.

Carlos Pereyra relata brevemente en su libro esta hazaña de Cortés por lo que se tiene que buscar otras fuentes con más información. En busca de ellas me llegó, de pronto, un libro que me enviaba Carlos Lazcano desde la ciudad de Ensenada, de su autoría. Con el título de La Bahía de Santa Cruz, Cortés en California, 1535-1536, Carlos reúne, ordena y comenta las fuentes documentales que narraron la empresa histórica. Carlos “engarza la pluralidad de testimonios con una glosa equilibrada y realista…

En el prólogo, Salvador Bernabeu Albert, cuando se refiere a la estancia de Cortés en la península, no duda en afirmar que en esos momentos de su vida es derrotado económica y moralmente. La nueva Santa Cruz se convierte en una cruz para Cortés. Y es que para el conquistador el año y medio que permaneció en ese lugar fue una verdadera tragedia.

Es por eso que leer el libro de Lazcano nos lleva a conocer, con fuentes de primera mano, los problemas a que se enfrentaron esos primeros pobladores sobre todo por la falta de provisiones que originaron enfermedades y muertes, y también el permanente acoso de los indígenas y el robo de sus propiedades y ganado.

Los indios de esa región jamás toleraron ni pactaron con los españoles. Aquellos no habían olvidado los abusos de la tripulación al mando de Fortún Jiménez que trataron de mancillar a sus mujeres, a pesar de que los habían recibido sin hostilidades. Claro, pagaron con su vida esa grave ofensa y fue por eso que el nuevo arribo de españoles no fue de su agrado.

En crónicas anteriores me he referido a las dificultades que tuvieron para alimentarse. Alejados de la contracosta fue necesario que las provisiones llegaran por barco, pero éstos por diversos motivos tardaban mucho tiempo en llegar a Santa Cruz. Y entonces el hambre se apoderaba de los colonos a tal grado, que tuvieron que comerse los caballos, pues los otros animales de corral hacía tiempo que habían desaparecido en sus estómagos.

Murieron muchos en Santa Cruz. Algunos pudieron embarcarse y llegar a las costas de Sinaloa donde relataron la gran tragedia que se vivió en el lugar que fundaron. A pesar de todos los intentos de permanecer en la península, Cortés tuvo que abandonarla, pero dejó parte de la gente al mando de Francisco de Ulloa quien, después de algunos meses, tuvo también que retirarse con su contingente.

Pero algo quedó de esa aventura trágica. Como bien lo dice Carlos Lazcano “Cortés llevó a cabo el primer intento por colonizar la península, estableciendo la comunidad de Santa Cruz, la primera que hubo en las Californias y el antecedente más remoto de la actual ciudad de La Paz. Sin embargo este hecho parece no tomarse en cuenta en tal ciudad…”.

Y sigue diciendo:” En casi todas las ciudades del mundo se hace un reconocimiento a sus fundadores y pioneros, sin embargo en el caso de la ciudad de La Paz esto parece no cumplirse. Ahí no existen ni calles que lleven el nombre de Cortés, ni monumentos levantados a su memoria, ni siquiera una placa que recuerde sus afanes por establecer aquí una comunidad hispana…”.

Pero si se recuerda, al menos cada tres de mayo, cuando se escenifica en el malecón el desembarco de Hernán Cortés y su recibimiento por los indígenas con su reina Calafia. ¡Qué tal! como dice un columnista político.

Mayo 03 de 2017.

miércoles, 26 de abril de 2017

El gozo se fue al pozo

Cuando América Pineda, coordinadora de Fomento Editorial del Instituto Sudcaliforniano de Cultura, me dio la noticia de que la presentación de mi libro “ACONTECERES DE BAJA CALIFORNIA SUR” sería en el Centro de Convenciones y Expresión Cultural de Sudcalifornia, a un lado del Archivo Histórico Pablo L. Martínez, le di las gracias por la distinción.

Y es que ese centro cultural tiene el antecedente de que allí se han presentado una serie de libros de prestigiados autores, ha sido el recinto donde se han llevado a cabo los Encuentros de Escritores Sudcalifornianos y también las conferencias sobre aspectos históricos y culturales.

A mis amigos más cercanos les platiqué de la presentación de mi libro el próximo 25 de mayo en ese lugar y no tuve necesidad de indicarles su ubicación puesto que todos lo conocen. Se puede llegar pasando frente al Teatro de la Ciudad o bien por el estacionamiento del Centro de Radio y Televisión.

Pero el gozo se fue al pozo cuando América me avisó unos días después, que siempre no iba ser posible la presentación en ese lugar porque no estaba disponible. Así, sin explicaciones pero me hizo la sugerencia de que podía presentarlo en el Ágora de La Paz, el mismo día y a la misma hora. —Desde luego—le respondí— me parce un buen lugar para realizar el acto.

Y así hubieran quedado las cosas sino es que el estimado amigo Eligio Moisés Coronado publicó en su blog del cronista un artículo referente al Centro de Convenciones. Por él pude darme cuenta del porque no se puede utilizar ese lugar para presentaciones editoriales. Resulta que por disposición de una oficina del gobierno del estado ese recinto servirá de manera exclusiva para reuniones administrativas.

Pero aún hay más. Parece que el Instituto Sudcaliforniano de Cultura está preparando un comodato (préstamo) para que sea la secretaría particular del gobernador la que use a su arbitrio ese local. De ser así, será vedado para los artistas en lo que resta del sexenio.

La opinión de Moisés Coronado no tiene desperdicio: --“A todos consta que el CCECS nació con la visión de ser un importante aliado del fomento a las expresiones culturales de los sudcalifornianos, a través de la realización permanente de acciones afirmativas que contribuyan al desarrollo cultural y artístico de muestra ciudad, y con la misión de favorecer la participación activa de los grupos culturales , así como de los creadores locales, promotores y demás interesados en fomentar las expresiones artísticas y de intercambio cultural en esta media península”.

No deja lugar a dudas que tal disposición es un agravio al desarrollo cultural de nuestra ciudad y por eso, corresponde al gobernador de nuestro estado, considerar la conveniencia de que el Centro vuelva a ser parte de la infraestructura del ISC, había cuenta que su uso está destinado a las actividades artísticas y culturales.

Pensamos, por otro lado, que el actual director del Instituto Sudcaliforniano de Cultura se ha opuesto a esta a todas luces injusta determinación, pero sus limitaciones como funcionario le han impedido ejercer mayor presión a su oposición. Lo peor, pienso yo, es que la comunidad cultural permanezca insensible ante esta arbitrariedad.

Bueno, por lo pronto, la presentación de mi libro será en el Ágora de la Paz, a un lado del Museo de Antropología e Historia. Cuento con su presencia.


Abril 26 de 2017

domingo, 16 de abril de 2017

Una invitación de Semana Santa

Al inicio de la semana, mi nieta Marta y su esposo Carlos me platicaron que la familia Uribe Mendoza los habían invitado a pasar los días jueves y viernes en su finca que tienen en el cercano pueblo de San Pedro. Y que la invitación la hacían extensiva a nosotros —mi esposa y yo— para que los acompañáramos.

A Rosa María y Antonio los conozco tiempo atrás. Ella, maestra de profesión al igual que su esposo, han conformado un matrimonio feliz al lado de sus tres hijos, uno de ellos, Antonio, quien estuvo con sus padres esos días. La convivencia con ellos fue interesante, aparte de disfrutar una rica comida de calamares rancheros y el viernes pargos envueltos en papel aluminio cocidos a las brasas.

La finca —de descanso dice Antonio— la adquirieron hace veinte años y poco a poco la hicieron habitable. Con paciencia comenzaron a sembrar árboles frutales y ahora ya grandes, aparte de sus frutos, dan una protectora sombra. Naranjos, ciruelos, mangos, sin faltar el insustituible árbol conocido como ciruelo del monte, ese que contiene un hueso llamado chunique y dentro de él una pepita la cual, combinadas con miel, es una delicia.

Bueno, mientras esperábamos la hora de la comida, tuve una amena plática con Uribe sobre diversos temas, entre ellos su vida como maestro en el medio rural en la región montañosa del estado de Durango, adonde lo comisionaron para atender la escuela de una comunidad de indígenas tepehuanes. A sus dieciséis años tuvo que enfrentarse a una cultura extraña, pero afortunadamente y gracias a su don de gentes y espíritu de servicio, logró ganarse la confianza de las familias del lugar.

Cuando me platicó que al retirarse de esa comunidad, después de dos años de labor docente, los niños y sus mamás lo despidieron con lágrimas, rogándole que no los abandonara, le dije que eso fue por su labor de misionero, y le recordé el símil cuando los jesuitas abandonaron la península de la Baja California en 1768 y los indios de sus misiones arrodillados les pedían que no se fueran.

Cuando regresó a Tepic —él es originario de ese estado— tuvo la oportunidad de terminar su carrera como maestro en el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio y ya en los años sesenta llegó a la ciudad de La Paz donde reside actualmente.

Rosita, por su lado, ha sido una incansable promotora cultural. Durante muchos años fue la presidenta del Patronato del Teatro Juárez habiendo logrado la restauración de este importante monumento histórico. Es fundadora de la academia de danza Mejibó y tiene en su haber dos libros de crónicas, “Huellas Ancestrales” y “Crónicas de mi Pueblo”.

Recordando, recordando, Antonio me platicó que conoció en Nayarit a los maestros que en los años cincuenta llegaron a nuestra entidad, entre ellos a Emilio Maldonado Ramos, Mario Olvera Moreno, Eliseo Medina, José Frausto Ávila, José Nuño García y Alejandro Mota Vargas. Yo también los conocí, pues a algunos de ellos los mandaron al Valle de Santo Domingo en los años en que me encontraba laborando en una de las escuelas de esa región.

El viernes al mediodía, cuando estábamos en sabrosa charla, Rosita nos dio la triste noticia. A través de su celular le informaban que en el estacionamiento de City Club habían privado de la vida al periodista Max Rodríguez. Pocos minutos después, el medio electrónico Colectivo Pericú amplió la información. Un Viernes Santo que no se olvidará fácilmente.

Y hablábamos de amigos que han muerto, como Néstor Agúndez Martínez, el prestigiado poeta sudcaliforniano. Y del próximo traslado de sus restos a la Rotonda de los Sudcalifornianos Ilustres. Ante esos propósitos Rosita recordó los últimos deseos del amigo. “Cuando muera, quiero que mis restos descansen para siempre en el pueblo al que tanto quise, Todos Santos”.

En fin, fue una estancia agradable entre amigos de la calidad de Rosa María y Antonio. Con ganas de que se repita, pero ¿esperaremos hasta la siguiente Semana Santa? Creo que no, porque Uribe prometió regalarme una planta de níspero y tendré que visitarlos antes que se arrepienta.

Abril 15 de 2017.

domingo, 9 de abril de 2017

Coincidencias de la historia

El jueves pasado, en una conferencia que impartí en San José del Cabo, patrocinada por el Instituto de la Cultura y las Artes del Ayuntamiento de Los Cabos y la participación de la Fundación Domingo Burgoin, A. C., me referí a los misioneros jesuitas y su participación en la fundación de las misiones de La Paz, Todos Santos, Santiago y San José del Cabo, todas en la parte sur del estado.
En especial mencioné el tema de la fundación de la misión de San José del Cabo, el 8 de abril de 1730, por los padres José Echeverría y Nicolás Tamaral. Y, por supuesto, el sacrificio de los sacerdotes Tamaral y Lorenzo Carranco, este último encargado de la misión de Santiago de los Coras. Fue en el año de 1734 cuando perdieron la vida a manos de los indígenas pericús.
Casi al término de la conferencias hice alusión a otros levantamientos en varias misiones del norte de la península, rebeliones que fueron sofocadas a tiempo, sin pérdidas humanas aunque sí, los principales promotores fueron sentenciados, algunos a la pena de muerte y otros desterrados.
Puse como ejemplo, el intento del asesinato del padre Wagner, radicado en la misión de San José de Comondú, cuando un indio neófito le lanzó una flecha la cual, afortunadamente, no dio en el blanco. Y también lo acaecido al padre Félix Caballero, de la misión de Guadalupe del Norte, que tuvo que valerse de una estratagema porque lo querían matar.
Y aquí la coincidencia histórica. Para salvarse, le pidió a la cocinera que lo escondiera bajo su falda y se sentara en una de las bancas del presbiterio. Y que cuando llegaran los indios negara que lo había visto. No lo descubrieron y así salvó la vida. Pero con el susto que se llevó pidió su traslado inmediato a otro lugar y entonces lo mandaron a la misión de San Ignacio. De todas maneras le fue mal, porque al poco tiempo murió, según decires por envenenamiento.
El estimado amigo Luis Rosas me mandó por internet el libro Episodios Nacionales de Victoriano Salado Álvarez, y en el episodio que tituló “El golpe de estado y los mártires de Tacubaya”, incluye la anécdota siguiente:
Fue en el año de 1858 durante la Guerra de Reforma, cuando un general de apellido García Casanova era perseguido por las fuerzas liberales por lo que tuvo que refugiarse en la casa de un amigo. De pronto, una gavilla al mando del coronel Antonio Rojas irrumpió en la residencia buscando al general. Apenas le dio tiempo para esconderlo debajo de un sofá en que se sentaban varias muchachas, ataviadas con unas crinolinas de “esas que parecen bóvedas de catedral”.
Los bandidos quisieron registrar el mueble, pero entonces una de ellas alzó su falda y debajo se escondió el militar perseguido. Así salvó la vida. Poco después logró un salvo conducto del general Santos Degollado y pudo salir de la ciudad de Guadalajara sin contratiempos.
En esos años de la Guerra de la Reforma, hubo muchas gavillas dedicadas al saqueo y los asesinatos y una de las más crueles fue la del coronel Rojas del bando liberal. La historia de esa época está manchada por la presencia de grupos de bandidos, los que aprovechando la situación política de ese entonces, buscaban beneficios propios sin importarles las vidas ajenas.
Pero la coincidencia está a la vista. Un misionero y otro militar salvaron sus vidas escondidos bajo los miriñaques de una mujer. Uno en la Baja California y el otro en el estado de Jalisco.

Abril 09 de 2017

martes, 28 de marzo de 2017

Todos santos y el recuerdo de Néstor

Siempre es agradable visitar el pueblo de Todos Santos, localizado a menos de una hora de la ciudad de La Paz. Además de sus atractivos naturales —es uno de los oasis de la península— tiene el mérito de que su fundación se haya debido al interés religioso de los jesuitas que ahí establecieron la misión Santa Rosa de las Palmas, en el año de 1733.

La carretera transpeninsular al sur pasa por ese lugar, por lo que muchos viajeros en tránsito para el municipio de Los Cabos tienen la oportunidad de visitar la iglesia, el teatro Manuel Márquez de León y el centro cultural Siglo XXI que lleva el nombre del profesor Néstor Agúndez Martínez, maestro y poeta, el que por varias décadas atendió esa importante institución cultural.

Néstor murió el 26 de marzo del 2009 y a partir de ese año, todos los días 26 de ese mes, se lleva a cabo una ceremonia de reconocimiento a su extraordinario desempeño como maestro, literato y promotor social. Él fue un reconocido poeta autor de más de 300 sonetos dedicados a la vida, a la naturaleza, a la vida religiosa, a la amistad y… al amor.

Por eso, el 27 del mes pasado, asistimos al acto conmemorativo a su memoria, preparado por las autoridades civiles y culturales de ese pueblo, que tuvo lugar en el patio de la que se conoce como Casa de la Cultura. Ante la presencia de numeroso público y representantes del gobierno y de la sociedad civil, entre estos la Asociación de Escritores Sudcalifornianos, se desarrolló un programa alusivo con la participación del ballet folclórico de esa institución y otro del Cecyt 02 que atiende a los alumnos de preparatoria de esa población.

Fue un programa variado. Interpretación de canciones que eran del agrado de Néstor; declamaciones, discursos y la reseña de la vida y la obra del homenajeado por parte de la conductora del evento. Por cierto, el cronista del municipio de La Paz, Luis Bareño Domínguez, al tomar la palabra, hizo una amplia y original tesis de como la poesía de Néstor Agúndez tiene una íntima relación con la filosofía, de las dudas del ser humano ante la vida y el mundo.

Como todos los años desde que murió Néstor, la Asociación de Escritores se ha hecho presente en el aniversario de su muerte y visita su tumba para dejarle un ramo de flores, en reconocimiento al escritor quien en vida fue un distinguido socio honorario de esa agrupación civil. Pero, además, en el propio centro cultural en un encuentro de escritores, se valoran los méritos y se analiza la producción literaria de este personaje todosanteño.

En esta ocasión, en representación de los escritores sudcalifornianos, la compañera Nora Soto, con la emoción que le es característica, declamó tres sonetos de la inspiración de Agúndez Martínez que aplaudieron a los ahí presentes.

Casi al final de la ceremonia, el encargado de la Casa de la Cultura hizo un recuento de la vida y la obra de Néstor y de cómo, resguardando su memoria, se continúan con las actividades artísticas y culturales para beneficio de los niños y jóvenes de esa comunidad.

Recordando a sus mejores mujeres y sus hombres es como un pueblo defiende y acrecienta su identidad. En la medida en que se conocen y divulgan los hechos y acciones de ellos, así se forman barreras que impiden la llegada de la transculturación. Como también, con el conocimiento de su historia, sus costumbres y sus tradiciones, se forja el orgullo de vivir en una tierra, en un pueblo, región o país, que como México y Baja California Sur, tienen un pasado glorioso que se debe conservar.

Marzo 28 de 2017.

lunes, 27 de marzo de 2017

La fundación de San José del Cabo

Leonardo Reyes Silva

En días pasados un amigo me preguntó si las fiestas de San José del Cabo en este mes de marzo eran con motivo de la fundación de ese pueblo sureño. Mi respuesta fue negativa pues lo que se conmemora es el día del santo San José que según el calendario es el 19 de marzo.

De hecho, no se sabe con exactitud la fecha de fundación de ese lugar, aunque se tiene conocimiento de que en 1822, el canónigo Agustín Fernández de San Vicente, emisario del emperador Agustín de Iturbide, estableció en la península tres ayuntamientos, San José del Cabo, San Antonio y Loreto. Pero en esos años San José ya era una comunidad a la que llegaban barcos mercantes y sus habitantes se dedicaban a la ganadería, la agricultura y, desde luego, al comercio.

San José del Cabo era un lugar adonde llegaban los galeones provenientes de Asia, en su ruta hacia el puerto de Acapulco. Era un descanso obligado debido a los tres a cinco meses de travesía. Allí se proveían de víveres frescos y del agua potable necesaria.

Lo más seguro es que la fundación de San José fue el 8 de abril de 1730, cuando los padres José Echeverría y Nicolás Tamaral establecieron la Misión del Estero de las Palmas de San José del Cabo y cerca del estero levantaron unas chozas rústicas a fin de dar inicio a sus labores de catequización.

Y es que en la mayoría de los pueblos cuyo origen se debe a las misiones que se levantaron en esos lugares, los festejos de fundación se efectúan los días en que llegaron los misioneros jesuitas a esas comunidades indígenas. Pueblos como Loreto, La Purísima, Santa Gertrudis, San Javier y otros, organizan sus conmemoraciones los días en que se fundaron esos centros religiosos.

No pasa así con la ciudad de La Paz, cuya fundación se celebra el 3 de mayo, dado que Hernán Cortés fundó el Puerto y Bahía de Santa Cruz —hoy La Paz— en el año de 1535. Y aunque después Sebastián Vizcaíno la rebautizó con el nombre que actualmente tiene y en 1720 los padres Juan de Ugarte, Jaime Bravo y Clemente Guillén establecieron la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz, todavía se sigue considerando la fecha de la fundación de nuestra ciudad el 3 de mayo de 1535.

Es interesante la historia de la Misión de San José del Cabo. Fue de las últimas que fundaron los misioneros jesuitas y la que más problemas tuvo en su contacto con los indígenas pericúes, habitantes de esa región del sur de la península. No habían pasado dos años de la estancia del padre Tamaral en ese lugar, cuando tuvo lugar la sublevación de los indios que por sorpresa lo asesinaron junto con algunos de sus mozos y quemaron la iglesia,

También al padre Lorenzo Carranco de la misión de Santiago lo mataron junto con otros indios que lo ayudaban en los oficios. Se logró descubrir que fueron los cabecillas Boton y Chicori los que incitaron a los pericúes a realizar esos castigos a los sacerdotes.

Su abominable acción fue motivada por la prohibición de vivir con varias mujeres a la vez y por la forma en que los obligaban a trabajar en la misión. Al menos esa fue la defensa que expusieron cuando hicieron prisioneros a los principales responsables de los asesinatos. Boton y Chicori fueron sentenciados a muerte, pero los daños que causaron a las misiones de San José del Cabo y Santiago impidieron por varios años que volvieran a la normalidad.


26 de marzo de 2017.